Por qué pelean los literatos (Alonso Alegría)

17 Jul (Perú.21) Los literatos y artistas no nos decimos vela verde ni más ni menos que el resto de las estirpes. Entre odontólogos, calculistas y astronautas hay también roches interpersonales, solo que ellos los mantienen privados y nosotros convertimos nuestros líos de compadres en materia de conocimiento general (dije compadres porque las mujeres rara vez se sacan los ojos -en público, quiero decir-).

Los literatos y artistas desarrollamos nuestras querellas tan a la luz que podría pensarse que nos peleamos por ella. En eso somos igualitos a los políticos.

Para aparecer en los periódicos nos bronqueamos delante de todo el mundo. En el fondo es un asunto de notoriedad que, en el caso de los políticos se convierte en votos y en el de los literatos en dinero. La notoriedad produce ventas de ejemplares y de allí se deriva el porcentaje del autor. Las ventas -muchas ventas en muchos idiomas, en muchos países- son el cumplimiento del sueño del escritor (presente pechito incluido): vivir solo de lo que escribe. Pocos alcanzan tan bendito estado (peruanos se cuentan con una mano, y no incluyen a mi padre Ciro) pero todos queremos lograrlo.

Esta ambición es legítima pero vayamos por partes. Algunos literatos usan medidas extremas para contrarrestar su falta de ventas. De puro frustrados por su propia oscuridad, tiran la primera piedra, sueltan el primer insulto. Los exitosos, por el contrario, llevan la fiesta en paz. ¿Podemos acaso imaginar a literatos no frustrados -digamos Mario Vargas Llosa o Alfredo Bryce- mandándose públicamente en contra de algún escritor desconocido? No sucede. ¿Un escritor muy vendido insultando en público a otro también muy vendido? Rarísima vez, si acaso. Pero sí sucede lo contrario: escritores sin libros en librerías rompen fuegos atacando a aquellos cuyos libros sí están a la venta. Póngase a investigar el asunto el lector acucioso que sigue la polémica actual -le bastará una visita a Crisol- y encontrará que, debajo y por adentro de este pleito entre andinos y citadinos (o costeños), se agazapa la verdadera estirpe de los dos bandos: el de los que no venden libros y el de los que sí los venden. El acucioso lector constatará también, visitando las páginas de los diarios, que los que no venden, o sea los andinos, iniciaron el presente lío de compadres.

La defensa de los invendidos (quizás invendibles) escritores que comenzaron el pleito es que no son víctimas de su propia falta de calidad sino de discriminación regional. Dicen que los citadinos copan los medios para aislarlos. Argumentan que esta cruel marginación (y no su falta de calidad literaria o de vigencia) les impide vender ejemplares. Nada más falso, pero igual los invendibles andinos les buscan pleito a los costeños vendedores y, por supuesto, lo encuentran. Es que, amigos, ¿quién puede quedarse callado cuando a uno lo zarandean en público con falsedades y medias verdades? ¡Seremos literatos y artistas pero también somos machitos, pues, caray!

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30 de junio de 2005

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