Lima, capital del resentimiento (Fernando Ampuero)

15 jul (Perú.21) El autor de Miraflores Melody (1974) y de El enano, historia de una enemistad (2001), entre otros, señala el origen del debate entre escritores andinos y costeños.

Lo que empezó como un reclamo trivial se torna ahora en un "yo no dije lo que dije" y, como de costumbre, en un "todos contra todos". Para quienes no están al tanto del desaguisado, la reciente polémica entre escritores criollos y andinos -una antigualla, por cierto- se inició por una cuestión de vanidad herida y de necesidad de llamar la atención. Un grupo de escritores andinos, liderados por Miguel Gutiérrez, se quejaba, y se queja aún, de que los autores limeños figuran más en la prensa que los andinos. Y que ello se debe, según Gutiérrez, al extraordinario poder de Alonso Cueto, Iván Thays y Fernando Ampuero, una secta de escritores limeños que tiene sometida a la prensa bajo su total dominio y control.

Es indispensable señalar que Cueto, Thays y Ampuero no dirigen la sección Cultural de ningún diario. ¿Cómo es que entonces esta presunta secta domina los medios? ¿Y cómo explican que, en los últimos días, nosotros, los poderosos controladores, hayamos permitido que nos agravie el pequeñín abusador en La República; Ortiz, Mora y Miguel Gutiérrez en Perú.21; un chiquillo ofendido y ventrílocuo (con su muñecón Reynoso) en Caretas, y uno que otro termocéfalo en El Peruano?

¡Qué control ni qué ocho cuartos! ¡Prensa parametrada era la de ellos en los años del velasquismo! Nos acusan de algo completamente estúpido. Y, a decir verdad, no creo que tales imputaciones les hagan mucha gracia a los jefes de las páginas culturales de los diarios de Lima. ¿Les gustará que Gutiérrez los considere los "siervos de la mafia"? ¿O acaso, en aras de lo políticamente correcto, lo que pretende este señor es intimidarlos para que, cuando un autor criollo o limeño publique un libro, no sea bien reseñado ni entrevistado en forma imparcial? Quién sabe.

Los desconocidos de siempre. Ciertos escritores andinos, ya se sabe, han ordenado un zafarrancho de combate, buscando alianzas con otros egos insatisfechos. Y así, en un festival de invectivas y reproches, juntan fuerzas con algunos bravucones poetas de los setentas (recién salidos de las catacumbas, en un febril desempolvarse del olvido), y con la clásica reserva de espontáneos (ellos cuentan con amiguetes en diarios y revistas) dispuestos al cargamontón. Pululan, pues, los eternos resentidos (todos con su pesada mochila de expectativas frustradas), los que siempre operan en la sombra sin atreverse a dar la cara y, desde luego, los que no tienen vela en este entierro (por ejemplo, el pequeñín abusador, ventilando su alambicada jerigonza, y el alicaído Beto Ortiz Pajuelo, aislando frases de contexto y trasmutando un lío menor entre escritores en un desaforado ataque personal).

¿Qué busca este hatajo de exaltados? ¿Una invitación a la feria de Guadalajara? ¿Un flash de fotógrafo? ¿Un párrafo en la historia literaria local? Viéndolos tan coléricos, yo me digo, como en el poema de Brecht, ¡cuánto sufre esta gente! Lima es una ciudad patética, no poética. Y es que, aun cuando estamos llenos de poetas, no hay por aquí mucha poesía.

¿Quién lo ha nombrado el fiel de la balanza? En su envanecida visión de sí mismo, Miguel Gutiérrez se arroga el derecho de juez supremo y hasta se pone magnánimo. Él osa calificarnos como autores "de nivel medio considerable, incluso los mejores de entre ellos", dando por descontado que lo suyo es lo literariamente encomiable. ¿Y en qué criterios se ampara? La lucha de clases, sin duda. En el primer número de la revista Narración se publicaron Los dictámenes de Mao Tse Tung sobre el arte. Gutiérrez nunca fue socialista como ahora se quiere hacer pasar, sino maoísta. Y no hay que olvidar que hasta 1986, en su ensayo La generación del 50, afirmó nada menos que Abimael Guzmán era una inteligencia superior y el gran paradigma de los peruanos [Pág. 263]. (¿Quién es, entonces, el sectario? Sendero Luminoso sí que era una secta).

A tal punto resulta clasista en sus fobias que, en el congreso de Madrid, confesó en público que, mientras estudiaba en la universidad, odiaba sin ninguna razón, solo por su aspecto, a "un joven alto y blanco". Se trataba de Javier Heraud, a quien descubriera como poeta en un recital. Le costó mucho aceptarlo, dijo, y, al parecer, solo lo aceptó después de que este muriera acribillado en la selva de Madre de Dios.

Gutiérrez, por último, recoge el sentir telúrico de sus huestes y cae aparatosamente en la frivolidad. En Madrid -yo lo oí personalmente- admitió que las quejas de los escritores andinos eran excesivas y que estos tenían también cobertura periodística, al igual que los limeños, aunque las fotos de los limeños, enfatizó, siempre salían más grandes.

¿Qué revela tan pintoresca observación? Que el móvil de sus ataques es que no se siente lo suficientemente acariciado. Por eso fustiga a Oviedo y a Oquendo, tildándolos de antiguos mafiosos, y ningunea injustamente a Mirko Lauer, director con Oquendo de la excelente revista Hueso Húmero. No los considera destacados escritores, críticos y promotores culturales, sino definitivamente discriminadores y parte de un "cogollo clasista".

Yo dije en mi artículo Cora Cora Melody (Caretas, 1881) que Miguel Gutiérrez me parecía un soporífero. Ahora debo añadir algo más: es de hecho un escritor sobrevalorado.

Un diccionario de resentimientos. Casi desde su fundación, Lima es la capital del resentimiento. Somos muchos, nos percibimos diferentes, y pocos aceptan al otro. Cohabitamos en esta suerte de versión salvaje de una ciudad moderna. Aquí la tolerancia está devaluada y la degradación de la vida política nos contamina: reinan los corruptos, los cogoteros, las combis asesinas y, en lugar privilegiado, los maledicientes. Producimos resentidos en serie. Claro que algunos tienen sus buenas razones para detestar al prójimo, pero la mayoría, sobre todo en el país literario, busca pleitos por deporte (el juego del 'Palo ensebado', donde la diversión consiste en tirarse abajo a cualquiera que nos amenace con su éxito), o bien solo por lograr que sus nombres se conozcan. Sin embargo, ¿entienden todos cabalmente por qué son estos pleitos?

Para sacarle el jugo a tanta pelea, habría que escribir un Diccionario de resentimientos, dando los diversos motivos de los odios mutuos entre cada litigante, incluyendo al margen notas explicativas sobre la ira o las pataditas solapas de quienes gratuitamente se compran el pleito. Si A fustiga a B, digamos, y B está enemistado con C y D, entonces, estos últimos generan una virtual alianza con A y le hacen apanado a B y, de paso, le disparan a X y Z, por cuestiones tácticas o porque les sale del forro.

Cuando Ortiz, por citar un dato críptico reciente, me incluía entre Los Regios, ¿qué quería decirme? Alguna gente me dice: "Te ha dicho que eres un bacanazo y un presumido, como en todo su artículo". Sí, en efecto, pero aquí sería de gran utilidad el diccionario en cuestión. Aunque el dato es solo de interés para la mayor comprensión del lector y no enriquece en nada la polémica, Los Regios (apodo que con humor fraternal nos puso Blanca Varela, según Lucho Peirano) éramos un grupo de amigos escritores que montábamos bicicleta juntos (Julio Ramón Ribeyro, Antonio Cisneros, Guillermo Niño de Guzmán y yo), pero, por el fraseo de Ortiz en su artículo, obra como descalificación clasista. ¿Qué le fastidia en verdad? ¿Nuestra amistad? ¿O el hecho de que la hubiéramos pasado tan bien?

Termino esta nota, la última sobre este vano asunto, reproduciendo el poema LIMA, de Mateo Rosas de Oquendo, andaluz del siglo XVI que vivió en esta ciudad entre 1593 y 1598. Aparte de indicarnos que la palabra 'coimero' ya existía, su percepción resulta luminosa y puntual.

LIMA/ Un visorrey con treinta alabarderos/ por fanegas medidos los letrados/ clérigos ordenantes y ordenados/ vagamundos, pelones caballeros/ Jugadores sin número y coimeros/ mercaderes del aire levantados/ alguaciles, ladrones muy cursados/ las esquinas tomadas de pulperos/ Poetas mil de escaso entendimiento/ cortesanas de honra a lo borrado/ de cucos y cuquillos más de un cuento/ de rábanos y coles lleno el gato/ el sol turbado/ pardo el nacimiento/ aquesta es Lima y su ordinario trato.

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30 de junio de 2005

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