La voz de la ignorancia

       A finales de mayo de este año asistí al congreso de narradores peruanos que se celebró en Madrid invitado por Mirada Malva, organizadora de este insólito evento (nunca se había celebrado un congreso de escritores peruanos fuera del Perú). Llegué a Madrid y a la Casa de América, sede del congreso.
       Mi desconocimiento de la realidad sobre la literatura peruana actual quedó patente ante mis ojos ya medios ciegos. Los 45 años de ausencia de mi país me pasaban una cara factura. Nadie me conocía (siempre cuando se generaliza hay excepciones). Las ponencias me iban instruyendo, las conversaciones con algunos congresistas (a muchos no los conocía ni de nombre) me allanaban el camino para poder entender la actualidad de nuestra narrativa, pero la claridad sólo la he tenido en ese inesperado post-congreso limeño, en el que ha habido abundancia de polemistas.
       Cuando llegué al acto inaugural del congreso, ya Mario Vargas Llosa llevaba muchos minutos hablando. Recuerdo que casi en tono de consejo y cerrando su discurso, dijo más o menos que si este congreso se hubiese celebrado en la década de 1950, el ambiente habría sido feroz, pero que ahora dominaba la cordura. Casi acierta.
       Durante las cuatro jornadas del evento no hubo fricciones. Sí se notó separaciones de grupos, como el aceite y el agua. Tal vez la intervención de Fernando Ampuero pueda tomarse como provocación a un debate amargo, pero tampoco ocurrió tal cosa. Eso sí, con tardanza de mi parte, empecé a ver que había claras diferencias, no de nivel literario, sino de tipo social. Creo que se lo dije a Luis Ratto, a quien hacía más de 50 años que no veía y de quien ni siquiera tengo dirección. Y a Vargas Llosa le recordé, en la noche de la recepción en la embajada peruana, nuestros encuentros en el bar Zela, en 1952.
       Ese frenético post-congreso, que ya no ha tenido como sede Madrid sino Lima, creo que es de antología. Que deberían reunirse todas las piezas periodísticas que lo componen y organizar un curioso y atractivo libro, naturalmente con su debido prólogo y su infaltable epílogo. Han intervenido congresistas y no congresistas.
       Se ha utilizado terminologías ásperas, ofensivas, descalificaciones, insultos. No se ha ido a más porque quienes polemizaban (tal vez lo sigan haciendo) no estaban en una misma habitación. Me hizo recordar esta situación a lo que me dijo hace años un profesor asturiano, cuando yo sostenía que uno de los gremios que peor se llevaba era el de profesores universitarios. Él me replicó que eran los escritores. "Lo que pasa es que no están juntos, sino muy dispersos", me argumentó.
       Mis tranquilas conversaciones con Miguel Gutiérrez (a quien conocí en esos días) durante los intermedios del congreso me ayudaron a comprender algo de lo que para mí, escondido durante cuatro décadas en una isla, y recorriendo Europa durante un lustro, era un galimatías. Después he leído sus lúcidas participaciones en la polémica, las he leído con detenimiento, al igual que he hecho con todo lo demás y que los organizadores del congreso tuvieron la gentileza de enviarme.
       He encontrado firmas muy conocidas por mí y otras algo distantes. He vuelto a sentir, leyendo estos textos combativos o solamente ansiosos de descargar algo de hiel, de iracundia, tal vez de odios que no salieron a tiempo, las diferencias sustanciales que siguen existiendo, digámoslas claramente: sociales, étnicas, económicas. Es la realidad de nuestro Perú y no sólo de ahora. Creía que eso estaba en vías de desaparición, pero parece que no es así.
       Si el congreso tenía su razón de ser, sus caminos claros y sus metas precisas, el post-congreso empezó solamente tumultuoso, brioso. Lentamente se fueron clarificando las intenciones. Unos por mantenerse en lo que se llama poder, en este caso de los medios de comunicación. Otros por compartir esos medios.
       Pasa que para exponer esto que parece tan simple se ha llegado a vejaciones, improperios, se han dicho unos a otros lo que vulgarmente se llama "zamba canuta". Y finalmente, la lucha por ese poder mediático ha desaparecido y sólo han quedado las cuentas pendientes, los enojos de por vida, la división por razones raciales y, sobre todo sociales. Por supuesto, como en todo hay algo positivo, enterarnos de quién no quiere a quién, y de cómo reaccionan los que se creen o sienten ofendidos.
       Eliminadas mezquindades, ¡dónde no las hay!, y restada algo de fuerza a la pasión con que varios han intervenido, la reunión de textos puede ser todo un éxito.

Palma de Mallorca, julio de 2005.

> Carlos Meneses
Escritor

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30 de junio de 2005

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