De mafias, sectas y otras fantasías literarias (José Miguel Oviedo, crítico)

21 jul (Perú.21) Cuando las polémicas literarias surgen por un planteamiento básicamente erróneo de los asuntos que trata o, peor, por menudas razones personales -meros celos y frustraciones-, no sirven sino para confundir más las cosas y envenenar así el medio intelectual.

Este es el caso de la polémica surgida a partir de un encuentro de narradores peruanos organizado por la Casa de América, de Madrid, hace unos meses. En esa ocasión, el escritor Miguel Gutiérrez resucitó una vieja división geográfica de nuestros narradores entre "criollos" y "andinos", que motivó un comentario de Alonso Cueto, y una respuesta de Gutiérrez ("Poderes literarios"), publicada en Perú.21. Como en esta última el autor hace referencias a mí, lanza variados ataques a presuntas "sectas" y "mafias" literarias con las que yo estaría vinculado, y nos culpa a todos de haber manipulado -antes o ahora- la opinión pública y los mecanismos del "poder cultural", quiero hacer algunas cuantas aclaraciones, no precisamente porque les atribuya mayor peso a sus argumentos, sino porque algunos de ellos pueden sorprender la buena fe de los lectores.

La principal y constante queja del autor es que, por culpa de una omnímoda y omnipresente Secta que "dirige la vida literaria del país", ciertos escritores no gozan de la difusión que merecen, entre los cuales están, naturalmente, él y los que se agruparon en su revista Narración, que representaba una alternativa "andina" a los "criollos" y su "espíritu de casta". ¿De dónde habrá sacado estas calenturientas tesis o trasnochadas fantasías?

Gutiérrez inventa una siniestra y gigantesca conspiración, una vasta intriga que parece inspirada a medias entre la novela gótica y la de espionaje, para explicarse todo lo que ocurre a su alrededor y donde él no esté incluido. No le basta denunciar a la Secta actualmente formada por Alonso Cueto, Fernando Ampuero y otros confabuladores, sino que la presenta como una reencarnación de la terrible Mafia de los años 60, cuyos hilos movíamos, desde el Dominical del diario El Comercio, Abelardo Oquendo y yo, con gustos "exquisitos y elitistas" y "modales algo lánguidos y casi virreinales". A mí, particularmente, me atribuye una "prosa bizarra" (sic). Supongo que está usando ese galicismo por "extraño, raro", aunque en castellano la palabra significa, según el Diccionario de la Real Academia, "valiente, esforzado, generoso, espléndido". En verdad, una ambigüedad "bizarra", para usar su prosa.

Por cierto, no intentaré defender mi actividad crítica de esos años; sólo daré dos ejemplos para probar que la vieja Mafia y la nueva Secta son menos dogmáticas que su dogmático acusador. Aunque él nos culpe de actitudes "abiertamente discriminadoras", le recuerdo que en mi antología Narradores peruanos incluí un cuento suyo, y que no lo hice con mala intención. Además, como él denuncia que la editorial Peisa es un miembro más de la Secta, le recuerdo también que precisamente ese sello le publicó su libro Celebración de la novela. ¿Y sabe él quién recomendó su publicación? Nadie menos que uno de la misma Secta y cuyo nombre no revelaré, fiel a los códigos de la Mafia.

Todavía hay más: Gutiérrez no sólo fue invitado a ese encuentro en Madrid, sino también a otro, anterior, en Eichstaett, Alemania; y ahora está a punto de recibir un homenaje en la Feria del Libro, nada menos que en el Jockey Plaza, ese paradigma del consumismo burgués que él debería abstenerse de pisar en defensa de sus principios. ¿De qué se queja entonces? En vez de denunciar agravios, debería agradecer y celebrar que, dentro y fuera, lo reconozcan.

Las cosas son, pues, más fluidas y matizadas de lo que Gutiérrez nos presenta para darle un barniz ideológico a lo que parece no ser más que envidia y resentimiento ante los éxitos ajenos. En el fondo, creo que quizá no le disgustaría ingresar a la Secta y sentir luego que, al fin, dejó de ser tan cerrada como antes. Leyendo sus protestas y lamentos, sentí que el autor vivía mental o emocionalmente en un mundo que ya no existe y de cuya desaparición parece no haberse dado cuenta. ¿Habrá que informarle que pasaron los tiempos de Mao, sus guardias rojos y su "revolución cultural", el imperio soviético y el Muro de Berlín? ¿Se habrá resignado a aceptar que la "guerra popular" que asoló nuestro país, y en la que puso tantas esperanzas, nunca fue muy popular y que sólo trajo un baño de sangre? El mundo no es tan cuadriculado e impermeable como los esquemas que él sigue usando, indiferente a todo lo que ha pasado. Los retos de hoy son muy distintos, y los mitos simplistas a los que sigue aferrado son casi tan antiguos como los "virreinales".

Es el lastre de esa herencia ideológica lo que me da la impresión de estar leyendo frases, fórmulas y estrategias pertenecientes a las fútiles guerrillas intelectuales de cuatro décadas atrás, lo que afecta hasta su estilo. Su artículo está escrito con una prosa agarrotada, rígida, grumosa, desabrida y, sobre todo, absolutamente carente de humor, salvo el involuntario. Si se relajase un poco, si aceptase que la realidad no es exactamente como él dice que es, si despejase las telarañas mentales que le impiden comprender y sonriese en vez de sentirse víctima, tal vez sería mejor escritor y todos -hasta los de la Mafia y la Secta- alabarían sus méritos.

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30 de junio de 2005

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