Historia, literatura y academia

Por Sandro Bossio *

La novela histórica, un género que empieza a ponerse de moda en el Perú al influjo internacional, aprovecha el límite entre la ficción y la historia, un límite cada vez más polémico por cuanto en él empiezan a confundirse los cabos de la ciencia histórica y de la literatura, es decir de la verdad y de la mentira.

Sobre el tema, Valeria Grinberg Pla dice que "la sola comparación de las novelas históricas contemporáneas con sus antecesoras decimonónicas (o los epígonos más o menos recientes de las mismas) pierde de vista la inserción de las novelas históricas en el marco de los discursos contemporáneos en los que, por definición, se inscribe: el de la novela y el de la historiografía". Nosotros agregamos que el de la novela en razón a que es el género literario al cual está sometida, y el de la historiografía debido a que con ella comparte no solo tema, sino también objetivo: la escritura de la historia.

La Mesa Cuarta del I Congreso Internacional 25 años de narrativa peruana (1980-2005), dedicada a la Narrativa Histórica, abordó, ampliamente, este tema, tratando de explicar la manera en que se entrelazan los discursos histórico y narrativo. A partir de las coincidencias y las divergencias entre la historia y la novela histórica, el análisis discurrió por las más diversas rutas para explorar los puntos de confluencia de las dos disciplinas narrativas: la historia y la novela histórica. Así, los problemas en torno al género planteados fueron, en primer lugar, el punto de encuentro entre la novela histórica y la historiografía contemporáneas (y las múltiples cuestiones que éste dimana); los recursos que aprovecha el novelista para cubrir los vacíos históricos; y la condición social de los personajes en la narración histórica última.

Con respecto a lo primero, es claro que la novela basada en hechos comprobables, surgida en el siglo XIX, germinó de las entrañas de la metodología positivista de la historia, pero con una característica propia: plena libertad para recrear los hechos y poca afinidad con la historiografía. Bajo ese espectro, la idea de que la escritura de la historia debería renunciar a sus pretensiones positivistas, ha sido defendida por teóricos de la historiografía (Hayden White o Jaques Le Goff) en los últimos tiempos, en clara alusión a la correspondencia entre las novelas históricas de la actualidad, la historiografía contemporánea y los recursos literarios de momento.

Debido a esta cognición, y ya en el plano nacional, muchos son los estudiosos que asumen al realismo como la única corriente que acoge a la novela histórica. Esto, sin embargo, no es cierto, pues la narración histórica no ha sido ajena a la evolución de las técnicas literarias: no es de extrañar que así como la escasa novela histórica del siglo XIX se inscribe por sus procedimientos narrativos en el realismo y el costumbrismo, las novelas históricas actuales se agreguen a las tendencias novelísticas contemporáneas. Vale decir que la novela histórica actual, no apela a la retórica ni a la grandilocuencia, ni se cobija ya en los conocimientos de la novelística de otra época, sino que utiliza recursos narrativos acordes a la época y a las necesidades expresivas (sobre todo las referidas a técnicas narrativas innovadoras, como son los monólogos interiores, la multiplicidad de puntos de vista, o la reflexión metatextual del proceso de escritura e intertextualidad). Como ejemplo, y solo tomando en cuenta sus novelas históricas, son claros el estilo realista monoperceptivo de Walter Scott en el pasado y el estilo moderno multiperceptivo de Mario Vargas Llosa en la actualidad.

En relación al segundo tema, circunscrito en la licitud de los métodos que el novelista emplea para cubrir los vacíos históricos, debemos partir marcando la diferencia entre la historia y la literatura. Adolfo Cisneros nos ilustra: "sabemos bien que lo que escribe el historiador es comprobable en la realidad y se supone legitimado en lo real, mientras que existe la otra versión, la literaria, que no necesita ser sometida a un riguroso examen de criterios de verdad extratextuales". Alberto Julián Pérez explora esta misma hipótesis con otras palabras: "si la historia es lo que es, o lo que fue, la literatura es lo que no es, es ficción, y trata de lograr por medio del juego de las palabras que lo que no es, sea".
Tomando en cuenta estas razones, inferimos que el novelista no está obligado a regirse por una severidad histórico-cronológica, pues su objetivo no es científico, sino, sobre todo, estético (descontando lo social), y tiene toda la potestad de "reinventar" la historia. Por medio de un procedimiento diferente (recrear la historia sin documentación histórica) algunos autores europeos, por ejemplo, cometen descomunales desbarros al "inventar" para sus novelas un imperio incaico alfabeto, lleno de vacas y mujeres rubias, y ejércitos con armas occidentales, imaginación que obra a favor de la originalidad del libro, pero en contra de la persuasión literaria.

Los personajes de la novela histórica, al igual que la ambientación social y arquitectónica de épocas distantes, son otras cuestiones que llaman a la reflexión. Es curioso, pero los actuantes de las novelas históricas peruanas, casi en su totalidad, subsisten alcanzados por una carencia de identidad y una marginalidad extremas, condición que los hace altamente explotables para las ficciones narrativas. Estas características (búsqueda de identidad y marginación) son comunes en la mayoría de los personajes que se mueven dentro de la literatura histórica peruana última, privilegiando a actores entregados al arte y a la erudición; seres que, por letrados o artesanos, se convierten en los marginales de épocas absolutistas.

Bajo este espectro, La Mesa Cuarta, dedicada a la Narrativa Histórica, abordó un mismo tema con diversas variantes: la historia en la narrativa peruana. Para empezar, José Antonio Bravo, docto como siempre, nos presentó una crónica oral, genérica pero hermosa, acerca de todas las novelas y relatos (con la inclusión de sus los autores) históricos, y su exposición fue aleccionadora, solvente como pocas.
Enrique Rosas Paravicino, examinó en su disertación el espectro colonial del Cusco en la novela Sol de los soles, de Enrique Thord. La visión de Rosas Paravicino, implícita en la ponencia, demarca los límites entre la novela y la historia, exponiendo arquitectónica y socialmente el Cusco de la época de la rebelión de Manco Inca. La ponencia fue sólida, uniforme, con una gran carga informativa sobre la ciudad cusqueña de principios de la colonia.

Por su lado, Mario Suárez Simich, enarboló el tema de la identidad y la marginalidad de los personajes en las novelas históricas. En su alocución, el ponente sostuvo que estas características (búsqueda de identidad y marginalidad) son comunes en casi todos los personajes que se mueven dentro de la literatura histórica del Perú, y vaya que tiene razón: las novelas de este género escritas en el último cuarto de siglo privilegian a personajes entregados al arte y a la intelectualidad lo que, a criterio de Suárez Simich, los convierte en marginales de épocas tan oscurantistas.

Finalmente yo llevé un modesto estudio decantado desde hace mucho: los aciertos y los desaciertos históricos en las novelas de tema incaico. La ponencia, como estudio global, abarcó comparativamente las más destacadas novelas de este género, escritas igual por peruanos y extranjeros; y, como estudio específico, centró su atención, mediante la comparación histórica con la sociedad incaica, en los aciertos y desbarros del tratamiento de sus materias ficcionales.

Fernando Iwasaki, conocedor de la literatura histórica peruana porque, como creador, forma parte de ella, no llevó ponencia, pero sus lúcidos destellos como moderador, sus inteligentes aportes a las charlas, resplandecieron en la mesa.

En términos globales, la Mesa Cuarta, se circunscribió en un solvente academicismo y cumplió largamente lo proyectado (además de ser la más sobresaliente en conducta, pues, cumplidora, tuvo a todos sus participantes a la hora exacta pese a que la celebración del día anterior había acabado hacía pocas horas): presentar una visión heterogénea de la novela histórica en los últimos 25 años. Con la presencia de Fietta Jarque y de Lucía Charún Illescas esta mesa se hubiera coronado, desde luego, no sólo como la más académica y cumplidora sino como la más democrática y con mayor sentido de género.

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* Huancayo, Perú. Ha obtenido varios premios nacionales e internacionales por su trabajo literario. Entre ellos destaca el Premio Nacional de Novela "Banco Central de Reserva" 2002, con su novela histórica El llanto en las tinieblas, presentada en el Museo de las Américas, en marzo de 2003 en Madrid, que se convierte, hasta el momento, en su único libro publicado. Actualmente es catedrático en la especialidad de Periodismo y Semiótica de la Universidad Nacional del Centro del Perú

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30 de junio de 2005
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