La casa de los ausentes

Santiago Javier Ambao *

Siempre había pensado que la rutina era la prisión de los pobres y el vicio de los cobardes. Jamás imaginé que podía ser también la casa de los ausentes. En verdad, nunca supe si sentir pena por Pantaleón Francisco Saladino. Tal vez, en su treta mística, había encontrado la verdadera paz.

La primera vez que lo vi, no notó mi presencia. Vivía en un antiquísimo casco de estancia. Por entonces, yo solía dar largos paseos sin rumbo con la única idea de tomar algunas fotos y pasar el rato. Aquel día había dejado el coche sobre un costado de la ruta para emprender la caminata siguiendo un sendero angosto. No imaginaba qué encontraría al final del sendero, tampoco tenía apuro por saberlo. Muchas de esas tardes pasaban sin que disparara el obturador ni una sola vez, otras con varios rollos liquidados en pocas horas. Aunque no concretara ninguna toma, disfrutaba de mis salidas: la fotografía para mí siempre había sido más una forma de ver que un modo de mostrar.

casa abandonada

Encontré la estancia tras dos horas de recorrido. Parecía abandonada, aunque no tardé en ver en su interior a un hombre de unos setenta años, desgarbado y de larga barba gris. Estaba sentado junto a un pequeño horno de leña. Fabricaba, artesanalmente, botellas de vidrio que dejaba sobre una repisa chiquita, de madera, a su derecha. A la izquierda del viejo había una caja grande de donde tomaba los trozos de vidrio. Su labor era metódica: lenta y sin pausas. Copiaba la misma botella, siempre; más aún: repetía los mismos movimientos, como si los estuviera también copiando.

Permanecí atónito, mirándolo a través de la ventana. Casi no llevaba ropa, apenas un pantalón hecho harapos. Se levantó una vez para beber agua. Fuera de eso, no hacía sino repetir incansable su quehacer.

Desde el exterior le tomé algunas fotos. Me interesaba la posibilidad de utilizar la ventana como marco. No quería invadir con mi presencia aquel clima casi lúgubre. Aunque la verdad era que me había asaltado el miedo. Pensé en golpear la puerta, en hablar con él. Pero su labor entrañaba una fuerza tétrica, un vacío que no entendería hasta varias semanas después. El silencio era absoluto, tanto que escuchaba hasta el menor sonido: el tintinear de los trozos de vidrio al chocar entre sí, los soplidos del viejo para darle forma a las botellas, cada roce de sus pantalones. Cuando disparaba el obturador sonaba como un trueno en aquel campo desierto.

Saqué unas seis o siete fotos. Me tentó la idea de pedirle permiso para retratarlo. Pero estaba por caer la noche y se insinuaba una tormenta fuerte. Tenía, a buen paso, unas dos horas de caminata hasta el coche. Prefería aferrarme a esa excusa antes que aceptar el miedo ancestral que se me colaba por los huesos.

Durante los días siguientes no pensé en nada que no fuera el viejo de la estancia. Las fotos estaban bien, al verlas sentía un vacío igual al de aquella tarde. Pero eran sólo el principio de algo enorme.

Una semana después, volví. Antes de golpear -llegué con la idea de hablarle y no me perdonaría el fracaso de no hacerlo- lo observé unos minutos a través de la ventana. Continuaba en la posición de la semana anterior. Golpeé la puerta a pesar del miedo; primero despacio, ante la falta de respuesta lo hice con más violencia. No abrió, ni siquiera se dio vuelta. La puerta estaba entornada, la empujé. Él se encontraba sentado, dándome la espalda. Ensayé un saludo torpe para llamar su atención. No se inmutó. Supuse que sería sordo. Entré al salón principal: aun visto con detenimiento parecía deshabitado. Me acerqué al viejo. Apoyé con suavidad la mano en su hombro. No hubo respuesta, seguía concentrado en su trabajo.

Me senté en la cama. Al verlo por primera vez me había asustado su comportamiento: ahora me escandalizaba. Sus actitudes escapaban a las leyes naturales. Durante los siguientes diez o veinte minutos estuve allí, petrificado. Él permanecía sumido en un constante hacer silencioso. Especulé con la posibilidad de que sufriera una enfermedad mental que lo aislara del mundo. No entiendo nada de psicología, las patologías posibles son para mí ni más ni menos que las imaginables. La necesidad de entender me obligaba a encontrar una explicación convincente. (Convincente para mí, en ese momento).

Poco después descubrí en mi hallazgo la concreción de un sueño. Él no me veía. Él no me percibía. Yo era, en consecuencia, invisible. Por primera vez en la historia, alguien (¡yo!) podría capturar sobre el negativo la forma de la cotidianeidad sin condicionar al fotografiado. Esa era la mejor manera de observar. Cargué película y comencé a retratarlo: primero con ansiedad; al comprender que disponía de tiempo, con calma.

Él repetía las mismas acciones: de mí dependía elegir el mejor punto de vista. Al saber cuáles serían sus próximos movimientos podía optar por el momento indicado para disparar el obturador. A medida que avanzaba la tarde, descubría detalles interesantes: notaba algún pequeño ademán o una forma de sujetar el vidrio. Cuanto más lo conocía, más sentía que me faltaba por conocer. Poco a poco llegué a formar parte de la rutina irrisoria de esa estancia descascarada. El miedo daba paso a la fascinación.

Al caer la noche me sorprendí: él se levantó, tomó las botellas apoyadas en la repisa y las arrojó en la caja donde estaban los vidrios rotos. Luego fue hasta un pozo de agua en el exterior, se aseó, entró a la casa y se acostó. No comió nada. Había tomado agua algunas veces, aunque había parecido más un acto mecánico que una necesidad.

Me quedé allí, reflexionando. No me resignaba a aceptar que mi pasado, mis experiencias, fueran inútiles en ese apartado casco de estancia. Otras leyes regían aquella sala derruida, unas lejanas a mis saberes y mis sospechas. Me agobiaban esas ideas cuando caí dormido. Me despertó, al amanecer, la voz del viejo; o mejor sería decir un gruñido apagado. De inmediato arrojó leña al fuego y se sentó frente al horno.

Había dormido mal, no me quedaba película y necesitaba comer. Decidí irme, aunque volvería. Al llegar a casa descubrí que a pesar del casco de estancia y del viejo misterioso, nada había cambiado. Compré pan, manteca y leche y preparé un buen desayuno.

No resistí la ansiedad de revelar las fotos. Un halo de misterio las rodeaba, transmitían el clima que había sentido. La elección de película blanco y negro había sido acertada. Aunque me resultaba inevitable encontrar detalles que corregir. No importaba: podría volver cuantas veces quisiera hasta terminar mi proyecto.

A los dos días regresé a la estancia. Llevé los elementos básicos del laboratorio y los instalé en una de las tantas habitaciones vacías. Llevé también comida; deseaba concentrarme sin distracciones.

Seleccioné veinte retratos, los pegué en una de las paredes. Los repetiría hasta captar esos momentos a la perfección. Por primera vez me movía la vanidad, ya no me interesaba tan sólo cómo ver, quería mostrar ese pequeño universo tal cual lo veía. El método era sencillo: sacaba algunas fotos, las revelaba, las copiaba. Si las nuevas tomas eran mejores que las de la pared, entonces las colgaba en su lugar. Empecé a sentirme -yo- dentro de una fotografía: estaba viviendo en un pedazo de tiempo y espacio.

No tardé en comprender que cada foto aumentaría su atractivo si la sacaba a una hora determinada. Un contraluz fuerte sería magnífico a veces, para ello necesitaba una mañana de sol; en otras ocasiones era apropiada la luz difusa: un día nublado resultaba entonces excepcional.

Repetí las tomas prestando especial atención a la luz. Fueron tres semanas de trabajo intenso. Lo interrumpía apenas cada cuatro o cinco días para ir en busca de comida y ropa limpia. A excepción de los jueves, que salía a recoger leña al amanecer, él no cambiaba de rutina.

En menos de un mes, veinte nuevas tomas cubrían la pared. Pero entonces decidí repetirlas de nuevo. Las imágenes podían mejorarse. (A veces esa mejora, si bien lo era, lo era en detalles demasiado sutiles: dejar un milímetro menos de aire sobre la cabeza del viejo o estar cinco centímetros más alto y así picar el objetivo un grado más; entonces: ¿acabaría alguna vez con aquella empresa colosal?)

invisible

Llegué al punto en que podía anticiparle cada movimiento, por mínimo que fuera. Al mismo tiempo, y aunque parezca imposible, siempre había algo nuevo por descubrir: cada ciclo era igual al anterior y albergaba al menos una sorpresa. Sólo debía saber mirar. Lo que tal vez para otro hubiera sido una repetición absurda, para mí era un espectáculo repleto de matices.

Durante semanas fui testigo de un ciclo inacabable. Cualquier alteración de esa armonía me perturbaba: una mosca que atravesaba la escena, las chispas inciertas del fuego; una tarde, una ráfaga de viento volteó una de las botellas. Cuando se estrelló contra el piso sentí como si un cataclismo derrumbara las paredes de la estancia. Me ahogó un deseo primitivo de llorar.

Entonces asumí que debía ponerle fin a mi obsesión. Temía convertirme en un autómata, como ese hombre. Las fotos eran maravillosas, jamás había imaginado que yo fuera capaz de hacer un trabajo así.

Ahora me asaltaba la culpa; llegaba al final de mi tarea y me descubría egoísta: había encarado mi labor sin el menor compromiso. Había estado fotografiando un objeto en lugar de una persona. (¿Era él una persona?) Hasta entonces me había maravillado mi modelo, sólo había pensado en mí. ¿No debería ayudarlo? (¿Necesitaba él ayuda?)

Esas preguntas se repetían incesantemente; no hallaba respuestas.

Desmonté el improvisado laboratorio y guardé el equipo en el bolso. Me disponía a emprender la vuelta cuando sucedió algo extraño; algo que interpreté luego como una intervención significativa del azar. Desde la mañana temprano había estado descalzo, antes de ponerme las zapatillas me acerqué al viejo para despedirme. Le acaricié con suavidad la cabeza y, por accidente, pisé una brasa que había saltado del fuego. No pude contener un grito. Trastabillé. Mi carpeta cayó, las fotografías se desparramaron por el salón. Buscando apoyo, en un acto instintivo, mi mano izquierda se enterró en la caja con vidrios. La sangre brotaba. Yo trataba de retirar la mano despacio. Entonces él, sumergido en su rutina absurda, hurgó en la caja, haciendo que uno de los vidrios incrustados en mi brazo se retorciera. El dolor se volvió feroz. Lo golpeé en el rostro con un violento revés de mi mano derecha. Él cayó del banco sobre su espalda.

Se levantó despacio, restregándose los ojos. Repasó con la mirada la habitación, las fotos en el suelo, su propio cuerpo casi desnudo. Clavó sus ojos en los míos unos segundos.

Luego, sin decir ni una palabra, me ayudo a sacar mi brazo de entre los vidrios y a sentarme en la cama.

Durante varios minutos estuvimos en silencio. Él me retiraba las esquirlas con suavidad, yo lo observaba confundido. Fue por agua y limpió mis heridas. Mientras lo hacía, volvió a recorrer con la vista las fotos en el suelo.

- Supongo que le debo una explicación -dije.
- Soy yo quien tiene que dar explicaciones -comentó con una sonrisa sutil.

No contesté, estaba aturdido.

- ¿En qué año estamos? -preguntó.
- En el 2002, octubre del 2002.

Él hizo un gesto vago con la cabeza.

- Hace ... cuarenta años que estoy con este jueguito estúpido de ir y venir sobre mis pasos. Y si usted no hubiese aparecido quién sabe cuánto tiempo más habría pasado. Olvidaba presentarme -agregó mientras me estrechaba la mano-, mi nombre es Pantaleón Francisco Saladino.

Tras decir esto se sentó junto a mí. Se lo veía fatigado aunque ansioso por hablar. Le pregunté qué le había estado sucediendo.

- Supongo que logré colarme a través de alguna de las grietas de la historia ...

Mi expresión bastó para que entendiera mi desconcierto. Continuó:

- Yo no hago esto desde que nací, me tomé la costumbre de grande -dijo sonriendo-. Llegué a fines del cincuenta ...

Se detuvo. Dudó unos segundos.

- Por entonces tenía problemas con la justicia y buscaba algún lugar donde esconderme. Me acerqué a este rancho creyéndolo abandonado. Para mi sorpresa encontré a una mujer que repetía sin cesar sus acciones. Descosía al caer la noche lo que había cosido durante el día. La verdad es que a las dos o tres horas empezó a inquietarme su conducta.

Hizo una nueva pausa mientras miraba las fotos con detenimiento.

- Yo no le tuve tanta paciencia, la despabilé esa misma tarde.

- No sabía qué hacer -contesté avergonzado.

Hizo un gesto desestimando mi preocupación. Según dijo, aquella mujer le había contado sobre una antiquísima disciplina que permitía abolir el pasado y el futuro, evitando así que el tiempo transcurriera en una persona. Mientras hablaba, su rostro se avejentaba.

- A pesar de lo que se cree, el tiempo reside en la conciencia. El futuro y el pasado se alojan en nuestro interior. Si logramos acabar con la percepción del tiempo, entonces ya no existe. Yo lo hice. Mi cuerpo repetía las acciones, mi mente los pensamientos.

- ¿Y eso es placentero? -pregunté sorprendido.

- No, ni deja de serlo. Si no existe el tiempo, tampoco el aburrimiento: sin aburrimiento no hay disfrute. Es como estar ausente del mundo y hasta del propio cuerpo, algo así como una calma trascendental. No estaba en mis planes permanecer anclado a la nada durante años: me hundí de a poco en un duermevela hasta que perdí el control.

Seguimos hablando. Minutos después se veía mucho más viejo. Entonces miró sus manos, pasó el índice derecho sobre la palma izquierda, despacio, recorriendo las arrugas que se le formaban.

- Ahora vuelvo al mundo, a la convención que me arrancará la vida -agregó-. Quién sabe, tal vez vaya a donde no exista el tiempo, quizá todo esto haya sido un fiel anticipo de la muerte. Si es así, ¿encontré la esencia de la vida o la desperdicié?

Esa historia era demasiado fantástica. Sin embargo, después de lo que había presenciado, me resultaba creíble.

- Sara, quien me enseñó esta disciplina, estaba convencida de que el tiempo fue inventado con el fin de sobrellevar la angustia ante lo desconocido: uno de los primeros criterios rectores para organizar el mundo. Ella aseguraba que el universo se repite, que se expandirá hasta llegar a un límite donde se comenzará a contraer hasta concentrarse de nuevo en un solo punto. O mejor: que todo está sucediendo siempre, al mismo tiempo (aunque "siempre" y "tiempo" no existan más que en el lenguaje de los hombres). Hay órdenes más o menos complejos, órdenes demasiado complejos para que los comprendamos. Percibimos un caos que no es.

Quiso levantarse pero estaba muy débil.

- Construimos una mentira tan sólida que nos atraviesa las entrañas. Somos nuestra mentira -dijo mientras se miraba las manos ya desvastadas.

Ésas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos y con una sonrisa cansada se dejó morir.

Lo enterré frente a la casa, de nada serviría dar explicaciones: Pantaleón Francisco Saladino había sido olvidado por la sociedad muchos años antes. Recogí las fotos y las guardé en la carpeta. Entendí que necesitaba una más: una de la casa desierta, que fuera tan perfecta como las otras. Contaba con suficiente tiempo para trabajar hasta obtenerla. Me propuse dedicar la jornada siguiente, y si era necesario la posterior, a hallar esa imagen. Conocía tan bien ese universo diminuto que ni siquiera debía copiar las fotografías para evaluarlas.

Mientras buscaba y volvía a buscar el mejor punto de vista intentando ajustar detalles, no dejaba de pensar en aquella historia. Reflexionaba sobre mis prejuicios contra la rutina: desde adolescente la había creído una forma idiota de escaparle a la vida, aunque reconozco que muchas veces es una cárcel.

Porque siempre había pensado que la rutina era la prisión de los pobres y el vicio de los cobardes. Jamás imaginé que podía ser también la casa de los ausentes. En verdad, nunca supe si sentir pena por Pantaleón Francisco Saladino. Tal vez, en su treta mística, había encontrado la verdadera paz.

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* Santiago Javier Ambao, Buenos Aires, 1975, escritor, accésit premio de narrativa Caja Madrid 2005, por su novela La peste peor

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15 de julio de 2006

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