La emigración en Estados Unidos

Por Eduardo González Viaña *
(Western Oregon University, USA. OM)

Inmigrantes y legales

Por andar ocupado en construir la muralla contra los trabajadores mexicanos, el gobierno de los Estados Unidos ha cerrado los ojos ante una invasión destinada a entregar el país a un culto fundamentalista.

Los invasores comenzaron a desembarcar hace años en un cabo cerca de Boston. Fueron enviados por una potencia extranjera del este. Llegaron en barco y usaban sombreros de copa cónicos y otros atuendos propios de su secta. No traían pasaporte ni visa. No han pagado impuestos y no querían aprender el idioma del país ni mucho menos asimilarse. En vez de presentarse ante las autoridades de migración, proclamaron que venían para tomar posesión de la tierra y fundar una colonia.

En relativamente poco tiempo, se establecieron, arrebataron las tierras y los bienes de los pacíficos ciudadanos que pagan sus impuestos y, luego de llegar en sucesivas oleadas, avanzaron hacia el Oeste arrasando tierras y provocando la matanza de miles de americanos.

Mayflower

No es un cuento. No es ficción. No es una película de Hollywood. Es la historia de los puritanos del "Mayflower". O sea, la historia de los anglosajones, quienes hoy ya son una de las múltiples etnias que pueblan los Estados Unidos.

La Cámara de Representantes olvidó esa historia cuando aprobó un proyecto de ley que convierte en criminales a los inmigrantes "ilegales" y a quienes tengan cualquier tipo de relación con ellos, y no los denuncien.

De dos culpas se acusa a los inmigrantes. La primera es vivir del fisco sin pagar impuesto. La segunda es quitar el puesto de trabajo a los nacidos aquí. Ambos cargos son una impostura.

Aunque posean papeles falsos, con ellos los trabajadores ilegales pagan impuestos. Además, la entidad correspondiente al final del año fiscal les extiende un documento supuestamente transitorio pero verdadero con el cual harán sus aportes durante toda su vida.

La única diferencia con el resto es que estos "taxpayers" no recibirán jamás, en contrapartida, ninguno de los beneficios de la Seguridad Social, todo lo cual los convierte en un multimillonario negocio redondo para el fisco.

El otro cargo es más falso aún. Los profesionales que llegan aquí se convierten pronto en los mejores de su centro laboral y la razón es que vienen de países en los que el reto de la supervivencia es supremamente mayor. Los trabajadores manuales y campesinos, por su parte, hacen tareas que los norteamericanos rechazan. En cualquiera de las grandes ciudades, se tropieza uno con multitudes de robustos jóvenes estadounidenses que prefieren pedir monedas, "spared change", al turista en vez de trabajar. Son, más bien, ellos los que viven del fisco y reciben estampillas de comida y una paga al mes en las ventanillas de la Seguridad Social.

¿Son delincuentes los latinos que vienen a trabajar? ¿Y por qué no lo son los que instalan tiendas de pollos en la calle Florida de Buenos Aires o en la Carrera Sexta de Bogotá? Si la globalización alcanza a los capitales del Coronel Kentucky Fried Chicken, ¿por qué no acepta el trabajo honesto de nuestra gente?

ilegales en USA

Las cosas son claras. Quienes no las ven, andan cegados y olvidan la historia de sus propios ancestros, los hombres de cara pálida y sombrero cónico que bajaron del "Mayflower".

El Arzobispo de Los Angeles ha dicho que si la resolución de la Cámara de Representantes llega a hacerse ley, los sacerdotes tendrán que pedir un pasaporte a quienes reciban la Comunión. En mérito de ello, ha exhortado a la desobediencia civil.

EL MAS RECIENTE PRIMERO DE MAYO, en nuestros países de origen, nuestros paisanos evitaron adquirir productos norteamericanos.

En USA, los "latinos" dejamos de comprar, usamos camisas blancas, paramos el trabajo, salimos a las calles, rechazamos la ley brutal, exigimos justas normas de inmigración y comenzamos a hacer historia. La nuestra ha dejado de ser una invasión silenciosa.



Margarita y Mariana, ilegales en USA

El sábado estaba sentado en una banca de un parque de Salem. Gozaba de un buen libro, de una calurosa primavera y de un sol que se despierta a las 5 de la mañana y no se va hasta las diez de la noche. De repente, sentí un estallido de risas femeninas.

Venían de una banca cercana. Eran tan intensas que me interrumpieron la concentración. Eran tan contagiosas que, de un momento a otro, también yo comencé a reír.

Traté de volver a la lectura, pero fue imposible. Cuando estaba por hacerlo, las malvadas volvían al ataque con ese tipo de aullidos que uno no sabe si son de dolor o de alegría. Media hora más tarde, todavía riendo, logré levantarme de la banca y fui a ver a mis vecinas. Hablaban castellano y eran dos. Tal vez de 40 y de 22 años. Las supuse madre e hija, y lo eran. Llegué hasta ellas.

- Señora, por favor. ¿Podría decirme de que nos estamos riendo?

Me respondió Margarita:

- Reímos- me dijo- porque a Marianita, mi hija, la acaban de despedir de su trabajo.- Se puso la mano sobre la boca para no seguir riendo, y continuó:
-Como justificación para echarla, el manager dijo que sus papeles eran chuecos.
-¿Lo eran?
-Lo son. Por supuesto. Mariana y yo somos ilegales.

No pudo contener la risa, y Mariana rió también. Por mi parte, no sabía qué hacer. No soy sádico y no puedo reírme de la desgracia ajena, pero por razón de cortesía, debía acompañarlas en la risa.

-Lo más cómico es que esta mañana, el administrador del apartamento donde vivimos me ha telefoneado. Exige que nos vayamos porque somos muchos: Mariana, su compañero, sus dos bebes y yo.

Ensayé una risa triste.

-¡Espere! Eso no es todo. Hace tres meses, le dimos 2 mil dólares a un tipo que supuestamente nos iba a conseguir visas de verdad. El tipo se ha hecho humo ...

Ya no pude aguantar. Miraba al cielo para que me dijera qué hacer en esas circunstancias. Margarita se dio cuenta.

-Se pregunta por qué nos reímos. ¿No es cierto? ... Hay una buena razón. Nos reímos porque el sufrir sin reír es muy malo. Hace daño para la salud.

mujeres emigrantes

Hay doce millones de personas como Margarita y Mariana en los Estados Unidos. Gracias a su barata mano de obra, un kilo de manzanas cuesta aquí un dólar contra 6 en Europa y 15 en el Japón.

Pagan impuestos. El jefe se los descuenta de sus salarios. A la entidad fiscal no le importan los papeles "chuecos". Cada año les manda papeles buenos pero transitorios para que sigan cotizando. Pero no reciben ninguno de los beneficios de la Seguridad Social justamente porque no tienen legalidad aquí.

Por fin, no le quitan trabajo a nadie. En cualquier ciudad, verán ustedes a gigantescos jóvenes gringos y negros que prefieren vivir de la Seguridad Social y/o pedir limosna antes que hacer ese tipo de trabajos.

No son criminales. No son terroristas. Le dan riqueza a este país. Entonces, ¿por qué se les quiere echar?... Por un racismo que, aquí, es antieconómico además de anacrónico y bestial.

Helicópteros, aviones, cañones y fusiles van ahora contra ellos a la frontera. Dispararán contra gente que leyó la hermosa Constitución de este país según la cual el primer derecho de los seres humanos es la búsqueda de la felicidad.

El presidente Bush dijo, al comienzo de su mandato, que iba a hacer una guerra contra la pobreza. Acaba de declarar una guerra contra los pobres. Error de dicción. El sufrir sin reír hace mal.


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* Eduardo González Viaña (Chepén, Perú, 1942) Es abogado graduado de la Universidad de Trujillo. Realizó también estudios doctorales de literatura que continuó en España y Francia. Novelista, cuentista y ensayista, su literatura se ha orientado al tema antropológico. Es autor de los libros de relatos: Los peces muertos (1964), Batalla de Felipe en la casa de las palomas (1984), El tiempo del amor (1984), El amor se va volando (1990), Las sombras y las mujeres (1996), y de las novelas Identificación de David (1974), Habla Sampedro (1979), Sarita Colonia viene volando (1990) y Frontier Woman, La mujer de la frontera (1995). Su relato "Siete días en California" incluido en su libro Los sueños de América obtuvo el Premio Internacional Juan Rulfo, en París, en 1999. El pasado mes de junio de 2006, se le otorgó el prestigioso premio noruego Kon Tiki por la trayectoria de su obra literaria volcada a retratar la emigración latinoamericana en Estados Unidos.

Desde la década del 90, González Viaña reside en los Estados Unidos donde trabajó como catedrático en la universidad de Berkeley y actualmente en la de Oregón. Publica semanalmente "El Correo de Salem", una columna periodística que aparece simultáneamente en más de treinta diarios de América. La dichosa memoria (2004) es su última obra publicada.
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15 de septiembre de 2006

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