El joven Blas

Por Leonor Fleming *
(Buenos Aires. Argentina)

Matamoro-Fleming

Como Montaigne, Blas Matamoro sabe de incertidumbres y certezas. Y emprende la literatura, ese camino necesariamente incierto, para averiguar y saber. Lector adicto, siempre tiene dos libros entre manos: el que está leyendo y el que escribe. Su trayecto, iniciado en el Buenos Aires insurrecto de los sesenta y desplegado en Madrid con epicentro en Cuadernos Hispanoamericanos, abunda en lecturas y escritura. De ambas dan cuenta sus muchas páginas, siempre brillantes, que se ordenan en ensayos, cuentos y novelas.

Si nadie lo sabe, si no es posible encontrar ese dato, pregúntenle a Blas Matamoro; el ordenador de su cabeza nunca se cuelga, su disco duro es infinito e insólito. El rasgo más llamativo de su persona, su raro privilegio, es su competencia múltiple; la capacidad para saber y actuar en distintos frentes sin renunciar a nada, ni a la literatura ni a la vida. Cómo se explica, si no, que haya escrito y leído todo lo que sabe, sin dejar de lado las obligaciones y los placeres de la dispersión cotidiana: cocinar para los invitados y trasnocharse con ellos oyendo tangos hasta altas copas de la noche; presidir la comunidad de vecinos y supervisar las reparaciones del edificio; viajar, y hacer turismo en ciudad propia; conocer Madrid o París con la doble pericia del teórico y del flaneur que descubre insólitos rincones.

A él le pertenece la atinada observación de que "París es París, cuando ya no hay que cumplir obligaciones culturales", cuando el viajero ya puede permitirse no pisar el Louvre ni Notre Dame, y darse el lujo de hacer lo que le da la gana. Así es como en una ocasión que coincidimos en el verano francés, nos guió en un curioso recorrido por la Butte Chaumont mostrándonos los senderos por donde Proust sitúa escenas de Albertine disparue, hasta un modesto zaguán de las proximidades, donde nació Edith Piaff, "El gorrión de París".

Blas no sólo lee libros; tiene la rara cualidad de saber leer ese abigarrado mundo de símbolos, de historias superpuestas, escritas en una ciudad con pasado: en sus calles, sus cementerios, sus plazas recoletas, sus viejos edificios. Armado de lecturas numerosas y eclécticas, y de una memoria de muchos gigas, ciudades como Madrid, París o Buenos Aires son, para este descifrador experto, un códice infinito. Su condición de lector superlativo no se conforma con la letra impresa y el lenguaje cifrado de las urbes, la música, las artes plásticas, el teatro, los idiomas extranjeros, las lenguas muertas, todo motiva su curiosidad pertinente.

Blas Matamoro 1986

Intelectual en estado puro, no es sin embargo puro intelectual. Lo más peculiar ( e insoportable, desde una sana envidia), es que tanta dedicación letrada no le ocupa, ni mucho menos, todo su tiempo. Nunca he visto a Blas corriendo o desbordado por sus compromisos editoriales, a pesar de que, cuando se haga la recopilación de sus publicaciones, se advertirá que no hay relación posible entre las horas del día y sus productos.

Distendido, gourmet, amigo de sus amigos, sabe perder (o ganar) el tiempo con ellos. Generoso y gregario, dispone de sus fines de semana para disfrutar en buena compañía. Un paseo por lo que queda de las quintas de Carabanchel, o una sesión en video de Aída, después de una buena comida que comenzó con la selección de ingredientes en el mercado, es gesto habitual en su piso de Aluche.

Amo de casa experto, anfitrión hospitalario, junto a Fernando Fraga, con quien comparte la ópera, las lecturas y la vida, estira y domina el tiempo con tal ingenio que nunca está agobiado por ese tirano, al que lo hace rendir en provecho propio: usa método, disciplina y generosidad con prioridades.

Recuerdo que mientras trabajaba en los numerosos ensayos que luego recogió en esos dos volúmenes publicados por el ICI, Lecturas españolas y Lecturas americanas, los domingos por la mañana, Blas me acompañaba a remar en el estanque del parque del Retiro, donde llevaba a mis hijos pequeños, y luego tomábamos una orchata mientras los niños retozaban. Eran una gloria aquellas charlas sobre lo divino y humano, flaneur en la conversación como en las ciudades, experto sin rumbo fijo, encontrando sorpresas y curiosidades en cada recodo del diálogo.

A ese gran ensayista de humor impertérrito y perspectiva siempre sorprendente; a esa gran memoria conectiva, operativa, deductiva; a ese hombre inteligente y afectuoso, sensato y cabal; al amigo y al profesor de mayéutica en una lancha del Retiro; al joven Blas en sus lozanos sesenta y tantos años, le ofrezco esta remembranza y mi homenaje.

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* Leonor Fleming es Doctora en Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Residió en la capital de España durante veinte años. Allí formó parte del consejo de redacción de La Revista de Occidente que edita la Fundación Ortega y Gasset, donde también tuvo a su cargo el cuidado de varios títulos de la colección Letras Hispánicas, de la prestigiosa Editorial Cátedra. Hizo su tesis doctoral en dicha Universidad sobre Héctor Tizón.
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15 de febrero de 2007

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