Trece fotos mentales del album de la familia sesentaiocho

Por José Rosas Ribeyro *
París, Francia

Les pido que me disculpen porque, por lo general, en estos eventos las cosas no se hacen así. Que me disculpen, sí, porque voy a empezar con una confesión: aunque soy universitario y me doctoré en Historia, en París, en el Instituto de Altos Estudios en Ciencias Sociales, las ponencias académicas suelen aburrirme, razón por la cual no ejerzo la docencia en una universidad y me dedico a un oficio que a menudo me avergüenza: el periodismo. A veces también, en mis ratos libres, tomo fotos, fotos inmateriales, fotos mentales, fotos que conservo en el envejecido álbum de mi memoria. De ese álbum he extraído algunas fotos que paso de inmediato a presentarles. Ah, me olvidaba precisarlo: son algunas fotos del gran familia Sesentaiocho. Tengo muchas más pero debido a la premura del tiempo hoy sólo he traído trece. Éstas trece.

Primera foto. (En un lugar indeterminado de Lima. Cielo gris, aire húmedo). La familia Sesentaiocho reunida.

Es la única foto en la que, gracias a la magia de la imaginación, se encuentran todos reunidos. Tarea difícil si no imposible porque en esta gran familia Sesentaiocho, como en todas, hay parientes que se odian, que no se pueden ver ni en pintura. Broncas políticas, enfrentamientos de egos, envidias, rencores, celos, golpes bajos y demás, los han desunido, pese a que más es lo que tienen en común que sus verdaderas diferencias. Los mayores de la familia nacieron en 1941 y 42 y los menores en 1950. Entre los mayores distinguimos en la foto a Luis Hernández, Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros y Marco Martos. El más jovencito es Enrique Verástegui y eso se nota en la cara aún adolescente captada por el lente fotográfico. Entre estos dos polos vemos a Manuel Morales, del 43, Jorge Pimentel, del 44, Jorge Nájar, del 45, José Watanabe, Oscar Málaga y Elqui Burgos, del 46, Abelardo Sánchez León y Carmen Ollé, del 47, Tulio Mora, del 48, y José Cerna y yo, del 49.

Segunda foto. (Patio de letras, San Marcos, y un bar del centro de Lima). El profe y el bohemio.

Ambos llevan traje gris pero lo que los diferencia es el uso o no de corbata. El que tiene corbata nos llevó a pasear en pleno día por el parque de su sapiencia y su sensibilidad desde su cátedra sanmarquina. El que no lleva corbata nos sirvió de guía en el mundo de la noche, fue nuestro profesor de bares, alcoholes, humos, amores fugaces y vida sin sueño pero con sueños. El primero había escrito: "Toco una mano y toco/todas las manos de la tierra". (1) El segundo había escrito: "Yo me ahogo de cielo./ Mi corazón se inclina/ y las islas no llegan. " (2) Cuando los conocimos a ambos, nosotros aún casi adolescentes, nos parecieron hombres muy mayores, viejos, y no tenían en aquel entonces sino cuarentaitantos años. Fueron acogedores y solidarios y hoy si me pongo un poco solemne hasta los podría calificar de maestros. Con corbata: Wáshington Delgado. Sin corbata: Juan Gonzalo Rose.

Tercera foto. (Una mesa en un lugar indeterminado de Lima, quizás en El Palermo. Sobre la mesa una revista). Piélago.

Piélago: mar (expresión poética) y en sentido figurado: "Lo que por su abundancia es dificultoso de enumerar y contar" (3), dice el Diccionario Enciclopédico Espasa. Pero a mí, como verán, me ocurre lo contrario. La revista Piélago, que editaba Hildebrando Pérez (que es de 1941, como Hinostroza y Hernández), aparece borrosa en la foto que conservo en el álbum. En mi caso, pues, no es por abundacia sino por carencias en la memoria que se me hace difícil ahora enumerar sus contenidos y contar lo que fue Piélago. Sé, en cambio, a ciencia cierta, que sirvió de puente entre la primera y la segunda promoción de la familia Sesentaiocho y que para algunos de nosotros fue un poco el modelo para emprender nuestras propias y humildes aventuras editoriales. Tulio Mora, Elqui Burgos, yo, y creo también que Oscar Málaga, debíamos publicar allí nuestros primeros poemas, pero Piélago murió de cielo húmedo y el proyecto se quedó en el aire. Recuerdo también, y se ve muy bien en la foto, que esta revista nos vinculó con algo que podríamos llamar ahora, por facilidad, la "poética de la guerrilla": el culto a Javier Heraud que debía llevar en un momento dado a dejar la poesía escrita para luchar contra el sistema social y político imperante con las armas en la mano, en una suerte de poesía de la práctica violenta.

Cuarta foto. (Soportales de la plaza San Martín. Café Versalles). Cinco libros y otros tantos chilcanos de pisco.

Estos cinco libros aparecieron por primera vez en ediciones que han resistido muy mal el paso del tiempo, por eso en la foto no quedan claros el formato, el tipo de papel ni el diseño de la carátula de cada uno de ellos. El contenido, en cambio, sigue vivo, vivísimo, y es, al mismo tiempo el hito fundacional de la familia Sesentaiocho y la marca imborrable de la profunda renovación que se venía manifestando en la poesía peruana desde la segunda parte de los años sesenta. Las Constelaciones de Luis Hernández y Consejero del lobo de Rodolfo Hinostroza, fueron editados respectivamente en Trujillo y Lima en 1965; Canto ceremonial contra un oso hormiguero, primero en La Habana, en 1968, y al año siguiente en Buenos Aires y Barcelona. Y, precisamente, en 1969 se editaban también los otros dos poemarios que aparecen en la foto: Poemas de entrecasa de Manuel Morales y Cuaderno de quejas y contentamientos de Marco Martos. Algunos versos de esos libros se convirtieron muy rápidamente en emblemas de la familia o generación sesentaiochera. Cito algunos a modo de ejemplo.

De Luis Hernández, "Ezra Pound: cenizas y cilicio" (4):


Ezra:
Sé que si llegaras a mi barrio
Los muchachos dirían en la esquina:
Qué tal viejo, ché su madre...

De Rodolfo Hinostroza, "La noche" (5):


A estas alturas de la época, estamos
prevenidos contra la modestia.

Y más adelante en el mismo poema (6):


...Salen a relucir las putas madres, los carajos
se bambolean y se esparcen a lo largo de la playa. La mierda
trepa a los hombres y cada uno de nosotros se siente un poco
culpable...

De Antonio Cisneros, "Crónica de Lima" (7):


Y esta memoria -flexible como un puente de barcas-
   que me amarra
a las cosas que hice
y a las infinitas cosas que no hice,
a mi buena o mala leche, a mis olvidos.
                  Qué se ganó o perdió entre estas aguas.
                  Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.

De Manuel Morales, "Si tienes un amigo que toca tambor" (8):


Si tienes un amigo que toca tambor
Cúidalo, es más que un consejo, cúidalo.
Porque ahora ya nadie toca tambor,
Más aún, ya nadie tiene un amigo.

De Marco Martos, "Casti connubi" (9):


Cada mañana, marido y mujer, sentados y limpios,
comiendo tostadas, ruido de rata,
leyendo los diarios, matando las moscas,
hablando del clima, cada mañana,
esperan la noche, el hastío sexual...

Quinta foto. (Un libro cuadrado -o casi-. Una antología). Los nuevos.

Mirado así, a simple vista, se diría que es cuadrado. Sin embargo, si se lo mide con una regla se constatará que tiene dos lados de 17 centímetros y dos de 19 y que, por lo tanto, es un rectángulo. En la carátula, un fondo blanco con un cuadrado (aquí sí) verde y dentro otro más de color rojo. En la parte superior, en letras minúsculas, leemos el título: Los nuevos, y más arriba el nombre del autor: Leonidas Cevallos Mesones (10). Editada en Lima en 1967, ésta es la primera antología sesentaiochera, aunque, como siempre, falta alguien. Y en este caso es Luis Hernández, quien ya había publicado en aquel entonces Las Constelaciones. Según yo también, sobra alguien, pero no mencionaré quien para no contribuir a las divisiones y querellas en el seno de la familia. El libro presenta, por supuesto, poemas de los autores seleccionados, pero lo que es novedoso -y será una de las características de las antologías sesentaiochistas- es que incluye también entrevistas con los antologados o unas "Reflexiones sobre el asunto poético", en el caso de Rodolfo Hinostroza. En este texto, precisamente, el autor de Consejero del lobo critica la poesía social, afirma que "nadie sabe nada" y que casi nadie entre sus contemporáneos del Perú lee a Joyce, ni a Lautréamont ni a Rimbaud ni a Michaux. Ya en ese momento, Hinostroza expresa su oposición a la denominación "generación del 60", porque -precisa- "no quiere decir nada". Y con una frase: "Calvo, Naranjo y Corcuera parecían ser los primeros de los jóvenes y resultaron ser los últimos de los viejos", resume Hinostroza lo que yo constato en decenas de las fotos del álbum de la familia Sesentaiocho, en las cuales, por cierto, no aparece ninguno de los tres.

Sexta foto. (Ciudad universitaria de San Marcos, patio de la facultad de letras. Una hojas amarillentas tiradas por el piso). Estación reunida.

Obra poética Luis Hernández

De Estación reunida ya prácticamente no queda nada, aparte del nombre que por facilidad se le pega como etiqueta a un grupo particular de sesentaiocheros: Tulio Mora, Oscar Málaga, Elqui Burgos y yo. ¿Y por qué no a José Watanabe si él también publicó algunos de sus primeros poemas en Estación reunida? Misterios de una crítica literaria como la peruana que se ha caracterizado a menudo por su pereza y una absoluta falta de seriedad. A ella le debemos, por ejemplo, el chiste peruano de las generaciones: la del 50, la del 60, la del 70, la del 80, la del 90 y luego, en un proceso de vertiginosa aceleración, como la de los tiempos que corren, por qué no la del 95, el 2000, el 2005 y etcétera, etcétera. Un mal chiste, por cierto, pero que aparece y reaparece en mucho de lo que se escribe y se dice sobre la poesía peruana de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI (11). Un sesentaiochero serio, como hay muchos, el historiador Alberto Flores Galindo, precisa con suma claridad que las generaciones no "resultan de la decisión de un grupo que se autotitula como tal en busca de una identidad literaria", sino que "las generaciones aparecen cuando se produce el peculiar encuentro entre determinados acontecimientos y vivencias, por un lado, y proyectos y actitudes que cohesionan a un grupo de coetáneos" (12). Pero volvamos a Estación reunida. Yo dirigí la revista entre finales de 1966 y mediados de 1968, cuando murió de muerte natural. A diferencia de Piélago, su hermana mayor, Estación reunida no fue una revista exclusivamente de poesía. Había sido creada como una "acción cultural" del Ejército de Liberación Nacional con el apoyo directo y la ayuda económica -mínima, por cierto- de la Cuba castrista, con el objetivo de difundir en el ámbito de la joven poesía peruana de entonces la idea guevarista de crear Vietnames por todas partes lanzando la lucha armada a través de la organización de focos guerrilleros. La poesía y el fusil, pues, tras las huellas trágicas de Javier Heraud y Edgardo Tello y la consigna suicida de "Patria o Muerte". Yo no soy tan ingenuo como para creer que hoy, tras más de treinta años de luchas intestinas en el campo literario y en el seno de la propia familia Sesentaiocho, pueda existir aún esa "cohesión" entre "coetáneos" que señala Flores Galindo. El Perú es un país caníbal y las guerras fratricidas son un hecho permanente desde que nacimos oficialmente como país, aunque, felizmente, éstas no se cobran siempre el precio en vidas, como lo hicieron trágica e inútilmente durante los años de las insurrecciones armadas guevarista y, sobre todo, maoísta. Y en nuestro quehacer literario el canibalismo, las guerras tribales, la violencia verbal, la intolerancia y la necesidad para quienes venimos de la frágil clase media de hacernos a como dé lugar un sitio en la sociedad, conseguir un status, nos ha llevado a menudo a rupturas no justificadas o, en todo caso, sólo justificadas por razones personales. Más allá de lo que hoy en día Tulio Mora piense sobre Marco Martos o viceversa, más allá de cómo considere Jorge Pimentel a Antonio Cisneros o viceversa, más allá de lo que Enrique Verástegui pueda decir sobre Rodolfo Hinostroza o viceversa, el hecho históricamente demostrable, es que unos y otros pertenecen a una misma familia, una generación que es la de Flores Galindo, en el campo de la historia, y la de Javier Diez Canseco, en el campo de la política, por mencionar sólo dos casos de personas destacadas en campos diferentes. Y es también la de Luis Hernández, Manuel Morales, Abelardo Sánchez León, José Watanabe, y la mía. Es la generación de la ruptura, la generación de la duda frente a los valores establecidos, la generación que tuvo la ilusión de contribuir a la transformación radical de la sociedad, porque se aferró, en un primer momento, al ejemplo de la revolución cubana, y experimentó después en carne propia el derrumbe de sus ilusiones políticas. En el campo específico de la poesía la familia Sesentaiocho introdujo el coloquialismo, la ironía, la narratividad, la apertura a los más diversos referentes culturales, sean éstos "cultos" o "populares" -de la poesía anglosajona a la música rock pasando por el cómic, el bolero, la literatura erótica, el cine, la cultura tradicional andina y un larguísimo etcétera-, la utilización poética de todos los niveles del habla y, finalmente, la fusión entre lo histórico y social y la experiencia individual. Para volver a la foto, puedo decir que todo esto aparece de manera nítida en el último número de Estación reunida en poemas de mayor o menor envergadura literaria (13). La "Elegía a un creyente muerto" de Tulio Mora tiene tonalidades de Saint-John Perse, poeta admirado también por Hinostroza; "Cuatro muchachas alrededor de una manzana" de José Watanabe se construye en torno a un verso de Wallace Stevens y hace referencia a la música de Beethoven, "En torno a la posibilidad de andar con Bob Dylan" de Oscar Málaga se inscribe, por su parte, dentro de una cultura rockera. Al lado de eso hay un poema de un crudo erotismo, hasta ese entonces prácticamente inexistente en la poesía peruana aparte de algunos textos de César Moro -muy superiores, por cierto-, y otros que evocan la Cuba revolucionaria, al Che Guevara, la guerra de Vietnam, la gesta de Túpac Amaru y las piedras de los muros incas del Cuzco. Temas todos que habían sido abordados anteriormente por Antonio Cisneros e Hildebrando Pérez, por poner sólo dos ejemplos de autores de la primera promoción de la familia Sesentaiocho.

Séptima foto. (El general Velasco y otros militares "progresistas". Como fondo: el Palacio de Gobierno). La dictadura disfrazada de revolución.

Octubre de 1968 y años posteriores: el golpe militar del general Velasco y otros uniformados vuelve loco a medio mundo. Para muchos la tan anhelada revolución les ha caído del cielo como por milagro, sin que hayan tenido necesidad de realizarla. Los militares expropian a los estadounidenses unos viejos yacimientos de petróleo que ya casi no producen nada y con ello, según dicen, recuperan la perdida "dignidad nacional". Decretan la reforma agraria y crean cooperativas a las que los campesinos tienen que adherir obligatoriamente. Confiscan todos los diarios y se los entregan a sus amigos políticos. Montan una enorme estructura burocrática para controlar toda la sociedad desde las bases y con un inesperado sentido del humor la llaman "Sin Amos". Lanzan una reforma de la educación que califican de libertaria aunque el gobierno que la promueve es una dictadura. Paralelamente, algunos poetas de la familia Sesentaiocho escriben para el régimen frases propagandísticas como "reforma de la educación: puertas abiertas a la vida". Otros, muchos, entran a trabajar en dependencias gubernamentales, unos con fe en el proceso y otros, entre los que me encuentro, sin creernos el cuento que nos están contando los militares e incluso, en algunos casos, militando clandestinamente en organizaciones de la nueva izquierda radical. Hay rupturas, pues, en la familia Sesentaiocho, hay enfrentamientos que dejan huellas y que se profundizarán poco tiempo después cuando aparezcan los batallones desordenados de Hora Zero.

Octava foto. (Lima, Parque Universitario. Un quiosco de periódicos y revistas). Caretas y Oiga.

En enero de 1970 Caretas publica "Tres contra el mundo", primera aparición pública de la tendencia horazeriana en la familia Sesentaiocho (14). Jorge Pimentel dice que para él un gran poeta es Ezra Pound -como ya lo había dicho antes Luis Hernández- y Juan Ramírez Ruiz expresa su admiración por Saint John Perse y Henri Michaux, exactamente igual como lo había hecho antes Rodolfo Hinostroza. El tercer personaje de la foto se llama José Carlos Rodríguez y, aparentemente, es mudo, pues no dice ni una sola palabra. En febrero Oiga presenta su propio trío con el título "La nueva y violenta poesía peruana" (15). Elqui Burgos anuncia "una posible unificación con Hora Zero" y su predilección por Shakespeare y, en el Perú, por Juan Ojeda, poeta nacido en 1944, que publicó sus primeros poemas en Piélago. Tulio Mora menciona a los clásicos del marxismo, dice que admira a Eliot y a Brecht -como Cisneros- y que va a publicar en Piélago. Yo, por mi parte, aludo a la revolución cubana y los poetas guerrilleros, como también a Trotsky y a Breton, y destaco entre los peruanos a Wáshington Delgado, Juan Gonzalo Rose, Pablo Guevara y Antonio Cisneros. De Martín Adán digo que es el "mejor poeta joven" del Perú, mientras que, no sé por que oscura razón, califico a Rodolfo Hinostroza de "petulante con talento", aunque él admira tanto como yo a Martín Adán.

Novena foto. (Lima. Parque Universitario. Quiosco de venta de periódicos de la familia Rupay). Palabras urgentes.

En 1970 también, después de las entrevistas que mencionaba antes, apareció por primera vez en letra imprenta Hora Zero. En la foto mental que les muestro vemos en un quiosco de venta de periódicos del Parque Universitario a Isaac Rupay, quien tiene en las manos un ejemplar del periódico Hora Zero y está leyendo "Palabras urgentes", el lapidario manifiesto parricida con el que un grupo de poetas de la familia Seseantaiocho que no venía de la universidades de San Marcos ni de la Católica sino de la poco prestigiosa Villarreal, trató y logró hacerse un lugar en el cerrado mundo literario limeño (16). Los horacerianos irrumpieron dando patadas y puñetazos a todo el mundo, gritando a voz en cuello, maldiciendo y ninguneando de antemano a los que eventualmente tendrían la intención de ningunearlos. Para existir tuvieron que caricaturizarse, y en ello fueron ayudados por la época, por el momento histórico que se vivía en el Perú: una total caricatura en la que el populismo había suplantado a la revolución, la dictadura a la democracia, los militares a los civiles, y muchos ni cuenta se habían dado de ello. Hora Zero en sus manifiestos no dejó prácticamente a nadie en pie. Según ellos, lo máximo que se había hecho en el Perú eran "formas poéticas incipientes, débiles o arcaicas". No obstante, los horacerianos señalaban algunas excepciones, precisamente, dentro de la familia Sesentaiocho. Unos ejemplos: de Javier Heraud dicen que es "un creador auténtico", de Rodolfo Hinostroza que tiene la posibilidad de ser "una voz importante" y de Carlos Henderson -otro de los incluidos en Los nuevos- que es una "posibilidad en medio de la debacle".

Décima foto. (Un afiche pegado sobre la puerta de la Biblioteca Nacional de Lima). La mano de recitales.

Si lo que he apuntado en el reverso de la foto mental es cierto, fue también en 1970 que la Casa de la Cultura organizó un vasto ciclo de recitales que incluía a todos los poetas vivos del Perú e incluso a algunos cadáveres dotados aún de un mínimo de respiración y movimiento. Todo transcurrió normalmente hasta el día en que al dueño de este álbum de fotografías mentales se le ocurrió leer una declaración personal contra la dictadura militar de Velasco y compañía. Ni bien terminada la lectura se armó una trifulca de los mil demonios: llovieron puñetazos, patadas y cabezazos entre los velasquistas y los que no lo eran y entre algunos sesentaiochistas de la segunda promoción y algunos de los más jóvenes de la generación anterior. Ante el escándalo que se produjo, las autoridades de la Casa de la Cultura dieron por clausurado el ciclo, y en respuesta a ello nació La mano de recitales organizada de manera independiente por Hora Zero y diversos miembros de la familia Sesentaiocho (17). Este ciclo tuvo lugar en el auditorio de la Biblioteca Nacional entre el 26 de febrero y el 26 de marzo de 1971. Fueron cinco encuentros que contaron con gran asistencia de público y en los que participaron unos veinte poetas de la familia Sesentaiocho. Estos recitales constituyeron los primeros actos públicos en que la segunda promoción de esta turbulenta familia se expresó de manera autónoma, separada de los primeros sesentaiocheros.

Décimoprimera foto. (Lima. Barrio de Breña. Interior del taller de mecánica Túngar). Callejones party's.

En una calle de Breña de cuyo nombre no logro acordarme (y desgraciadamente no está anotado tampoco en el reverso de la foto) se encontraba el taller Túngar del ex poeta proletario Leoncio Bueno. Allí, de vez en cuando, se organizaban unas fiestas que se hicieron muy famosas en los primeros años setenta con el nombre de Callejones party's. Leoncio Bueno, nacido en 1921, había sido obrero de construcción civil y en la industria textil y tras décadas de militancia política trotskista, algunos asaltos a bancos y años de cárcel, había entrado en contacto con poetas de la familia Sesentaiocho y se había ido alejando del grupo cultural Primero de Mayo y su poesía de yunques, puños, banderas rojas y chimeneas humeantes. Adoptado por la familia Sesentaiocho asumió una poética más fresca y desfachatada, que comunicaba directamete con la de los jóvenes iconoclastas de entonces. Trasformado por los sesentaiocheros Leoncio Bueno pudo escribir en "Wayno de Comas" (18):


Somos 700 mil artistas preñados de violencia moderna.
Entre ellos, muchos mejores que yo
hablan y escriben vaticinios.
Soy uno de tantos arrimando parábolas en un papel rayado
.

Pablo Guevara

A los Callejones party's llegaba también otro poeta de más edad que los de la familia Sesentaiocho: Pablo Guevara. (Pablo ha muerto hace muy poco, así que aprovecho esta foto en la que se le ve rodeado de la familia Sesentaiocho en el taller Túngar para agradecerle por su poesía y su amistad, y rendirle el homenaje que se merece). Guevara, nacido en 1930, "parece un compañero generacional de Enrique Verástegui y Tulio Mora", ha escrito Ricardo González Vigil (19). Y tiene completa razón porque el contacto con los sesentaiocheros transformó la poesía de Pablo Guevara, la alejó por completo de las arbitrarias normas del "buen gusto", rompió con una concepción rígida de la escritura poética, le dio cada vez más importancia a los aspectos narrativos del poema y mezcló aspectos de la vida cotidiana con referencias a la historia. Guevara se hizo vehemente, iconoclasta, dinamitador, como bien lo señala González Vigil (20).

En "Los ecuestres" dice Pablo Guevara (21):


Mi país enrumba hacia Nacimiento y hacia Extremaunción,
a la gloria de las destrucciones en este Orden atormentado.
Aunque hay niños que se arrojan enloquecidos y luchan por los
        valles
y los viejos dicen que se arrojarían prestos a despanzurrase
por las inscripciones en sus arcos votivos
-diciendo que mueren por sus principios-
la mayor parte de los muertos son jóvenes:
ellos amanecen apasionadamente encarcelados,
apasionadamente apaleados, apasionadamente acuchillados,
desmembrados, bombardeados;
aves rapaces basureras oscurecen los cielos
        se posan en mis hombros,
vienen a mis sauces y a mis alcanfores y me cuentan
        la Historia
que no se daña, hacen imponderables mis escritos,
        ciudades reginas no os amo
        pues mil noches necesito para cumplir una bella jornada

Décimosegunda foto. (Centro de Lima. Librería Época, a unos pasos del Wony). Dos antologías: la azul y la naranja.

1973: Ya habíamos dejado el cutre bar Palermo de los viejos, como también el más esnob café Versalles, y las inmundas cantinas Chinochino, La Llegada, El Cuchitril, El Bonzo, Los Agachados y otros antros por los que transcurrieron los años juveniles de los poetas sesentaiocheros. Fue entonces que construimos nuestro propio hogar de tertulias ebrias y poesía en un restaurante chino de medio pelo que nuestra presencia casi cotidiana fue transformando en cantina. El Wony, se llamaba, y allí estábamos noche tras noche y a veces incluso por las tardes, mientras Alberto Escobar preparaba su Antología de la poesía peruana (22) -el libro azul de la foto mental- y José Miguel Oviedo Estos trece (23) -el libro de color naranja-. Noches de adrenalinaDe ambas antologías se puede decir, como siempre, que no están todos los que son de la familia Sesentaiocho, ni lo son todos los que están. ¿Quien falta, por ejemplo? Carmen Ollé, porque en ese momento aún no había publicado nada. Uno de los libros más representativos de la familia Sesentaiocho, Noches de adrenalina (24), no aparecería sino en 1981, y situaría a Carmen Ollé como la voz poética femenina más singular del Perú desde Blanca Varela, quien no por nada es una de las cumbres de la poesía latinoamericana del siglo XX. No obstante, el libro azul de Escobar tuvo el gran mérito de captar y reconocer lo que en ese momento significaba cambio, ruptura, renovación, en el lenguaje poético del Perú. Fue una antología viva y no como otras que no son sino sarcófagos patrimoniales. Oviedo, por su parte, y pese a los errores, simplificaciones y prejuicios que aparecen en su "Prólogo" a Estos trece (24), asumió también el papel de precursor y vio con bastante lucidez algunos de los problemas derivados del populismo tanto como ideología política que como estética. Escribe Oviedo sobre los manifiestos de Hora Zero (25):

Como se observará, las flagrantes contradicciones, los lugares comunes y la general demagogia de estos textos sólo reflejan un esfuerzo exasperado por poner al día el viejo y conocido "populismo" como base del ejercicio literario y del quehacer intelectual. Viejo y conocido porque hace ya más de cuarenta años José Carlos Mariátegui hizo su crítica y la crítica de quienes lo preferían a la fuerza revolucionaria del surrealismo y la vanguardia.

Es verdad que en ese momento, la familia Sesentaiocho, admiradora incondicional de la poesía anglosajona, no pudo o no supo ver el enorme poder quitasueño y subversivo de la obra de Westphalen, Moro y Eielson, y muchas veces -demasiadas veces- dejó infiltrar en su propia poesía la demagogia, la inconsistencia y el exhibicionismo que aparecían en los manifiestos grupales de Hora Zero. ¿Ausencias en Estos trece? Sí, sobre todo una: la de Jorge Pimentel, pero por decisión propia y no por descuido o mala leche del antologador. Es evidente que esta antología de la segunda promoción de la familia Sesentaiocho sin, por ejemplo, "Balada para un caballo" cojea enormemente.

Jorge Pimentel

Escribe Pimentel en este texto fundamental de la familia Sesentaiocho (26):


Por estas calles camino yo y todos los que humanamente
                                caminan.
Por esencia me siento un completo animal, un caballo salvaje
que trota por la ciudad alocadamente sudoroso,
que va pensando muy triste en ti, muy dulce en ti, mis cascos
        dan contra el cemento de las calles
.

Décimotercera foto. (En una mesa del Wony). Los que se fueron/ los que llegaron

Durante los años de la dictadura de Velasco se produjeron muchos cambios en lo que se refiere a la composición de la familia Sesentaiocho. Algunos murieron prematuramente: Luis Hernández por mano propia, en Buenos Aires, en 1977; Isaac Rupay y Mario Luna, a consecuencia de problemas cardíacos. Otros se fueron del país: Rodolfo Hinostroza fue el primero de ellos. Le siguieron Elqui Burgos que de becario en México se volvió escritor marginal en París y José Cerna que fue a Estados Unidos para ser lingüista y profesor universitario, como lo harían más tarde muchos otros escritores jóvenes de generaciones posteriores. Yo, por mi parte, salí del Perú en 1975 expulsado por la dictadura militar del general Velasco y acusado de traidor a la patria. Y después yo, como Elqui, aunque en mi caso no de manera totalmente voluntaria, pasé de México a París, y tanto él como yo allí seguimos. Se fueron más tarde del país Oscar Málaga, Jorge Nájar, Enrique Verástegui, Carmen Ollé y Tulio Mora. De los seis todos, más tarde o más temprano, han terminado por volver al Perú, salvo Jorge Nájar. Y mientras tanto, desde 1973 0 74, iban llegando al Wony otros jóvenes poetas, casi adolescentes, ni siquiera veinteañeros y, entre ellos, el que será a la vez punto de unión y de deslinde entre la familia Sesentaiocho y la que vendrá después, y que no me atrevo a denominar hoy día por pereza: "generación del 80". Me estoy refiriendo, por supuesto, a Róger Santiváñez, quien sabe muy bien de qué estoy hablando, ya que es uno de los fundadores del movimiento poético inmediatamente posterior al sesentaiochista.

Ya no tengo más fotos mentales aquí conmigo. Me permito entonces unas palabras autocríticas antes de concluir.

Quiero referirme rápidamente a algunos puntos débiles, frustrados, de nuestra familia Sesentaiocho. Uno de ellos, en el campo de la actividad literaria, ha sido el poco desarrollo de la crítica, lo cual es muy grave, pues uno de los factores constituyentes de una posición de ruptura es el cuestionamiento, cuestionamiento incluso de uno mismo y de su propia práctica literaria y política. No hubo verdadera crítica en Estación Reunida. Hubo adhesión a ciertas ideas y hubo protesta, hubo intentos de transformar la poesía, hubo pasión y hubo rebelión contra la injusticia, pero nada de eso reemplaza a auténticas posiciones críticas. No la hubo tampoco en Hora Zero, porque sus violentos manifiestos demostraban exaltación juvenil, furia social, voracidad poética, pasión también, muchísima pasión, pero no se asumió una postura crítica fundamentada. No supimos pensar contra nosotros mismos y ni siquiera mirarnos objetivamente ante un espejo, y en ello fuimos, pues, complacientes. Esto es cierto, creo, salvo excepciones, en las dos promociones de la familia Sesentaiocho, nuestra generación, y abarca incluso a sus astros solitarios. Esta carencia crítica, esta pereza analítica, se manifiesta, además, en el campo de la política. Nuestra generación, desde que dio sus primeros pasos en público a mediados de los años sesenta, asumió posiciones políticas de izquierda que se querían alejadas del partido comunista debido a la complicidad de éste con los crímenes del estalinismo, pero luego no supo romper radicalmente con el totalitarismo en todas sus facetas posteriores al llamado "socialismo real". Se denunciaron las dictaduras militares del cono sur pero a menudo se ha sido complaciente con el régimen dictatorial castrista y el suicida método guevarista para la transformación social, una parte de los sesentaiochistas simpatizó con el velasquismo olvidándose de los valores de la democracia y muchos aceptaron de manera acrítica el populismo y su demagogia. Los de la familia Sesentaiocho no hemos sabido tampoco asumir los valores de la tolerancia y nos hemos dejado envolver por la antropofagia que nos caracteriza como país desde los inicios de su vida republicana. Y eso, precisamente, la insuficiente adhesión a los valores democráticos, el populismo y la intolerancia, han sido, creo yo, algunos de los rasgos más negativos de la generación Sesentaiocho, los cuales la llevaron a su total fracaso político. Quiero terminar citando a otro miembro de esta familia aunque en el campo de las ciencias sociales y de la acción política en el seno de la llamada "nueva izquierda" (27):


...creo que nuestra generación es una generación frustrada desde el punto de vista de las tareas que se trazó o de las ilusiones que se hizo. Estas eran transformar la sociedad y la vida, romper radicalmente con el pasado, cambiar el país. Veinticinco años después es claro que el país no fue transformado y que está bastante peor que antes; en ese sentido no pudimos realizar las tareas que nos fijamos. Pero, además, las ideas que tuvimos, las ideas con las cuales quisimos transformar esta sociedad, se demostraron equivocadas y, defintivamente, -hoy día queda claro- no servían para cambiar ni transformar la sociedad. Es decir, aún en el caso de haber podido hacer lo que nos planteábamos -hacer la revolución y cambiar esta sociedad-, de hecho no lo hubiéramos logrado.

Casi cuarenta años después de la fundación de Estación Reunida y del surgimiento de Hora Zero asumo plenamente este punto de vista: la familia Sesentaiocho fracasó totalmente en las tareas políticas que quiso asumir y fracasó porque sostuvo de manera completamente acrítica posiciones equivocadas. No quiso o no pudo percatarse de lo que había de demagógico y autoritario en sus posiciones, que se pretendían de izquierda y antiestalinistas, y la historia la castigó echando sus ideas al basurero. Felizmente, pese al derrumbe general, ético y político, supo mantener un buen nivel de análisis y reflexión en ciertas disciplinas de las ciencias sociales -y en ello Alberto Flores Galindo es un paradigma en el campo de la Historia- y también llevó la creación poética a un altísimo nivel que hoy casi todo el mundo reconoce. En ello Estación Reunida fue un puente entre la primera y la segunda promoción del 68 y fue también una humilde casa que acogió a jóvenes poetas, entonces desconocidos, llamados Oscar Málaga, Tulio Mora, Elqui Burgos y José Watanabe, poetas que aparecen en esa bella foto mental que les mostré al comienzo: la foto de la familia Sesentaiocho reunida.

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*José Rosas Ribeyro. Lima, 1949. Reside en Francia desde hace más de dos décadas. A París llega tras vivir en Ciudad de México, al ser desterrado de su país natal por la dictadura militar. Era en ese entonces editor de Cultura del semanario Marka y antes había dirigido las revistas Estación reunida y Uso de la palabra y había trabajado en los diarios La Prensa y Correo. Aparte de diversos artículos, entrevistas y textos literarios publicados en revistas de Perú, México, Inglaterra, Francia, España, Ecuador y Uruguay, es autor de dos libros de poesía: Curriculum mortis, publicado en París por Ediciones del Correcaminos, y Ciudad del infierno, editado en Lima por Lluvia. Ha sido incluido en las antologías Estos trece, de José Miguel Oviedo, Antología de la poesía peruana, tomo II, de Alberto Escobar, De Vallejo a nuestros días y Poesía peruana. Siglo XX, tomo II, ambas de Ricardo González Vigil y en la antología de próxima publicación por Lom en Chile, realizada por Carmen Ollé. En París se doctoró en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales con un trabajo titulado Anarquismos y anarcosindicalismo en México. Tiene una novela inédita titulada País sin nombre. Desde hace unos quince años es periodista y productor de programas culturales en Radio Francia Internacional, con sede en París.
NOTAS Y REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) DELGADO, Wáshington: "Toco una mano", en Días del corazón, Forma y poesía, 1960.
(2) ROSE, Juan Gonzalo: "Cuarta canción", en Simple canción, Cuadernos de composición, 1957.
(3) Diccionario enciclopédico Espasa 1, Espasa-Calpe, Madrid, 1992, p. 1326.
(4) HERNÁNDEZ, Luis: Las Constelaciones, Trujillo, Cuadernos trilmestrales de poesía, N° 36, 1965.
(5) HINOSTROZA, Rodolfo: Consejero del lobo, Ediciones del Puente, La Habana, Cuba, 1965. El poema "La Noche" fue censurado en la edición peruana del libro (Fondo de Cultura Popular, 1965), por lo cual en el Perú se le conoció recién a través de la antología Los Nuevos, pp. 74 a 77.
(6) Ibid.
(7) CISNEROS, Antonio: Canto ceremonial contra un oso hormiguero, Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 1968.
(8) MORALES, Manuel: Poemas de entrecasa, Ediciones de la Universidad Nacional de Educación, Chosica, 1969.
(9) MARTOS, Marco: Cuadernos de quejas y contentamientos, Carlos Milla Batres, Lima, 1969.
(10) CEVALLOS MESONES, Leonidas: Los Nuevos, Editorial universitaria, Lima, 1967. "Reflexiones sobre al asunto poético", pp. 66 a 70.
(11) Ricardo González Vigil, un crítico que forma parte de la familia Sesentaiocho, cae él mismo en el facilismo y en su antología Poesía peruana. Siglo XX: De los años '60 a nuestros días (Ediciones Copé, Lima, 1999) divide arbitrariamente el tomo II en dos partes: "Generación del 60" y "Generación del 70".
(12) FLORES GALINDO, Alberto: "Generación del 68: ilusión y realidad", en Márgenes n° 7, Lima, marzo de 1987. Este ensayo es un diálogo con otro: ARROYO, Eduardo: "Generación del 68: Tomar el cielo por asalto", en Los caminos del laberinto, Lima, 1986, pp. 41 a 47. Este último ha sido reeditado por una revista de jóvenes escritores peruanos: Intermezzo tropical, año 4, N° 4, Lima, julio de 2006, pp. 70 a 74.
(13) Estación reunida, Círculo "Edgardo Tello", UNMSM, Lima, año III, n° 4-5, mayo-junio 1968.
(14) "Tres contra el mundo", en: Caretas, n° 410, Lima, 30 de enero-12 de febrero 1970, p.44.
(15) "La nueva y violenta poesía peruana", en: , n° 561, Lima, 13 de febrero de 1970.
(16) "Palabras urgentes", en: Hora Zero, Lima, 1970. Al parecer el manifiesto fue redactado al alimón por Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz.
(17) La mano de recitales, programa del ciclo de recitales organizados en la Biblioteca Nacional de Lima los días 26 de febrero y 5, 12, 19 y 26 de marzo de 1971. Paralelamente, se editaron cinco cuadernillos con poemas de los participantes y de algunos ausentes: José Diez, Mario Luna, Isaac Rupay y Fernando Cañola.
(18) BUENO, Leoncio: Rebuzno propio. La dicha de los dinamiteros, Arte /Reda, Lima, 1976.
(19) GONZALEZ VIGIL, Ricardo: Poesía peruana. Antología general. Tomo III: De Vallejo a nuestros días, Ediciones Edubanco, Lima, 1984, p. 193.
(20) Ibid.
(21) GUEVARA, Pablo: Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú, Instituto Nacional de Cultura, Lima, 1972.
(22) ESCOBAR, Alberto: Antología de la poesía peruana. Tomo II (1960-1973) , Peisa, Biblioteca peruana, Lima, 1973.
(23) OVIEDO, José Miguel: Estos trece, Mosca azul editores, Lima, 1973.
(24) OLLÉ, Carmen: Noches de adrenalina, Cuadernos del hipocampo, Lima, 1981.
(24) OVIEDO, José Miguel, op. cit., pp. 9 a 25.
(25) Ibid., pp. 16-17.
(26) PIMENTEL, Jorge: Ave soul, El Rinoceronte, Madrid, 1973.
(27) ROSPIGLIOSI, Fernando: La generación del 68, hablan los protagonistas, Lima, 1994.
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15 de febrero de 2007

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