Los orígenes de la generación del 80/ Testimonio de parte

Por Róger Santiváñez *
Temple University (Filadelfia- USA)

UNA

Róger Santiváñez

Cuando yo llegué a Lima hacia 1975 todavía resonaban los ecos de la explosión de Hora Zero ocurrida en 1970. Y también del que había sido un no-grupo, es decir el aglutinado en las páginas de la revista política Estación Reunida a fines de los 60s y que en en ese instante -1975- prolongaba en cierto modo El Uso de la Palabra con José Rosas Ribeyro al frente. A la sazón el novísimo movimiento de la joven poesía se manifestaba a través de dos polos: universitario uno y callejero el otro. En el primero primaban las revistas Nubetonta y Tallo de Habas -de la Católica- y Textos de San Marcos. Mientras en el segundo destacaban los Cuadernos de Berlioz y su plaquette El Oro de Acapulco, donde está el poema "Constanza" de Luis La Hoz: Ahora canta un gorrión en el poste de la esquina, mi querida Constanza, y yo recuerdo que ya no recuerdo algunas cosas. Descanso de soso aliento, desvalido más que todo /.../ The Happiness is a warm gun, los pajaros y los que me robaron la alegría, texto emblemático de aquellos días del verano de 1974. En el ámbito universitario era muy visible el activismo de Edgar O'hara, así como la poesía de Mario Montalbetti (ambos de la Católica) y de José Morales Saravia y Luis Alberto Castillo quienes eran de San Marcos. Este último era reconocido como el poeta joven del momento -Gonzalez Vigil en su Antología de la poesía peruana. Siglo XX lo llama "uno de los poetas más dotados técnicamente" - con sus publicaciones en el suplemento Dominical de El Comercio y en la prestigiosa Hipócrita Lector donde igualmente habían aparecido otros nuevos como Carlos López Degregori y Enrique Sánchez Hernani. El Oro de Acapulco reunía a Luis La Hoz y Oscar Aragón, pero también integraba el grupo Armando Arteaga -autor de la Oda al Cinzano: Amo el invierno / y no renunciaré jamás / a la belleza de incendiar / los árboles de un bosque en el otoño- quien había debutado en el ya mencionado Dominical de El Comercio en 1972 y pertenecía junto a Juan Carlos Lázaro y Fredy Roncalla a una oleada surgida inmediatamente después del boom horazeriano y de cuya propuesta eran en cierta medida tributarios -sobre todo en la línea lírico-urbana de José Cerna Bazán y principalmente Enrique Verástegui, quien con su En los extramuros del mundo (1971) tuvo una enorme influencia en la joven poesía del momento. Esta línea se prolongaría en Luis Alberto Castillo, Enrique Sánchez Hernani, Bernardo Rafael Alvarez y Jorge Luis Roncal, para no hablar de la segunda promoción de Hora Zero (Elías Durand, César Gamarra, Rubén Urbizagástegui, Isaac Rupay -fallecido en abril de 1974- y Yulino Dávila) configurada en el tabloide de marzo, 1973 y que marcó la silenciosa disolución del Movimiento Hora Zero, en su etapa fundacional y primera fase, 1970-1973.

Hora Zero fue fundado por Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruíz. Ambos estudiantes de la Universidad Federico Villareal a fines de los 60s. Pimentel pertenecía a Gleba Literaria en cuyas filas militó el legendario Manuel Morales, quien con sus Poemas de entrecasa (1969) dio el tono del nuevo lenguaje que iba a proponer HZ, mientras Ramírez Ruíz integraba un grupo denominado Palabra Sangrienta. Los dos fundadores se conocieron mirando vitrinas de cursos y horarios en la mencionada universidad y a partir de entonces se empezó a gestar el proyecto de Hora Zero cuyo manifiesto Palabras Urgentes -firmado por ambos- fue lanzado en el documento inicial del Movimiento -enero 1970- junto con poesía de Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruíz, Jorge Nájar, Mario Luna -muerto en 1984- Julio Polar y José Carlos Rodríguez. Casi inmediatamente después -abril de 1970- se integra el joven poeta Enrique Verástegui y debuta en la revista Hora Zero de Chiclayo (uno de los actos significativos del Movimiento sería su propuesta descentralizadora de la poesía) más adelante se sumarían otros jóvenes como Feliciano Mejía -editor de la revista Vitrina perteneciente a HZ- y José Cerna Bazán cuyo lirismo-urbano -junto al de Verástegui- será el tono predominante en la imagen pública de HZ, relegando la épica ciudadana ostensible en libros como Kenacort y Valium 10 de Jorge Pimentel y Un par de vueltas por la Realidad de Juan Ramírez Ruíz. Ambos libros portan preclaros ejemplos de Poesía Integral, teoría o arte poética del Movimiento, tal como viene expuesta en el ensayo del mismo nombre en las páginas finales del libro de Ramírez Ruíz. La poesía de estos dos volúmenes -quiza debido a su fuerte prosaísmo y desenfadado coloquialismo- nunca fue aceptada por el gusto literario establecido, mientras que la de Verástegui -más cerca del concepto canónico de lo poético- llegó a colocarse como emblema del momento que se vivía. Es así como se explica la persistencia y continuidad del tono de En los extramuros del mundo en los poemas de los muchachos de la ya mencionada segunda promoción horazeriana y de quienes -sin pertenecer a HZ- fueron susceptibles a su onda expansiva, como por ejemplo Luis Alberto Castillo, el novísmo más visible cuando yo llego a Lima en 1975 y autor de Melibea & otros poemas (1977): Melibea negada por las palomas de la plaza San Francisco / yo habité tu templo / y nadie se percató de mi presencia /.../ Melibea desnuda sobre mi hoja en blanco / Sangran tus senos violeta / El coro repite la última estrofa de tu canto / y fue entonces que abrí la ventana / y era la noche oscura.

DONA

Montalbetti

Sin embargo, algo nuevo se venía cocinando. Es decir, a partir de un cierto tono órfico y plástico, que en algún sentido vendría de Verástegui y detras de él de la tríada nuclear de los 60s configurada por Antonio Cisneros, Rodolfo Hinsotroza y Mirko Lauer, a su vez herederos de la mata anglo-sajona denominada Pound & Eliot, aparecería la poesía de Mario Montalbetti, desde sus primeros atisbos en las pequeñas revistas citadas líneas arriba Nubetonta y Tallo de Habas hasta su libro Perro Negro. 31 poemas (1978) y de forma más desarrollada en el Qusasar/ el misterio del sueño cóncavo publicado en el primer número de Hueso Húmero. Cuando yo leí este poema en la primavera de 1979 (mientras esperaba a mi compañera Dalmacia Ruiz Rosas en mi Volkswagen cuadrado a la puerta de su jato en Miraflores) me quedé demudado contemplando las ruinas de la Waka Pukyana -al fondo de mi visión- sin entender absolutamente nada de lo que había leído, sólo disfrutando de un fraseo que me trasnsportó a una sensación de maravilla (esa playa de la maravilla de la que habla Eguren, supongo):

Abismo es la distancia entre el arco más alejado de tu asedio
y el mueble punto sobre el que te ciernes.
Sentado sobre el catre blanco trato de replantear el Este.

Y más adelante:

Eres igual a mí pero vacío.
Y sin embargo eres costumbre cuerda nudo asombro alisio.

En ese instante pensé: Este es otro sonido que ya no tiene nada que ver con el lenguaje de Hora Zero. Aquí ya no había asomo de narratividad ni de habla coloquial directa.

A fines de ese mismo año 1979, otro autor -a quien yo había distinguido por su variable estilística en un texto aparecido cinco años antes en Tallo de Habas- vendría a poner su cuota de diferenciación frente al Conversacionalismo imperante. Me refiero a José Morales Saravia y a su libro Cactáceas. Allí se lee en el principio del extenso poema "Sábilas":

Si los portales abrieran verdaderamente sus párpados como el alba,
si planearan aves bajo el techo de celestes mosaicos, sobre los tejados
del mar,
es posible que afinaran su tono los amaneceres

La suerte ya estaba echada. Un cambio de música principió a instalarse en la poesía peruana ad-portas la nueva década de 1980. Entonces volví los ojos como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada (según el verso de Vallejo) y encontré el libro Un buen día de Carlos Lopez Degregori publicado en 1978 cuando su autor aún pertenecía al grupo La Sagrada Familia, colectivo que -en cierto modo- podríamos considerar una especie de bisagra entre la generación del 70 y la que vino después. El lenguaje todavía tributario del coloquialismo de Un buen día entraña ya -a mi juicio- un ritmo que va hacia otra tonalidad: cualquier día una mano nos detiene / un toque muy discreto / apenas un chasquido dibujado / con la punta de los dedos pero sería con su libro Las Conversiones (1983) en el que afirma Y decidí remontarme al ruiseñor con el que López Degregori trazará el destino original de su poesía, cuyo élan está configurado por una dimensión imaginaria que le otorga un sabor distinto al de la generación del 70: Guardó a la luna en un tonel / y un poco de semen y un cabello /.../ Y los guardó con el mar de hace un mes / esperando la disolución total / o un milagro.

Sagrada Familia

Al parecer ya estaba todo listo para el surgimiento de una nueva generación poética Disuelta La Sagrada Familia, esto empezó a ocurrir hacia 1979 con la aparición de dos pequeñas revistas Trompa de Eustaquio de la Universidad Católica y (Sic) de San Marcos. La historia empieza con la caminata cotidiana del joven poeta José A. Mazzotti por la Avenida Riva-Agüero que conecta el Fundo Pando de la Católica y la Ciudad Universitaria de San Marcos. Mazzotti estudiaba Literatura en ambas universidades. Y así fue como en el Patio de Letras de San Marcos nos enteramos de la existencia de un novísmo llamado Eduardo Chirinos. Con él y con Raúl Mendizábal, Mazzotti editaba Trompa de Eustaquio nombre que aludía al nuevo sonido que esperaba escucharse de la new generation, mientras los editores de la publicación se presentaban socarronamente a sí mismos como los tres tristes tigres. En San Marcos Mazzotti era responsable de (Sic) junto a Patricia Alba, más Oscar Malca (que intentaba la poesía) y Julio Heredia, quienes habían sido -estos dos últimos- miembros de La Sagrada Familia. Este es otro motivo por el que señalé líneas arriba que La Sagrada Familia sería una suerte de puente entre los 70s y la nueva cómo de los 80s. A dicho grupo también perteneció Dalmacia Ruiz Rosas, quien junto a Alba y Mariela Dreyfus serían las tres gatas anarquistas de los 80s, como las denominó cierto comentarista en un leído suplemento dominical de la época. En este punto es bueno recordar que al regreso de Paris de Carmen Ollé -de la generacón del 70, junto a quien era su esposo Enrique Verástegui- y la publicación de Noches de Adrenalina en 1981 desencadenó lo que se dió en llamar el Boom de la poesía femenina de los 80s, en el que estuvieron involucradas todas las poetas mencionadas y de alguna manera otras creadoras como Inés Cook, Rossella Di Paolo, Milka Rabassa, Patricia Matuk y un poco después Rocío Silva Santisteban y Tatiana Berger o Doris Bayly.

TRENA

En un testimonio reciente a propósito de la re-edición de los Cuadernos de Horacio Morell (originalmente 1981) de Eduardo Chirinos, José A. Mazzotti ha escrito lo siguiente: "Recuerdo aquellos meses de 1978 cuando tuve la suerte de encontrarme con Eduardo Chrinos mientras buscaba poetas en los pasillos de la Universidad Católica para emprender alguna aventura conjunta que después se convertiría en generacional" y unas líneas más adelante Mazzotti habla de "toda una plétora de imaginería literaria, lúdica, infantil, colorida y fresca que ya ostentaba el lujo de ser diferente en un ambiente poético plagado hasta entonces de descriptivismo y coloquialismo directos" Por su lado Raúl Mendizábal -en el mismo encarte que viene con la re-edición del mencionado libro- se pregunta " ¿Cómo estar seguros si el inicio de los 80 marcó un definido nuevo derrotero para los modos de decir de la poesía peruana?" Y continúa: " Aquellos que entonces aprendíamos a conocernos, ensayando nuestraa voces, nos contentábamos con fascinar, sin comprender aún el alcance de todo aquello realizado con pasión". Pues bien, a mi juicio lo destacable de los Cuadernos de Horacio Morell es cierta onda que le da la vuelta a Lucho Hernández y se coloca en un imaginario donde reina la Cucarachita Martina en los suburbios del buho; pero donde Chrinos -para mí- encontró la novedad de su lenguaje fue en Crónicas de un Ocioso (1983) en el que una precoz madurez se deja escuchar:

Anoche no he dormido mucho, me pasé horas contemplando la ventana.
La oscuridad no lograba disipar la música que acompaña la noche,
la noche no lograba disipar la visión de una pared en cuyo centro hay otra ventana.
Esa ventana es un vacío que se extiende hasta el más profundo sueño

Por aquellos días no pude evitar una resonancia montalbetiana en estos versos. Allí conecté el nuevo sonido que la generación del 80 estaba presentando. Y esto más:

Tu boca destruye un helado de chocolate que chorrea en tu blusa,
tu boca acaricia mi boca/ una ventana

Y unas estrofas posteriores:


 /¿Todavía no ves nada? 
                                            ¿Es posible que sigas sin ver nada?/ 

El segundo tigre es Raúl Mendizábal, con quien compartí la educación primaria salesiana en la lejana y solar Piura -costa norte del Perú- para encontrarme con él quince años después cuando conquistó el primer premio en poesía de los Juegos Florales de la Universidad Católica en 1979. Su famoso texto Prima Julianne fue emblemático de aquellos días de vino y de rosas: julianne julianne / dónde has llegado querida / dónde has llegado con tu pálido amor. Pero desde mi punto de vista sería en 4'33'' el poema en el que conceptualmente Mendizábal obtiene su mejor logro en tanto arte poética de la nueva generación: tres segundos se corresponden los ecos se acompasan en cada rincón / para que después sea el sonido escogido / el único hecho por humano que es fiel / y que guarda relación. Raúl Mendizábal recogió en 2004 su obra -dispersa hasta ese instante en plaquettes, diarios y revistas- bajo el músico título de Dedeálade. 69 poemas.

CADENA

El más joven de los tres tristes tigres sobre quien quiero llamar la atención es José A. Mazzotti. Nuestro autor se hizo conocido en Lima al conquistar a los 19 años los Juegos Florales Túpac Amaru de la Universidad de San Marcos.(1980) Poemas no recogidos en libro es el título del conjunto premiado y que vería la luz en agosto de 1981. Sorprendió a todos la madurez con que Mazzotti enfrentaba el oficio:


Mientras te duermes vas oyendo a tus espaldas una
                  puerta que se cierra sin hacer ruido
piensas en un amor imposible de citas clandestinas
                y  perros que te siguen en la noche
y descubres que  un amor y un poema son los mismo al
              fin y al cabo
y son lo mismo al fin y al cabo el poema y la puerta
             que se cierra
sin hacer ruido y son lo mismo esa puerta que se
            cierra y un amor imposible que hace ruido
           estrepitosamente
y tienes que escribir el poema
                   escrinir el poema
                  escribir el poema
                                                   a  como de lugar   

Este rítmico y asordinado fraseo avanzará hacia logros contundentes del nuevo tono generacional como en el antologado Yegua es la hembra del caballo del cual podemos leer la estanza final:


Yegua es la hembra del caballo y yegua es mi mujer
                  impronunciable
divina metalengua que pronuncio y no decoro
y  salto y pateo y relincho y ya no sigo
sé que ella viene como un pasto dulce a perdonarme
              estas palabras

O en el poema "Visión de Guevara" en el que el autor nos ofrece su homenaje -y ahora con mayor razón a poco menos de un mes de la muerte del genio de Hotel del Cuzco & otras provincias del Perú, Pablo Guevara, a quien no dudo en llamar maestro directo de nuestra generación. He aquí los versos de Mazzotti:


más puro que un poema, viejo Pablo, más hermoso
que todas las muchachas que miraban nuestro encuentro
                 sin mirarlo
y sonreiste a los desconocidos que te despreciaban
y algo detrás de ti, algo metido entre la noche,te
                  miraba
y no sabías si eras tú o era la historia
o algún poema que escapaba de tus manos y quedaba pa-
             ra siempre entre las calles
entre los muros negros y las tardes negras y los rostros
terriblemente solos de la gran ciudad

Domingo de Ramos

Esta metafísica pero de todos modos histórica percepción del mundo tomará cuerpo -ya más avanzada la década de los 80s- en la poesía de un supernovísmo llamado Rómulo Domingo Ramos Ramos, pero que desde los días fundacionales del Movimiento Kloaka (1982) prefirió aparecer religiosamente como Domingo De Ramos, con su sabor a tierra de Pueblo Joven, a barrio del Cono Sur de Lima. Y en las nuevas voces de otros muchachos que participaron o simpatizaron con el estado de revuelta poética denominado Movimiento Kloaka -del que no voy a hablar porque no tiene sentido aquí referirse a uno mismo- pero sí voy a dejar sus nombres bien puestos en el firmamento de esta noche. Ellos son Rafael Dávila-Franco, José Alberto Velarde, Rodrigo Quijano, Jorge Frisancho, Frido Martin, Bruno Mendizábal, César Angeles y Mary Soto. De su poesía hablaremos en el próximo Congreso.

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* Róger Santiváñez. Nace en Piura (1956).
Estudia Literatura en la Universidad de San Marcos (Lima).
Recientemente ha publicado: Dolores Morales de Santiváñez. Selección de poesía (1975- 2005).
Fundó el estado de revuelta poética: Movimiento Kloaka (1982- 1984).
Actualmente concluye un Ph. D en Literatura Latinoamericana en Temple University (Filadelfia- USA) con una tesis sobre la poesía de Enrique Lihn.
Tiene un libro nuevo de poesía titulado Amastris.
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15 de febrero de 2007

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