Blas Matamoro

Por Juan José Sebreli *
(Buenos Aires. Argentina)

Juan José Sebreli

Algunas contradictorias circunstancias predispusieron la mirada distante y extrañada de Blas Matamoro sobre su tiempo. Perteneció a la generación formada en la década del sesenta, cuando el mundo entraba en transición hacia no se sabía dónde. Su infancia y adolescencia transcurrieron en la época loca del peronismo y en su juventud, sus coetáneos se desgarraban entre los últimos estertores de la izquierda tradicional y el surgimiento del neopopulismo y el activismo nihilista. En su madurez española conoció ese oscilante centro democrático que predomina sobre los polos de la izquierda y la derecha que unos años después adoptaría también la Argentina.

Le tocó, en el plano de las ideas filosóficas, asistir al fin de la era sartreana, momento de cambio que, sin caer en la pasión existencialista, le permitió mantener una actitud crítica frente a la nueva boga estructuralista y neovanguardista.

Él mismo reconoció (Letras americanas) haber encontrado sus referentes en la generación anterior, la del cincuenta. Aludía con mayor precisión a grupos o individuos, términos menos abusivos y generalizadores que el de generación. Conoció a algunos de los escritores de Contorno - ellos ya no eran tan jóvenes y la revista sólo un recuerdo: a Oscar Masotta en Barcelona, poco antes de su muerte; a David Viñas en el exilio, en El Escorial. A Carlos Correas lo vio una tarde en mi casa; en ese breve encuentro hubo una discusión entre ambos sobre Borges; pero no recuerdo de que se trataba ni cual de los dos tenía razón.

Lo conocí a Blas a través de amigos comunes, en 1965, había leído mis escritos y ese primer encuentro estuvo signado por una ceremonia de iniciación simbólica: una larga caminata por las calles de Buenos Aires, típica de nuestro gusto común por la flânerie y nuestra atracción por esa ciudad de confines. Otros rasgos teníamos en común: nuestros orígenes; como porteños típicos, estábamos en esa clase media de origen inmigratorio, mezcla de españoles e italianos, y habíamos pasado nuestra adolescencia -aunque en distintos períodos- por el palacio renacentista -ya venido a menos- de la Escuela Normal, por donde también transitara Julio Cortázar.

Durante diez años nos veíamos cotidianamente, en mi casa, en la suya, en los cafés; a veces íbamos juntos al cine, a teatros independientes, alguna vez al Colón, o recorríamos barrios apartados o pueblos suburbanos.

El primer libro de Blas, Borges y el juego trascendente (1971) tenía un olvidable prólogo mío. Esa obra que hoy él no reivindica en su totalidad, es un testimonio, no diré de la época, pero sí de sus lecturas que eran también las de su prologuista: una mezcla de marxismo heterodoxo, existencialismo y de la escuela de Frankfurt que recién descubríamos. Lo más original y revulsivo de esa rara mezcla era un peronismo sui generis que se diferenciaba del nacionalismo de izquierda, entonces en boga, y se acercaba más al peronismo imaginario que habíamos inventado en los años sesenta, Masotta, Correas y yo mismo, adjudicándole un extravagante fundamento filosófico en Merleau Ponty.

Pertenecíamos a esa clase media, pobre y culta, de contornos imprecisos, al margen de los obreros y los burgueses, diferentes del entorno por nuestros hábitos individuales, sólo encontrábamos un lugar propio en la escritura; entonces, nos reivindicábamos intelectuales plebeyos en una República de las Letras que ya había dejado de ser el patrimonio exclusivo de las familias patricias y cuya defunción celebró Blas en Oligarquía y literatura (1975).

Emprendimos, junto a un reducido grupo de intelectuales, una audaz aventura social y cultural, la formación del primer movimiento, en nuestro país, contra la discriminación de las minorías sexuales que llevó el petulante nombre, muy de la época, de Frente de Liberación Homosexual. La reunión inicial se hizo en el departamento de Blas, cercano a Plaza Once. El ambiente decorado al estilo barroco bohemio fue el escenario del acto fundacional de ese movimiento que alcanzó cierta repercusión y terminó por autodisolverse cuando asoló el terrorismo de Estado.

La prohibición por decreto de la dictadura militar de su libro Olimpo ( 1976) -una critica a las mitologías porteñas- acusándolo de atacar las tradiciones del ser nacional y la moral cristiana, llevó a Blas a Madrid, en un exilio que pronto se convirtió en emigración. Desde entonces vivió una historia en dos ciudades. La vivencia cotidiana en Madrid, y la asimilación a la nueva vida hizo esfumar la nostalgia de Buenos Aires. Pero ésta no estaba del todo muerta, sino acechando, a la espera de un desencadenante: un grabado de Héctor Basaldúa sobre una esquina del barrio de Flores; la recuperación, en Asturias, del olor característico de las ciudades húmedas; el recuerdo del tranvía porteño, ya desaparecido, viajando en uno de Lisboa; el descubrimiento de rasgos porteños en una ciudad del extremo oriental de Europa: Bucarest, "todos los confines acaban tocándose". En su último viaje a Buenos Aires vi cómo la repentina visión de un colectivo que tomaba treinta años atrás para ir entre el centro y Flores, desencadenó en él una especie de voluptuosidad melancólica, de color y sabor triviales que -como sabemos desde Proust- es la nostalgia de lo cotidiano. Recuerdo a ese personaje de Claudio Magris -Microcosmos-, un argentino trashumante que se instaló en Trieste porque se parecía a un puerto de Berisso ya totalmente cambiado.

El exilio tiene una doble faz: una para el que se va, otra para el que se queda. Desde su partida, mi vida cambió, la dictadura me había quitado un amigo y a las interminables conversaciones sucedió el silencio; en mi exilio interior, el mundo que me rodeaba se había, en parte, deshabitado. Durante esos años la relación con Blas fue sólo epistolar; guardo esa abundante correspondencia -muestra de un subgénero literario decimonónico hoy desaparecido- y que tal vez interese algún día su publicación como testimonio de una época.

El diálogo epistolar se complementaba con la presencia de Blas a través de sus frecuentes artículos en Cuadernos hispanoamericanos y en la revista mexicana Vuelta -toda lectura es un diálogo-, gracias a los cuales me iba enterando de los libros que leía, de la evolución de su pensamiento, de nuestro común desencanto de las religiones políticas. De ese modo, cuando nos volvíamos a ver en mis esporádicos y breves viajes a Madrid y, ya caída la dictadura, de Blas a Buenos Aires, descubríamos que era como si el tiempo no hubiera pasado y retomáramos un dialogo interrumpido el día anterior.

Cuántos temas de conversación nos unían y nos sigue uniendo, algunos de ellos, sólo recordados por nosotros dos: el viejo cine argentino; la saga Dietrich-Sternberg; los tangos del cuarenta y la música de piano-bar; el radioteatro; ciertas calles y viejas casas de Buenos Aires; Swan, los siete locos y los lumpenes de Bernardo Kordon; Victoria Ocampo y Evita; Sartre y Simone de Beauvoir; los edificios art decó de Virasoro o Kalnay; los cafés de Saint Germain o de la calle Viamonte; Libertad Lamarque y Mecha Ortiz; el rostro de Conrad Veidt; Thomas Mann y los suyos. Para que este recordatorio no parezca una mera apologética, no olvido tampoco las divergencias que están en las afinidades de Blas con el psicoanálisis, el historicismo croceano, o cierta atracción por el romanticismo o el simbolismo mallarmeano que no comparto. Estas lecturas cruzadas lo llevaron a la contradicción o a la originalidad de conciliar la historia (por el lado de Marx) con el mito (por el lado de Freud) sin desconocer, no obstante, que los mitos sólo existen en la historia.

Muchos de esos temas han sido los de sus innumerables ensayos breves, género que, tal vez, más que sus obras orgánicas - entre éstas, Saber y literatura (1980) es la que siento más afín-, satisface su vocación multidisciplinaria, su anhelo de abarcarlo todo, de mezclar todos los saberes, no sólo en la hibridez de los géneros literarios que cultiva- sino también en aquellos extraliterarios de los que ha sido gustador o crítico: el cine, el teatro, la pintura, la música -la culta y la popular- y la arquitectura. Como Walter Benjamin, uno de sus escritores preferidos -en cierto modo también como Borges, con quien mantuvo una relación contradictoria- parecería que no encuentra otro modo de pensar que discurrir con intermitencias: a las intermitencias del corazón proustiano, agrega las intermitencias del discurso interrumpido, del saber a pedazos, informal, miscelánico, del fragmento.

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* Juan José Sebreli nació en Buenos Aires en 1930. Es ensayista de temas sociológicos, de historia contemporánea, de filosofía política y de crítica literaria; en esta variedad, donde hay sin embargo una unidad, se vislumbra su tendencia a las relaciones interdisciplinarias. Su prosa comunicativa le ha permitido llegar a un público más amplio que el habitual en esta temática. Al margen de los círculos académicos y de la universidad oficial dirigió a numerosos grupos de estudio que durante la dictadura formaron lo que se dio en llamar la "universidad de las sombras". Intervino en las dos revistas culturales más importantes de su tiempo, Sur y Contorno. Formó parte del primer grupo existencialista en Buenos Aires y fue el introductor de Alexander Kojève y de Tran Duc Thao. Colabora con el diario La Nación y otras publicaciones. Entre sus obras destacan Martínez Estrada, una rebelión inútil (1960), Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), Mar de Plata, el ocio represivo (1970), Los deseos imaginarios del peronismo (1983), La saga de los Anchorena (1985), Las señales de la memoria (1987), El asedio a la modernidad (1991), El vacilar de las cosas (1994), Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades (1997), La era del fútbol (1998) y El tiempo de una vida (2005) autobiografía. Es "doctor honoris causa" de la Universidad CAECE y ha sido traducido a varios idiomas.
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15 de febrero de 2007

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