Entre Oscar Wilde y Michael Moorcock

Por Guzmán Urrero *
(Madrid. España)

Si no me fallan las cuentas, corría el año 1990. Mi amigo Ignacio Armada me esperaba frente a la puerta del hotel donde se alojaba Adolfo Bioy Casares. Por aquel entonces, éramos dos aspirantes a gacetilleros, empeñados en interpelar al escritor argentino sobre algunas de sus obsesiones. Para nuestra desgracia, la cita no llegó a concretarse. "Don Adolfo está demasiado cansado", nos dijo su asistente. Luego añadió: "Ya tiene comprometida otra entrevista con un periódico valenciano, así que le será imposible atenderos". Tal vez fue aquel fracaso lo que apuntaló nuestro sentido práctico. "Mira, de una vez por todas, debemos publicar un boletín donde podamos escribir sobre lo que nos gusta", dijo Ignacio, mostrando una convicción que a mí me faltaba, quizá porque no sabía cómo financiar ese empeño. De forma providencial, se sumó a nuestra idea un viejo amigo mío, Javier Sánchez Ventero, quien no dudó a la hora de costear el primer número.

La generosidad de Javier fue imprescindible para el desarrollo de Dorian, una revistilla literaria cuya orientación y contenido definitivo aún suponían un enigma. Tras las oportunas gestiones, Luis Alberto de Cuenca nos cedió un par de artículos, y Carmen Bravo-Villasante, demasiado ocupada, prometió que nos facilitaría un texto para el segundo número, o lo que viene a ser lo mismo: quiso saber dónde íbamos a parar con todo aquello.

Diccionario privado de Oscar Wilde

De nuevo, fue una intuición de Ignacio lo que nos condujo hasta nuestro principal colaborador. El título de Dorian nos permitía conectar con los aficionados a la literatura fantástica -Dorian Hawkmoon es uno de los principales personajes del novelista inglés Michael Moorcock-, y también caía bien a los wildeanos, por su escasamente velada alusión a El retrato de Dorian Gray. Lo uno llevó a lo otro: Ignacio disponía de una edición bastante maltrecha del Diccionario privado de Oscar Wilde (Altalena, 1980) y, en nuestro caótico reparto de tareas, me tocó en suerte ir en busca de su autor, un tal Blas Matamoro, cuyo despacho se hallaba en la Agencia Española de Cooperación Internacional.

Mi primera impresión fue contradictoria. Pese a que Blas tiene un apabullante poderío intelectual, parecía sentirse atraído por un proyecto tan minúsculo como el nuestro. De forma paradójica, se podría decir que entre las páginas de Dorian halló una cierta comodidad. Con el tiempo, quedó claro que ese favor que nos hacía no era un don exclusivo. Lejos de ello, Blas ayuda a los principiantes con una paciencia que aún me sorprende.

Tanto Ignacio como yo, acortamos distancias con él, y pese a la diferencia de edad, empezamos a tratarle como a un igual. Casi desde el primer momento, sus obsequios se convirtieron en preciado botín de piratas. Gracias a Blas, Ignacio obtuvo un ejemplar del monográfico que Cuadernos Hispanoamericanos dedicó a Borges, convertido hoy en un texto de lo más codiciado en las librerías de viejo. Y qué decir de aquella beca que gestionó para mí, gracias a la cual pude asistir a un curso de Antropología de la conducta, dirigido por Castilla del Pino.

Han pasado muchos años desde entonces. Puede decirse que nos hicimos mayores. Cuando menos, lo bastante como para no leer a Moorcock y entender mejor a Wilde. Por el camino, perdí el contacto con Ignacio. Pero Blas no desapareció de mi entorno. Es más: a estas alturas, creo que le debo una buena parte de mis logros en este oficio de escribir. Memorizo mis contratos y en casi todos hay una cláusula invisible donde él, en algún momento, estampó su aval.

Hace pocos días, ordenando álbumes fotográficos, mi mujer reparó en una imagen. En ella, nuestro hijo aparece cómodamente sentado sobre las rodillas de Blas. Los dos sonríen. Estoy seguro de que, cuando crezca, el pequeño querrá saber cómo conocí a ese señor tan familiar y sabio; a este amigo excepcional que un día le regaló un muñeco de madera y siempre trae bombones al visitarnos.

Volver arriba




* Periodista, escritor y crítico literario español.
blog comments powered by Disqus



Texto, Copyright © 2007 Guzmán Urrero
Copyright © 2004 - 2007 La Mirada Malva A.C.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados
Para contactar con nosotros entra aquí

15 de febrero de 2007

Valid HTML 4.01 Transitional ¡CSS Válido!