El vestido verde

Esther Fleisacher *
(Colombia)

Ataud


             Mi padre nos sentó a los tres hermanos en la sala del televisor para darnos la noticia de la muerte del abuelo. Me cogió fuera de base, es decir, mis pensamientos ahora se reducían a tratar de lucir lo más atractiva posible para que Simón P., el mejor amigo de mi hermano mayor, me mirara como a una mujer y no como a la hermanita metiche de Isaac.
             Las palabras de mi padre sonaban lejanas y huecas.
             -Estaba leyendo la prensa, cuando la tía Evita le llevó un jugo y él no respondió. Parece que fue un infarto. Nadie podía imaginarse que algo así sucedería, se veía entero. La mamá y las tías están muy tristes, la abuela está inconsolable.
             Gabriel y yo, los menores, guardamos silencio. A Isaac le resbalaron dos lágrimas por las mejillas y preguntó si al abuelo le había dolido.
             -Posiblemente, pero fue tan rápido que no tuvo tiempo de llamar a nadie.
             -¿Papá y yo tengo que ir al entierro?- pregunté con cierto temor, nunca antes había asistido a un funeral.
             -Claro hija, te corresponde. Ya cumpliste doce años -me miró fijamente y continuó-. El entierro es a las cuatro de la tarde, pasaré a recogerlos un poco antes. Deben vestirse discretamente, es decir, que no sean colores llamativos.
             Me fui para el cuarto ensayando la cara que me imaginaba debía tener alguien a quien se le muere el abuelo. Abrí el ropero y empecé a escoger qué ponerme para el entierro. La decisión era delicada, con seguridad a Simón P. se le ocurriría asistir para acompañar a mi hermano. Tenía poca ropa de colores discretos. Después de cavilar un buen rato y de medirme todo lo que me parecía adecuado, elegí el vestido azul claro, porque las ondas negras de mi cabello largo contrastaban sobre el fondo del traje. Como mi padre no había dicho nada del maquillaje, me puse un poco de sombra en los ojos, rubor en las mejillas y brillo rosado en los labios. Me peiné largo rato frente al espejo y ya no sabía qué más hacer. Ni siquiera podía tirarme en la cama porque se me arrugaría el vestido y me despeinaría. Permanecí sentada en la butaca del tocador frente al espejo. Me preocupaba que no tenía ganas de llorar, no había derramado una sola lágrima por el abuelo.
             Cuando escuché el motor del auto, fui la primera en salir a la puerta. Mi padre me miró detenidamente, aunque le pareció que estaba demasiado arreglada, guardó silencio. Mi madre, con los ojos hinchados de llorar, me saludó con un abrazo y me susurró:
             -Quítate el maquillaje.
             Contrariada, me encerré en el cuarto, me embadurné los ojos y las mejillas con crema y me limpié, el brillo de los labios me lo comí. Seguía sin saber qué se sentía. De pronto, se me pasó por la cabeza la idea de que si fuera mi propio padre sí sería muy doloroso y me dio lástima de mi mamá que se quedaba huérfana. Por fin se me humedecieron los ojos con lágrimas y pensé que era muy triste no volver a jugar parqués con el abuelo.
             Isaac llamó a mi puerta para que me apurara, me estaban esperando. Mi madre se había cambiado y arreglado un poco, mi padre se había puesto corbata, a mi hermano menor lo habían mandado donde la tía Ana, con todos los primos pequeños. Me halagaba que me contaran entre los grandes, pero el silencio en el carro empezaba a pesarme, nadie pronunciaba palabra y sólo se oían los sollozos de mi madre.
             Todo era nuevo. Miré a mi madre y supe que el gesto de tristeza le salía del corazón. Al cruzar el portón gris del cementerio y ver el corrillo de las primas, descansé. No tenían cara de dolor, ninguna estaba llorando, conversaban tranquilamente en una esquina del salón. Inmediatamente me mimeticé en el grupo, me limité a seguirlas y a hacer lo mismo que ellas, sin quitar un ojo de la puerta de entrada, esperando ver aparecer a Simón P.
             En el momento en que se iba a iniciar el rito fúnebre, busqué a mi padre. Aferrada a su brazo presencié la rasgadura de las vestiduras, 'es la señal de dolor de los familiares del muerto', me susurró mi padre al ver mi gesto de extrañeza. A pesar de estar tan asustada, no me pasó desapercibido el vestido verde de la tía Lea y sus palabras se me quedaron grabadas en le mente, cuando mi madre le preguntó si estaba en una fiesta: 'El luto y la tristeza por la muerte de mi hermano los llevo en el corazón, no en el color de la ropa'. En la familia circuló la versión de que lo había escogido porque estaba muy viejo, no estaba dispuesta a dejarse romper un vestido bueno.
             Del cementerio nos fuimos para la casa de los abuelos. Los cuadros, los portarretratos y los espejos tapados con sábanas y manteles me causaron una inquietud enorme; cuando pregunté el por qué, me dijeron que la vanidad y las imágenes debían evitarse por respeto al muerto. Esquivaba a la abuela que no paraba de llorar, no sabía si la podía abrazar, darle un besito, o si debía decirle algo. Ya había repasado una y otra vez el rostro de todos los presentes y empezaba a aburrirme. Eso de tener que estar triste era una lata.
             Llamaron a Isaac al teléfono y cuando mi padre le preguntó quién era, dijo que Simón P. a preguntar la dirección. Me toqué el pelo y lo sentí desordenado. ¿Cómo hacer si no había dónde mirarse? Me dieron unas ganas irresistibles de orinar. Ya dentro del baño, no pude contenerme y levanté una puntica de la sábana que cubría el tocador. Tal como me lo había imaginado, el viento en el cementerio me había despeinado. No me atreví a arreglarme las ondas negras, para que no se dieran cuenta de que me había mirado al espejo.

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1 Esther Fleisacher Psicoanalista, editora y escritora. Cuentos y poemas suyos han aparecido en diferentes medios: periódicos, revistas, sitios virtuales y antologías. "El vestido verde" hace parte de Las tres pasas (1999), su primer libro de cuentos publicado. Secreto designio (2000), libro de poemas inédito, y La flor desfigurada (2006), libro de cuentos inédito, contaron con el apoyo de Becas Municipales para su elaboración.
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15 de abril de 2007

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