Gabo, ese ladrón

Por Guillermo Roz *
(Madrid. España. OM)

Guillermo Roz

En estos tiempos en que todo serán homenajes para él, asistimos a la marca de un récord de muy dificultosa descripción: Gabriel García Márquez ha agotado la posibilidad de decir algo novedoso acerca de su obra y su vida. Se recuerda y se celebra a Cervantes, a Shakespeare, a otros, pero el colombiano, vivito y coleando, nos sonríe desde una foto de prensa y nos dice: me he robado todas las palabras, son todas mías.

La prensa que hemos leído en estos tiempos intenta, como este mismo artículo, hablar sobre la imposibilidad, sobre la rabia tremenda de que venga un ser así, así de macondiano, así de irreverente, así de ladrón, y se meta en su saca de ideas todas las palabras y se las lleve, tan sonriente, tan Gabito.

Ahora que ya nos damos por vencidos los que escribimos sobre los que escriben, no nos queda más remedio que beneficiarnos con el otro placer: la lectura. Leeremos nuevamente su obra, lloraremos, nos reiremos, amaremos y nos espantaremos en medio de las tragedias entre ríos que invitan a la llegada de barcos con historias, hermanos asesinos o pueblos afantasmados. Leeremos a García Márquez una vez más, dos, mil veces más hasta que así y sólo así, podamos decir algo, decirle algo, compartir el hábito divino de las palabras, las leídas, las escritas, las palabras que ya son de él y que nadie nunca más podrá quitarle.

Como en un cuento de Borges un escritor sueña que crea a un escritor y que lo hace escribir sobre su propia obra. García Márquez me sueña, mueve mi mano a su voluntad, escribe mis palabras, sus palabras, se ríe con una sonrisa socarrona mientras se acomoda la guayabera de oro.

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15 de abril de 2007

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