De Vacaciones 1

Leyla Bartet *
París, marzo 2005


- Daemonium habes
-Ego daemonium non habeo

San Juan (c. VIII. Vs. 48-49)

Niño tristeTito está en cama con fiebres altísimas. A nosotros no nos dejan entrar todavía. Queríamos verlo, hacerle morisquetas para que se ría, sacarlo a jugar al bosque y convencerlo de que se quede aquí para siempre, pero no es posible por el momento. Su madre está preocupada, se le ve la angustia en la cara. A cada rato se acerca a la cama para ponerle paños helados sobre la frente. Después sale del dormitorio amarillo con el ceño fruncido y un rictus amargo en la boca. Dos surcos verticales se le marcan en la frente, justo sobre la nariz. Ni siquiera ha notado la columna de hormigas que empieza a llevar pedazos de comida, patas de insectos, alas de polillas y que se abre camino por debajo de la puerta del cuarto. Es una fila negra y movediza, bien visible. En otra ocasión habría corrido a buscar el insecticida para evitar alimañas en la habitación de Tito, pero ahora ...está como ida. Claro, nos da un poco de pena verla así pero ¿Qué podemos hacer?

Habíamos visto llegar a toda la familia al inicio del verano. Estábamos escondidos tras los matorrales que rodean la casa y desde allí observamos las idas y venidas al auto, descargando valijas, cajas de cartón, bicicletas, sillas de sol y otros enseres. Tito nos llamó la atención porque parecía inquieto, tal vez asustado. Tomó la mano de una adolescente larga con cara de aburrida y empezó a succionarse el pulgar mientras miraba -como nosotros, pero de cerca- todo el ajetreo de la mudanza. Se demoraron un buen rato llevando los enseres a la casita que -supusimos- habrían alquilado por un par de meses, el tiempo que duran las vacaciones escolares.
Al día siguiente, hacia el mediodía, los vimos dirigirse a la laguna: el padre, la madre, la abuela, los dos chicos y un perro Cocker de pelaje rojizo. En la arena pedregosa de la playa instalaron las sillas de sol y un poco más allá, para el que quisiera protegerse, una sombrilla. La madre extendió un mantel a cuadros en el suelo y puso una piedra en cada ángulo para evitar que se volara con el viento. "Precaución inútil" pensé, porque en esos días no soplaba la menor brisa y el calor era insoportable. Tito se sentó a la sombra y permaneció largo tiempo taciturno, mirando las aguas verdosas y tranquilas del lago, como queriendo adivinar el limo de su lecho.

Su hermana, en cambio, se desvistió sin dudar un segundo. Se quedó con un bikini rojo de flores violetas y lucía tan pulposa que las flores parecían a punto de reventar. Nos agitamos mucho en nuestro escondite viéndola chapalear y ejecutar una gimnasia extraña dentro del agua.
-¡Miren mis pasos de ballet acuático!, gritaba.
-Cuidado que no te agarre una corriente fría y te pasme, respondía la madre sonriendo, sin prestarle mucha atención.
-El fondo está lleno de fango ¡Qué asco! Se me pegan los pies y se enturbia el agua, se quejaba, pero no dejaba de estirar las piernas, una y después la otra, hasta su cabeza.
A mí lo que más me gusta de este lugar son los atardeceres al lado del lago. Tras un día de sol, la luz se hace ambarina y le da tonos anaranjados a la piel y a las cosas. Incluso la vegetación parece adquirir nuevos colores. Cuando muere la tarde, las madreselvas exhalan un perfume intenso y los jazmines emborrachan con su aroma acaramelado. Y hasta la menta le presta al aire una falsa frescura que sólo se hace certeza cuando empiezan a soplar las brisas de la noche. Aprendí a percibir estas cosas desde que tuve que quedarme aquí. Supongo que a los demás les ocurrió lo mismo aunque, la verdad, no se si todos tenemos la misma debilidad por los atardeceres. Todavía recuerdo la puesta de sol del día de la llegada de Tito y su familia a San Esteban: fue hermosa y dorada. Anunciaba semanas de paz, el descanso sereno y alegre del verano.
La primera noche fue casi perfecta, salvo que a eso de las siete vimos aparecer a Gabriel Belial. Llegó al volante de su doble tracción, levantando nubes de polvo. Frenó con un ruido seco delante de la puerta. Concluimos que conocía a la familia desde hace mucho porque el padre de Tito lo abrazó y le dio unas palmadas afectuosas en la espalda. Todos salieron a saludar al recién llegado. Gabriel comentó, antes de cruzar el umbral, lo grandes que estaban los muchachos, lo guapa que estaba Raquel. Luego vimos que la luz de la sala se encendía y así se quedó como hasta la diez. A esa hora Gabriel se retiró, no sin antes gritar desde la ventana de su camioneta:
-¡Mañana paso por ustedes para llevarlos a San Cristóbal, ya verán qué simpático es el pueblito! Después se hizo el silencio y los grillos volvieron a cantar su melodía exasperante. Nosotros nos fuimos a dormir escabulléndonos entre los arbustos.
El resto de la semana fue una suma de días iguales. Tratamos de acercarnos a Tito más de una vez, sobre todo cuando daba vueltas por los alrededores como alma en pena y aburriéndose como una ostra. Pero siempre llegaba alguien de la familia en el momento oportuno, lo tomaba de la mano y se lo llevaba. Él parecía disfrutar en especial de la compañía de su hermana Raquel y de las frecuentes visitas de Gabriel, que estaba cada vez más colorado y no paraba de tomar cervezas y contar chistes. Como la televisión no tenía antena aérea los programas entraban muy mal, así que para entretenerse sólo podían conversar, jugar a las cartas y pasear. Los chicos habían llevado el Nintendo por si acaso. Pero, cuando venía, las actividades del día las fijaba Gabriel.
A Gabriel lo conocemos todos por aquí. Vive en la capital pero tiene una próspera finca hacia el sur y dos o tres veces al año viene a controlar que todo camine bien y de paso se da un descansito. Como él mismo dice, cerca al lago se le despeja la cabeza del estrés urbano "La vida en la ciudad es agotadora", repite siempre. Es un hombrón de unos cuarenta años, de espaldas cuadradas, piel rojiza, cabello abundante y rebelde y unos ojos verdes de puma que a veces son tiernos y a veces feroces. Es muy alegre y le gusta la compañía de los niños. Así que nos pareció natural que se acercara tanto a Tito y Raquel y que los sacara a pasear con frecuencia. Después de todo repetía gestos de simpatía que le brotaban de modo muy natural.
Una vez, cuando estábamos a punto de abordarlo, una araña picó a Tito. Nosotros estábamos cerquísima de él y vimos al monstruo peludo que se le trepaba por la pierna. Quisimos advertirle pero no hubo tiempo. Se puso a llorar dando alaridos y, claro, el papá, la mamá y la abuela salieron corriendo a buscarlo. Raquel no apareció. No sabíamos donde andaba pero la camioneta de Gabriel estaba estacionada en la carretera, camino a la casa. Tito estuvo con la pantorrilla hinchada varios días y su abuela se pasó todas las noches aplicándole cataplasmas anti inflamatorias sobre el forúnculo violáceo.
Cuando se curó del todo volvió a pasear por los alrededores del lago, pero como Gabriel y su hermana salían cada vez más sin él, se volvió a poner triste, cada vez más triste. Durante el día se sentaba al lado de la abuela y hablaba un poco con ella. Creo que no le hacían bien esas conversaciones porque la señora le contaba cuentos de fantasmas y aparecidos que lo asustaban mucho y lo dejaban tembloroso, mirando siempre a sus espaldas como si alguien lo siguiera. Por eso jamás pudimos acercarnos a jugar con él: no queríamos que nos tuviera miedo. La otra noche le contó una historia extraña en la que un ángel se convertía en el señor de los demonios y engañaba a los hombres para llevarlos por las sendas del mal y cocinarse con ellos en el fuego eterno. También le contó otra del dios del tiempo que devoraba a sus hijos. Esa la entendimos mejor: Claro, nos dijimos, el tiempo envejece a la gente, es como si les comiera la piel, los músculos y los huesos. Pero, la verdad sea dicha, las historias de la abuela no eran muy apropiadas para un niño asustadizo como Tito.
Cuando no escuchaba a la señora jugaba con el Nintendo, pero se aburría muy pronto. Otras veces leía. No alcanzábamos a ver los títulos de los libros así que nunca llegamos a conocer el nombre de sus autores favoritos Por el grosor de uno de los libros supusimos que se trataba de Harry Potter (eso dijo uno de nosotros, uno que se incorporó al grupo hace muy poco). Al menos así se mantenía concentrado en otra cosa que no fueran las historias de muertos de su abuela.
A la hora de la cena, cuando volvía su hermana, se sentaba a su lado en la mesa y ella, cargada de remordimientos por haberlo abandonado todo el día, no evitaba sonreírle cada vez que podía. Tenía una sonrisa muy bonita. Era consciente de sus dientes rutilantes, de sus labios dibujados con pincel y usaba de su risa como bálsamo para aliviar las penas de Tito. No pudimos enterarnos por qué tanta tristeza. Sólo lo vimos contento en una ocasión. Fue el primer domingo que pasaron aquí. Raquel se levantó de excelente humor y dijo que no hacía mucho calor y que el día estaba espléndido para salir a pasear en bicicleta. Tito asintió con los ojos brillantes. Como no sabía manejar, se sentó detrás de su hermana. Ella vestía pantalones cortos y una camiseta de algodón muy breve que le dejaba el ombligo al aire. Tenía ya la piel bronceada por el sol y sus piernas desnudas se movían siguiendo el ritmo regular del pedaleo. Se alejaron por la carretera y se escuchó por un momento la risa de Raquel interrumpiendo el silencio del bosque. Tito sonreía como nunca volveríamos a verlo sonreír.
Una semana más tarde descubrimos que Raquel había empezado a escaparse de la casa todas las noches. La veíamos salir sin hacer ruido como a las once o doce, abrigada con su suéter blanco que parecía fosforescente a la luz nocturna.
Tomaba su bicicleta y se alejaba por el sendero que conduce a la carretera. No la seguimos porque adivinamos a dónde iba. Es curioso, pero muy pronto supimos que las cosas no se podían quedar así. Había como una tensión en el ambiente, un olor a mal agüero en el aire que hasta el perro percibía. Algo se había alterado en el orden familiar y la paz del primer atardecer había desaparecido para siempre.
Una noche, cuando Raquel se preparaba a montar en su bicicleta, el Cocker, que era bastante viejo y se la pasaba durmiendo, empezó a ladrar como un loco. Poco después apareció Tito con su piyama de rayas azules, con los ojos muy abiertos por el susto y el pelo revuelto de quien acaba de despertarse. Los padres dormían del otro lado de la casa.
Debían tener el sueño de plomo.
Tito quiso saber a dónde iba su hermana. Ella le respondió con mucha violencia, haciendo muecas muy feas y señalándole la casa.
-¡Vuelve a la cama! Le decía con intensidad pero sin subir mucho la voz
-Quiero ir contigo, repetía Tito aniñándose.
Al final se puso a llorar. Raquel subió a la bicicleta y lo dejó sollozando en la puerta de la casa. Pero avanzó unos metros y dio media vuelta como si se arrepintiera. Se acercó a Tito que detuvo su llanto un momento, esperando el cambio de parecer de Raquel. Y entonces escuchamos nítidamente el susurro de su extraña explicación.
-Me voy a ver a una persona que me enseña muchas cosas. Cosas que nadie más que él puede saber, pero no puedes venir conmigo. Es muy peligroso para ti, y agregó como quien le confía un secreto, tiene debilidad por los niñitos como tú. Por eso no te llevo: te puede hacer mucho daño. Sabes que te quiero y no deseo que nadie te lastime.
Tito pareció tranquilizarse, Raquel le dio un beso en la mejilla húmeda y se fue. Nosotros nos quedamos nerviosos. Nos acercamos a la ventana de su dormitorio, hacia la parte posterior de la casa. Conocíamos la luz tenue de su lámpara de cabecera. Y, en efecto, Tito no dormía. Repetía una letanía, en realidad, un poema que adivinamos por el movimiento de sus labios

La señorita del abanico

Va por el puente del fresco río...

La señorita del abanico y los volantes

Busca marido...

Los grillos cantan por el oeste

La señorita va por lo verde...

No entendimos muy bien qué quería decir, ni quien era esa señorita. Además, había versos que Tito decía muy rápido o vocalizando poco y no alcanzábamos a descifrarlos. Se pasó mucho rato repitiendo el poema hasta que se fue quedando dormido. Sólo entonces nos retiramos. Estábamos muy preocupados: Tito había resultado más vulnerable y complicado que cualquiera de nosotros. Mucho más de lo que imaginamos cuando llegaron. Dicen que los niños muy cuidados son así.
Al día siguiente Raquel y Tito se levantaron tarde.
-¡Qué dormilones se han vuelto! Se quejaba la abuela.
- Deben ser los baños de agua tan fresca, el ejercicio, el aire sano del campo. Se cansan más, argumentaba el padre.
Claro, no sabían lo que nosotros sí.
No sé quién sostenía que siempre aparecen detalles que cambian el curso de la historia cotidiana. Todo es excepcional, "dar la mano no es siempre lo mismo que dar la mano y abrir una lata de sardinas no es abrir al infinito la misma lata de sardinas". Tito se pasó la tarde leyendo tiras cómicas del Príncipe Planeta. Vimos de lejos por sobre su hombro que se trataba de un niño tan frágil en apariencia como él mismo, pero muy valiente y capaz de enfrentarse a increíbles monstruos extraterrestres.
Esa tarde no vino Gabriel a visitar a la familia. Raquel tomó su bicicleta después de almuerzo y empezó a pedalear con ansiedad alrededor de la casa. Eso debe haber estimulado la imaginación de Tito.
-Quela tu eras la campeona de bici-cross y yo era el jurado que te entregaba la copa ¿ya?
Y procedió a acomodar montículos de leña, ramas de árboles, cuatro o cinco ladrillos formando un murito y hasta una vieja silla desvencijada que encontró en la parte de atrás de la casa. Raquel debía saltar los obstáculos a la mayor velocidad posible mientras Tito le tomaba tiempo con su reloj cronómetro. Todo ocurrió normalmente: Raquel, que era una buena ciclista, se elevaba por el aire y caía un metro, metro y medio más allá, feliz de demostrar lo bien que conducía. Tito, en cambio, la miraba saltar muy serio, comprobando en el cronómetro la velocidad de su hermana.
-¡Más rápido, Quela, puedes hacerlo en menos tiempo!, le exigía.
No debió asumir el desafío. Era previsible que se rompiera la crisma. Una de las veces que saltó sobre la silla rota, la rueda posterior tropezó con una pata y la bicicleta se detuvo en seco proyectando a Raquel por el aire, un buen trecho más allá. Se lastimó los codos y las rodillas, pero además -dijo su papá- tenía un serio esguince en el tobillo derecho que habría de impedirle caminar por unos días.
-Ni soñar con montar bicicleta hasta que estés bien, le dijo.
En ese momento pensamos que se trataba de un simple accidente. Pero ya más tarde empezamos a dudar de que lo ocurrido hubiera sido fruto del puro azar. Bestias
Como a la medianoche, a la hora en que Raquel solía escaparse, vimos salir a Tito en su lugar. Llevaba puestas sus zapatillas Nike, las que solía usar cuando hacían caminatas por las sendas más o menos agrestes de la zona. Se había cubierto con una chompa gruesa, de color oscuro para protegerse del frío y su cuerpo se confundía con la oscuridad. Por suerte el cielo estaba despejado, había luna y la claridad nos permitió constatar que tomaba el mismo camino que recorría su hermana cada noche en bicicleta. Tal vez llevaba un recado de Raquel. O quizá sólo quería descubrir su secreto.
Tratamos de seguirlo de lejos para que no advirtiera nuestra presencia, no fuera a asustarse. Tras una caminata de casi tres cuartos de hora llegó a un punto en el que debió detenerse. Allí el camino se bifurca y pareció desconcertarse frente a lo imprevisto de la situación. Ladeó la cabeza hacia la derecha, luego hacia la izquierda, como si escuchase un llamado, una señal. Optó por la izquierda y se adentró en un bosquecillo. Allí le perdimos la pista. Nos comíamos las uñas de los nervios, pero no sabíamos dónde buscarlo. El bosque es grande y de noche no se ve ni las manos.
Un poco más tarde escuchamos sus gritos ahogados y sus sollozos que alguien calló con un golpe seco. Y luego el silencio.
No sentimos culpables por no haberle advertido a tiempo del peligro. Pero ¡era tan raro, tan imprevisible que resultaba muy difícil adivinar sus reacciones! Jamás hubiéramos pensado que se atrevería a entrar -solo y en esa oscuridad- al bosque, lleno de sabe dios que bestias.
Hoy el cielo amaneció cubierto. La familia de Tito sólo ha advertido su ausencia cerca de las nueve, cuando la abuela se levantó a preparar el desayuno. Se han demorado un buen rato buscándolo. Lo han encontrado recién al mediodía, desnudo, inconsciente, con unas marcas como mordiscos en los hombros, en los brazos y en las nalgas.
El padre y la abuela esperan en la sala. El viejo fuma un cigarrillo tras otro. La madre vuelve otra vez a la habitación de Tito. Las hormigas siguen entrando al cuarto como si fuera su casa. Deben haberse instalado debajo de la cama. Pero ella -que ha entrado a verlo como veinte veces- ni siquiera se percata de sus pérfidos manejos. Sólo tiene ojos para Tito. Pero esta vez da un grito agudo, se echa a llorar y llama al padre, a la abuela, a Raquel, que llega rengueando de su cuarto.
- ¡Mi niño! ¡Mi chiquito lindo! Solloza la madre.
Ahora sí podemos entrar. Vemos al muerto con los ojos fijos en el techo mientras la mano de su padre le cierra los párpados y una de sus lágrimas cae sobre la piel amarillenta. Extraño color sobre el que destaca el morado de los hematomas moteando su cuello, su pecho, sus brazos. El resto está cubierto por la sábana pero sabemos, sin necesidad de verlo, como han de estar su barriga, las heridas de sus piernas o de sus nalgas, sobre todo sus nalgas. Debe ser mucho peor. ¡Su piel era tan delicada!
Esto no es una deducción. Es una certeza. También conocimos a Belial en el sendero de los caminos que se bifurcan. A nosotros nos pasó lo mismo. Ahora tenemos un nuevo compañero.
Ya podemos jugar con Tito eternamente.

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1- Forma parte de su próxima publicación A Puerta Cerrada, que editará la Editorial Peisa de Lima en el próximo mes de julio 2007

*Leyla Bartet. Periodista y socióloga peruana. Estudió periodismo en la Universidad de Estrasburgo (Francia) y Comunicación en la Universidad de La Habana (Cuba). Más tarde estudió Lingüística en la Universidad de San Marcos (Lima) y es doctorada en Sociología por La Sorbona (Francia).
Ha publicado -además de numerosos ensayos- dos libros de narrativa: Ojos que no ven (Ed. PEISA, Lima 1997) y Me envolverán las sombras (PEISA, Lima 1998). Sus cuentos han sido traducidos al sueco (Ed: Göran Skokberg) y al francés (La Nouvelle Révue Française. Ed. Gallimard, nº 554, junio 2000) y figuran en diversas antologías. En España ha publicado cuentos en la revista sevillana Renacimiento (nº 19 y 20) y ha ganado el Premio de Cuento Café Libertad (Madrid, junio del 2001) . En 1994 y en 2002 fue ganadora en concursos de cuentos breves de la revista peruana Caretas. También ha ganado el Premio Latinoamericano de Periodismo (género crónica) otorgado por el gobierno de México en 1988.
Tras dos años de residencia en España, ha regresado a París, ciudad en la que estudió y vivió largos años. También ha residido en Cuba y en Venezuela.
Su más reciente libro Memorias de Cedro y olivo, una historia de la inmigración árabe al Perú publicado por el Fondo Editorial del Congreso. Lima 2005 (ed. agotada) fue uno de los más vendidos de la última temporada y se prepara una reedición para el 2007.
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15 de junio de 2007

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