Summa del cuerpo: un atlas sensorial

Por Julio César Londoño *
(Colombia)

Julio César Londoño

Hasta sus detractores reconocen en Harold Alvarado Tenorio a uno de los poetas vivos más grandes de Colombia. Y no lo dicen sólo por su talla: también su trayectoria es monumental. Las traducciones de sus obras al inglés, al francés, al griego, al chino y al portugués; su cátedra, ejercida con fervor y claridad en tres continentes; la copiosa bibliografía disponible sobre su obra; sus ensayos, selecciones y traducciones de otros poetas, vivos o muertos, bárbaros o nacionales; su trabajo editorial; los reconocimientos académicos y, sobre todo, el puente que tendió entre los poetas chinos y los latinoamericanos, avalan el trabajo de este hombre honrado y cínico, vagabundo y laborioso.

Es un curriculum rutilante, sin duda, pero hay algo que a los lectores interesa más, sus libros. Porque abrir un libro de Alvarado Tenorio es entrar en contacto con un mecanismo de alta precisión, con una fábrica verbal donde cada palabra ha sido premeditada, medida, sufrida.

No lo conozco muy bien, y apenas me atrevo a considerarme su amigo, pero puedo asegurar que no estamos frente a un malabarista del adjetivo ni a un pirotécnico del calembour. No. Definitivamente no es uno de aquellos que se pasan la vida jugando con palabras, decorando sonetos, tejiendo un croché fatuo y virtuoso. Alvarado Tenorio pertenece a la logia de los hombres que se juegan la vida en cada palabra; que no les basta beberse a sorbos largos la vida sino que necesitan traducirla en palabras.

A pesar de que en Summa del cuerpo haya poemas de diferentes épocas, es un libro de gran unidad temática y tonal. Es como si el muchacho de 29 años que sorprendió a la crítica con Pensamientos de un hombre llegado el invierno ya fuera, esencialmente, el mismo señor que en 1987 nos movió el piso con Espejo de máscaras. A los poemas que lo consagraron y le merecieron un lugar en las antologías, Alvarado Tenorio ha sumado otros de novísima cosecha. En lo temático, aquí están sus obsesiones: la vejez, la muerte, los viajes, el conocimiento, es decir, los accidentes del tiempo. También ese acto íntimo y animal y capaz de detener el tiempo, el sexo. En lo estructural, hay un elemento recurrente: la oscilación. Quizá consciente de que el poeta es un equilibrista al que acechan dos vacíos, la retórica y la ramplonería, Alvarado Tenorio mantiene siempre un tono contenido, un sabio vaivén entre lo prosaico y lo poético, entre lo libresco y lo vivencial, la música y la reflexión, la confidencia y el pudor.

En Summa del cuerpo hay una plenitud pocas veces vista en nuestra literatura, una esfericidad que parece mirarlo todo, saberlo todo, abarcarlo todo. Por esta vez la palabra summa no es pretenciosa, sólo exacta.

Harold Alvarado Tenorio pertenece a una Generación a la que él mismo llamó Desencantada. A ella pertenecen Juan Gustavo Cobo, Jaime García Maffla, José Manuel Arango, Raúl Gómez Jattin, María Mercedes Carranza, Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, Juan Manuel Roca. Se la conoce también como la Generación de Golpe de Dados porque muchos de ellos gravitaron alrededor de esa revista en los años 70, o como la generación post-nadaísta.

Es bueno aclarar que esto no significa que la obra de estos poetas sea una prolongación del nadaísmo. Los nadaístas fueron unos crápulas de pésimos modales, estilo discreto y excelente mercadeo. Los poetas de la generación desencantada, en cambio, son unos perfectos caballeros. Al menos en público. Quiero decir que podían ser pervertidos mas no exhibicionistas. Eran muy buenos lectores, críticos, traductores. La Colombia rural se había convertido en una Colombia urbana. En Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla había círculos literarios importantes. Los libros y las ideas circulaban. Borboritaban por doquier las marmitas de los brujos de letras.

Había, sí, un punto de contacto entre los crápulas y los caballeros: el existencialismo, un spleen moderno, una náusea provocada por el sinsentido de la vida.

Summa del cuerpo

Pero mientras los nadaístas reaccionaron con más irreverencia que inteligencia, crearon alboroto, escupieron las hostias y quemaron ejemplares de María, de Jorge Isaacs, los caballeros de la Generación Desencantada obraron de una manera menos aparatosa. En parte gracias a los nadaístas, hay que reconocerlo. Estos fueron la brigada de choque de la nueva poesía frente al verso endomingado, las gracias versallescas, los ebúrneos triclinios y las copas rebosadas de ajenjo o de absenta de los viejos poetas. A la ambrosía, el sándalo y las liras alegóricas de sus mayores, los nadaístas opusieron el buñuelo, la marihuana y la guitarra eléctrica. Y eso estuvo muy bien, claro, pero fueron brutales, actuaban con la torpeza propia del que abre trocha. Los caballeros que venían atrás no tuvieron que derribar ídolos ni hacer mercadeo ni redactar manifiestos; hicieron sólo lo que deben hacer los poetas: poesía.

Así, la reacción de Harold Alvarado Tenorio es hedónica, vital. Sabe que estamos perdidos. Entonces reflexiona con amarga lucidez como Thomas Stearns Eliot, y nos formula dosis altas de vino como Omar Khayam y de sexo como Constantino Kavafis. Sin embargo, como bien anota William Ospina en el prólogo, "Alvarado Tenorio no nos deja nunca la impresión de un sátiro sin freno sino la de un viejo roble ebrio de salud y de santa impudicia".

En los poemas de Alvarado Tenorio destaco por ejemplo, su manera de nombrar los objetos. Para él, "una pluma es un temporal de suavidad", definición que me recuerda otra, de Rafael Maya: "Los nocturnos de Silva son una tempestad de suspiros". (Ambas definiciones apelan al mismo recurso, al oximoron, esa figura de construcción que consiste en reconciliar momentáneamente, y gracias a la mediación del verso, dos vocablos antagónicos).

Me gustan también sus retratos, que huyen de la rigidez del óleo y alcanzan la agilidad del boceto.

Yo Taliesin
vasallo de antiguos reyes,
en un oscuro patio inglés
he conocido las voces
y el grito de los puñales.
Yo
Taliesin
el más alto
el más rubio.

Me gusta también cuando fábula, como en Manuela lee a Melville la carta de la fortuna; su perversidad, es decir, su elegante disposición hacia el mal, como en Bodas de plata; y la manera como conjuga humildad y cinismo, como en Proverbios:


No hables,
mira cómo las cosas a tu alrededor se pudren.
confía sólo en los niños y los animales
y de los ancianos aprende el miedo
de haber vivido demasiado.
A tus contemporáneos pregunta sólo
cosas prácticas
y comparte con ellos tus fracasos,
tus enfermedades, tus angustias,
pero nunca tus éxitos.
De tus hermanos ama al que está lejos
y teme al que vive cerca.
A tus padres nunca preguntes por su pasado
ni trates de aclarar con ellos tu niñez y juventud.
Con tu patrón no hables,
escríbele y nunca le cuentes tus planes futuros
y miéntele respecto a tu pasado.
Ama a tu mujer hasta donde ella lo permita
y si llegas a tener hijos, piensa que,
como en los juegos de azar,
podrás ganar o perder.
El destino no existe.
Eres tú tu destino.
Y si llegas a la vejez
da gracias al cielo por haber vivido largo tiempo,
pero implora copn resignación por tu propia
muerte.
Los que no tenemos dinero ni poder
valemos menos que un caballo,
un perro,
un pájaro o una luna llena.
Los que no tenemos dinero ni poder
Siempre hemos callado para poder vivir largos años.
Los que no tenemos dinero ni poder
llegados los cuarenta
debemos vivir en silencio
en absoluta soledad.
Así lo entendieron los antiguos
así lo certifica el presente.
Quien no pudo cambiar su país
antes de cumplir la cuarta década
está condenado a pagar su cobardía
por el resto de sus días.
Los héroes siempre murieron jóvenes,
no te cuentes entre ellos
y termina tus días
haciendo el cínico papel de un hombre sabio.

Harold Alvarado Tenorio está de regreso. Después de recorrer todos los caminos y parar en todas las tabernas, de ejercer todos los oficios de las letras, de leer todos los libros, de recibir todas las distinciones, de lamer cuerpos de todas las razas, de aprender y olvidar lenguas, y de sobrevivir a los ataques de 17 cirujanos, el poeta sigue vivo -maltrecho pero vivo- y aquí está para contar el cuento, para escanciar en nuestro oído este atlas de la sensorialidad que es Summa del cuerpo, un compendio de todos los placeres de la carne, y todas las agonías del espíritu, y todos los endriagos de la mente.

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* Julio César Londoño, Colombia, 1953. Escritor y crítico literario. Ha publicado La ecuación del azar, libro sobre los físicos y el destino, El arte de tachar, comentarios sobre las obras de varios autores latinoamericanos; Sacrificio de dama, libro de cuentos; El cubrimiento de América, biografías de los principales protagonistas del Descubrimiento y la Conquista, y La Biblioteca de Alejandría, ensayos breves sobre la rueda, la gramática, el computador, el azar, el perfume, Dios, etc. Recibió el premio Jorge Isaacs de ensayo científico y, en cuento, el Alejo Carpentier, el Carlos Castro Saavedra, el Universidad de Veracruz y el Juan Rulfo.
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15 de agosto de 2007

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