El repetido tedio de los viajes puede causar cambios bastante significativos, aun en la personalidad más gris e imperceptible: por ejemplo, la mía.
1. El viajero frustrado
No tuve la suerte de ejercer la docencia en un colegio cercano a mi domicilio. Me tocó empezar en una Schule germánica de la vecina localidad de El Palomar.
Supe que, para trasladarme hasta allá, debería viajar en tren. Esto tiene un encanto del que carecen los colectivos y los ómnibus. Yo, por lo menos, lo creo así. Desde muy chico he considerado que locomotoras, vagones, vías, cambios, empalmes, ramales, estaciones, señales eran bellos objetos dignos de interminable interés. Sin embargo, mi placer añoraba las antiguas, negras, imponentes locomotoras de vapor, ahora casi totalmente reemplazadas por unas sobrias máquinas diésel, pintadas con los colores de la bandera española. El agrado de viajar en tren atemperaba, en parte, el disgusto que a mí -un individuo de hábitos sedentarios- me causaba la obligación de someterme a ese largo itinerario.
Menos mal que yo vivía a pocas cuadras del puente del Pacífico. Tomaba el tren en la estación Palermo. Averigüé que con esa línea -el Ferrocarril San Martín- era posible llegar, por ejemplo, hasta San Juan. Entonces consulté una guía de transportes y experimenté una suerte de vértigo al enterarme de que entre Buenos Aires y San Juan mediaban ¡1200 kilómetros! ¿Quién podría ser capaz de recorrerlos?
Herido el amor propio, con deliberada audacia me fijé el objetivo de realizar el viaje a San Juan. Establecí diversas fechas para mi partida y luego, indefectiblemente, las diferí. En estas dudas, se me pasaron seis años. Por fin, con íntimo dolor, admití que no me atrevería a hacer el desaforado viaje.
Es que yo me había acostumbrado a un viaje de las siguientes características. Al subir al tren en Palermo, conocía de antemano el orden en que se sucederían las estaciones: Chacarita, La Paternal, Villa del Parque, Devoto, Sáenz Peña, Santos Lugares, Caseros, El Palomar. Aquí descendía, caminaba unas pocas y frescas cuadras sombreadas de eucaliptos fragantes y llegaba al colegio. Nada podía ser más sencillo. En casa, si quería, cerraba los ojos y recuperaba perfectamente los detalles de cada estación. Pero -me preguntaba-, ¿podría acaso soportar la vista de estaciones desconocidas? Estaciones llamadas Derqui o Cabred, por ejemplo, ¿no contendrían elementos atrozmente inolvidables?
Me reproché mi cobardía: yo habría de llegar a San Juan. Pensé que sería más fácil hacerlo de manera gradual. Un día viajaría hasta Hurlingham; el siguiente, hasta Morris; el tercero, hasta Ricchieri... De este modo podría ir habituando mi espíritu a la vista de parajes ignorados. Calculé que, al cabo de unos cuatro o cinco años, este método me permitiría, sin duda, cumplir mi sueño de llegar a San Juan.
Señalé un 1º de abril para poner en práctica mi invención. Si mis cálculos eran correctos, a más tardar el 6 de abril conocería la estación José C. Paz.
Saqué, pues, boleto hasta Hurlingham; subí al tren (no creo que los pasajeros hayan advertido mi emoción); vi transcurrir las conocidas estaciones. "Todo marcha bien", me dije en El Palomar, pero, cuando el tren abandonó esta estación, deploré mi imprudencia. En Hurlingham, literalmente me arrojé al andén antes de que el tren hubiera detenido su marcha por completo. Regresé a Buenos Aires temblando. Desde entonces, mi excluyente itinerario es Palermo El Palomar y El Palomar Palermo. He comprendido que no tengo nada que hacer en Hurlingham. Y mucho menos en San Juan.
2. Mistificaciones
Durante diez años repetí idéntico viaje. Me sentía seguro y tranquilo, pero el reiterado trayecto comenzaba a aburrirme. Pensé: "La jornada se hace tediosa pero no hay manera de modificarla: sobre este punto no hay discusión posible. Tantos viajes iguales son excesivos para un solo viajero, pero no lo serán en la misma medida para viajeros distintos. Multiplicaré entonces mis personalidades".
Creo haber dicho ya que soy una persona sedentaria; aún no he declarado que también soy tímido, recatado y sensato. Tendría forzosamente que asumir un carácter audaz, petulante y alocado.
Mi iniciación fue sencilla. Un 1º de abril viajé sin boleto. El guarda -un individuo caricatural, parecido al actor norteamericano Ben Turpin- extrajo, con la fría determinación que da el cumplimiento del deber, un talonario, para cobrarme una multa. Ante su sorpresa, expuse incoherentes y confusos argumentos, cuya conclusión era la de que, en modo alguno, estaba dispuesto a pagar la multa. Turpin -azorado, indignado- insistía con correctas razones que reconocían como única fuente el reglamento ferroviario. Apelé entonces a un recurso extremo: a la altura de la calle Córdoba saqué una pierna por la ventanilla, fingiendo que, en mi desesperación, iba a arrojarme del tren en marcha. Una señora gritó y se cubrió el rostro con las manos. El guarda, ayudado por varios pasajeros, venció mi falsa resistencia y me volvió bruscamente a mi asiento. Comprendí que el triunfo era mío: en medio de la silenciosa expectación de los circunstantes, declaré con voz trémula que, si no tenía dinero para pagar el boleto, menos lo tendría aún para el importe de la multa. Casi sin dejarme terminar la frase, un señor canoso, de anteojos, se ofreció a solventar mi multa, al tiempo que extraía su billetera con tanta precipitación, que del bolsillo interior de su saco salieron disparados dos o tres lápices. ¡Nunca lo hubiera hecho! Furioso, me enfrenté con él y le grité en las narices, lanzando una nube de saliva voladora, que no admitía limosnas de un anteojudo. Las sonrisas iluminaron más de un rostro: el señor canoso enrojeció y, muerto de vergüenza, cambió de vagón. Turpin estaba desorientado; finalmente, dada mi peligrosidad, optó por contemporizar, aunque bien se veía que la transgresión del reglamento ferroviario, que él había convalidado, reprochaba a su conciencia. Apelando a esos modales exquisitos e infantiles con que se intenta volver a la sensatez a un niño encaprichado, me invitó, en una especie de media lengua pueril, a que descendiera en Chacarita y tomara una gaseosa, para lo cual me regaló unas monedas, que acepté con rudo ademán y torva mirada. Bajé, en efecto, amenazándolo con el puño. Y permanecí así, en actitud desafiante, hasta que el tren volvió a ponerse en marcha. A tal extremo me había ensoberbecido mi victoria, que me pareció que el tren se alejaba con más prisa que de costumbre, como si huyese poseído por el pavor. Entonces compré pasaje hasta El Palomar. Viajé con todo juicio en el tren siguiente. Llegué al colegio de extremado buen humor y relaté con éxito varios chistes en la sala de profesores.
Al otro día viajé a la misma hora. En esta ocasión, consideré meritorio sentarme en el suelo, ocupando transversalmente el pasillo. Los pasajeros, al advertir mis fingidos ojos extraviados, pasaban con sumo cuidado sobre mí, alzando ostentosamente los pies y dando pasos de jirafa para no pisarme. Sin duda, ése era el horario en que Turpin ejercía sus funciones. Al verme, palideció. Resultaba evidente que no quería tener ningún tipo de contacto conmigo. Inclusive hizo un amago de volverse por donde había venido. Pero ya tenía bastantes tribulaciones con los remordimientos del día anterior. Se impuso su sentido del deber. Con visible esfuerzo, sacó fuerzas de flaqueza y, dispuesto a todo, penetró en el vagón y empezó a requerir los pasajes. Sin embargo, la lentitud con que se demoraba en leer puntillosamente cada boleto era un claro indicio de que deseaba diferir hasta el infinito el ingrato momento de enfrentarse conmigo. Turpin cambió palabras amables con las damas, proporcionó copiosos informes a caballeros que no le habían preguntado nada, acarició a un niño y le permitió, como gran concesión, juguetear con su inalienable maquinita de control. Al fin llegó el instante en que una nueva demora, aunque fuera la más pequeña, la más insignificante, caería ya dentro de lo insólito y aun de lo sospechoso. Entonces, tras una profunda inspiración, con voz imperceptible y neutra -como si no me conociera- me solicitó el boleto, sin hacer alusión alguna al sitio que yo ocupaba. Y yo, con un aire magnánimo que, sin embargo, no dejaba trasuntar ninguna expresión triunfal, con un gesto digno de quien se halla más allá del bien y del mal, metí dos dedos en un bolsillo y le entregué el boleto.
Alentado por los dos rotundos éxitos obtenidos, continué realizando cosas extrañas y, dentro de todo, inofensivas.
Un día viajé sentado en el respaldo del asiento. Otro, entoné los primeros versos de la Eneida, de Publio Virgilio Marón, adaptándolos a la melodía de La cumparsita, de Gerardo Matos Rodríguez. Estas actitudes, que no tenían otro alcance que el de llamar momentáneamente la atención de los pasajeros, no me satisfacían del todo. El artista que latía en mí aspiraba a una obra maestra. Día y noche me devanaba los sesos tratando de componer una mistificación inolvidable.
Entré así en un período de esterilidad, en el que no se me ocurría ninguna buena idea. En estas meditaciones, se me pasaron otros cinco años. Al fin, acabé por resignarme a mi hado de artista mediocre; acabé por viajar como una persona cualquiera, como una persona no tocada por el genio de la creación.
Hasta que llegó un día en que la inspiración -cuando menos la esperaba- descendió sobre mí. Y descendió con tal fuerza que me hizo colmar toda medida, hasta el punto de que ésa fue mi última mistificación.
Ese día -un 1° de abril-, sereno el espíritu y clara la mente, libre de ambiciones desmesuradas, sabiamente resignado a mi sino, viajaba, como de costumbre, hacia El Palomar. Lo hacía correctamente. Para coronar mi circunspección leía con atento semblante un artículo de las Selecciones del Reader's Digest, que describía en vibrante estilo las tribulaciones sufridas por un granjero de Prescott (Arizona), cuyas ovejas, otrora mansas y amigables, habiendo sido atacadas por una especie desconocida de murciélagos hidrófobos, se volvían, minuto a minuto, más hostiles y taciturnas. Llevado por la magia del relato, yo no cabía en mí de indignación contra esos ignotos y multiplicados murciélagos que tan inicuamente turbaban la paz del granjero de Arizona. Sólo quería que me dieran un arma y allá partiría yo, hasta la misma Arizona, a exterminar murciélagos. En grado tan intenso me había ganado la buena causa del granjero, que inclusive hice unos movimientos con el índice, como si ya estuviera disparando mi rifle sobre los abominables quirópteros. Afortunadamente, mi colaboración no era ya necesaria. La fuerza de voluntad del granjero, de su esposa y de sus siete hijos, aunada a un inquebrantable espíritu combativo y estimulada por la fe sin límites con que las ovejas apoyaban su lucha, que era también la lucha de las propias ovejas, había culminado en una concluyente y definitiva victoria sobre los murciélagos, quienes quedaron tan maltrechos y destrozados, que el autor del artículo pudo afirmar sin hipérbole, en el párrafo final, que "aquél había sido el más grande triunfo nunca jamás alcanzado por un granjero de Arizona sobre los murciélagos en muchos años".
Radiante de alegría ante el triunfo del Bien, cerré el volumen e, impulsado por una súbita elocuencia, me puse de pie, gritando:
-¡Caras limpias, almas higiénicas!
A este estentóreo conjuro, los pasajeros sufrieron un sobresalto. Sin darles tiempo para el menor movimiento defensivo, viendo en ellos una hipóstasis de los aborrecibles murciélagos, empecé a arrebatarles los cigarrillos, cartapacios, anteojos, diarios y revistas que, en distintos grados, exornaban sus personas. Frenéticamente arrojaba todos estos objetos a través de las ventanillas del tren. Todo sucedió en pocos segundos. Sobrevino un escándalo difícil de describir y fácil de imaginar. Un gurrumino de bigotitos, que no pesaría cincuenta kilos, me pegó con todas sus fuerzas un puñetazo imperceptible en el estómago. Entonces, simulando un ataque de nervios, le repliqué con anárquicas patadas, de las cuales sólo la primera -que lo arrojó a considerable distancia- fue necesaria, y siempre sin dejar de gritar mi enigmático estribillo:
-¡Caras limpias, almas higiénicas!
En términos generales, las mujeres aullaban; los hombres menos civilizados pretendían imponerse por la violencia; los más legalistas citaban de viva voz parágrafos de la Constitución; algún escéptico -que nunca falta- sonreía irónicamente. En medio de ese pandemonio, me sentí inmovilizado: dos agentes de policía me sujetaban de los brazos con una fuerza que hubiera resultado excesiva para sofrenar los ímpetus de un elefante en celo.
En la comisaría 45 me recibieron con las puertas abiertas de par en par. En seguida me di cuenta de que lo mejor era adoptar la personalidad de un loco pacífico. Contesté las preguntas con respeto, con vaguedad, con incoherencia. En un momento dado, me eché a llorar sobre el pecho de un fornido sargento. A la mañana siguiente, tras una severa amonestación del propio jefe de la sección, me dejaron en libertad.
Como mis reacciones se estaban volviendo imprevisibles hasta para mí, no consideré conveniente regresar a casa en tren. En medio de la alegría del sol de otoño, tomé el colectivo 108. Me repantigué en un asiento y me puse a reír entre dientes al imaginarme la caravana de damas y caballeros que habría recorrido las vías, desde Devoto hasta Villa del Parque, en busca de, digamos, de sus objetos personales.
3. El comercio y el barroco
El sermón del comisario surtió efecto, de modo que resolví enmendarme. Empero, no había abandonado el propósito de que el viaje me resultara lo más entretenido posible.
Se me ocurrió una idea brillante, que conciliaba el placer con el provecho: vendería peines durante el trayecto. No necesitaba ningún tipo de aprendizaje previo, pues recordaba perfectamente cómo procedían los vendedores ambulantes de peines.
Los primeros días rechacé toda originalidad y me ceñí estrictamente al modelo consagrado por la costumbre. Decía:
-Permítame el distinguido público que lo salude muy atentamente. Por gentileza de la casa Peinalex (Sociedad de Responsabilidad Limitada), voy a seguir haciendo entrega al distinguido público, directamente de fábrica, de los famosos peines Gacela. Son tres artículos. El primero es el peine de tocador, de setenta y siete dientes (cuarenta gruesos y treinta y siete delgados), calibrados uno por uno: artículo indispensable en todo hogar, en toda familia. El segundo artículo es el peine de bolsillo, infaltable en la cartera de la dama y en el bolsillo del caballero. El tercero es el conocido peine "colita", imprescindible para el tualet de la dama elegante. Estos tres artículos, que ustedes están abonando en los comercios del ramo a razón de ochenta, cuarenta y sesenta pesos moneda nacional respectivamente, los entrego, los tres, a título de propaganda, al precio de cien nacionales, lo que equivale a abonar treinta y tres pesos con treinta y tres centavos por artículo. Persona que lo crea, lo juzgue conveniente, no tiene más que solicitármelos. ¡Cien pesos los tres artículos!
Éste era el discurso que yo emitía diariamente, antes y después de mis clases. En seguida recorría el vagón entregando peines y recibiendo billetes de cien pesos. Me iba bastante bien. Por empezar, ganaba tres veces más que con mis cátedras en el colegio. Lo mejor hubiera sido, sin duda, perseverar en este método.
Pero, un mal día, me empezó a ganar de nuevo el deseo de incurrir en cosas anómalas. Por un lado me disgustaba que los pasajeros me considerasen un vendedor de peines vulgar y silvestre. Por otro lado, menos me agradaba todavía la sintaxis con que yo predicaba la excelencia de mis peines: era una sintaxis a la vez sencilla y pálida. Desde el punto de vista económico, me daba pingües beneficios; pero, estéticamente, no me satisfacía. De manera que, de modo gradual, fui complicando mi texto, hasta que, cuando lo perfeccioné por completo -un 1º de abril- quedó así:
-Séame otorgado de los trashumantes, si viajeros, caminantes (sobre ruedas) ferruginosos, que, salvados que hayan sido con férvida, no frígida, policía, artejos en sus aras ofrende, que, no el calvo, pero el pelambresco, arará con ellos su cabeza (quien, de idéntica raíz -capataz, cabo, capanga o etrusco capo-, imperio, dementes exceptuados, tendrá sobre su cuerpo). Activos serán en tal pradera, de holganza privados por la firmeza manicular del duque. Peinalex el domo (o lar en la Galicia), cuya calidad de responsable lindada es por impositivo obstáculo (tal la sociedad es encomendante al ego que voceando siembra y con brazos cosecha codiciosos), al viandante ofrece lo que Gorgona desdeñara. Vinientes ellos de maternas máquinas con tal prisa, que intermediario próspero (royendo la hacienda del trenófilo) no los detuviera, trinitario es su número. De ellos, el primo es imposible su absencia en el familiar recinto que, por extensión metafórica, el ígneo nombre toma. El mágico número le asiste, en decenas y unidades, de aquellas partes óseas cuyas algias dieron causa y razón de existencia a sus logistas, y así subdivididos: en diez menguado el hemisiglo los robustos; en dos superada en los magros la edad del florentino en, de la itálica comedia, el primer verso. En entrambos, individual el calibraje. El prójimo, aunque segundo, es benjamín. Su gruta hace, descansante, en la cosida del varonil atuendo concavidad, o en del perfumado saurio del Nilo (antiguamente Egito) los más adminículos expensivos colgantes doncelliles fabricados. Humorísticamente cuadrúpedo, hipotético rabo lo caracteriza: éste de secretos sabrá deleitosos en galicado, con gramatical descalabro genérico, de coqueta retiro. En mercaderiles antros, octoginta, quadraginta -en el del Lacio sermón- y sexaginta en unidades de la inflacionada, patria moneda, entréganse. Acápite publicitario, en una centena de autóctona soldada, os son donados todos tres. Objeto cada cual: la edad del Mesías en el homónimo que las básculas marcan, plus idénticos fraccionados guarismos en un ciento. Creyente y juez el ser humano, requerir serálos su labor toda. ¡La trinidad en centenar se transfigura!
Considerada mi actuación con un criterio artístico, fue, indudablemente, un éxito estruendoso. La mirada fija, la respiración suspendida, la boca entreabierta, todos los pasajeros me escuchaban con extrema atención. A veces, cuando yo concluía mi perorata, estallaban en aplausos. Pero no entendían una palabra: la prueba está en que, pese a que yo exhibía generosamente los peines mientras disertaba, no logré realizar una sola venta. Entonces comprendí que una cosa es la estética, y otra, los negocios.
Desde entonces, mis viajes han vuelto a ser placenteros, sin apelar ya a mistificaciones ni ventas. He logrado vencer el repetido tedio de los viajes mediante el recurso de no pensar en nada.
[De Imperios y servidumbres, Barcelona
Editorial Seix Barral, 1972.]
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