Harold Alvarado y María Mercedes Carranza

Por Gustavo Riveros Díaz *
(Bogotá, Colombia)

Alvarado y Carranza

Que Harold Alvarado Tenorio y María Mercedes Carranza eran explosivos en sus encuentros y que la incandescencia de su fuego nos encandelillaba, a veces con sorna, a quienes éramos fugaces espectadores del cruce de sus órbitas accidentadas (que no presencié choques pero sí interferencias), es la imagen de un recuerdo que, con nostalgia, viene a quienes a veces intentábamos la poesía en la década de los ochenta, en la recientemente fundada Casa de Poesía Silva, cuando Juan Manuel Roca y Harold Alvarado Tenorio atendieron una invitación de la Carranza para dirigir talleres de poesía a retoños de escritores, algo mayores por cierto, convocados por la Alcaldía Mayor de Bogotá por iniciativa de Julio César Sánchez, para entonces el burgomaestre mayor de la capital.

Las jornadas eran sabatinas y reunían a dos docenas o algo más de aspirantes a escritores en cada salón. En uno de ellos Juan Manuel Roca transmitía su amor a la literatura y su agudo pensamiento como la más segura fórmula para incentivar las vocaciones artísticas, según los testimonios. En la otra sala, Harold Alvarado nos sacudía con su erudición, su inteligencia, su ironía profunda y sus dotes de maestro en el gran sentido de la maestría, que es inculcar amor a lo que se ama, exigirlo mediante la creación y la disciplina y otorgarnos alas a los indefensos y aún no decididos artistas que queríamos o creíamos ser.

En esas mañanas inolvidables presenciamos a varios poetas de muchos kilates. Algunos de ellos aún no se habían sublimizado, como por ejemplo a Raúl Gómez Jattin, quien invitado por Harold cantó sus melodías árabes, descalzo y rememorando su Sinú, su familia, su biblioteca, sus extravíos a causa de las drogas, su desprecio por las terapias psiquiátricas y sus pasiones arrebatadoras.

Pero la estrella era Harold. Recuerdo especialmente sus afirmaciones vehementes sobre Barba Jacob, Silva, Valencia y sobre los iconos de la tradicional poesía colombiana de obligada citación. Muchas de sus palabras eran como acero en mantequilla ante los lugares comunes, las creencias populares y la religiosidad que algunos teníamos sobre estos hombres, y producían un verdadero y saludable sacudón reflexivo en nuestro ejercicio crítico. Poco a poco, y rápidamente, entendí que Alvarado Tenorio era discípulo del humor fino, rodeado de extrema seriedad pero de suprema inteligencia, aspecto que me encantó por ser entonces un todavía más ferviente admirador de Jorge Luis Borges de lo que soy ahora.

Con su ardor y su irreverencia, una de esas mañanas Alvarado Tenorio nos enseñó y nos disertó agudamente sobre Aurelio Arturo y, casi por imprescindible ejercicio estético comparativo, lo relacionó con Eduardo Carranza. Tal vez era tan genuino el esplendor y el humor que Harold nos quería impregnar ante los pocos poemas de Arturo, que no dudó en sugerir que la Casa de Poesía Silva pagaba en los cuadros que exponía en muchas de sus paredes las injusticias que seguramente Carranza y sus contemporáneos cometieron contra Arturo y que, y esa era la deliciosa ironía sugestiva, la hija, María Mercedes, se encargaba de purgar por exigencias de su sangre. Encantados, algunos veíamos una lenta pero poética retribución a la memoria de Arturo, pero otros vieron una burla a los Carranzas, padre (obviamente ya fallecido entonces y un icono intocable) e hija (una mujer exquisita y emprendedora insertada en la élite política y cultural). El supuesto agravio, que no era tal, tuvo consecuencias. De eso se encargaron los y las maldicientes y amigos y amigas de rumores sesgados.

A partir de allí fue pública la diferencia de criterios entre María Mercedes Carranza y Harold Alvarado Tenorio. Muchos de nosotros, creo sinceramente, entendíamos esta cruce de primeras espadas de la poesía como un arte de la esgrima, que ciertamente causaba heridas pero que revitalizaba la poesía. La Mameca, como en lo momentos de cierto ardor poético la llamó Harold, fue atacada por estar en las entretelas del poder y porque ciertamente el poeta puede ser, cuando así lo quiere, un ácido y despiadado crítico literario, conocedor como pocos de la literatura colombiana. María Mercedes no se quedaba atrás. Encumbrada en una Casa de Poesía, no podía en público ejercer algunas diatribas, pero hizo y dijo lo que pudo dentro de los roles del poder, porque poderosa era para decirlo claramente, aunque nunca, ni por asomo, malintencionada.

Nosotros, los admiradores de ambos, y yo, el amigo de Harold, siempre hemos creído que ese ejercicio académico deliberante (y no otra cosa odiosa como algunos de la tribuna osaron creer) enriqueció nuestra mirada a la poesía, la llamó a la vanguardia para que los poetas tomáramos la palabra e hiciéramos algo que T.S. Elliot nos obliga a pensar como artistas: ¿cuál es nuestro rol en la sociedad, y más en una Nación que tanto necesita de la palabra fina e inteligente? Ciertamente debemos buscar la respuesta en los ejercicios del arte y de la paz.

Hoy, con tierra entre todos nosotros, María Mercedes decidió irse del debate, pero Harold está ahí y algunos percibimos su homenaje a aquella que en forma egoísta nos dejó intempestivamente un país con una poeta menos pero con un desafío y un grito más de libertad.

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* Gustavo Riveros Díaz, escritor y periodista
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15 de agosto de 2007

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