Conversando con Francisco Umbral [1]

Por Harold Alvarado Tenorio
(Bogotá, Colombia)

Francisco Umbral

Conocí a Francisco Umbral (Madrid, 1935-2007) en la época que titulaba su columna Diario de un snob. Vestido como un dandi de comienzos de siglo, con panas negras y brillantes, bufandas de seda y abrigos hasta los tobillos, que enfundaban su delgadísimo cuerpo dejando apenas asomar su cabezota y su mata de pelo cano como si fuera un lirio en un florero de cementerio, lo primero que uno notaba era cierta arrogancia típicamente castellana, de hombre de mundo, de alguien que acababa de salir de una larga noche donde había departido quien sabe con qué personajes inaccesibles y como si hubiese recibido revelaciones de la vida social y política que estaba a punto de compartir con sus lectores esa misma mañana. Y a pesar de esa máscara, Umbral me pareció siempre un solitario, un apartado. En aquellos tiempos pensé que se trataba de una Cayetana de Alba del periodismo. Un famoso, aburrido y hastiado de su fama.

Ahora es un señor entrado en años, mas canoso que nunca, más distante que nunca, mas escéptico que nunca, más amargo e irónico que nunca. Y sin embargo sigue siendo ese gran escritor que aparece en su monumental Trilogía de Madrid, o en La noche que llegué al Café Gijón o El Giocondo. Autor de unos setenta y nueve títulos, la variedad de sus registros va desde el artículo a la crónica novelada, la biografía ensayo o las memorias, todos ellos y más, marcados por un tono o estilo, tan de él, tan de Madrid.

Directo, cotidiano, fugaz y permanente, Umbral es el heredero cierto de Larra, Valle Inclán y Lorca. Su último libro, La década roja (1993) es una violenta diatriba contra el PSOE y Felipe González, enmarcada en un cuadrado de las delicias que resulta ser también, la década del fin de los utopismos y la vuelta al aburrimiento.

-Cuando le conocí publicaba en El País, de donde salió por escribir rumores o calumnias contra Octavio Paz y Mario Vargas Llosa...

-Sí, mis dos últimas colaboraciones en El País fueron sobre Octavio Paz y Vargas Llosa, a quienes definía más o menos como hombres paralelos a la CIA y no como insulto o denuncia, sino como orientación ideológica para los lectores, como definición aproximada. La primera cláusula del libro de estilo de El País reza: "los rumores no son noticia". Pero yo mismo llegué a escribir una columna defendiendo el rumor e incluso la calumnia, porque toda calumnia debe contener al menos algo de verdad, así sea un miligramo. Lo inverisímil no funciona. Yo he difundido muchos rumores. Esta es mi filosofía periodística. El rumor, la calumnia sutil, suponen imaginación, adivinación, instinto, inventiva, mientras que la noticia la da mejor una computadora. "El rumor es el florón de las sociedades silenciosas" escribió mi maestro Luis Apostua. Seguimos siendo una sociedad silenciosa porque la prensa en España se liberó de la censura franquista, tan tosca y fácil de burlar, para caer en las plurales censuras de los partidos, la publicidad, el capricho de un accionista o el resentimiento de un redactor/jefe, etc.

-A qué viene el título de este libro: ¿La década roja?

-Son unas memorias de la década socialista, y la llamo roja porque así debió ser y no fue. Es una década dominada por un solo partido que no sólo no ha hecho bien sino que se dejado llevar por la facilidad y la inercia histórica, esa que controla los bancos, espían los militares y bendicen los curas. Y mientras España ha cambiado de estilo, los españoles han cambiado de mujer y las mujeres de hombre, todo a la luz de la cocaína que ha bruñido la nueva clase, fenicia y diorísima, lo que yo llamo en mi libro el socialfelipismo. Se trata pues de unas memorias totales y parciales al tiempo, totales en la ambición y parciales en la opinión. Yo no creo en la imparcialidad ética ni estética.

-Pero cómo se manifiesta esa década roja, cuáles son sus momentos de relumbre...

-La década socialista comenzó con la proclamación que hizo Felipe González de la Tercera República Española desde el balcón del hotel Palace. En ese entonces Susana Estrada mostraba el pecho como si fuera una paloma curiosa y Enrique Tierno Galván, el maestro Tierno, ensayaba la utopía de dejar en libertad a todos con todos. Nicolás Sartorius era la ortodoxia leninista, ahora es socialdemócrata y el PSOE dejó de ser socialista el día que Alfonso Guera vino a defender a su hermano en las Cortes y luego de hacerlos sentar a la voz de un ¡Se sienten Coño!, los dejó tan sentados que no han podido volver a levantarse. Es la década cuando el propio Felipe estuvo de acuerdo con rechazar la OTAN, pero luego de una cena con Reagan en el Palacio de Oriente terminaron convencidos todos. Entonces, yo que había pegado carteles en Malasaña por Tierno comencé a pegarlos en la Puerta del Sol contra la OTAN. Luego vino ese manifiesto donde la inmensa minoría intelectual se ponía a favor de la OTAN. Claro. Los párvulos de Marx ya tenían donde ir de excursión los domingos, con sus banderas rojas y sus macdonalds yanquis. Fraga, de señor feudal en Galicia, dice ahora que es posible gobernar con el PSOE. Fue una década que comenzó pletórica, revolucionaria y de verbena y se ha vuelto neoliberal, monetarista y cínica. Nuestra musa yo no es Susana Estrada sino Matilde Fernández, que se ha montado un Ropero de Caridad como los de las marquesas, sólo que para rojos y lesbianas, un Rastrillo sin sillas Luis XV, pero con condones. Lo cierto es que al Partido Socialista Obrero Español le ha costado diez años para dejar a España como estaba con Franco.

-La fama ya le dura más de media vida...

-En mi caso yo diría que conviven dos escritores, uno minoritario, experimental, lírico intimista que está en algunos de mis libros y luego, un escritor más de consumo, no porque sea un escritor prostituido, que espero no serlo, sino un escritor que trata los problemas políticos, sociológicos, humanos de su país y de sus gentes y que por lo tanto, por tratar esos problemas en un lenguaje accesible, pues tiene un amplia audiencia. Un escritor minoritario que mucha gente no reconoce y un escritor mayoritario que seguramente el primer taxi que cogiera aquí yo ahora, me reconocería el taxista. Pero la fama es una bobada, la fama es un equívoco siempre.

-Ud. nació, creció y vivió durante todo el franquismo...

-Yo he tratado mi infancia en Los Males Sagrados, que es el libro del lirismo, del intimismo, de la imaginación del niño, y Memorias de un niño de derechas, libro de la misma época, del mismo año aproximadamente, un libro muy leído, de muchas ediciones y que es exactamente la crónica de los años cuarenta. Memorias de un niño de derechas, como ya el título lo indica, es la España entonces con las canciones de entonces, con los fusilamientos de entonces, con el pan negro de entonces, con todo lo que entonces. Es un libro escrito en plural, nosotros íbamos, veníamos, donde no hay un personaje individual, donde se narran las memorias de una generación. Y entonces hice por un lado la crónica de la época y por el otro la novela intimista, el poema de mi infancia, por eso encuentras que no hay referencias históricas porque están todas en el otro libro...

- ¿En su estilo ha influido el cine?

-Pienso que no, es que tenemos ya una deformación cultural la gente de nuestra generación, y todo aquello que es plástico, visual, pensamos que es cinematográfico, pero la cultura de la imagen es muy anterior al cine, ¡claro!, tiene muchos siglos, viene de los egipcios o viene de antes, o viene del bisonte de Altamira, entonces lo plástico está en la literatura desde siempre y está la cultura, la imagen de la cultura, de modo que no hay porque decir que es cinematográfico. Yo soy un escritor de imágenes, un escritor plástico, un escritor visual pero también lo es Quevedo y también lo es Homero; Homero está lleno de imágenes, decir hoy que Homero es cinematográfico sería darle una vuelta a la cultura, lo que pasa es que el cine es una técnica que ha aprendido a narrar retratando la vida, pero la vida está vista plásticamente por la literatura desde hace muchos siglos y no digamos por la escultura, por la pintura.

-¿Para Ud. todo lo vivido es literatura?

-En el escritor de verdad todo lo que está ocurriendo es literario porque se le está planteando la vida continuamente como milagro, el hecho del tiempo, el misterio del tiempo, todo son apariciones continuas, es decir, no sé si decir el artista, el escritor, el poeta no se acostumbra a la vida, es como el niño y por eso se ha identificado tanto con el niño y por eso alguien habla de la infancia recuperada, etc. que el genio es la infancia recuperada, hasta que se muere, no se acostumbra a la vida; entonces eso es literatura, eso es una visión literaria del mundo. Si tu sacas al campo a un hombre común, ese hombre observa si ese campo es fértil, si en ese campo se puede edificar, si se puede cazar, si es un campo... etc. Un pintor sólo verá colores, paisajes y cosas que los traducirá en palabras, tienen un comercio literario con el mundo que es puramente real, tan real como el del otro, mucho más que el del otro, porque el del otro no es más que una reducción de tipo mental, hombre pues esto tiene tantas hectáreas, aquí se podían plantar no sé qué, ésta tierra es seca, ésta tierra es estéril, ésta tierra es fecunda, mientras que el que entra en comercio profundo con eso es el pintor que está viendo el milagro de que exista eso, porque se ha conseguido esos verdes, esas cosas absurdas, gratuitas, aquí...

-Ud. ha hecho unas biografías líricas sobre Larra y Lorca...

-Yo elegí a Larra porque a mí el romanticismo me fascina, me parece la época más bonita y más fecunda; por otra parte me interesa más el hombre romántico clásico, por hacer una oposición, entonces en el romanticismo español Larra es una figura muy atrayente porque es un gran escritor, un romántico que es un heredero del barroco, porque Larra escribe como Torres-Villarroel y como Quevedo, hay mucho barroquismo en él; de modo que me interesa mucho literariamente, me interesa mucho su figura romántica, políticamente un liberal progresivo, de oposición a todo lo que había entonces, su europeísmo, una figura muy sugestiva; por otra parte, y lo digo con cierta picardía literaria, me parecía que lo que yo quería decir en ese momento lo decía mejor a través de Larra que como Paquito Umbral, un muchachito que andaba por ahí haciendo entrevistas a las putas, a las delfines, de modo que hay un poco de... pero yo creo que esto pasa en toda biografía, toda biografía es un poco el juego del gigantón, los gigantones esos que sacan en las ferias, que dentro va un hombre que los lleva, ¿no?, y que se asoma por la bragueta o no se asoma; pues en toda biografía es un poco el gigantón, el biografiado es el gigantón que tu sacas pero tú estás ahí dentro y es la manera de entrar tu en el juego, yo creo que eso pasa siempre. En el caso de Lorca pues hay unas razones, yo ya estaba más asentado literariamente, era un poco más conocido, ya tenía más trabajo.La biografía esta es menos desesperada, entonces a mi me interesaba Lorca porque me parece en principio y aunque hoy ya no esté de moda, el poeta más importante de la Generación del 27, porque es más irracional, es más poeta. En una generación de profesores cultos, él es irracional absoluto. Me gusta Lorca, yo lo emparento con los malditos franceses porque es un cultivador de lo irracional.

-Alguien ha dicho que su estilo de escritura es voyerista...

-Lo que suele referirse al voyerismo es a la mujer o a actos sexuales en los que hay hombres y mujeres. Pero yo creo que aparte de anécdotas concretas, que hay algunas en mis libros, ese voyerista sobre todo es constante en mi vida, es decir, es una observación de la mujer, continua, constante, para mí la mujer es un ser infinitamente observable.

-Ser cronista de un diario es un trabajo muy difícil...

-Yo toda mi vida quise ser un articulista en los periódicos, comprendí que aquello era maravilloso, que yo quería escribir artículos literarios, haciendo literatura, me ganaría la vida escribiendo artículos.

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[1] Francisco Umbral fue un intelectual autodidacta, que se vinculó al mundo de las letras desde su más tierna infancia en Valladolid, ciudad donde pisó su única escuela y de la que fue expulsado, lo que ya reveló una polémica personalidad que le persiguió hasta el fin.

A lo largo de su trayectoria, Umbral dio muestras de ser una de las miradas más incisivas y críticas de la sociedad contemporánea española, lo que nunca restó fuerza al sentimiento y al lirismo que impregnan sus libros.

Su característica imagen, con las gafas de pasta y la bufanda blanca al cuello, unida a su fuerte carácter y voz profunda, le hicieron inconfundible para el gran público.

Francisco Pérez Martínez, más conocido como Francisco Umbral, nació el 11 de mayo de 1935 en Madrid, pero pasó su infancia y adolescencia en Valladolid. En esta localidad castellana tuvo su único contacto con un centro de enseñanza, entre los 10 y 11 años, pero le echaron y jamás regresó. Tres años después, empezó a trabajar como botones de un banco.

Desde niño la lectura fue el centro de su vida. Según él mismo explicó, leía todo cuanto caía en sus manos, lo mismo le daba el cómic El Coyote que a los escritores de la Generación del 98. Con el tiempo sintió la vocación de escritor.

Más de 80 libros

Conoció a Miguel Delibes y dio sus primeros pasos periodísticos en el diario El Norte de Castilla (1958). El periodismo sería su profesión hasta dedicarse por entero a la narrativa. Tras su llegada a Madrid, a principios de los años 60, empezó a colaborar en revistas como La estafeta literaria y Mundo Hispánico, y después en el diario Ya. A éste siguieron Por favor, Siesta, Mercado Común y Bazaar.

En la capital de España frecuentó el Café Gijón y sus tertulias intelectuales. Posteriormente colaboró con la revista Interviú, el diario El País (columnas Diario de un snob y Spleen de Madrid), el desaparecido Diario 16 y, desde 1990, en el rotativo El Mundo (columna Los placeres y los días).

Con más de 80 libros publicados, sus últimos libros han sido Madrid, tribu urbana (2000); Un ser de lejanías (2001); ¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary? (2003); Los metales nocturnos (2003); Días felices en Argüelles (2005) y el último en 2007 Amado siglo XX.

Su prolífica labor fue reconocida con, entre otros galardones: Premio Nacional de Cuentos Gabriel Miró (1964), Premio Carlos Arniches de la SGAE (1975), Premio Nadal (1975) por Las ninfas, Premio César Ruano de Periodismo (1980), Premio Mariano Cavia de Periodismo (1990), Premio de la Crítica de 1991 en narrativa castellana por Leyenda del César visionario, Premio Juan Valera de literatura epistolar (1994), Premio Nacional de Periodismo de la Fundación Institucional Española (1994) y el Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos (1995).

Asimismo, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1996), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (1997), el Premio Fernando Lara de novela (1997) por La forja de un ladrón, el León Felipe a la libertad de expresión (1997), Nacional de las Letras (1997), Premio Cervantes (2000), el Mesonero Romanos de Periodismo (2003), galardón de Castellanos y Leoneses del Mundo (2004) y Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid (2005). El Pais, Madrid, 28 de Agosto de 2007.

Harold Alvarado Tenorio

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29 de agosto de 2007

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