El colibrí y los geranios

Textos e ilustraciones de Julio César Goyes Narváez *
(Bogotá, Colombia)

"Picaflor siwar, oculta tus alas doradas,
no me atajes, picaflor siwar,
es largo mi camino"

José María Arguedas

La luz me atrajo: un trozo de cristal iridiscente
brillaba sobre una plataforma de piedra.

Alfredo Mires Ortiz

1.

Del cielo a la tierra el Colibrí solito se estaciona. Los jardines esperan en la lejanía empapados de arco iris; de repente el ruiseñor tiñe la cinematografía del verano y acaricia las creencias mortales que lo miran, pero la eternidad es un instante y ningún geranio puede evitar que su polen lo fecunde.

2.

Sube entre columnas de cal como la enredadera y al tiempo baja precipitado en su deseo. El Colibrí no sospecha que un anónimo geranio lo espera fértil a la sombra del sol, su pico erecto hecho de luna menguante carga la tradición de una infancia ida y el poder para dibujar la sensualidad de los estambres.

3.

El pequeño helicóptero panea hacia una hortensia y al tiempo va hacia un geranio. Sus alas ensambladas por un dios ebrio demoran la luz en su diminuto cuerpo de fauno redentor, mas hay algo que con ímpetu rechaza. Sediento atraviesa hortensias y amapolas asoleadas, mientras anochece en su solitaria memoria de viajero sin reposo.

4.

El Colibrí sueña con poseer flores abiertas y jugosas. Vagabundo en una ciudad de pocos jardines danza sin vergüenza alguna, chupa el néctar como la llama el aire y su veloz flecha succiona el silencio. Picando como si fuera a morir lo agarra la madrugada, mas resiste a su luz convertido en mosquito; su boca ensangrentada y sus alas ya sin vigor se resarcen en las matas del amor.

5.

El colibrí ha visto por la mañana moverse extraños nubarrones, zaping del cielo sobrevuela con su pico flamígero, no sabe otra cosa que hacer mientras gotea el día; con su alas verdeazuladas y su cola gótica dibuja en el aire un manojo de presentimientos. Cuando cese la lluvia mermará la mañana -piensa en la distancia que le espera-, mas ninguna tormenta podrá opacar mi polen.

6.

Tiemblan las ramas y se achilan las flores, mas el Colibrí desciende entre sueños abismales y pezones ardientes. Pájaros invisibles habitan la casa del guerrero, le auguran territorios donde las flores henchidas danzan preñadas de deseo fulminante que las conduce a la muerte. El picaflor no se rinde, el día y la noche son uno solo. Busca un extraño jardín en el entresueño, lo busca en una lágrima que inunda, en una sonrisa que de súbito llega.

7.

A la ventana ha llegado un mensaje en clave de viento suave que susurra: ¿podrá dormir el colibrí si el sueño es flor?

8.

Diosito emplumado, vamos a desafiar la tristeza en los senos del geranio. Que la eternidad sea leve ante el gozo de los besos, que no haya más roce que el de los cuerpos, más querencia que el movimiento de las alas, la firmeza del pico y el encendido color de los pétalos. De súbito el sol revienta el romance clandestino: pájaro y flor en un interfaz de ternura al fin picaflor. Nada es cierto -dicen seguros del sueño-, la tormenta se tragará la infidelidad como la mirada al ojo.

9.

Bajo el trueno que enmudece la memoria y destaza las pupilas en una intermitencia de terror, el colibrí apenas si vuela lejos del geranio y el geranio en su ternura de pétalo en espera cree salvarlo de una marea de luna, pero una lágrima cae con el relámpago y los ojos de alfiler se prenden en las montañas. Una tormenta se avecina entre la noche, las calles de la ciudad no podrán cubrir su inmenso corazón de dios diminuto.

10.

Toda flor tiene su sombra que la cubre, que la picotea entre el alba y la noche, el colibrí ni siquiera una flor que lo detenga.

11.

Gallardo es que geranio y colibrí defiendan las murallas de su cuento de hadas, custodien el jardín que es su único amor. Cuatro frentes de duendes están de cara al gigante de ojo de vidrio que viene a saquear y raptar la princesa. Heroicos y henchidos de polen, geranio y colibrí aguantan bajo el calor canicular de sus anhelos.

12.

El colibrí despierta con alas enredadas en un sueño despiadado que busca cielo, un hallazgo de amor, una soledad estallada. Geranio del sur ha de ser el porvenir; del adentro donde la noche se desea a sí misma mientras liba en una ebriedad eterna; de la melancolía cuando el sol calienta los venados; del alma cuando se templa a medio camino de la vida. Jardín ancestral preñado de nubes verdes, ternuras que cualquier pájaro desde el alba añora. ¿Qué será geranio de este encanto que se esparce en todos los sentidos, de esta rosa de los vientos que quiere encontrar la rama dorada donde reposar el vuelo?

13.

El colibrí sueña que picotea los últimos perfumes del geranio, escribe una carta que sostiene un Epífano veloz de tan inmóvil. Toda locura guarda su inocencia. ¿Dónde irás pájaro en pena, qué sombra acogerá tu vuelo? Esta alegría dura lo que demora tu aleteo entre la bruma. Sólo la luz dura lo que el olvido. Pequeño ruiseñor, diosito alegre que tejes miradas, si vuelves a rozar el río prohibido que sea como abrir los ojos entre pétalos rojos y músicas ancestrales, así, sólo así, tan de repente.

14.

Rumores acompañan la soledad del quinde mientras la innumera noche aletea veloz en la ventana, avisa que ha muerto un colibrí entre la ciudad. Pensar no es otra cosa que volar entre imágenes, de allá para acá como un invisible guardián de querencias. El chupaflor va hacia la mañana que no llega, presiente la hora en que los geranios duermen su silencio violeta, su gesto acribillado. No hay nada que calme el afán de fecundar las palabras que resbalan adentro de la corola y luego de un placer inmundo se retiran tristes en su descomposición de maleza. Es tiempo de soñar, de ser flor o lluvia o sol, rumora el colibrí. Es tiempo de arrancarle al cielo las alas que adeuda, no importa si los jardines que se amaron ya no están cuando los ojos se abran a un despertar prolongado como el cielo.

15.

Diminutos ojos picaflor de mis amores se esfuman con el sueño. Más allá está el espacio sin paréntesis, la mudez del vuelo, la precisión del silencio justo en el instante en que todos los colibríes del mundo pican su flor y olvidan el vuelo. Tus ojos dan la vuelta a tu cuerpo y miran absortos la constelación en la que habitas, ese jardín en penumbras que escolta un dios borracho que se deja estar en el goce de todo lo que fue y el dolor de lo que no podrá ser. Pequeño colibrí, ruiseñor íngrimo, deidad íntima, tú que transportas el mensaje en códigos de olor y de color, pronúnciate y regálanos una señal para comprender esa generosa flor que vive abriéndose al fracaso de la realidad.

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* JULIO CESAR GOYES NARVAEZ. Ipiales, Nariño, Colombia 1960. Profesor del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura, IECO, de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado Tejedor de Instantes, Bogotá, Si Mañana Despierto Editores, 1992; El Rumor de la Otra Orilla, variaciones en torno a la poesía de Aurelio Arturo, premio de ensayo Morada al Sur (1995), Bogotá, SMD editorial, 1997; Imago Silencio, premio de poesía Sol de los Pastos, Fondo Mixto de Cultura de Nariño, 1.997; El Eco y la Mirada, Bogotá, Editorial Trilce, 2001; Artesanías de la palabra (antología), Bogotá, Editorial Panamericana, 2003; Desde el Umbral (Antología de poesía colombiana en transición), Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica, 2004. Como realizador a dirigido "Morada al Sur", la rapsodia de Aurelio Arturo, beca de Arte Audiovisual y Fotografía, Fondos Mixtos de Cultura de Occidente; y El Pacto, una película de la tradición oral de Nariño, coproducida por el IECO y Unimedios de la Universidad Nacional de Colombia, 2003. Actualmente cursa un doctorado en Teoría y Estética Cinematográfica en la Universidad Complutense en Madrid.
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15 de octubre de 2007

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