Un deseo multicolor

Cuento ganador del Concurso de relatos sobre Inmigración, Convivencia Intercultural y Diversidad del Forum Intercultural de España

De Alexander Prieto Osorno *
(Madrid. España)

Mi padre siempre se opuso a mi principal deseo de niña. La primera vez que se lo dije al oído él sonrió, pero cuando me oyó repetírselo cada día de los meses siguientes la sonrisa le despareció de la cara. Que no, hija, que no seas tonta, que eso queda muy lejos y está lleno de gentes que usan corbatas y que no son de fiar, que no seas terca, niña, que eso no te conviene, que eso es malo, que una niña campesina como tú no debe soñar con esas cosas. Él era receloso con todo lo que quedaba más allá de nuestra aldea y le gustaba decir que éramos campesinos, aunque nunca lo fuimos porque no teníamos chacra para cultivar y vivíamos de una panadería en el pueblo. Mi padre desconfiaba de todo, tal vez porque había sido engañado muchas veces. Donde otros veían políticos de trajes y corbatas elegantes él veía ladrones sin escrúpulos, donde nuestros vecinos veían generosidad él advertía estafa, donde los demás veían millonarios y príncipes él no paraba de preguntarse sobre la cantidad de muertos que habrían costado sus fortunas y donde yo veía felicidad y oportunidades él no veía otra cosa que una caterva de serpientes venenosas.
         Le conté mi deseo, en secreto, a mi madre y a mis compañeras de colegio y, si bien algunas no entendieron nada de nada, a la mayoría de ellas le pareció extraño. Nosotras queremos ser cantantes o modelos, o actrices de televisión, o gerentes, o esposas, o científicas, ¿y tú estás segura que quieres ir allá y hacer eso? Unas se reían, otras me creían loca y mi profesora sonrió cuando le conté mi deseo: yo quiero trabajar en la ONU. ONU-Nueva-York
         La verdad es que me gustó la ONU, la Organización de las Naciones Unidas, desde la primera vez que oí de ella en las clases del colegio allá en mi pueblo. Era una gran reunión de multitud de personas de todos los países del mundo, que se saludaban, sonreían y hablaban en diferentes idiomas para arreglar todo tipo de problemas. Muchas veces vi por televisión sus reuniones y lo que más me atraía era la gran cantidad de razas y de vestidos diferentes y la elegancia y la cortesía de todas esas personas. Daba gusto ver sus trajes, siempre tan refinados y de colores tan diferentes, y las formas respetuosas y amigables de saludarse y de conversar. En aquella época yo no entendía que mi familia y mis amigas consideraran raro mi deseo de ir a la ciudad de Nueva York a hablar y trabajar con esas personas tan simpáticas, si lo verdaderamente raro para mí era que mi hermano Mario quería ir a la luna como astronauta sólo para caminar por aquel desierto donde no vive nadie.
          Luego me llegó la edad de tener, y tuve un marido, tuve dos niñas, tuve un pisito alquilado en la capital de mi país y también tuve muchas deudas. A pesar de todos los problemas que sufrimos para sobrevivir y de que Alfonso, mi marido, tampoco era muy creyente en mis planes, a pesar de todo eso mi sueño infantil siguió campante. Para animarme guardaba en mi caja de recuerdos una carta que escribí de niña y que nunca envié porque no conseguí la dirección de la ONU en Nueva York y porque me faltó dinero con que hacerlo. Era una carta entusiasta dirigida a una gran mujer, como creía en aquel tiempo que era la ONU, una gran madre, que por esa condición maternal me podía entender y aceptar.

Querida ONU:

Me encanta la gente que asiste a tus reuniones internacionales y me gustaría mucho estar ahí para conocerlos, hablar con ellos y ayudarles. Yo ayudo en mi casa a mi madre y a mi padre y creo que en algo podré ayudar allí. Gracias por todo y espero una invitación para poder ir y conocerlos a todos.

La respuesta nunca llegó, o si llegó jamás la vi porque nos cambiamos varias veces de ciudad y de casa en esos años. Pero no valió que mi marido y mi familia y mis amigos me dijeran que me faltaba educación y primordialmente enchufes para trabajar en la ONU. Yo siempre continué creyendo que el mío era un deseo posible.
         Algunos años después tuve varios encuentros que no olvido con la ONU. El primero fue en la sede de las Naciones Unidas en la capital de mi país, adonde fui a buscar trabajo, pero no me dejaron pasar de la recepción. Me dijeron que no tenían puestos libres, que tenía que ir allí con recomendaciones, que tenía que hablar y escribir en varios idiomas, que de todas formas, si quería, dejara mi hoja de vida, pero que no me hiciera demasiadas ilusiones. Al cabo, nunca me llamaron, pero un año más tarde, y por obra de una buena amiga, acabé trabajando en la casa de un diplomático que había sido, era o iba a ser (eso jamás lo supe por completo) delegado de la ONU. Al principio aquel señor me pareció muy elegante y simpático, tal como había visto que era la gente de las Naciones Unidas en sus reuniones internacionales, pero con el tiempo me di cuenta que aquello no era más que apariencias cuando tenía visitas importantes en su casa, porque por lo demás se comportaba con nosotras como un patrón maleducado y nos miraba por encima del hombro. Fue entonces cuando me cambié de empleo, porque no soportaba más la arrogancia y el mal genio de aquel señor, y comencé a hacer planes para viajar a Nueva York, a la sede central de la ONU, pero la brújula de la vida de mi familia giró y giró del norte al nororiente y en vez de Estados Unidos terminamos viniendo a trabajar y a vivir en España.
         En Madrid me he ganado la vida en varios oficios, he conocido a diplomáticos y he aprendido mucho más de la ONU. No hablaré mal de ella porque aún la respeto, la considero madre y creo que algún día podrá funcionar como ella se merece y se lo merece el mundo. Tampoco hablaré mal de las vanidades y mezquindades de muchos diplomáticos, ni de los engreimientos de algunos Estados, ni del servilismo que lamentablemente muestran ciertos gobiernos. Sólo diré que lo siento mucho por las numerosas gentes elegantes que asisten a esas reuniones internacionales y tienen que vivir de hipocresías y sonreír y saludar y conversar con aquellos que les hacen daño a sus países. Frutas en Madrid
         Me acuerdo de ellos todos los días que salgo de casa y dejo a mis hijas en el instituto en manos de su profesora Hellen, que nació en Holanda. Me acuerdo de ellos cuando voy a trabajar en las mañanas en casa de Pepe, que nació en Murcia pero ha vivido en doce países, y recibe casi a diario a sus amigas y amigos que vienen a verle desde distintos lugares del mundo. Me llegan a la memoria esos diplomáticos en las tardes, cuando trabajo en el locutorio y vienen personas de muy variadas razas y procedencias a compartir conmigo sus problemas y sus alegrías. Pero sobre todo me acuerdo los sábados de esas gentes elegantes que asisten a esas reuniones internacionales cuando salgo al mercado y le compro el pescado a Deyda, que nació en Gambia, y voy a la frutería de Yamid, que nació en Jordania, y le hago mi pedido de pollo y huevos a Miguel, que nació en Granada, y acudo a buscar judías pintas y otros granos donde Abdelatif, que nació en Marruecos, y le compro carne a José, que nació en Segovia. Luego nos vamos con mi marido y las niñas a la dulcería atendida por Yanina, que nació en Rumania, y si hay tiempo y dinero nos pasamos a comprar jamón donde Manolo, que nació en Bilbao, y después vamos a tomarnos una caña al bar de Marta, que nació en Toledo, y donde nos atiende Enrique, que nació en Ecuador.
         Soy mayor y sé que nunca trabajaré en la ONU, pero mi principal deseo de niña se me ha cumplido de una manera distinta. Estoy convencida de que todos esos diplomáticos elegantes me han de envidiar por esta vida internacional que tengo aquí en Madrid, y les puedo asegurar que he compartido con gentes de muchos países más saludos, solidaridades y alegrías, mucho más sinceras, de las que todos esos diplomáticos podrán disfrutar en sus vidas.

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20 de diciembre de 2007

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