"Lo que quieren es que escriba un libro malo"

Por Johann Rodríguez-Bravo *
(Bogotá, Colombia)

Jorge Franco

Si el escritor colombiano Jorge Franco hubiera recordado ese bello texto de Augusto Monterroso en el que un zorro se abstiene de seguir publicando tras el éxito de su único libro, de seguro no hubiera publicado Paraíso Travel. "Lo que quieren es que escriba un libro malo", dice el Zorro.

Desde la literatura hay dos formas mediante las cuales un escritor puede ganar espacio en la memoria colectiva de un pueblo: una es redactando frases memorables, comienzos impolutos o sentencias exquisitas; y la otra, inventando un personaje que lo supere. Ejemplos de lo primero abundan: quién no recuerda aforismos como "hay más en la tierra y en el cielo, Horacio, de lo que sueña tu filosofía" u oraciones de la talla de "de cuyo nombre no quiero acordarme"; estas frases, con vida propia, han salido de casa para aventurase en el mundo por su cuenta, casi como un hijo que se va. Asimismo, muchos autores han creado personajes tan vívidos que la gente cree reconocerlos al cruzar una calle o haberlos visto en una fiesta. Sherlock Holmes, por ejemplo, es más famoso que Arthur Conan Doyle, su autor; Efraín y María más conocidos que Isaacs, Drácula más popular que Bram Stoker y el Chapulín más recordado que Roberto Gómez Bolaños. Ninguna de estas dos alternativas de posteridad es menos importante que la otra, ambas comprenden el verdadero éxito de una obra literaria, intervenir en la cotidianidad con el mismo ritmo del viento que aún siendo invisible es implacable.

Cartel de la pelicula Rosario Tijeras

Jorge Franco -queriéndolo o no- inventó un personaje que con los años se convertirá en su sombra, una mujer que es dos veces hombre, una invención femenina de Medellín: Rosario Tijeras. Por bien servido debe darse el autor porque hace muy poco se me hizo ver a Rosario entrando a un cine y sé de alguien que incluso se acostó con ella en un hotelucho de Envigado. Es por esto que me atrevo a dar un comienzo tan desolador para hablar de su último libro, pues de Rosario ya se ha dado mucha lata y es casi Perogrullo decir que es lo mejor que se ha inventado últimamente. En Paraíso Travel, Franco inventa una buena historia, al menos divertida. Es, incluso, mejor que Rosario Tijeras, más llamativa como elaboración narrativa de un argumento, aunque menos como producto estético. En Rosario Tijeras el autor inventa una fórmula que luego repite desmejorada en el otro libro: un personaje -masculino- que se describe a sí mismo como fracasado, anda a la zaga de un personaje -femenino- que llama la atención por asumir una actitud aventurera frente a la vida. A mí, como lector, me gusta el truco de poner en labios de un "perdedor" la historia de una derrota y una resurrección, el típico fenómeno Clark Ken. De todas formas hay que decir que si en la primera novela le sirvió, en la segunda se le cayó. En Paraíso Travel, en las primeras páginas, el narrador se vuelve insoportable. El amor, en sus labios, se hace el más empalagoso de los sentimientos y eso en la vida es normal y hasta deseable, pero en la literatura no, pues con ello se corre el riesgo de volver soso un relato que había comenzado bien. Rosario Tijeras peca de lo mismo, pero la vida turbulenta de la protagonista es la virtud literaria que rescata del abismo una historia que a veces tambalea en las reflexiones del narrador, un ser proscrito del amor. No me imagino cómo habría sido de mala la novela si Rosario Tijeras hubiera sido hombre. Es inevitable hablar de las dos novelas de Jorge Franco; Rosario Tijeras con su gran éxito editorial se ha convertido en paradigma de la literatura contemporánea en Colombia y América Latina, tanto así que críticos tan prestigiosos como Gregory Rabbasa la catalogan de ser la verdadera ruptura con el realismo mágico del "boom", el mejor libro de la generación McOndo a la que pertenece el chileno Alberto Fuguet (Tinta Roja), el argentino Rodrigo Fresán (Mantra), el mexicano Jorge Volpi (El Fin de la Locura) y los colombianos Santiago Gamboa (Los Impostores) y Mario Mendoza (Satanás), entre otros. Por otra parte, Paraíso Travel es el primer intento desde su obra maestra, es por eso que vale la comparación. García Márquez, en muchas entrevistas, cuenta sobre las noches de insomnio pensando en cómo cambiar su estilo para no repetir el tono de Cien años de soledad; tras algunos ensayos -dice el escritor- pudo dar con el estilo preciso para escribir El Otoño del Patriarca que, aunque al principio decepcionó a más de un seguidor, con el tiempo se ha convertido en una de sus obras más estudiadas y esto demuestra, una vez más, el magistral dominio del oficio que tiene el Nobel.

Jorge Franco repitió las triquiñuelas literarias y ese es su pecado. La novela no se defiende sola al ser revisada con quietud, sobre todo porque ya se tiene el patrón de comparación y este es mejor; cosa distinta habría sido si los libros se hubiesen publicado en el orden contrario, pues de esa manera los argumentos de este ensayo deberían ser para saludar el progreso. No quiero que se entiendan mis palabras como una diatriba en contra de la obra del escritor antioqueño, de hecho me gusta lo que escribe, aunque en su columna de la revista Soho a veces cometa algunos disparates. Mi tarea es contar lo que encontré en mi lectura.

Paraíso Travel

La historia de Paraíso Travel es mejor que la de Rosario Tijeras eso ya lo dije; juzgue el lector. Dos personajes deciden dejar Medellín y viajar a Nueva York por el "hueco" (ilegalmente). En la primera noche, en la Gran Manzana, uno de los personajes sale a fumar después de una discusión con el otro y es sorprendido por un policía al botar la colilla del cigarrillo al suelo; entonces se echa a correr por las calles hasta perderse para siempre en las fauces de la ciudad. La historia se entreteje en las palabras del narrador mientras cuenta cómo hace para buscar a su novia que se quedó esperándolo en el cuarto. Esta novia es Reina, una mujer con dos ojos diferentes, una metáfora para describir su dualidad de mujer-macho, casi, pero no tanto, como Rosario Tijeras que es mitad beso y mitad bala. Su pasado es brumoso, su vitalidad exagerada y misteriosa. El libro la rescata al final, pero la hunde y eso es lo bueno. Franco sabe hacer una jugarreta que de otra manera hubiera sido imperdonable; algo así como el gol que mete el equipo a último minuto y empata el partido.

Marlon Cruz, el narrador, en una panorámica, podría parecer un personaje de Cortazar que salta de Colombia a Estados Unidos y viceversa, así como los personajes del escritor argentino que van y vienen de París a Buenos Aires. Y aunque toca en la memoria del lector esos pasajes aterradores del libro El Hueco de Germán Castro Caycedo, su ficción no se compara con la crudeza de las crónicas del periodista colombiano. En Paraíso Travel las palabras del narrador humanizan el relato, le dan identidad, no dejan a la deriva la crudeza de las crónicas y la tragedia de los latinoamericanos que venden su vida en sus países para buscar algo en el país de Micky Mouse y el Soldado Ryan.

En lo personal, no me gustan las obras que pretenden dejar una moraleja. Sé que no es el objeto del libro de Franco hablar de los indocumentados en Estados Unidos, la tragedia del corazón se superpone a la tragedia de la realidad; no obstante, hilando delgadito, uno podría pensar lo contrario. El título es una clave: Paraíso (algo mejor, el más allá, la tierra prometida) y Travel (viaje). No creo que ese fondo de la vida de los ilegales sea de mucho valor en la novela; en algunos pasajes coadyuvan para intensificar el dolor de Marlon, pero no son muy relevantes. Me quedo con la historia de la traición, el desamor, el engaño, la locura cegatona del olvido que hay en la novela y eso bien puede pasar en Nueva York, en Miami o en Popayán.

¿Pero quién soy yo para darle tres estrellas a un libro? A Franco también deberían llevarle al cine esta novela, podría mejorar en la adaptación.

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* Johann Rodríguez-Bravo (Popayán, Colombia, 1980 - Bogotá, 2006). Economista, escritor y ensayista, publicó en vida el libro de cuentos Aquella vida de mago y otros relatos (Ed. Axis Mundi, 2004) y tras su muerte se publicó la novela Ciudad de Niebla en el Instituto Iberoamericano de Cultura. Fue colaborador de publicaciones como Mil Malmuts, Puesto de Combate, Gatopardo, El Malpensante y Número.
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20 de diciembre de 2007

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