Salvaje

Ezequiel Hochreuter *
(Barcelona, España)

Stop

Suena el reloj. Es uno negrito, lindo, de manufactura Suiza. Por ser suizo, dice mi esposa, es más puntual que los otros. La primera vez que lo dijo me causó gracia, un poco. La segunda vez estuvo demás y fue el comienzo de una serie infinita de risas fingidas. Ahora repite la frase casi todos los días

Entonces suena el despertador y me levanto. Me lavo los dientes, como algo, y ya estoy listo para empezar el día. Cierro la puerta de mi piso y veo a un vecino que también se dispone a salir. Se llama Oriol. Siempre sonríe, permanece unos segundos sin decir nada y luego saluda. Tipo raro. Me dijo que ese día sancionaban otra ley. Estaba contento, casi siempre lo está. Al principio yo pensaba que era por el orgullo de tener un mísero puestucho en el ayuntamiento. Cuando logré conocerlo mejor tuve la cruel certidumbre de que Oriol es un ser patético, un estúpido más.
         Cuando estamos saliendo del edificio me pregunta si estoy feliz en Europa. Sí, le contesto. Luego agrega algo de un gaucho, una historia ridícula que vio en un documental acerca de un gaucho perdido en la pampa y que podría ser el último de su especie, de la genuina, aclara Oriol ante mi asombro. Le pregunto si lo encontraron congelado dentro de un ombú y me observa en silencio. Yo lo miro y sé que mi comentario lo deja totalmente perdido. Sonrío y me dedica una sonrisa tan estúpida como su puesto en el ayuntamiento. El progreso, señor Ezequiel, me dice antes de subirse a su auto, el progreso es una máquina en marcha, y cada día toma más velocidad. Ése es el camino, señor Ezequiel. Sonrisa.

Conduzco despacio porque no tengo ganas de empezar a trabajar. Pienso que debo escribir las mismas tonterías de siempre. (Es mi trabajo, escribir estupideces). En el camino veo que cada dos esquinas están cavando. ¿Una próxima plantación de árboles? Bien, aunque me declaro un urbanita empedernido, sé que a Barcelona le hace falta menos concreto y más naturaleza; a veces se hace demasiado superficial, como todas las ciudades. Llego al trabajo, aparco, tomo café y me siento en mi escritorio. Conecto mi ordenador y repaso las últimas noticias de aquí y de allá también. Suena el móvil. Raro. Una voz familiar me dice que aprobaron la nueva ley. ¡Oriol! ¿Cómo consiguió mi número de móvil? No se imagina cómo aplaudió la gente, me dice Oriol con exagerada alegría. Le digo que estoy trabajando y no tengo tiempo. Sí, sí, claro, me dice, lo llamo más tarde. Y yo como un idiota le digo que sí.
         En el trabajo comento el tema de las nuevas leyes y sucede algo; no sé que frase o palabra dije, pero ahora me miran todos como si los hubiese traicionado. ¿Qué pasa? Intento decir algo gracioso que naturalmente no lo es y me río solo. Me siento un estúpido. Silencio total en la oficina. ¿Qué es lo que dije? En todo caso se me ocurre que debe haber sido sólo una palabra. ¿Cuál?
         LeyesAl mediodía salgo a comer y nadie quiere seguirme. Nadie me habla. ¡Qué importa, yo me voy a comer! Mientras mastico el primer bocado suena el móvil. Es Oriol, aprobaron una ley más, y ésta es de las buenas, me dice feliz. Luego habla sobre el gaucho; comenta que a él le hubiese gustado ser gaucho. ¿Se le puede responder algo? Ante mi silencio sigue hablando y vuelve a preguntar si estoy contento en Europa. Aburrido respondo que sí y se produce un incómodo silencio. Pero... ¿Le gusta o no le gusta, se siente satisfecho o no, está de acuerdo con las nuevas leyes? Un mar de preguntas y la comida que se enfría. A todo Sí, respondo. De repente, se corta, o me corta, no lo sé. Sigo comiendo. Pido el café, un cortado. Hace ya un par de largos años que es el mejor momento del día. Un gozo humilde, el placer de una amarga bocanada de humo con gusto a café. Le doy la primera calada y al instante tengo al camarero a mi lado. Sin rodeos me comunica que ya no se puede fumar más en este restaurante. Yo alego que precisamente vengo a este restaurante porque es uno de los pocos en el que todavía permiten fumar. Ya no, me responde, y se va. El móvil. Oriol dice que no hay punto de comparación si miramos tan sólo cinco años atrás a lo que vivimos hoy, que estamos sobre el camino correcto, que hoy podemos vivir tranquilos, por lo menos en Europa, claro, porque yo sé que en su país las cosas son distintas, también estoy al tanto de su paso por Suiza y eso sí que son palabras mayores, pero Argentina... digamos que es un poco, ya me entiende usted. Le respondo que sí, aunque...no sé Argentina, le digo, que sería discutible, pero eso de Europa y el supuesto progreso cívico... no lo tengo muy claro. Ésta vez no tengo dudas, me cortó.
         Antes de volver al trabajo tengo tiempo de sacar a pasear a Juan Carlos, mi perro, un Golden hermoso con el que en los últimos meses mantengo una de las relaciones más sanas. (Poco diálogo, claro, pero quizá más del que puedo esperar con mi mujer). Hay un solar cerca de casa, pequeño y tranquilo. Parece feliz, corre por el solar y de vez en cuando me trae un pedazo de papel o una botella para que la vuelva a tirar y así una y otra vez. Deberías llamarte Sísifo, le digo cuando vuelve con la botella. Juan Carlos me mira, mueve la cabeza hacia un costado y no dice nada. A veces pienso que lo más grandioso en esta vida sería que Juan Carlos me hablara. Mientras tanto el perro persiste en su mundo, una y otra vez. Yo estoy sentado en un banco y de repente veo una sombra, me giro y un policía parece examinar la situación sin decir nada. Observa a Juan Carlos y ahora me mira. ¿Por qué el perro no lleva la correa? Pregunta, ¿no ha escuchado nada sobre la nueva ley? Le digo que el perro es más bueno que Lacie con camisa de fuerza y no me entiende. El perro es inofensivo, me defiendo mejor, y él no dice nada. No lo multo, me responde, porque la ley es muy nueva, que sino... ¿Debo dar las gracias? Parece que sí, porque me observa (unos terribles e interminables segundos) hasta que no resisto más. Gracias, respondo, y llamo al bueno de Juan Carlos para ponerle la correa. Estoy indignado. Suena el móvil. Oriol me dice que sin las leyes esto sería un caos, un tercer mundo a la potencia, me recuerda un libro de mi patria, recalca las palabras "Civilización o Barbarie". Yo le digo que no sea extremista. Oriol se contiene por no gritarme, lo sé. Dice algo que no logro interpretar, tartamudea. Que la juventud de nuestros días... que la gente se merece descansar luego de tanto trabajo... que alguien rompe... que alguien fuma... límites, un mínimo de control... ¡Y la nueva ley! ¿Cómo nueva? Le pregunto, ¿Siguen sacando leyes? Claro, acabamos de votar otra hace un momento, me contesta más sereno. Esta vez le corto yo.

En el trabajo siguen sin hablarme. Alguien arroja un avioncito de papel y casi me da en el ojo. "Salvaje", está escrito en una de las alas. Hago lo posible por contenerme, respiro, cierro lo ojos y me calmo. En la otra ala del avioncito escribo "pelotudos", y lo lanzo. Suena el teléfono de la oficina y mi esposa me está gritando algo acerca de una multa por obstruir el paso en una escalera mecánica. Está indignada. La tranquilizo, le digo que debe ser una confusión. Igual, no importa, me dice, y luego me recuerda un compromiso, una cena en casa de los Pineda. Me pregunta si pude sacar a Juan Carlos y le digo que sí; intento contarle la historia del policía y me dice que no tiene tiempo porque el auto está mal aparcado. Hasta luego, mi amor, alcanzo a decirle. El móvil ha suena varias veces y me resisto a contestar. Vuelve a sonar el teléfono de la oficina. Es Oriol, ¡no puede ser! ¡Óigame, cómo consiguió mis números de teléfono! Ni siquiera me responde. Habla rápido y dice que aprobaron otra ley más y que está muy orgulloso de pertenecer a una sociedad tan... tan... es igual, que las cosas deben tomar ese camino porque no hay otra salida. Vuelvo a repetirle la pregunta y no dice nada. Le digo que se está volviendo loco, que sinceramente las leyes me tienen podrido. ¡Atención! Me responde, nervioso. La semana que viene van a postular una ley contra los malos modos, que tenga sumo cuidado de subirle el tono. Le corto, con rabia. Debo salir a la calle a fumar un rato.
          No bien piso la acera siento que mis zapatos, incluso los pantalones, se están mojando. Un empleado de la Generalitat, a punta de manguera, limpia las calles mientras silba una copla. Le pregunto por qué limpian a esta hora si siempre lo han hecho a la madrugada. Me responde que dictaron una nueva ley en la que es obligatorio limpiar cada una hora. Luego me dice que mucho cuidado donde tiro la colilla porque él no tiene ganas de volver a limpiar, que puede hacer que me multen. Gracias por avisarme, le respondo, y váyase a la mierda. El hombre sube la manguera hasta la altura de mi pecho y me mira con cara de pocos amigos. Salgo caminando rápido, intentando disimular mi cobardía. Es temprano para irme del trabajo pero no me apetece ver a nadie, no quiero más avioncitos ni mangueras ni nada. Decido irme, internarme en la ciudad. Voy a disfrutar de Barcelona, me digo, a una hora en la que siempre estoy sumergido en la pantalla de mi ordenador. Muy bien dicho. Llego a la plaza Sant Jaume y me topo con una manifestación. Las pancartas dicen algo acerca de unos despidos masivos. Lo peculiar está dado en el silencio. Un mar de personas agolpadas a las puertas del ayuntamiento sin emitir ruido alguno. Le pregunto a uno qué sucede y me mira unos segundos sin abrir la boca, como diciendo: ¡usted es tonto o se hace, no ve que nos estamos manifestando! Vuelvo a la carga y le pregunto por qué no gritan. Me susurra que está prohibido según la nueva ley, por los vecinos, agrega. Al final, lo importante es manifestarse.GauchoEstoy a punto de responderle cuando una vez más suena el móvil. Oriol está más calmado y vuelve a tocar el tema de los gauchos. Le digo, de mala manera, que los gauchos eran hombres sin ley, indómitos y solitarios, libres, ¡libres! Grito. Eran salvajes, me responde. No tanto como usted o como yo, replico. Silencio. Le pregunto por qué le interesan tanto los gauchos. Me corta. Necesito ver el mar.

La playa está casi vacía. Camino sobre la orilla húmeda y observo con placer el ir y venir de las olas, una y otra vez. A unos metros veo a una pareja de enamorados caminar lentos, indiferentes de las leyes, de la ciudad, de las manifestaciones.
         Un perro se acerca moviendo la cola, corriendo alegre por la arena. Unos segundos después llega su dueña al grito de "Luna, ven aquí". Me pide disculpas. Por qué, le pregunto. Ella sabe que su perra debería estar atada pero se le escapó y bueno... vuelve a pedir perdón y me dice que por favor no la denuncie, que no se va a volver a repetir. La tranquilizo, no se preocupe, me paso las leyes por donde ella sabe. Me mira en silencio unos segundos y luego se aleja como si yo tuviera lepra o algo por el estilo. Esto se está poniendo feo, pienso, y vuelvo a mirar el mar. Es tarde y recuerdo el compromiso con los Pineda. ¡Qué pocas ganas de ir! ¡Qué estúpidos compromisos! ¡Por qué acepto si después sé que no voy a tener ganas! Miro en el móvil la hora y emprendo la retirada lamentando la inminente cena con los Pineda, que es algo así como interrumpir la lectura de un libro apasionante para mirar un programa de bricolaje por televisión. ¡Malditos Pineda! Suena el móvil y sorprendido descubro que no es Oriol sino mi esposa con la firme intención de complicarme más la existencia: "ya es tarde", "dónde me metí", "cómo en la playa, haciendo qué"... le corto y sé que eso me va a costar una intensa discusión camino a la casa de mis queridos amigos.
         El tránsito es pesado. Lo único que me faltaba. Ahora suena el móvil y sí, es el maldito vecino otra vez. Algo le sucede, suspira y su voz suena cansada. Sin embargo, dice estar contento porque antes de plegar acordaron una nueva ley que podría tener mucha repercusión en el futuro. Resignado le pregunto cuál es esa ley. Silencio total. Al rato me dice que ahora no se acuerda, aunque sí está seguro de que era algo importante; luego me llama cuando le vuelva a la cabeza. Le digo que no hace falta, que no me interesa su ley ni ninguna ley. Me grita que estoy loco, ¡vuélvase a la selva! Grita. Educadamente lo mando a la mierda. Me corta.
         Camino a casa sucede lo impensable. Aquellos pozos que los empleados del ayuntamiento hacían cada dos calles son relojes. Sí, cada dos calles sé la hora y pienso en los Pineda, pienso en Suiza, en las mangueras, en las correas, en las leyes, en el civismo y me dan ganas de charlar con Juan Carlos, de mirarlo, hacerle una pregunta y que me responda. ¡Relojes! ¡No te jode!

Cuando estoy aparcando veo el auto de Oriol. Está recostado sobre la puerta de su coche y fuma. Parece triste: la corbata cansada a un costado de la camisa y la mirada perdida en el oscuro paredón de nuestro parking. Me acerco y antes de llegar noto cómo apaga el cigarrillo en el piso. Lo pisa con rabia, se da media vuelta y me ve. Un color rojo se apodera de su rostro y en seguida se agacha, recoge la colilla y se la mete en el bolsillo. Lo saludo y le digo que no sabía que él fumara. De vez en cuando, me contesta sonriendo. No sin malicia le pregunto por qué tira las colillas en el piso si está prohibido. El hombre está agotado. Me mira en silencio, suspira y se echa a llorar como un niño. Sí, llora. Y así, llorando, me abraza y a mi me dan ganas de reír. Sé que no puedo, que no debo, pero una carcajada (y no estoy feliz) se precipita en mi garganta. ¡Qué hacer! ¡Por qué coño estoy en esta situación! Lo invito a casa y en el camino, por decir algo, le pregunto acerca de su repentina obsesión gauchesca. Oriol sólo llora, gimotea intentando decir algo y apenas logra mover los labios. En casa mi esposa no está. Un cartel pegado en la nevera reza: Me fui sola a lo de los Pineda... si te apetece ven, a mí me da igual. Es un alivio que no esté. Oriol sigue a pura lágrima. Le digo que se siente y preparo mate. Le pregunto si alguna vez lo probó y balbucea que no. Tomamos mate en mi balcón, en silencio. Pasan los minutos y entre mate y mate vemos una linda puesta de sol, con las nubes teñidas de ese naranja intenso, que luego se convierte en amarillo, brillante, muy brillante, para luego esfumarse poco a poco.
         Oriol ya no llora y chupa la bombilla, sosegado; abstraído mantiene su mirada en algún punto de la calle. ¿Qué hacen los gauchos? Me pregunta de repente. Son gente de campo, respondo, nada más que eso... gente de campo. Juan Carlos se acerca en busca de mimos. Enseguida mueve la cola y va a buscar su pelota para que comience el juego. Le tiro la pelota a Juan Carlos, cebo un mate, tiro la pelota, cebo un mate, tiro la pelota... una y otra vez. Estoy cansado, pienso, y ya veo volver a Juan Carlos moviendo su alegre cola. Entonces aprovecho y le pregunto: ¿Algún día vas a variar el juego? El perro me mira y parece que está a punto de contestarme, ¡sí! ¡Sus ojos me están diciendo algo! ¡Nunca me había mirado así! ¡Es el momento, lo sé! Sólo pienso en una cosa, ruego: ¡Por favor, Juan Carlos! ¡Decí algo, por favor! Mueve la cabeza para un costado, para el otro... pero no, sólo se limita a dejar la pelota debajo de mis pies. Una y otra vez, digo en voz alta y arrojo la pelota, mientras Oriol suspira y toma mate amargo, con la mirada perdida, cual gaucho contemplando la pampa extensa, interminable.

Volver arriba




*

Envíanos tu opinión

Nombre:
E-mail:
Asunto:
Opinión/comentario


Enlace a Casadellibro



Texto, Copyright © Ezequiel Hochreuter
Copyright © 2004 - 2007 La Mirada Malva A.C.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados
Para contactar con nosotros entra aquí

15 de diciembre de 2007




@MEMBER OF PROJECT HONEY POT
Spam Harvester Protection Network
provided by Unspam