La selva y el cine

Por Ernesto Ortega *
(Madrid. España)

¿Qué representa para nosotros la selva? ¿A qué imágenes, sensaciones, emociones o ideas nos remite? Para muchos de nosotros la palabra selva puede evocar un variado mapa mental compuesto por ingredientes que van desde el amor o la admiración hasta el temor o incluso la fobia. En la idea de la naturaleza indómita, virgen o salvaje es donde podemos reconocer aquel paisaje como el reflejo de una parte de nuestra propia esencia. Muchos son sin duda los factores que han ido urdiendo en nuestro imaginario esta maraña de asociaciones. Pero sin duda uno de los más importantes, por su alcance y cualidad expresiva, es el cine. De las películas bélicas a las aventuras románticas; de los delirios de grandeza y ambición al mito del salvaje; de la selva como estimulante de la pasión a la inquietud ecológica o las amenazas de la civilización, el cine ha transmitido con fuerza su particular mirada sobre este extraordinario mundo.

No pretendemos aquí hacer una enumeración exhaustiva de todas las películas que transcurren en el ámbito selvático. Tan sólo intentaremos presentar un puñado de temas o puntos de vista, algunos de los que han ido configurando un caleidoscopio de cualidades distintas: las que el cine ha querido ver en nuestra enigmática y polifacética protagonista.

La selva inexpugnable y la ambición desmedida (1)

Escena de Aguirre o la ira de dios

Hacia finales de 1560, la expedición del ambicioso Lope de Aguirre se internó en la selva peruana en busca del mítico Dorado. El film Aguirre, la cólera de Dios, dirigida por el alemán Werner Herzog, cuenta la historia de cómo la selva los engulló. A pesar de las conocidas libertades asumidas por Herzog en su reconstrucción de los hechos históricos -apoyados principalmente en el diario de viaje de Gaspar de Carvajal- la película consigue hilvanar un sugestivo relato en torno a un grupo de personajes, liderados por un Lope de Aguirre rubio y de ojos claros: el imponente e inspirado Klaus Kinski. Éste nos ofrece el retrato de un Aguirre obsesionado hasta la demencia, trasladando a su personaje algunos rasgos de su propia tormentosa personalidad, y creando finalmente una criatura propia, estremecedora y difícilmente olvidable. En su viaje sobre el cauce del Amazonas, Kinski protagoniza la lucha de la ambición ciega del hombre contra el poder silencioso, invisible y paciente de la naturaleza en estado puro. En esta versión de dicha lucha vencerá la selva. Y Herzog nos lo hace presentir desde los primeros pasos.

La selva aquí es vista a través de unos ojos nublados a la vez por la ambición y por el miedo, lo segundo dominando poco a poco sobre lo primero. La cámara de Herzog, ubicada casi siempre en medio de la acción y de los personajes, nos transmite una sensación de realidad casi documental, acercándonos a la vivencia de los expedicionarios e imponiéndonos cada vez más su punto de vista, a medida que transcurre la película. Descubrimos entonces un paisaje totalmente nuevo, fresco, desconocido, íntegro en su capacidad de crear fascinación, despertar curiosidad, generar temor, o conducir a la exacerbación de la locura y a la apoteosis de los peores instintos humanos. Si el punto de vista adoptado nos permite ver desde dentro el drama de Lope de Aguirre y de los demás personajes de la expedición, la selva aparece como una presencia muy cercana, casi tangible, pero a la vez impenetrable en su esencia: es la selva desconocida, es un enemigo invisible, es un salvaje antropófago, es una belleza abrumadora, virgen e implacable.

La onírica banda musical del grupo Popol Vuh contribuye de especial manera a crear una atmósfera de creciente locura y una sensación de opresión y encierro mentales, en contraste con la grandeza del paisaje. Gracias a la mirada realista de Herzog hemos estado allí, junto a la fatal expedición. La selva nos ha hechizado. Sin embargo, después de Aguirre, la cólera de Dios, al igual que para los vencidos expedicionarios, la selva para nosotros queda aún por descubrir.

La selva conquistada: entre la fe y el poder

La misión

Dos siglos después de la frustrada gesta de Lope de Aguirre, las ambiciones de la civilización occidental, en sus tres poderes fundamentales: económico, militar y religioso, han conseguido notables avances en su conquista de las regiones selváticas. Sin embargo, la maquinaria productiva colonial, cada vez más necesitada de mano de obra esclava, se enfrenta a un paradójico obstáculo: la palabra de Dios. En efecto, con las misiones jesuitas y su concepción social igualitaria, lo que fuera la sacrosanta justificación moral de la conquista: la enseñanza del evangelio, se erige pronto en barrera para el poder económico de las coronas portuguesa y española. En la región amazónica de la actualmente llamada "triple frontera" (entre Argentina, Brasil y Paraguay) las misiones reducían las posibilidades de los cazadores de esclavos. La selva como expansión del cristianismo entra en contradicción con la selva como motor del poder económico. Tal es el apasionante punto de partida de la notable película de Roland Joffé: La Misión.

Con una poderosa banda sonora apoyada en la música memorable de Ennio Morricone, la grandiosa fotografía de Chris Menges (que le valió el Oscar en 1986) y los magníficos paisajes naturales, que incluyen las cataratas de la región del Iguazú, el film se constituye en uno de los más brillantes homenajes cinematográficos a la belleza del mundo selvático. La selva, descrita como marco físico y también espiritual de un camino de redención, alcanza aquí todo su lirismo. Sin embargo, es evidente que la visión de la cualidad bienhechora del lado bueno de la civilización (representado por una imagen probablemente idealizada de las misiones jesuitas), en contraposición a un acercamiento superficial a las culturas y a los habitantes de dicho mundo, constituye el gran límite de la película de Joffé. Concedemos no obstante al film el mérito de retratar, desde aquel remoto territorio, algunas de las más violentas contradicciones de la civilización conquistadora. La Iglesia católica, en efecto, ya entonces recelosa del prestigio creciente de los jesuitas en América y su conocida independencia intelectual y teológica, pronto decide aliarse con el poder político y económico en contra de su propia razón de ser. Los jesuitas son expulsados de su seno y desmanteladas las misiones. Los dos misioneros protagonistas, encarnados por Robert de Niro y Jeremy Irons, toman caminos distintos frente a la amenaza. Uno resiste desde la exaltación religiosa y la fidelidad a su fe, mientras el otro, recuperando sus orígenes militares, decide empuñar la espada en defensa de su nuevo hogar. La imagen paradisíaca y redentora del agua en las magníficas cataratas del Iguazú, representación poética y plástica extraordinaria de la naturaleza pura, es reemplazada por la del fuego: símbolo de la conquista que destruye (2). La barbarie ha vencido esta vez: la selva ya no es más invencible.

La selva en Apocalipsis

Apocalipsis now

El capitán Willard (Martin Sheen) en estado de total enajenación bajo el ventilador de techo cuyo movimiento se funde con el de la hélice de un helicóptero. Una imagen aérea de selva tropical cubierta de palmeras. Un tenue rumor de aspas batiendo. El humo amarillo. Y de pronto todo el paisaje abrasado por las llamas y la música de The Doors repitiendo su mantra apocalíptico: "This is the end, beautiful friend, this is the end, my only friend, the end...". Unas escenas iniciales inolvidables, presagio del verdadero descenso a los infiernos que espera al espectador en la ya legendaria cinta de F.F. Coppola: Apocalypse now.

Ganadora de dos Oscars (mejor sonido y mejor fotografía), nominada a seis más y ganadora de la Palma de Oro en el festival de Cannes de 1979, la gran película bélica de Coppola, basada en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, es considerada por muchos como la mejor versión jamás realizada sobre la guerra de Vietnam. Las interpretaciones de Marlon Brando, Robert Duvall, Martin Sheen y Dennis Hooper, entre otros; las espectaculares imágenes de Vittorio Storaro, el uso expresivo de la soberbia banda sonora y un relato que aporta una visión novedosa y una denuncia tan amplia como despiadada de las mentiras sobre la guerra, quizá confirmen esa opinión.

La selva aquí nos aparece como un auténtico infierno. Lo es al convertirse en escenario de la guerra pero se convierte en verdad en una de sus víctimas. La exuberancia natural en llamas: esta es la imagen apocalíptica que nos deja la cruda mirada de Coppola sobre la peor locura del ser humano, expresada como destrucción y violencia sin límites.

La selva como afrodisíaco

Pantaleón y las visitadoras

Apenas llegado a Iquitos, el intachable capitán del ejército peruano Pantaleón Pantoja (Salvador del Solar) -hombre obsesionado con su trabajo- experimenta un súbito despertar pasional, preludio del viaje iniciático que le depara la particular misión que se le ha encomendado, en pleno corazón de la selva. Basada en la novela de Mario Vargas Llosa, la cinta Pantaleón y las visitadoras (3), del director de cine peruano Francisco Lombardi, sitúa en el marco que nos ocupa la historia, en clave de comedia, de un militar ejemplar a quien se le encomienda organizar un servicio de "visitadoras" para calmar los apetitos sexuales de los soldados en aquellas guarniciones amazónicas.

Aquí la selva se torna en enemigo del recto Pantaleón por sus cualidades estimulantes devastadoras. La ciudad de Iquitos padece una crisis que amenaza su estabilidad y particularmente el prestigio de su guarnición militar. Los soldados, irremediablemente sensibles a un impulso animal potenciado hasta límites inaguantables por la presencia de nuestra exuberante heroína, se entregan al uso de la fuerza para forzar a las jóvenes locales a apaciguar sus instintos. El estado mayor del ejército del Perú imagina entonces el curioso plan -estrictamente secreto- para acabar con la vergonzosa epidemia. Comienza aquí para el capitán Pantaleón una aventura en la que se volcará con tal celo, que conseguirá montar la empresa más eficaz de todas las gestionadas por el ejército peruano. Una legión de atractivas visitadoras, lideradas por "Panta", conseguirá vencer al enemigo, no sin antes ver sucumbir a nuestro disciplinado capitán, a manos de la voluptuosa colombiana Angie Cepeda, la más irresistible de las meretrices castrenses.

Si evitamos comparar la película con la excelente novela de Vargas Llosa (quizá hubiera sido imposible reproducir la compleja trama de la novela, que teje una poderosa sátira de las diferentes instituciones de la sociedad peruana y latinoamericana), el resultado conseguido por Lombardi es una divertida comedia que aún conserva claras pinceladas de crítica mordaz y una reflexión acerca de algunos de los mitos creados en torno al sentir patriótico, el honor militar y el valor de los héroes. El marco de la selva permite aquí también la explosión de los instintos. Pero esta vez éstos, abordados desde la comedia, nos reconcilian con nuestra propia naturaleza animal. Aquí la selva no amenaza la vida ni es amenazada: más bien juega con nosotros como un duende travieso.

La selva esmeralda

La selva amenazada

En el año 1985, el director británico John Boorman dirigió una de las primeras películas de temática explícitamente ecológica, denunciando la destrucción sistemática de la selva amazónica: La selva esmeralda. El film narra una historia basada en hechos reales (4) en la que un ingeniero norteamericano, Bill Markham, que trabaja en la construcción de una presa en la selva brasileña, pierde a su joven hijo (interpretado por Charlie Boorman), quien resulta secuestrado por una tribu indígena llamada "los invisibles". Después de años de búsqueda infructuosa Markham encuentra a su hijo. Sin embargo ahora un abismo cultural los separa y comienza entonces una trama que aúna la mirada antropológica y etnológica, la exaltación de la belleza natural, un respeto por el medio que alcanza el misticismo, la preocupación ecológica, y un eficaz relato de aventuras no desprovisto de ritmo e interés.

Aunque la lograda fotografía a cargo de Philippe Rousselot, el uso del idioma indígena original y unas deslumbrantes localizaciones naturales son valores reconocibles en el film, no cabe duda de que es en su mensaje y en el acierto del punto de vista donde se encuentra su mayor alcance. El acercamiento de Boorman al mundo selvático trasluce finalmente una intención auténtica y una labor investigativa de mayor calado. Esta vez la selva nos abre su realidad. La imagen de unos indígenas que contemplan perplejos cómo las áreas taladas se acercan más y más a sus aldeas, es una de las más memorables por su crudo realismo y su capacidad de sintetizar el verdadero drama humano. Esta película fue una de las primeras que contribuyó a la toma de conciencia, por parte de la opinión mundial, de la destrucción de la selva amazónica y sus consecuencias.

***

La selva puede ser la vida o puede ser la muerte, puede amenazar o ser amenazada, puede ser fuerte o débil, puede representar el pasado o la esperanza en el futuro. Pero esa selva paradójica, enigmática, recelosa, voluble, desconocida, húmeda, fascinadora, hostil o maravillosa, es más que una mera trama en nuestra imaginación, más que un concepto o una emoción. La selva es real, está viva y respira. Esperemos que por largo tiempo.


Apocalypto. de Mel Gibson La Reina de África. de John Huston El Dorado. de Carlos Saura

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* Ernesto Ortega Larralde, Perú, es Diplomado en Interpretación para Cine y TV por el Núcleo de Investigación Cinematográfica (NIC), Madrid. Diplomado como director de fotografía para cine, tv y video en la Escuela Internacional de Cine y tv (EICTV) en Cuba. Cursó Historia del Arte en la Universidad de La Habana, Cuba y estudios de Historia en la Universidad de la Sorbonne Paris IV. Participó como actor protagonista en el taller de teatro del profesor Pierre Longuenesse. Ha realizado diferentes vídeos y cortometrajes como actor y como director de fotografía. Por encargo de la Fundación Nahual para el Desarrollo Armónico del Hombre llevó a cabo tres largometrajes relacionados con las Artes Marciales y las filosofías Taoísta y Budista.

(1) Bajo este mismo tema aconsejamos también la excelente El Dorado, de Carlos Saura.

(2) Después de que la Iglesia prohibiera las misiones, algunos jesuitas se negaron a acatar la decisión y decidieron resistir por las armas. Fueron aniquilados por la artillería española y portuguesa en la batalla de Caibale, en 1756.

(3) Hay una anterior y primera versión, co-dirigida por el propio Vargas Llosa y realizada en República Dominicana al no haber sido autorizado su rodaje en el Perú.

(4) Los hechos en verdad fueron protagonizados por un niño peruano y mestizo. Perdonemos la muy cuestionable preferencia de Boorman por la blanca faz de su propio hijo para realizar esta película.
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20 de febrero de 2008

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