El viaje de las palmeras enamoradas

Texto y Fotos de Marta Menoyo Urquiza *
(Madrid. España)

Dedicatorias

A Alí Ibrahim, guía impecable de Egipto, a la persona íntegra y envidiable que él es, buen transmisor de su gran conocimiento de la época de los faraones, el mejor embajador posible de su país


Clareaba el día navegando

Me despertó del sueño el suave tintineo de los objetos sobre la mesilla del camarote, y fui reconociendo placenteramente un lejano ronroneo de motor, un rumor de agua; un leve balanceo me acunaba: el Nile Crown II navegaba. La embarcación había soltado las amarras del desgastado muelle y se desperezaba perezosa deslizándose sobre la majestad del Nilo. Clareaba el día en la madre de todos los ríos, en el cauce que más ha visto de todos, testigo del acontecer del mundo y de la vida a lo largo del tiempo y de su ruta de 6.500 kilómetros hasta desvanecerse en delta, hasta ramificarse como árbol y derramarse luego en el azul Mediterráneo.

Amanecer

Amanecía en silencio, calma y frescor, dejando la antigua Tebas y camino de Nubia, envuelta la navegación en mágicos colores y reflejos; empezaban a perfilarse en las riberas, saliendo de la bruma despacio, las palmeras enamoradas del Nilo que hechizadas le acompañan, enamoradas como yo de la misma presencia acuática, de la misma belleza, de su grandeza y poder. Ellas, las palmeras viajeras, que en una franja estrecha a cada lado le siguen y le rinden pleitesía sin descanso, esbeltas y frondosas, engalanadas de sí mismas, apiñadas unas y solitarias otras le custodian, y se miran en el espejo de su dios para pintarse perfectas en el reflejo del agua... Y en la brisa le susurran rumores antiguos.

Conversar en el cafetín

Ya va saliendo el sol y se perfila la vida plácida que se desenvuelve bajo los palmerales en las líneas verdes que conforman en las orillas, fronterizas con el dorado fulgor de la arena del desierto que se extiende eterno tras ellas. De la tupida selva de palmeras, emergen pescadores con rudimentarios útiles de pesca empujando al agua modestas barquitas y se desprenden de la tierra falukas que ondean en el aire sus blancas velas; lavan las mujeres la ropa y los pucheros con los pies sumergidos en el río; conversan apacibles los hombres de túnica y turbante en las márgenes del cauce; pacen los animales en las praderas de los claros; se bañan los niños con jolgorio en las playas del Nilo o en ellas grupos relajados observan el discurrir de la vida por las aguas; familias alegres siegan el papiro; jóvenes veladas y vestidas de negro charlan y ríen esperando en el muelle la llegada del transporte acuático a cualquier lugar; carros tirados por burritos de tierna mirada reparten frutas y verduras por las aldeas; calesas coquetas tiradas por caballos invitan a los paseos sobre la arena y bajo el parasol -para la vida-, de las palmeras que se suceden como incansables viajeras; poco más allá, camellos ondulan con su paso sensual las elevadas dunas, montados por los aún más sensuales beduinos venidos de Sudán, de Somalia, del Magreb y de todas las partes de Egipto para vender sus rebaños, envueltos en sus mantos y turbantes, en sus miradas oscuras de largas pestañas, en sus joyas masculinas, galopando sabedores de la seducción que ejercen.

Especias

Ya bulle y brilla el comercio en las poblaciones ribereñas, abren las tiendas minúsculas para la venta de variopintos objetos rebosantes de color, que conviven en armonía en polvorientos y desvencijados estantes, y vocea el comerciante animoso sus mercaderías; grupos de hombres sentados en los vetustos cafetines fuman abstraídos la shisha, el narguile con tabaco aromatizado con manzana, rosa, miel y otros deliciosos sabores; melodías árabes alegres o melancólicas inundan desde viejas radios el laberinto de callejuelas de los mercados; huele a café y humea en las teteras al fuego el té con hierbabuena o el rojizo carcadé; se derraman las especias en conos multicolores, desprendiendo aromas embriagadores que todo lo impregnan con una intensidad desconocida: la flor del azafrán, el comino, la canela en polvo y en rama, la pimienta, el cardamomo, enloquecen los sentidos...; abren los perfumistas y las esencias se volatilizan inundando el aire de fragancias de loto, jazmín, sándalo, ámbar...; combaten el frío de la temprana mañana con las hogueras en las calles donde se calientan manos y alimentos; se asa al carbón el delicioso Kebab, se pican hortalizas y ramos de oloroso cilantro, se preparan la tahina, el húmmus y las salsas picantes, se exprimen las frutas para obtener sus dulces jugos; transportan los niños sobre la cabeza grandes bandejas de pan recién hecho entre la multitud, sorteando toda clase de obstáculos en perfecto equilibrio; se quema el incienso por doquier y en su humareda se envuelven los quehaceres cotidianos, y en sus volutas se enreda la vida, volviéndose irreal, casi onírica.

Jeroglíficos del templo

Y en una curva del río, antes solarium de cocodrilos, aparece en Kom Ombo, uno más de los enigmáticos templos de la época faraónica, dedicado a Sobek, el Dios cocodrilo y a Horus el anciano, conservando más de 3000 años después, la inmensa sabiduría de entonces, trascendente todavía; vivos en los muros del templo los pigmentos de sus pinturas e intactos los jeroglíficos, mensajes milenarios en piedra enviados desde el pasado, labrados en alto y bajorrelieves que en un lenguaje mágico aún nos hablan, resultando escalofriante su belleza y el conocimiento oculto que se intuye, aún guardan sus símbolos.

Mezquita

Ya llaman a la oración los almuecines desde los minaretes de las Mezquitas, en un canto sobrecogedor y hermoso que todo lo inunda, que detiene cinco veces al día la vida por unos instantes creando oasis de paz en el ajetreo diario, para recordar a sus fieles su parte espiritual, dar un respiro a sus almas y provocar un suspiro en mí, un alto en mi camino. Nos saludan desde las riberas indistintamente y en perfecta convivencia cristianos coptos y musulmanes amigos. Siempre una sonrisa amable, una mirada afable y una palabra amistosa aguardan al viajero en las orillas egipcias del Nilo.

Bajo el recuerdo sombreado de las palmeras enamoradas del río, haciendo con ellas para siempre su viaje en mi memoria, y cautivada como ellas por el espíritu del Nilo, debo confesar que éste y su Egipto, cumplen las expectativas de un sueño, fascinan y apasionan con razón... logran emocionar y enganchar para siempre el alma a la egiptología, consiguiendo que uno quiera siempre regresar. Vaya mi abrazo enamorado para tan bellísimo espacio de la tierra y para sus habitantes, con la promesa de volver para retomar la esencia de la vida y aplacar mi inmensa nostalgia.

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20 de febrero de 2008

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