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Ómnibus
Nº 2 Año I  marzo 2005



MALOS EJEMPLOS 1

Blas Matamoro 2


"Exemplo: Lo que se copia de un libro o pintura.
Exemplar: El original."
Tesoro de la lengua
castellana o española
(1611)
Sebastián de Covarrubias y Orozco

Los rugidos del mundo

        ¿Cuándo y cómo había venido a parar el Yeti al fondo de nuestra casa? A esta pregunta, mi madre contestaba contrayendo los labios y desorbitando los ojos; mi padre, reprimiendo una sonrisa y llevándose el índice derecho a la boca, en gesto de imponer silencio; las sirvientas, huyendo entre risas sofocadas; los parientes viejos y lejanos, encogiéndose de hombros en demostración de ignorancia o indiferencia. Resultaba inútil que mis hermanos y yo repitiéramos nuestra curiosidad.
        En el fondo había una enorme mata de gramíneas cuya altura equivalía a la del piso bajo de la casa. Parecía la cabeza de un ídolo cuya cabellera verde, incontable y profusa, ocultaba la cara. En verano daba unas varas robustas con una suerte de mazorcas de color esmeralda, que se blanqueaban como nubes de humo ferroviario al llegar el otoño y se pudrían pacientemente bajo la nieve. El follaje permanecía inalterable.
        Entre la mata y las paredes laterales corrían dos ajustados pasillos de hierba salvaje que nadie se aventuraba a recorrer. Más atrás prosperaba lentamente un cañaveral de bambú, solidario, impenetrable, suavemente inclinado por los vientos que le arrancaban unos quejidos de instrumento de música oriental. Muy poco se podía divisar de un pabellón curvo, de hierro fundido, con turbios cristales blancos y azules.
        Nunca vimos al Yeti pero a la entrada de la mata había un pequeño hueco ante el cual las sirvientas dejaban los restos de la comida diaria.BigFoot Lo hacían al atardecer y, a la mañana siguiente, la comida aparecía reemplazada por un rastro húmedo, espeso y de aspecto pegajoso, tal vez el aliento o la baba del Yeti. Durante el día, a veces, lo oíamos removerse dentro de la mata, con un ruido de hojas lenta y fuertemente pisoteadas. En los veranos la gramínea despedía un olor peculiar. Por la consistencia que tomaba la atmósfera como anuncio de una tormenta, este olor se volvía denso y masticable. Pero no sugería la presencia cercana de un animal, sino de cosas mojadas y lejanas, como si acabara de llover en alguna parte.
        Lo sentíamos, en cambio, muy próximo cuando se ponía a cantar. Era por las noches. Si hacía buen tiempo, el canto entraba por las ventanas abiertas, estremecía las tarimas, hacía tintinear los cristales y tiritar de placer las sábanas, y manoseaba la densa pompa de los terciopelos. Nos despertaba hasta el insomnio o nos cantaba en sueños, interrumpía las sobremesas tardías, las discusiones políticas y los chasquidos del póker, apagaba la brasa de los puros y vaciaba de burbujas el champán, hacía crecer los helechos y marchitaba las orquídeas, adelantaba partos y menstruaciones. Era una voz que tenía color y temperatura, era azabache y tibia. Monótona y grave, permitía imaginar a un brujo primordial que había conseguido aprisionar a un dios maldito en un abismo cercano al infierno.
        Fue durante uno de aquellos conciertos cuando nuestro hermano mayor se declaró autor del embarazo de nuestra hermana menor. Todo el mundo felicitó a los futuros progenitores pero, al cesar el canto, el detalle se había olvidado y hubo que casar de prisa a la niña con un vecino que, poco después, deshacía el matrimonio y se metía a cura.
        En invierno, con las ventanas cerradas, la voz del Yeti parecía venir de los cimientos de la casa como el eco de una batalla lejana o un cercano temblor de tierra. El jardín escarchado y alumbrado por la luna también se estremecía y sus cristales de hielo se pulverizaban hasta fingir una niebla luminosa.
        Visitábamos a nuestros primos del campo. Paseábamos por los trigales, por las orillas del río y merendábamos bajo los cielos de azul fuerte y nubes rotundas. Cuando ellos venían a la ciudad los llevábamos a los teatrillos de revistas, los casinos y a un establecimiento higiénico llamado Los montes de Ucrania.Montes de Ucrania La primera vez que concurrí a él fue, justamente, con mis primos que habían venido a festejar mis dieciséis años. Me adjudicaron una señora que parecían conocer porque la tuteaban y la llamaban familiarmente por su apodo de Rilette. Estaba sentada en el recibidor, con las gafas puestas y leyendo un ejemplar de El Museo de las Familias. Cuando le fui encomendado, dejó de leer y me dijo Accompagnez-moi.
        Me llevó a una habitación penumbrosa, me quitó las ropas y las acomodó ordenadamente sobre un sillón. Luego me explicó lo que íbamos a hacer en tres capítulos, luciendo un acento vagamente extranjero, y los puso en práctica.
        -- Uno, así, muy bien. Dos, así, óptimo. Tres, así, perfecto. Vamos a repetir. Uno, dos y tres. Vaya, has aprendido enseguida, pequeño. Bueno, sigamos. Siempre igual, siempre igual, seguir, seguir.
        Todo ocurrió conforme a la rápida lección. Al rato, Rilette había retomado su lectura en el recibidor. Mi primo el mayor pagó con un cheque y pidió unas copas. Las bebimos en una terraza que daba al jardín. La luna llena permitía observar los detalles del lugar, especialmente un pabellón de hierro fundido con lechosos cristales blancos y azules. Entonces ¿estaban Los montes de Ucrania a pocos metros de casa, detrás de la guarida del Yeti? Ciertamente, porque su canto se pudo oír con toda la claridad del plenilunio. Hasta sentimos que la tarima y los cristales, obedientes a la música, se estremecían.
        -- Caramba, qué bien imitas al Yeti - me dijo uno de mis primos.
        -- ¿Imitar al Yeti? ¿Quién?
        -- Tú. No pretendas disimular.
        -- No. No soy yo, es el Yeti quien está cantando.
        -- Anda ya, encima quieres que te creamos. La voz del Yeti salía de tu garganta.
        Los demás corroboraron la opinión de mi primo. Sin duda, el canto del Yeti era capaz de todas las sugestiones. Se apagaron los cigarros y el champán dejó de burbujear. Salimos a la calle. Anduvimos vagando por los alrededores, demorándonos en volver a casa. La ciudad parecía rodeada de campamentos militares, con atentas hogueras y guardias despiertos. Uno de mis primos anunció la guerra próxima y afirmó que era imprescindible prepararse para defendernos.

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Notas:

1. Ómnibus publicará en cada uno de sus números relatos inéditos de Blas Matamoro, que irán conformando una obra completa del autor, titulada Malos ejemplos.
2. Director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, escritor y crítico literario.

Blas Matamoro en:

Enlace a Casadellibro

1. Puesto fronterizo: Estudios sobre la novela familiar del escritor
2. Rubén Darío
3. Schumann
4. El ballet
5. Plácido Domingo, Historia de una voz. Fernando Fraga y Blas Matamoro
6. Morir por la ópera. Fernando Fraga y Blas Matamoro

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15 de marzo de 2005

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