El Templo

De John Lionel O´Kuinghttons Rodríguez *
(Sao Paulo, Brasil)

templo

Los fríos pasillos del templo contrastan con el calor alucinado que hoy en día mitiga el avance de los curiosos turistas que proceden del norte. A excepción del último, sus nueve pisos pueden ser visitados en un horario que todavía se regula por el calendario lunar. Esta limitación hizo pensar alguna vez que la planta terminal estaba vedada para los laicos, pero ahora se sabe que aun los mismos sacerdotes ignoraban, e ignoran, su contenido.
Los muchos arquitectos que participaron en la edificación no impusieron variedad de estilos. Si los relatos lapidados por los siglos no nos informaran lo contrario habríamos concluido que el edificio siguió un único designio germinal.
El primer piso contiene una recámara que se ha supuesto funeraria, pero la presencia de treinta y nueve esculturas de dios sugieren que debió ser una antesala dispuesta para (es desconcertante decirlo) la vanidad del rey. Hay que recordar que esta cultura glorificaba como ninguna otra la apariencia de la gente. Aseguraban que la belleza física es una forma del poder, y que si el poder proviene de dios, entonces el cuerpo contiene por obligación un resabio celeste. Su iconografía lo desvela así: el hombre bello es un santo.
No extraña entonces que una habitación tan digna como la que impera en la planta inaugural se haya consagrado al acicalamiento del monarca. Esto se justifica más aún si se toma en cuenta que los jerarcas menos agraciados podían caer en el descrédito de las masas. De hecho Homar II, de pronunciada nariz aguileña y dientes caóticos, apareció poquísimas veces en público. Cuando las efemérides del estado lo hacían imprescindible, Homar II se precavía de arengar desde la penúltima planta del edificio y de atenuarse el rostro con un discreto velo que de lejos parecía blanco.
Esta planta está rodeada por doce puertas que equidistan de un pasillo central que no recibe ningún tipo de luz durante todo el año. El silencioso corredor domicilia imágenes inconexas: figuras espadadas que tallan un árbol, campesinos que duermen a la intemperie, dos garzas azules frente a dos mandriles asustados, una imagen erótica del sol, una muralla que rodea un caserío de aspecto precolombino, y un aljibe grabado con letras romanas.
El resto de la sala se aniega de luz el 21 de diciembre. La formidable claridad no llega a los espacios superiores. La disposición de las puertas derivó de tal cálculo que las estatuas endiosadas no pueden proyectar sombras. La falta de ventanas ha hecho pensar que el templo infundía la absoluta evasión del día. Los corredores superiores conocen un sistema de antorchas decrecientes. El visitante inicia su jornada en la rueda que preside el piso segundo. La antorcha principal encandila. Es necesario distanciarse unos veinte metros para que el fulgor no amenace. (Hay registros de que las llamas perpetuas quemaron vivos a los primeros intrusos del templo). La segunda llama permite acercarse un poco más. Se pueden recorrer decenas de metros con antorchas del mismo porte, hasta que un rótulo escrito con letras rojas advierte que a partir de ese momento el fuego decrecerá hasta extinguirse. El caminante cursa pasadizos que, aparte de la luz, amezquinan la altura, de modo que una persona de 1,60 m debe agacharse al cruzar la segunda puerta, y andar definitivamente de rodillas al abordar el pasillo de los candelabros. A lo lejos, como la floja luz de un faro, se distingue la última antorcha, pero el techo ya se ha reducido tanto que la única manera de adentrarse es de cuclillas y sin poder revertir el paso por la falta de ángulo. Es improbable que alguien haya alcanzado alguna vez ese límite. Fuera del templo no es posible imaginar el decrecimiento de estos espacios. Las líneas que denuncian las divisiones son gruesas y perfectamente paralelas. Los adornos que cobijan se van reproduciendo de manera inversa en el correspondiente interior. Por ejemplo, si de fuera se avista un hombre amenazado por las llamas, por dentro se encontrará una mujer bañándose en un río.
Quien prefiere el lado izquierdo del pasillo, depara con una serie de paredes pulidas. En este lugar basta andar doce pasos para dar con la completa oscuridad. Los arquitectos lo proyectaron de tal forma que a parejas de la tiniebla es imposible escucharse la propia voz. Hoy se ha convertido en un pasadizo lúdico visitado por grupos unánimes que tras la experiencia exclaman que así deben funcionar los sentidos fuera del planeta.
El tercer piso fue cerrado a inicios de siglo. En sus extremos se yerguen dos columnas de pórticos prologados por un foso de baja profundidad. En el extremo sur hay una sala ornada con mesas y sillas de diferentes tamaños. Las ostentosas variaciones intrigaron a los últimos que pudieron verlas. Antes de la clausura fue la sala más concurrida del lugar. La progresiva alteración del porte del mobiliario instigó la siguiente sospecha en las autoridades: los enseres se reducen al ser contemplados. Pusieron a prueba la idea introduciendo a un niño recogido al azar en las zonas rurales y le pidieron que comentara cuál de los muebles le gustaba más. Escribieron que era una silla dorada que en el inventario constaba con el número 43. El catastro informaba que su altura correspondía a exactos 94.5 centímetros. Luego le pidieron que volviera y mirara el mueble durante pocos segundos. Así lo repitieron por algunos meses con ciertos intervalos de discreción para no fatigar al menor. Al fin de la experiencia un funcionario entró con una cinta para corroborar la sospecha inicial, pero no le fue útil porque la silla dorada ahora apenas si cubría la palma extendida de una mano. Templo
El extremo norte difiere en un detalle que al principio parece menor: las jambas del pórtico central no son talladas como las del sur, sino trabajadas con una serie de cuñas curvas. De lejos el resultado parece idéntico, pero nadie ha advertido hasta ahora que mientras se admiran las mordidas de la madera el dintel se rebaja en dos milímetros. La puerta se abre sin empujarla. En su interior huelga el decorado. Unas gruesas cortinas cubren una falsa ventana que da a un falso patio coronado por cerezos. La visión dura solo una vez. El atento visitante podrá constatar que al mirar nuevamente dos árboles desaparecen. Si repitiera este movimiento comprobaría que al cabo de unas insistencias los cerezos se esfuman y en su lugar se pronuncian unos círculos de plata. La habitación suele intimidar por su constante eco. Se ha calculado que una sola frase susurrada puede deambular por las paredes durante nueve días. Ha habido ocasiones en que una conversación entre más de cuatro personas se ha podido oír por más de ocho meses continuos. De ahí la advertencia de que se hable sólo para emergencias. Esto dificulta la viva expresión de sorpresa que depara la mesilla que casi se inadvierte en uno de los rincones de la sala. Ahora la cubre un vidrio refulgente que asemeja un caleidoscopio fracturado. La infinidad de luces y de formas interceptadas no deja verificar lo que en la entrada del templo se informa en un tono que tiene algo de amenaza. Se trata de doce abalorios azules dispuestos en aparente desorden. Mucho antes de exasperar los sentidos, la mesa estaba cubierta por una delgada película de cristal. Los abalorios permanecían estáticos hasta que alguien les fijaba la vista. Entonces describían un breve movimiento en diagonal. Los sacerdotes demoraron en advertir que cuando una de las cuentas retrocedía una de sus ciudades se anegaba, y que cuando avanzaba moría alguien de la gleba. Con el tiempo nadie se atrevió siquiera a comentar la posibilidad de una coincidencia, sobre todo cuando tras el cierre de la sala decrecieron hasta su completa extinción las tragedias naturales del país. Como no quisieron que la sala norte corriera la misma suerte que la sala sur, prefirieron no abolirla.
Una hilera de hombres sentados a cada once metros flanquea el corredor de la cuarta planta. Son hombres silenciosos. Entre el mayor y el menor se deben conciliar unos cuatro años de diferencia. Cada uno tiene frente a sí una escribanía bien pulida en la que nunca se acodan. Incesantemente toman notas y guardan en nutridos archivadores unas fichas garabateadas en azul y rojo. Es raro que discutan y sólo salen de su incomparable reducto (esa es la impresión que deja el lugar) para tomar agua o dormir. Los turnos duran cinco horas y entre cada leva se han establecido rigurosamente quince minutos. En este espacio el visitante puede deambular por el pasillo pero debe abandonarlo a las prisas cuando escucha un gong que anuncia la siguiente llegada. Quienes han desobedecido esta regla no han podido aprovechar el servicio de los "emisarios", como los han rotulado en el extranjero. En la escalera que conduce a la cuarta planta se encuentra un formulario que el visitante debe rellenar con detalles que para muchos no son más que un fastidio inútil. En él se interrogan datos inusitados como el grupo sanguíneo, la primera ciudad visitada, la primera comida rechazada y la religión imperante en la familia de los abuelos. No deja de extrañar que en ningún apartado se pida el nombre. El visitante comprende esta omisión cuando se sienta frente a uno de los hombres y este lo saluda no sólo con nombres y apellidos, sino que recita los de su abolengo hasta la cuarta generación. Estos hombres no logran prever el futuro, pero pueden relatar las minucias postradas de la vida de cualquier ser humano. No pueden, empero, citar nada de lo que el sujeto recuerda. Estas memorias escondidas han sido tratadas con cierta sorna por los habitantes de la región sudeste del país. Alegan que los emisarios pueden declarar lo que les dé la gana porque si alguien olvida algo de su vida es vulnerable a recibir cualquier relato como verdadero porque nada se puede comprobar. Pero esta agresión fue desmentida cuando vieron que no uno sino todos los emisarios podían narrar el mismo relato de las lagunas de una sola existencia. Es célebre la prueba de una mujer que, después de tanto retraer la tarde en que se durmió bajo un manzano y soñó que por el cielo surcaban gaviotas muertas, acabó recordando no sólo otros detalles de la pesadilla, sino cómo la despertó el brazo ligero y perfumado de su madre. Los hombres no se esmeran en hacerse creíbles. Su cortesía es discreta y están predispuestos a responder cualquier pregunta. Sólo no incurren en la evaluación moral de las conductas. Si alguien se atreve a pedir algún tipo de consejo, oirá esta colombiana convención: la vida no es la que uno vive, sino la que se recuerda.
El piso quinto sólo se puede conocer con una autorización expedida por el gobierno. Los consulados no informan el motivo, pero dejan suponer que se trata de un secreto de estado. La verdad es mucho más prosaica: La quinta planta ostenta murales con efigies de los emperadores y de los dioses del panteón de Sehrup. Hay imágenes agravadas por cierta desfachatez obsesiva de representar el acto sexual en público. Los murales fueron pintados con una tinta desconocida muy vulnerable a la respiración humana. Se ha calculado que una imagen expuesta a la respiración relajada de un solo hombre podría desaparecer en un día. Una respiración jadeada exterminaría un salón completo.
Las autoridades pusieron un velo sobre esta circunstancia por consabidos motivos económicos. El interesado debía pagar una cantidad incomprensible, y aun así sólo podía visitar dos paredes del sector oriente premunido de una máscara muy ceñida que atareaba la respiración. Hubo un tiempo en que medraron los ingresos clandestinos. El gobierno preparó un elaborado sistema de alarmas que se fueron degradando hasta su completa erosión. Confiaron entonces la responsabilidad de la vigía a los impertérritos hombres de la planta inferior.
Los permisos han mitigado tanto los últimos años que se teme el cierre definitivo del sector. Un riesgo similar acecha al otro extremo del piso. A simple vista parece una amplia antesala percudida por el tiempo. Hay polvo suspendido y del techo porfían gotas de barro dorado. Sus cornisas algún día fueron bellas. Como en las otras dependencias, la falta de ventanas ha obligado al uso de cirios ordenados a cada tres metros en candiles altos y dentellados. El silencio impregna el aire con una sustancia gelatinosa. Pero cuando se pone el primer pie deviene la sorpresa. Un veloz tropel de alacranes se desliza hacia el intruso que debe alcanzar la única puerta abierta a un costado de una sala construida sin mármol. El cálculo es preciso pues nada más ingresar el portón se cierra con un estrépito que se deja oír hasta la entrada. En esta sala basta mirar la verdosa pared del fondo para que irrumpa una lluvia de moscas que dificulta el paso. La única manera de quitarlas es devorando un puñado. Cuando el enjambre amaina, la puerta se abre nuevamente. Es normal que pocos piensen en volver a pisar la sala central de donde huyeron. Quienes se han atrevido afirman que en lugar de alacranes crece hierba con un sinuoso dibujo que lleva a la única escalera vinculada al piso superior. No son pocos los que tras el susto prefirieron desgastarse en la fría habitación erguida sin mármol. templo
Hasta aquí las salas visitables. La última escalera es pedregosa, sucia y de peldaños irregulares. Los escalones impares emiten un eco que antaño podía graduarse con el peso del pie hasta convertirse en la clave correcta para ingresar a las tumbas. Hoy no es posible desvelar esa graduación.
Los nichos se desplazan por sucintas paredes de terracota, y fueron distribuidas conforme un criterio que hoy parece clasista, pero que en realidad es más bien simbólico. Las tumbas del piso sexto albergan los restos de treinta y siete esclavos manumisos. Son los hombres que defendieron la capital de las agresiones extranjeras sin ninguna promesa de libertad. Cuando arreciaron las hordas, cada uno de estos hombres debió intuir que la muerte es también una forma de libertad, y se entregaron al desbando con la desesperación desatada de su vieja ira. Irrumpieron de tal forma en la vanguardia invasora que alcanzaron al corazón de la hueste que revestía al caudillo. Retornaron como llegaron, en una batahola de sangre y espadas que ahora portaban la cabeza amoratada y tibia del que fue jerarca. El emperador no pudo no reconocer la hazaña, y les otorgó de inmediato la manumisión. Pero la concesión los transformó en ciudadanos ambiguos, hombres de una categoría insólita, a medias entre el sacerdote y el aristócrata. El emperador quiso ofrendarles un lugar en el templo, pero temía morir antes que ellos o que su joven sucesor cancelara su designio. Como precaución les ofertó una muerte programada, silenciosa y plácida, que los héroes no pudieron recusar. El suicidio se consumó en el interior del templo, cada uno de los hombres frente al nicho ajedrezado que los habría de prologar a la próspera vida del otro mundo. Las tumbas fueron selladas con lápidas de oro y munidas de demonios paralelos que resguardarían su integridad en el curso de los siglos.
Las tumbas del piso superior difieren de las del sexto. Se reducen a ocho, carecen de gárgolas defensoras y en lugar de oro las lápidas fueron selladas con un metal inédito. Frente a cada nicho se eleva un monolito central cifrado por dibujos que describen episodios de la vida de las emperatrices. Ninguno lleva sus nombres. Este anonimato fue intencional y provoca la sensación de que no las hubo mejores ni peores, solo una pléyade de monarcas vigiladas por los manumisos que les sirven de subterráneo. Los jeroglíficos detallan momentos conocidos, pero también los hay periféricos y hasta domésticos. La primera lápida, por ejemplo, delega un amplio espacio a describir cómo la primera emperatriz se acicala frente a un espejo mientras una doncella le orna el vestido con filigrana de plata. La segunda y la tercera coinciden en la representación de un paseo campestre resguardado por mastines. El resto evoca eunucos, reparto de avellanas, teñido de orlas, diálogos con orives y sexo extra marital.
No figuran escenas religiosas ni se advierte la maternidad. Hay, empero, una representación que alimentó una controversia entre los sacerdotes. Se halla al pie del monolito de la octava emperatriz. En ella una mujer de mediana edad corta con piedra tosca las guedejas de la soberana. A su alrededor se ven cirios y velones dispuestos bajo telas grises. Unos cuantos animales acaban el cuadro. La octava emperatriz era en verdad la primera por una inversión intencional del orden y era tenida como encarnación de la diosa de la maternidad. A esto hay que añadir que a pesar del atributo, la emperatriz no podía procrear. Esto nunca se dijo en público, por lo que es posible que la escena haya sido labrada mucho después de su muerte. Tampoco fue pública la noticia de que a la soberana le placía el dolor físico. Fueron famosas, pero la memoria del país prefiere omitirlas, sus incursiones por terrenos baldíos. Los súbditos adujeron la desnudez a un arrebato místico y comenzaron a glorificarla en templos diseminados por cada floresta que pisaba. Pero también han querido velar, esta vez sin fruto, el deleite de la soberana en maldecir y castigar a la masa anónima de su imperio. Le agradaba, por ejemplo, congregar multitudes en días escaldantes, inventaba efemérides en días arreciados por temporales previstos por los magos o reservaba hasta su descomposición la mitad de las cosechas surtidas por sus campos.
La imagen que la venera ante la esclava pudo ser una humilde represalia del emperador. La ironía del tiempo en lugar de eclipsar a la octava emperatriz la ha confiado al trono perpetuo de la curiosidad ajena.
Una escalera estrecha vincula las tumbas reales. Cuando todavía se recorrían, los peldaños despedían un vapor que provocaban la proyección física del primer recuerdo que viniese a la memoria del visitante. Había días en que la habitación se llenaba de llantos, de escuelas, de mareas, leones y luces. Estas imágenes duraban un par de segundos, suficientes para espantar a sus creadores, que no pocas veces cayeron al huir en las tumbas imperiales del piso inferior. Las noches de eclipse las escalinatas se cerraban y sus pasamanos adquirían la apariencia de pértigas caladas por engastes plateados. En los solsticios los peldaños emitían un barro dorado que se escurría por las baldosas de la sala y llegaba al corredor de las imágenes inconexas del primer piso. En los equinoccios, los peldaños se separan e iluminan el corredor central con una discreta luz zarca. templo
Actualmente la octava planta no contiene accesos. Antes había una serie discontinua de pórticos bajos e irregulares decididos por antorchas. Había alacranes y aves grises. Las galerías se trasponían siempre de noche, cuando la niebla se disipaba y los guardianes se acostaban. Un solo corredor conduce a la sala mortuoria de los emperadores. Los nichos suman diecisiete, pero sólo siete están ocupados. El resto son cenotafios con monolitos centrales algo mayores que los de las emperatrices y que ostentan jeroglíficos y el relato de dos episodios de la vida de los soberanos. Los cuerpos ausentes fueron enterrados en lugares desconocidos debido a la superstición de que los jerarcas no alcanzaron la estatura sobre humana que decretaba el designio estampado en la entrada del templo. Los emperadores no eran humanos corrientes, eran humanos a quienes se les concedía el privilegio de ser un dios. El aprendizaje era tormentoso. Desde niños debían levantarse al alba, rezar unas letanías que podían encumbrarse a trescientas oraciones, someterse a la limpieza prometida por las penitencias corporales y realizar abluciones con aguas ácidas portadoras de la redención. Llegada la pubertad, los emperadores debían oficiar su primer milagro en público. No pocas veces la sugestión ciudadana estimuló prodigios como la abrupta sequía de los pantanos o el estremecimiento de los árboles sin el paso del viento. A otros, la tarea de taumaturgo obligado los forzó a solicitar el concurso de astrónomos que en decididas ocasiones les confiaron las noches exactas de los eclipses de la luna. Para resguardar la fuente, los ministros del imperio tomaron votos de lealtad a los astrónomos, y el emperador tomó votos de lealtad a los ministros, de modo que nunca se supo que las previsiones celestiales habían contado con el aval de la ciencia. Resulta tentador suponer que los falsos taumaturgos de alguna manera despertaron las sospechas de alguien muy ligado a la cúpula del poder. De hecho todos los cenotafios rememoran a los soberanos que anunciaron los eclipses. Es probable que en el curso de los siglos estos jerarcas hayan sido rebajados al espacio de los dioses menores.
Superado este nivel, el templo esconde la planta número nueve. Nunca nadie la ha pisado. Nunca nadie la ha podido profanar. Los nueve probables arquitectos no dejaron huellas visibles ni escritas sobre pasadizos y resguardaron el espacio con una sola compuerta decreciente saturada de idiomas que amenazan con la muerte.
A medida que se conocen las ocho plantas previas del templo el visitante comienza a sospechar algo que nunca comprobará: que físicamente ahí reside Dios.

* John Lionel O´Kuinghttons Rodríguez (Santiago de Chile, 1966) Residente desde hace trece años en Brasil, trabajó como profesor de español durante veinte años. Actualmente se dedica a la traducción y a la escritura. Ha publicado La blanca señora de mi barrio (Saraiva), Antología crítica de la literatura hispano-americana (Letraviva), La acentuación (Letraviva). Como traductor ha generado Gramática española (Larousse), Arcana Coelestia e Apocalipse Revelata, de Swedenborg (Hedra) y En diálogo, conversaciones de Osvaldo Ferrari con Jorge Luis Borges. Es autor de relatos, poesía, ensayos y teatro. Su blog que se ocupa de comentar temas culturales es:
paseoliterario.blogspot.com


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15 de junio de 2008

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