Los amigos de Leni

Guillermo Roz *

Los amigos de Leni

Lo que hizo fue meterle en el estómago un cuchillo para el pan y retorcérselo mientras sentía como la carne y los jugos estomacales resistían la agresión, querían vivir, y luego metió la mano en el hoyo y sacó una tripa larga, más larga que la soga de colgar la ropa, y la extendió desde el salón hasta la cocina (unos diez metros). Después se fue a acostar y cuando unas horas más tarde se levantó, se encontró a Leni desmayada en la cocina, justo al lado de donde terminaba el recorrido de la supertripa (o empezaba), con los ojos abiertos, como ella acostumbraba a desmayarse, junto al cuerpo de Robert agujereado en medio del estómago del que le salía la supertripa. La tripa parecía una flecha que la señalara o una línea de puntos que terminara en su cuerpecito desgraciado. El cuchillo había quedado de punta, atravesando todas las rodajas de un pan de molde nuevo cual auténtica brochette de sangre.

A veces le parece que nunca va a acabarse la persecución de ese recuerdo, ni de los que sabe que conocen los actores de aquella muerte. Siente los pasos que lo siguen entre las puertas que se cierran dentro de su casa, cuando sube a un taxi, cuando recorre los pasillos blancos de Carrefour. A veces, demasiadas veces, cae en la cuenta de que hubiera sido mejor no haber dejado ver nada a Leni, su novia, quien después de un tiempo empezó a encontrarse a escondidas con un grupo de amigos de Robert y a quien seguro le ha contado lo que hizo con él. Leni lo sigue queriendo, aunque duda que lo ame. Incluso le ha temido mucho y ha llorado junto a él después de haberse encontrado a Robert con el cuchillo en el estómago y en su propia cocina. Pero Leni ha sacado fuerza para quedarse en su lado de la cama durante toda una noche o incluso durante una siesta.

Cuando él recuerda el crimen, en noches que como esta se le juntan en la cabeza y el corazón, la muerte -a su cargo- de un amigo, y la persecución diaria que no le deja vivir, concluye que no hace mal al salir a escondidas detrás de Leni cuando se reúne en la plaza con esos vagos amigos de Robert (no puede decir que resulten sus amigos, aunque alguna vez puede haber sido que sí lo fueran). Allí se queda fumando junto a ellos, con un dejo de tristeza. Pareciera que todos rezan en silencio por el muerto y miran el cielo estrellado preguntándose porqué tuvo que merecer aquel final. La verdad es que el motivo es sencillo de precisar para él: Robert se estaba quedando con más tiempo de su Leni que él mismo, y esto hace que cuando Leni llora junto a él, él se inquiete más y más y haga que se pregunte ¿porqué llora cuando llora?. ¿Llora porque le extraña tanto, le extraña más de lo que le quiere a él? ¿Llora porque se siente obligada a quedarse a su lado, porque representa lo único que tiene, ahora que ya no tiene opción? ¿O llora porque va a delatarlo, porque va a llevarle a las puertas de la Ley, o aún peor está preparando su muerte junto a los amigos de Robert?

No puede recurrir a nadie porque cualquier explicación le llevaría a su confesión o a la sospecha de un origen extraño de sus conjeturas de persecución.

Por lo pronto intentará llegar a la plaza una de esas noches en que Leni se despide y los vagos se quedan mirándose unos a otros, quizás espiando el culo de Leni que se aleja y a la que ya desean (como la deseaba Robert, lo sabe). Llegará con aires de distraído y saludará uno a uno, tocándoles la cabeza, acariciándolos, como si el tiempo no hubiera pasado. Intentará combatir su miedo escénico por estar delante de todos reunidos y se las ingeniará para atraer su confianza: llevará una bolsa con trocitos de carne vacuna cruda con veneno dentro. Unos trozos de ternera deliciosos que con esmero ha cortado en trozos con una pastilla letal dentro. Buscará que los amigos de Robert huelan la mercancía y depositará con calma uno en cada hocico y se despedirá de los callejeros, que se quedarán moviendo las colas largas de agonía. Está en la seguridad que ese podrá ser un fin amigable y que el futuro lo encontrará nuevamente solo y con su Leni.

Al fin y al cabo no hay porqué hacerse tanto problema, piensa mientras se aleja de la manada que mastica a cuatro patas. Si sólo son perros, como el traidor de Robert.

* Guillermo Roz, Argentina. Periodista y escritor. Ha sido antologado y publicado la novela La vida me engañó. A finales de junio 2009 presentará su próxima obra Avestruces por la noche, (Dos nouvelles) publicadas por Mirada Malva.


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20 de mayo de 2009


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