La sociedad del semáforo: Las sombras de la ciudad

Por Henry Posada
(Bogotá, Colombia)

Rodaje

La sociedad del semáforo es la película colombiana con mayor cantidad de premios en su etapa de desarrollo; narra la historia de Raúl Tréllez, un desplazado chocoano con incipientes conocimientos en ingeniería eléctrica, que trabaja como reciclador en Bogotá y está empeñado en la idea de crear un mecanismo para hacer durar el semáforo en rojo el tiempo que quieran los vendedores, malabaristas y lisiados que allí se ganan la vida, de tal forma que se puedan montar actos más largos.

I. Mi amigo el escritor y crítico de cine, Hugo Chaparro V., estuvo por estos días observando el rodaje de La sociedad del semáforo, la ópera prima del cineasta Rubén Mendoza y me vio en el plató donde soy Santiago el poeta; con algo de sorna me dijo: pero si eres el mismo Henry. Sí, le respondí, aquí todos somos los mismos. Recorrí entonces los rostros de Romelia, Abelardo, Alexis, Gala, algunos de los protagonistas de La sociedad del semáforo y todos son los mismos, se reinterpretan a sí mismos.

Cuando se presentó la convocatoria para el casting el año pasado me sedujo su eslogan: “actores de t.v. a metros” y en el vídeo que convocaba aparecían rostros de verdad, la gente que cotidianamente veo en cualquier ciudad de este alucinante país: ñeros, vendedores de nirvanas y paraísos, putas emperifolladas, embaucadores, transvertidos, culebreros, choferes de buses, peluqueros, milagreros del club del indio amazónico…la delirante fauna humana que quien camine por las abigarradas calles de Bogotá ve en cada esquina como estampas goyescas. Fue esto lo que me sedujo e inmediatamente salí en mi bicicleta amarilla rumbo al parque Nacional. No me equivoqué, aquello parecía El sueño de las escalinatas de Jorge Zalamea.

Frente a una cámara me pidieron vender una cobija, la que imaginé de esas de lana con indios Pielrojas en sus bordes que me cobijaron en la infancia, además me despaché contra todo: la iglesia, el estado, la familia. Salí pensando: fracasé de nuevo.

Transcurrieron casi tres meses y cuando mi sueño de salir del anonimato al desprestigio en una película nacional se había esfumado, sonó mi teléfono. Al director le había gustado, según me dijo después, mi mala leche, la manera de soltar esputos sanguinolentos contra el establishment, la convicción de ser el éxito del fracaso, el inútil de la familia, como escribió espléndidamente, Jorge Edwards.

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II. Veo a Rubén Mendoza con el story board de La sociedad del semáforo en sus manos, el chambergo que le da un aire de gitano, su mirada incisiva, penetrante, de lince y enfierrao con su cámara digital, renuente a soltarnos prenda del guión, nada sabemos. Héctor-Don Anibal, en el filme, insiste en conocerlo; vuelvo mi mirada al director y pienso en los postulados de Rimbaud, llegar a la poesía a través del desorden de los sentidos.

Miro en derredor y los veo contorsionándose como si fueran pacientes en un pabellón psiquiátrico, algunos aúllan, Romelia-Eulalia se mueve en el escenario como un súcubo con su pollera de colorines y su rostro surcado por zanjas que evidencian su dura vida durante 17 años en el cartucho, lleva un turbante y ríe díscola, sé que viene del Valle del Cauca por el ritmo de su cuerpo ya envejecido pero cadencioso. Empezando el rodaje se la llevarían unos días por un delito que presuntamente no había precluido; tengo al frente la mirada dura de Alexis-Raúl, el protagonista, ríe muy pocas veces y deja ver su diente metálico, viene de Carrizal, un barrio de bravos en curramba donde truenan los picós hasta altas horas de la madrugada. La última vez que Alexis Zúñiga visitó su casa, de eso hace 9 años, salió huyendo con lo que pudo y desde entonces nadie sabe de él. Agonizaba devorado por la manigua de hormigón de esta teratológica ciudad y los psicotrópicos (que acabo de enterarme en estos tiempos de calvinismo van a declarar el café, alcohol y tabaco, en ese rango) cuando lo encontró, Rubén , para su peli. Gala-Victoria, casi etérea, mueve con facilidad su cuerpo. Actriz de teatro, trabajó con el maestro Ricardo Bartiz en Barcelona y vivió en Buenos Aires, Argentina; es la partenaire de Raúl en La sociedad del semáforo.

El escenario gira como una noria con sus esperpénticos protagonistas y sus historias fascinantes, otro poderoso guión… Tutúca canta un bullerengue o un alabao del Pacífico y su voz de matices sorprendentes despierta las memorias más olvidadas, ha sido finalista en el prestigioso festival de música del pacífico Petronio Alvarez y en el festival internacional Ollinkan de las culturas en resistencia en Tlapan, México, encuentro de culturas milenarias, Tutúca con Choco-Máster están en la banda sonora de La sociedad...

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III. Han sido muchas sesiones de ensayos, La sociedad se ha constituido en una familia disfuncional, anómala como casi todas las familias; antes de cada ensayo nos miramos huraños a veces y siempre hay historias de verdad, las que revelan este país de inequidades, de tragedias que no han sido contadas, ante las que sí vivieran Sófocles, Eurípides, Esquilo, quedarían anonadados. “ Quihubo mi pez”, me dice Abelardo-Cienfuegos, un íncubo con su boca desportillada; el viejo parece un líder iraní por su blanca barba y vive ahora en una fundación de esas cristianas leyendo, tal vez socarronamente, la Biblia, para no volver a las canallescas calles de Bogotá donde malvivió 30 años de su vida. Como un náufrago del pavimento me mira de nuevo diciendo: “ tengo quemadas las neuronas”, sosteniendo en la mano el diálogo de 10 renglones para su personaje.

RodajeEl rodaje es inminente, pero Rubén Mendoza quiso que en su ópera prima concurrieran las fuerzas invisibles del universo y antes de enfierrarse con su cámara nos invitó a un ritual chamánico con un taita de sus ancestros, tiva nica sua ( muisca) ; nos reunimos todos en círculo incluido equipo técnico, fotógrafos, vestuaristas, script, maquilladores, sonidistas, feligreses del semáforo que seguían atentos el ritual, sopló la ocarina en forma de pájaro sagrado, por momentos tuve la vívida imagen del chamán de la mítica película de Oliver Stone, Natural born killers; entregó como un santo Grial el incensario que pasaba de mano en mano entre conjuros mágicos y la presencia de los dioses tutelares de los 4 elementos: tierra, agua, fuego y aire. En el cine colombiano hay que agotarlo todo y no están de más amuletos, riegos, sahumerios, pitonisas, médiums que emplacen los espíritus de Glauber Rocha, Jhon Huston, Federico Fellini, para resolver dilemas. No se puede fracasar en esta fábrica de espejos, en el arte de la inverosimilitud. Tuve la certeza esa mañana que esta será la épica de la gente pequeña, de los que como hormiguitas construyen su día a día, en medio de las más devastadoras catástrofes. Esta será una película desgarradoramente bella, sin duda.

IV. La antigua casa del barrio La candelaria donde guardamos los bártulos, descansamos de las extenuantes horas de grabación, nos maquillan y dan la alimentación, tiene su leyenda negra, su dueña, una gringa jubilada como profesora titular de idiomas, investigadora de literaturas orales afrocolombianas, Marcia Dittmann, de una generosidad impensable en estos tiempos. Ha abierto en muchas ocasiones sus puertas para esa horda de menesterosos que deambulan por ahí devorados por el tedio, algunos artistas entre ellos, instalados y entregados a los paraísos artificiales y nunca quisieron abandonarla. Marcia debía recurrir a métodos ortodoxos viendo en su casa sólo detritus y molicie; dicen que un pintor que allí vivió y tuvo un bar y, asesinado brutalmente, deambula sin sosiego por ella.

La recorro despacio conversando con la comunidad del semáforo, abro sus ventanas, pues como cuando leo a Dostoievsky, necesito respirar. También la casa es un símbolo en este tejido azaroso de La sociedad del semáforo. Me gustan los métodos de Rubén Mendoza, sus bromas perversas como el otro día antes de un ensayo oyendo sus instrucciones, yo poseído por el espíritu transgresor, iconoclasta, underground de la peli no cejaba en el empeño de descomponer a Hugo Bolívar – Javier, otro del semáforo, lanzándole provocaciones, guarradas, de pronto él se vino despacio hasta donde me encontraba y con una pistola en su diestra y una navaja tripera en su siniestra me dijo si pestañear: “con esto resolvemos las provocaciones en mi barrio”, yo desconcertado creyendo que algún sociópata se había infiltrado en el casting esperé lo peor y justo en ese momento, Amparo, quien interpreta una buscona en la peli se desmayó. A Rubén, me dije, le gustan las situaciones al límite, algunos quedamos conmocionados ante esa revelación. Los cineastas tienen sus métodos; R.W. Fassbinder, por ejemplo, encontraba placer humillando a su madre en el set o a una de sus actrices fetiche, Irm Hermann, a quien hacía llorar. Supe que el gran Aki Kaurismäki no ensaya y muchas veces ni libretos les da a sus actores. Seguramente de Rubén Mendoza, con el tiempo hablaremos de sus originales excentricidades.

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V. ¡Acción! El primer plano de la película fue el jueves santo (herético), la fecha, número capicúa 9.4.9 o un palíndromo si se quiere, se debía rodar la escena con Alexis-Raúl en un cementerio y como no hubo permisos pues se camufló la cámara en un coche de bebé. Fue un plano robado (fórmula guerrillera) con campanero y todo para dar el santo y seña cuando los vigilantes aparecieran, Raúl emergía de una tumba, con su diente metálico y su mirada alucinada. Así empezó todo para La sociedad del semáforo que va como una locomotora a todo vapor, ni la lluvia que por momentos detiene todo ha sido impedimento para realizar 17 o más de 20 planos diarios, ni la policía que a veces aparece queriéndose llevar hasta el personal de arte que levantó un semáforo de utilería a quien Raúl el protagonista altera su mecanismo para sus intereses y los de la comunidad;

Ayer lunes partimos para Villa de Leiva, un grupo pequeño, Angel-Edwin, Carmen-Mónica (cantante de Tumbacatre que lleva el ritmo con el guasá, grupo musical de fusión), Late-Tutuca y Choco-Master (afroamericano, quien produce todos los sonidos de una orquesta y con su prodigiosa voz es el vocal Sampling de La sociedad del semáforo. Íbamos al rodaje de las escenas del sepelio de Abelardo-Cienfuegos, en varios ámbitos (locaciones), vereda de Sta. Sofía, del Valle, el cementerio del monasterio Ecce homo, el desierto el infiernito. Se necesitaron además campesinos de la región que miraban asombrados los equipos de la peli. Poco a poco se van reuniendo las piezas del rompecabezas y lo que empezó con el desplazamiento de Raúl desde las olvidadas tierras del Chocó hacia Bogotá, quien con sus conocimientos empíricos de ingeniería eléctrica logra manipular el mecanismo de un semáforo para ganar mejores dividendos, va configurándose una historia poco convencional, en un país que no obstante la diversidad temática y estilística de su cine, está encontrando en jóvenes realizadores como Ciro Guerra, Rubén Mendoza, Camilo Matiz, Andi Báiz, Carlos Moreno, entre otros, una cantera poderosa de creadores que están cruzando las fronteras y mostrando una impronta que sin duda le está dando al cine colombiano una identidad cultural.

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En La Sociedad del semáforo si miramos atentamente podría haber influencias fundamentales del cinéma-vérité, hay en ella algo de documental-ficción. Intuyo que Rubén Mendoza se preocupa en su película por plasmar en poesía visual la palabra escrita, no le he preguntado por corrientes como el neorrealismo-italiano, ni tampoco sé con certeza cuáles son sus postulados estéticos, poco dice, pero cuando lo veo después de rodar una escena en el video-assist, mirando sus imágenes, las que le salen de las entrañas, fascinado, sé que si algo se parece a lo que ama en cine, eso es La sociedad del semáforo.

VI. La trouppé de La sociedad del semáforo

El claxon de un destartalado jeep aúlla y Jairo-Salomón rasga su guitarra a ritmo de joropo llanero, tiene puesta una camisa negra y aspecto de cantante de música country, un Jhonny Cash, envejecido, lleva muchos anillos en sus dedos y un sombrero de vaquero que acentúa su calvicie; ése es su oficio, cantar en los buses, ya lo he pillado varias veces en la ruta Germania-Centro, se reinterpreta en la película. Mauricio-Rodrigo, sostiene un paraguas en su barbilla, lleva un bombín a lo Alex en La naranja mecánica de Kubrick, es trapecista y payaso de circo, por un oscuro episodio estuvo un tiempo en la cárcel Modelo, tiene parte de los brazos y el cuello quemados, fue un incendio cuando era un niño, me dice con su voz chillona, mientras gira las ruedas de una vieja silla donde vende bisutería. Nos preparamos para una escena con Fabio-Alex, mi compañero sordomudo que interpreta mis poemas con movimientos convulsivos de sus manos, sobrevive de las clases de hotelería y como figurante en los bodrios de telenovelas donde pagan una miseria por jornadas extenuantes en sus sets, temperamento bonómico, Rubén nos da las instrucciones y su director de fotografía, Juan Carlos Gil, mira por el ojo de la cámara atento, mientras Miller Castro el microfonista hace lo que corresponde, guiado por César Salazar el sonido directo de la peli. Nos dejamos mansamente conducir en medio del feroz tráfico, estamos justamente en una encrucijada, allí convergen varias vías y el equipo con pulso asombroso trata de controlarlo, apoyado por Fagua, Fabián Hernández, asistentes de dirección, con Jack Toulemonde, primer asistente, quien luce un sombrero vaquero a lo Brokeback mountain de Ang Lee; Raúl Parra, foto fija trata de encontrar un buen ángulo; miro de soslayo la pirámide humana conformada por dos niches caleños, Edwin-Armando y Bryan-Domingo, hijos en la peli de Ramona-María del Pilar, otra niche de Santiago de Cali, quienes sobreviven de este acto circense en Bogotá, y el pequeño, Farid- Martín, vigilado por su padre Efraím, un obrero chocoano de la construcción que levanta esperpentos de hormigón que cada día asfixian más ésta ciudad.

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Veo La sociedad del semáforo en sucesivos flashes, imágenes fragmentadas como la vida de esta ciudad. Hoy el pequeño Farid Andrés-Martín pendía de la soga del semáforo de la rotonda en la Carrera 4 con 6, en medio del fragor del tráfico, una imagen sobrecogedora que recuerda a Brueghel el viejo y su Triunfo de la muerte; se repitió varias veces, obsesivamente hasta lograr la escena perfecta. Bueno, lo que he visto; antes de cada escena, el director da instrucciones, y puedo ver en las secuencias los cambios repentinos en la distancia de las tomas, movimientos a veces bruscos de la cámara y saltos en el montaje son usados conscientemente por Rubén Mendoza, para romper con la continuidad temporal y espacial de la narrativa tradicional; a veces veo cambios desconcertantes en el tono, digresiones, motivaciones mal definidas de los personajes y conclusiones ambiguas, creo que es deliberado. Rubén, temerariamente, se la juega toda en su ópera prima.

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Desde La cerca, cortometraje que dio el espaldarazo a Rubén Mendoza como autor y con el que recibió significativos reconocimientos en Tolouse ( Francia), Toronto (Canadá) y seleccionado en el más importante festival de cine del mundo, Cannes 2005. Mendoza no ha cesado de trabajar y con la complicidad de sus productores, Diana Camargo Buriticá de Diafragma y Daniel García Díaz de Laberinto producciones, además de Gonzalo Castellanos, como productor asociado, materializó su sueño con el concurso de World Cinema Fund de Berlín, Alemania, la fundación Carolina (España), el festival internacional de cine de Amiens, el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (Colombia), la embajada de Francia en Colombia (Annouchka Deandrade), L´ atelier del festival de cine de Cannes 2008, entre otros, quienes vieron en su proyecto una historia original con la fuerza del cine de autor merecedora de ser llevada a las pantallas del mundo. La trouppé que le acompaña en esta aventurita como suele llamarla, trabajan cada día como hormiguitas, nada queda al azar, los caracteriza el rigor y desde Liseth Pulido y Mariela, atendiendo las demandas de La sociedad del semáforo en el restaurante, hasta las maquilladoras, Socorro Ávila y su hija Angela Ávila, pasando por las vestuaristas Ana Acosta y Carolina Zuluaga, todo está vigilado para que sea perfecto.

Colofón

Rodaje La sociedad del semáforo

Hoy llegó la fugoneta que nos recoge para el rodaje, son las 4:00 A.M. del Domingo 3 de Mayo, ahí está la niña, Cindy Catherine- Ximena, con su madre, Claudia, quien duerme todavía. Fabio-Alex y yo vamos a recoger a Romelia-Eulalia, Hugo-Javier y el resto del parche, atravesamos las desoladas avenidas y el paisaje urbano se va metamorfoseando cuando nos aproximamos a las canallescas calles del centro donde grupos como hordas primitivas al acecho fuman sus bichas, endriagos agazapados en la oscuridad. Es como llegar a uno de los círculos del infierno donde las calles giran sobre sí mismas asfixiantes, en el hotel Francés nos detenemos cuando del hospedaje El camarón como una exhalación brota un malandro con su mujer y ronda el vehículo en que permanecemos silenciosos, está armado y decidimos partir dejando a Edwin y Bryan, los niches de la pirámide humana que aún no salían. La otra ciudad pasa ante nuestros ojos, la plaza de Los mártires, el parque III milenio donde estuvo El cartucho, el emblemático barrio Eduardo Santos, Las cruces y enderezamos hacia nuestra sede en el límite con La candelaria, será otra jornada de rodaje.

Isabel González, scrip de La sociedad del semáforo, madrileña, cómplice de Rubén Mendoza en la vida y en el cine, sigue atenta cada plano, en un extremo está la segunda cámara, Sofía Oggioni, buscando un buen encuadre, César Rodríguez, productor de campo, corre de una lado al otro; en el plató Abelardo- Cienfuegos, y su mirada sicalíptica, a quien Rubén le llama arrechalardo entre risas, también Vidal Cantor, viejo hermoso de más de 80 años, una suerte de Caronte, que transporta el cadáver de Farid-Martín, el niño negro que colgaba del semáforo, en su vieja carreta (zorra). En la mañana desayunando me decía que tiene un grupo de teatro, Quirama, y seis piezas montadas, entre ellas La orgía, de Enrique Buenaventura. Cada escena de La sociedad del semáforo transmite a la vez naturalismo y fantasía, la belleza ambiental de cada episodio procede de la imaginación poética de Mendoza y de su interés especial por el uso creador del movimiento y el espacio, hoy la muerte del niño y la bella canción de tutúca-late, un bunde de origen africano que se canta en nuestro litoral pacífico, éste ritual fúnebre conmovió hasta las lágrimas a todo el equipo de la película.

Es lunes y voy caminando por la Carrera Séptima, alguien del otro lado grita insistente: “El señor del paraguas!”, sigo caminando indiferente, entonces oigo: “¡La sociedad del semáforo!”, me detengo y veo un payaso que levanta la mano, es Mauricio- Rodrigo, de bombín y bola roja en la nariz, “ todos somos los mismos en la peli” me digo y voy a saludarlo.

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20 de noviembre de 2009

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