Una sucesión de espejos que se reflejan entre sí

Por Marcelo A. Moreno (*)
(Buenos Aires, Argentina)

Borges en su laberinto Por Villegas

Hace poco el notable escritor español Javier Cercas puntualizaba que Borges fue lo más importante que le ocurrió a la literatura castellana desde Cervantes. Hubo a quienes les pareció una exageración.

Lo cierto es que la obra de Borges sigue desplegándose como un organismo de prodigiosa vitalidad a 23 años de su muerte. Cada vez más rica, sinuosa, múltiple y multifacética, como un jardín cuyos senderos se bifurcan, muestra una sucesión de espejos que se reflejan entre sí y en los que descubrimos nuevos y asombrosos rostros de Borges.

Porque el hombre que escribió que Shakespeare fue todos los hombres fue también muchos que, acaso, más que una voz compartieron apenas una entonación. Su obra es la prueba más contundente de ese caleidoscopio.

Una sencilla clasificación enumeraría al poeta, al cuentista y al ensayista, los géneros que abordó.

Borges

Que Borges no fue un gran poeta –aunque algunos de sus poemas brillan con sólido espesor: “El Golem”, “Límites” en sus dos versiones, “Poema de los dones”, “Poema conjetural”, son algunos de los memorables- no es una materia que merezca una discusión al detalle. Hasta su abominado Guillaume Apollinaire –por no mencionar a Pound, a Celan, a Yeats, entre tantos, y a sus compatriotas Girri y Murena, entre otros- alcanzan alturas y originalidades que jamás rozó el genio que escribió El Aleph. Esto no constituye materia de discusión, ya que se resuelve, fácil, con el más elemental –y probo- sentido común. Para ser terminante: basta con no ser un idiota para darse cuenta que Borges es un poeta infinitamente inferior a Ungaretti.

Como cuentista, en cambio, Borges deslumbra. Desde las tramas más complejas, como “Pierre Menard, autor del Quijote” o “Las ruinas circulares” hasta las más radiantemente lineales, como “El muerto” o “La intrusa”, siempre hace transitar al lector por caminos tan flamantes como vertiginosos. Y, además, lo confunde con premeditación, alevosía y extremo buen gusto: en su ficción siempre hay mucho de realidad o de historia y todo parece demasiado verdadero –suelen estar cargadas de fuentes, de alguien que le contó a alguien- para ser falso. Sus invenciones, así, pasan a tomar la consistencia de lo cierto. Es uno más de los desconciertos en los que nos introduce Borges. Desde luego, tiene cuentos menores, “La señora mayor”, por ejemplo, pero, en general, llenos de encanto.

El Aleph

Pero donde Borges resplandece sin duda es en el ensayo. Desde “El escritor argentino y la tradición” –una flecha rutilante lanzada en 1932 que sigue haciendo blanco en el “color local” de los García Márquez- hasta cualquier prólogo de escrito para la serie “Biblioteca Personal”, pasando por “El culto de los libros”, ese hombre que tanto tiempo fue ciego sin dramatismos durante tantos años demuestra su certeza: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquello que me fue dado leer”. El Borges lector es un crítico supremo, capaz no sólo de inventar el link y anticipar desde Internet hasta Wikipedia, sino de descubrir en cada texto, muy amorosamente, una cifra impar hasta entonces invisible.

Autodefinido como “lector hedónico”, Borges lee descubridoramente hasta lo que no le gusta. Puede ser revelador, incluso, con el texto más modesto: su crítica reescribirá aún lo no escrito y mostrará horizontes invariablemente inesperados.

Desde luego una clasificación convencional podría hablar de un Borges de los inicios, otro de la madurez y otro del final. Pero la convención no siempre implica una sonsa formalidad: hay un Borges experimental, un Borges asentado y maduro y quizá un Borges que se desliza por la suave pendiente del declive.

Sin embargo, todos esos Borges no cesan de experimentar. Porque para quien la literatura y el pensamiento eran, sobre todo, juegos atravesados por la pasión –lejos de toda polvorienta solemnidad, de la mullida calidad de monumentos vivientes en la que descansan tantos consagrados-, dejar de probar significaba encerrarse en una condena a la que tuvo el osado gusto de no sucumbir. Por eso, aún en el último Borges cualquier lector se encuentra con la apuesta y el riesgo, y también con el error.

Pero además de los cronológicos, aparecen, y no cesan de hacerlo, otros Borges. Enumeraré algunos de una lista incompleta que se prolongará seguramente.

El Borges de las Obras Completas

Inquisiciones

Para el autor, ese –el que se tomó el trabajo de corregir y fabricar durante años- es el genuino, el único. Borges pulió su obra con fervor de artesano –y de artista- y, sobre todo, eliminó lo que entendía era una mala hierba que la infectaba. De allí que suprimió libros enteros como Inquisiciones o El tamaño de mi esperanza. Los consideraba fallidos intentos que desmerecían su obra mejor. Pero fracasó completamente. Su propia viuda se encargó de desbaratar ese plan maestro y omnipotente que consistía en que el autor estaba al comando absoluto de su obra. Por otra parte, las huellas de sus innumerables escritos en diarios y revistas, y su propia voz registrada y publicada en también innumerables reportajes periodísticos, tampoco podía acallarla, sobre todo después de que la fama convirtiera a su palabra oral o escrita en una mercancía invalorable.

El Borges de las Obras Completas en colaboración

Aquí también Borges trabajó para poder pilotear su obra. Eliminó material que había publicado y le parecía muy menor, y dejó una brillante antología en la que domina la prosa borgeana con completa autoridad y libertad. Sólo un coautor, el más importante, su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, parece rasgar el universo personal de Borges, convirtiéndolo en otro, en esa voz plural que asoma en “Seis problemas para Don Isidro Parodi”, en “Un modelo para la muerte” y en las “Crónicas de Bustos Domecq” y “Nuevos cuentos de Bustos Domecq”. Como si hubiera algún eco de estudiantina, en los relatos escritos por los amigos casi nunca está ausente el humor. Un humor que orilla en el sarcasmo y que muchas veces tiene una naturaleza cifrada y secreta. En cambio, resultan indetectables las voces de Betina Edelberg, Margarita Guerrero, Alicia Jurado, María Esther Vázquez y María Kodama en “Leopoldo Lugones”. El Martín Fierro, El libro de los seres imaginarios, Qué es el Budismo, Introducción a la literatura inglesa, Literaturas germánicas medievales y Breve antología anglosajona. Esas colaboraciones -¿en qué habrán consistido?- quedan en el vasto terreno de lo invisible.

El Borges residual

Borges

Es aquel que justamente desechó en sus Obras Completas y que ahora, merced a la voluntad de su viuda que valora a Borges como una totalidad alephiana, publica sin prejuicios ni cargos de conciencia, quizá porque piensa que Borges ya está más allá de quien fue Borges. Es el autor de los libros de los que renegó y ahora ven la luz nuevamente, es de los casi infinitos prólogos y las introducciones a los libros, cosa a la que raramente se negaba, con caballerosa generosidad. También hay que resaltar que los juicios literarios de Borges no eran infalibles y hay obra que no eligió para sus "Obras" que reviste de gran calidad.

El Borges periodístico

A lo largo de su larga vida y desde joven, Borges colaboró con diversos medios, tanto revistas literarias –algunas las dirigió, otras contaron casi ritualmente con sus trabajos, como Sur, a cargo de Victoria Ocampo- como revistas de interés general –como Atlántida, donde hacía una columna periódica con noticias y reseñas literarias- y diarios, en especial La Nación, donde escribió durante décadas. Esos trabajos con forma de miscelánea incluyen hasta comentarios cinematográficos y se sitúan con cierta inestabilidad entre el ensayo y el periodismo. No bien muerto Borges e imposibilitado de ejercer control editorial sobre su obra, su viuda comenzó con la edición de esos materiales. Unos de los primeros fue Textos Cautivos, cuidada edición publicada por Tusquets, a cargo de Enique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal, de escritos aparecidos en la revista El Hogar entre 1936 y 1939. Pasados los años, llegó el aluvión, en algunos casos en deficientes ediciones, casi sin notas ni introducciónes valederas, como Borges en Sur, compilación dispersa de artículos publicados en esa revista entre 1931 y 1980.

El Borges oral

Borges. Milenio

Pero además de trabajar en periodismo, Borges se convirtió, maliciosa y lúdicamente, en objeto deseado de la prensa a partir de sus declaraciones altisonantes, impertinentes, irritativas y casi siempre políticamente incorrectas. El Borges de los reportajes comienza a despuntar a fines de los años 60’ y cobrará progresivamente una importancia desmesurada. Y esto dicho con todos los reparos del caso, ya que en una sociedad mediática, el Borges de los reportajes era -¿y es aún?- para muchos un Borges accesible, variado, divertido, siempre ocurrente. Así se publicaron numerosos libros con reportajes y conversaciones, entre los mejores el que compila las entrevistas que le hizo el locutor Antonio Carrizo, quien en su programa de radio desarrolló un ciclo de entrevistas con un Borges anciano y lúcido. Y también hay un Borges grabado en reportajes televisivos. Pero además, hay otro Borges oral y es el de las tantísimas conferencias, charlas y clases que dio y que fueron recopiladas o lo serán próximamente.

El Borges íntimo

Borges

En el 2006 aparece un libro fundamental para la comprensión de Borges que es, justamente, Borges, de Adolfo Bioy Casares. El íntimo amigo –el vínculo nació en 1931 o 1932 y se prolongó hasta el viaje postrero de Borges a Suiza-, apreciando como pocos, aunque sin sumisiones, la magnitud del genio, anotó en sus diarios casi cada encuentro con Borges desde 1947 hasta 1986. El mamotreto, de más de 1.600 páginas, nos muestra otro Borges, muy lejos de su timidez ante el público, casi siempre enamorado -y erróneamente- y dueño de sí mismo y del lugar –más lejos de toda soberbia- que ocupaba en la literatura. Claro que es lícito dudar de la veracidad del Borges extremo, indignado y furioso que suele aparecer en las conversaciones con Bioy. Pero eso ocurriría ignorando quién fue el amigo dilecto: un hombre justo, bondadoso, ecuánime y honesto. Por eso, hasta el Borges por momentos despiadado que asoma en su memoria no desentona con el sarcástico y principista que también supo ser.

Esta última versión de Borges seguramente no será la última. Otros Borges aparecerán, casi al mismo ritmo que se multiplica la lectura de una obra que, multiplicándose, no parece tener fin, “como las formas que tejen y destejen esta vida”.


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(*) Marcelo A. Moreno es escritor y periodista y nació en Buenos Aires en 1951. De larga trayectoria en el periodismo, en la actualidad es Prosecretario de Redacción y columnista del diario Clarín, de la Argentina. Publicó dos libros de poemas: El número único y Memoria del cielo. También, dos de ensayos: El Mal y Contra los argentinos. Además, uno de relatos: 50 historias de amor verdaderas. Es profesor titular en la carrera de periodismo de la Universidad de Belgrano.

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20 de noviembre de 2009

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