¿De dónde salió la relatividad?

Por Santiago Egido 1

        A finales del siglo XIX la física parecía firmemente asentada. Todo el mundo sabía que había muchas cosas por descubrir, claro, pero su base, la mecánica clásica o newtoniana, era algo tan obvio e indiscutible que había que ser un matemático excéntrico para llegar a plantearse la cuestión de si las leyes básicas de la naturaleza podían ser diferentes a las conocidas. Y sin embargo, ya se habían encontrado los primeros indicios de que las cosas podían ser más complicadas. En 1900, Lord Kelvin dio una conferencia en la que dijo:

"La física es un conjunto perfectamente armonioso y en lo esencial acabado, en el que sólo veo dos pequeñas nubes oscuras: el resultado negativo del experimento de Michelson y Morley, y la catástrofe ultravioleta de la ley de Rayleigh-Jeans".

        Esas dos nubecillas resultaron ser unos huracanes que en tan sólo cinco años pusieron las bases de la física patas arriba: tirando del hilo de la catástrofe ultravioleta surgió la mecánica cuántica, y la relatividad se descubrió analizando el resultado aparentemente absurdo del experimento de Michelson y Morley.

Michelson y Morley

       ¿De dónde surgieron todas estas complicaciones, que ni eran esperadas ni fueron bien recibidas? Para entender el origen de la relatividad hay que hablar antes del éter ... y lo primero que se puede decir del éter es que no existe, al menos en el sentido que se pensaba a finales del siglo XIX. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

        Situémonos en 1860, unos 40 años antes de que apareciera Einstein. Se pensaba que la luz era una onda (la dualidad onda-corpúsculo vendría después). Pero todas las ondas necesitan de un medio en el que desplazarse. Por ejemplo, las olas del mar no pueden existir sin agua, y el sonido es otra onda que no se puede propagar a través del vacío; necesita la existencia de un medio material como el aire donde pueda haber cambios de presión. En otras palabras, para que exista una onda, tiene que existir algo que "ondule" (o se comprima, o vibre, o se retuerza, o lo que sea).

        Por tanto, dado que la luz era una onda, estaba claro que la luz tenía que ser las ondulaciones de algún medio desconocido. Pues bien, el éter era ese medio desconocido.

        Era obvio que el éter tenía unas propiedades muy peculiares. Por ejemplo, la luz se transmite a través del vacío, así que no era posible quitar el éter de dentro de una botella succionándolo con una bomba de aire, por ejemplo. Pero la velocidad de la luz es enorme, y esto indica que el éter tendría que ser un sólido extraordinariamente rígido. También, como la luz se propaga a través de un cristal o cualquier otra sustancia transparente, si hemos quedado en que sólo se propaga a través del éter llegaremos a la conclusión de que el éter está dentro del cristal ... o sea, era algo durísimo que sin embargo no oponía ninguna resistencia a una botella de cristal que fuese movida a través de él. De hecho, los planetas parecían moverse a través del éter durante millones de años sin experimentar rozamiento apreciable, porque continuaban en sus órbitas. Pensemos en la Tierra moviéndose en su órbita; ¿"barre" el éter? Parece que no, porque en la parte trasera de la Tierra la luz se comporta igual que en la parte delantera, pero también podría ser que al ser un medio tan rígido se recompusiera casi instantáneamente tras el paso del planeta. ¿Quizás lo que ocurría era que la materia estaba disuelta en el éter, o algo parecido? También era obvio que el éter no transportaba ni retenía el calor en absoluto. Dado que a nosotros nos llega la luz de estrellas lejanas, estaba claro que todo el universo estaba lleno de éter, pero esos volúmenes ingentes de éter no parecían pesar mucho. Y es posible ver la superficie de la Luna sin distorsiones como ocurre cuando vemos algo a través de humo, de ahí que el éter tuviera que ser un medio extraordinariamente homogéneo, sin variaciones de densidad apreciables en distancias enormes.

       Todo esto sonaba muy raro, cierto, pero el caso es que la luz era una onda, así que tenía que existir algo que al "ondular" generase la luz, eso estaba claro. Había que seguir estudiando el éter, a pesar de que nadie lo había visto.

Michelson        Albert Abraham Michelson nació en 1852 en Strelno, que entonces pertenecía a Alemania y hoy está en Polonia. Sus padres emigraron a los Estados Unidos siendo él un niño. Estudió física y óptica y se hizo famoso en 1879 al medir la velocidad de la luz en el vacío y establecer que era 299.520 kilómetros por segundo con un error máximo de 50 Km/s.

        Cincuenta kilómetros por segundo puede parecer mucho, pero la Tierra gira alrededor del Sol a 30 kilómetros por segundo, así que a Michelson se le ocurrió preguntarse si sería posible medir la velocidad del éter con respecto a la Tierra. El efecto era el mismo que el que se produce cuando el viento "arrastra" sonidos; en realidad, los sonidos están en los cambios de presión del aire, y si el aire se mueve, se lleva consigo las ondas de sonido. Por ejemplo, cuando cae un rayo durante una tormenta con vientos fuertes, el trueno nos llega un poco antes si el viento sopla en la dirección del rayo hacia nosotros que si lo hace en la dirección contraria.

        Así pues, parecía lógico pensar que la velocidad de la luz tendría que ser un poco más grande cuando la Tierra se moviese en dirección contraria al éter que cuando se moviese en la misma dirección. Dado que al cabo de seis meses la Tierra se mueve en dirección contraria alrededor del Sol, que ese cambio de velocidad representa 60 kilómetros por segundo (30+30), y que Michelson había conseguido medir la velocidad de la luz con un error de 50 kilómetros por segundo, realizar la medición parecía fácil.

        Michelson hizo su primer experimento en 1881 y ... bueno ... le salió que la velocidad del éter era 0.

        Parecía obvio que algo había salido mal, cosa que no era tan sorprendente al ver los márgenes de error.

        Entonces a Michelson se le ocurrió una idea para medir la velocidad de la Tierra con respecto al éter sin tener que medir la velocidad de la luz.

        Para explicar su experimento propuso la siguiente analogía. Imaginemos que queremos medir la velocidad de un río pero no podemos ver el agua. Podríamos buscar a dos personas que nadasen a exactamente la misma velocidad. Una de ellas cruzaría el río nadando hasta la otra orilla para luego volver. La otra nadaría exactamente la misma distancia, pero río abajo y luego río arriba en vez de cruzando el río. Si el agua del río no se moviese, está claro que los dos nadadores tardarían el mismo tiempo en completar su trayecto. Pero si se mueve, el atleta que ha nadado río abajo y arriba tardará un poquito más que el otro; a partir de esta diferencia de tiempo es posible deducir la velocidad del río.

        Así que Michelson construyó un interferómetro, un aparato en el que un rayo de luz se dividía, recorría la misma distancia pero en direcciones diferentes, y luego se volvía a unir. Lo interesante es que al unirse los rayos que habían seguido caminos diferentes formaban una interferencia, es decir, un patrón de luz con anillos claros y oscuros. La razón de hacer las cosas así era que Michelson no podía medir directamente la velocidad de la luz con la precisión necesaria, pero a partir de la interferencia podía deducir cuál había sido la diferencia de tiempo que tardaba la luz en recorrer los dos caminos, y de ahí podía deducir la velocidad del éter con mucha mayor precisión.

        Para entenderlo, quizás lo más simple sea jugar con una applet que reproduce el experimento en http://galileoandeinstein.physics.virginia.edu/more_stuff/flashlets/mmexpt6.htm.

        En 1887, Michelson y Morley hicieron su famoso experimento. Esta vez su instrumental era tan preciso que podrían medir velocidades del éter tan pequeñas como 8 kilómetros por segundo, bastante menor que la velocidad de la Tierra alrededor del Sol. Esta vez el experimento tenía que salir bien y tenían que ser capaces de decidir en qué dirección se movía el éter con respecto a la Tierra.

        Bueno, pues no. Les volvió a salir que la velocidad del éter era 0 (dentro de los errores experimentales). A pesar de todo, el resultado negativo era muy importante, y en 1907 se le concedió el Nobel de física a Michelson.

Albert Abraham Michelson

        ¿Qué estaba pasando? Quizás el experimento estaba mal diseñado. Quizás los instrumentos no funcionaban correctamente. Se empezaron a proponer todo tipo de explicaciones, y otros científicos intentaron repetir el experimento para confirmar los resultados.

        Hamar puso uno de los brazos de su interferómetro entre enormes bloques de plomo para obligar al éter a estarse quieto, mientras Miller los dejaba al aire libre para conseguir precisamente todo lo contrario. Kennedy y Illingsworth construyeron un interferómetro de media longitud de onda para eliminar la posibilidad de que la interferencia estuviese formada en realidad por ondas estacionarias. Sagnac repitió el experimento con un interferómetro que rotaba a gran velocidad; este aparato fue un precursor de los giróscopos láser. Mientras Michelson construía un interferómetro de invar (una aleación que no se dilata) para eliminar efectos térmicos, Miller fue el primero en usar dispositivos no magnéticos para eliminar la posibilidad de magnetostricción; uno de sus interferómetros instalados en el observatorio del Monte Wilson tenía brazos de 30 metros de longitud.

Morley        Todo este trabajo fue mejorando la precisión de los experimentos. En 1902, Morley y Morley consiguieron duplicar la precisión del montaje de Michelson y Morley. Miller la cuadruplicó en 1921, la octuplicó en 1923, y en 1924 podía hacer mediciones 30 veces más precisas. En 1974 Townes usó láseres para demostrar que velocidad del éter debía ser menor que 0,025 metros por segundo, en 1979 Brillet-Hall lo dejó en 0,000001 metros por segundo, y en 1990 Hils y Hall la bajaron a 0,0000000000002 metros por segundo.

        Pero ninguno de estos experimentos fue capaz de medir la velocidad del éter. Bueno, casi ninguno; el experimento de Michelson y Morley se repitió tantas veces independientemente por tantas personas, que uno de los aparatos sí que encontró un debilísimo efecto que fue descartado años más tarde al repetirse las observaciones con más cuidado.

aparato Michelson-Morley

El problema

        A medida que pasaba el tiempo y se mejoraban los resultados, se fue haciendo obvio, poco a poco, que el éter no existía. Esto, en realidad, no era muy grave; tampoco había existido el flogisto, ni los rayos N, ni la piedra filosofal, ni tantas otras cosas.

        Lo malo era que se estaba viendo que la velocidad de la luz en el vacío era una constante que no dependía de absolutamente nada. (Aquí hay que decir que algunas teorías cosmológicas predicen que la velocidad de la luz debería disminuir lentísimamente, y de hecho hay experimentos en marcha para ver si efectivamente el duodécimo decimal cambia a lo largo de este año).

        La cosa era ya lo suficientemente inquietante en 1900 como para que Lord Kelvin la considerase una de sus "pequeñas nubes oscuras en el horizonte de la física". Pero, ¿por qué era tan preocupante que la velocidad de la luz no dependiese de nada?

        Porque demostraba que el espacio y el tiempo no eran como todos pensaban que eran.

        Imaginemos que colocamos una linterna encendida en el suelo frente a nosotros. Está claro que si la luz de la linterna nos llega con una cierta velocidad cuando estamos quietos, entonces nos llegará un poquito más rápido si caminamos hacia la linterna, ¿no?

        Bueno, pues no. Nos llega con exactamente la misma velocidad.

        Precisamente lo que estaban consiguiendo todos los experimentos de Michelson y Morley era demostrar que la velocidad de la luz en el vacío no dependía absolutamente de nada: ni de la velocidad del éter, ni de la velocidad del objeto que emitiera la luz, ni del objeto que la recibiera, ni de por dónde hubiera pasado la luz, ni de la "fuerza" con que fuera emitida. No depende de absolutamente nada. (En realidad, hacía mucho que se sabía que la velocidad de la luz depende del medio en el que esté viajando; por ejemplo, la velocidad de la luz en el agua es aproximadamente el 75% de la velocidad de la luz en el aire, y por esto vemos doblada una cuchara en un vaso medio lleno; esta es la razón por la que siempre estamos hablando de la velocidad de la luz en el vacío, que es la constante, en vez de simplemente la velocidad de la luz).

        Volvamos al ejemplo del sonido. La velocidad a que nos llega el sonido depende de nuestra velocidad y de la velocidad del aire, pero no depende de la velocidad del objeto que produce el ruido; el sonido producido por un avión se mueve igual de rápido que cualquier otro, y de hecho los aviones supersónicos se mueven más rápido que su ruido. La velocidad del sonido también depende un poquito de su frecuencia (tono) y de su amplitud (volumen). Un ejemplo de esto son las ondas de choque producidas en una explosión, que a pesar de ser "ruido", se mueven más rápido que el sonido mientras su volumen sea grande.

        Pensemos en dos jugadores de fútbol que se pasan una pelota; la velocidad con que la pelota llega al receptor depende de las velocidades de los jugadores y de la fuerza con que se chutase, aunque (al menos en una primera aproximación) no depende de la velocidad del aire.

        Pero la luz no es así. Cuando empezó a verse que la velocidad de la luz en el vacío no dependía de nada, los físicos empezaron a sentir una cierta inquietud, porque era obvio que había una trampa escondida en el concepto tan familiar de velocidad... pero claro, al principio a nadie se le ocurrió pensar que habría que revisar los conceptos todavía más básicos de espacio y tiempo.

        Empezaron a proponerse todo tipo de explicaciones para aclarar qué pasaba con la velocidad de la luz en el vacío. Una especialmente interesante fue la de Poincaré, quien sugirió que quizás los objetos se contraían en la dirección en que se movían. Como esto sonaba demasiado absurdo, se propuso que quizás cuando un objeto se movía muy rápido, el éter ejercía sobre él una especie de presión que lo aplastaba en la dirección en que se movía. Esta explicación recuerda a la relatividad, pero es diferente; por ejemplo, en el modelo de Poincaré el tiempo no dependía de la velocidad.

        También se propusieron explicaciones en las que lo que cambiaba con la velocidad no eran las distancias, sino el tiempo; pero costaba demasiado liberarse de las ataduras de la mecánica clásica, e incluso estas explicaciones asumían que existía algo parecido a un tiempo absoluto.

        Einstein fue el primero en darse cuenta de que las dos cosas, espacio y tiempo, tenían que ser relativas, es decir, que dependerían del sistema de referencia de quien las observase (para no entrar en detalles, diremos que el sistema de referencia de un observador es su velocidad y su aceleración).

        También fue Einstein uno de los primeros en hablar de contracción del espacio en vez de contracción de los objetos. La observación era importante; muchas de las explicaciones propuestas anteriormente estaban enfocadas a aclarar si los brazos de los interferómetros de los experimentos de Michelson y Morley se contraían, en vez de contraerse el espacio que los contenía, algo que parecía bastante más raro.

Lorentz        En contra de lo que pudiera pensarse, las ecuaciones a las que llegó Einstein no eran nuevas. De hecho, Lorenz llegó a obtener prácticamente las mismas fórmulas que las de la relatividad antes de 1870, unos 35 años antes que Einstein, a partir de las ecuaciones de Maxwell (de 1860). Veamos esto con un poco de cuidado.

        Las leyes de la mecánica clásica son invariantes al cambiar de sistema de referencia. Esto quiere decir que si analizamos, por ejemplo, la caída de un objeto, llegaremos a las mismas conclusiones cualquiera que sea el sitio desde el que estudiamos el fenómeno, y cualquiera que sea la velocidad a la que nos movamos, e incluso cualquiera que sea la aceleración a la que estemos sometidos. Simplemente porque nosotros miremos el mundo cabeza abajo no va a cambiar el tiempo necesario para que ese objeto llegue al suelo, por ejemplo, es de sentido común.

        Sin embargo, esto no ocurre con las ecuaciones de Maxwell, que son las que describen el comportamiento de los campos eléctricos y magnéticos, y también la luz. Lo que hizo Lorenz fue descubrir cómo transformar las ecuaciones de Maxwell de un sistema de referencia a otro, y así encontró las ecuaciones que más tarde, entre comillas, "serían de la relatividad".

        Esto era una cosa que siempre le había llamado la atención a Einstein; ¿por qué las ecuaciones de la mecánica eran diferentes a las de la luz? Obviamente, el comportamiento de la luz no iba a cambiar simplemente porque un observador se estuviera moviendo casi a la velocidad de la luz; existe una única realidad, así que todo el mundo tiene que observar lo mismo. (Incidentalmente, la relatividad no dice que el tiempo dependa del observador; eso sería decir que el tiempo es subjetivo; lo que dice es que el tiempo depende del sistema de referencia del observador, es decir, de su velocidad y aceleración. Todos los pasajeros de una nave espacial observarían lo mismo).

        Así pues, aunque las ecuaciones de Lorenz fuesen las mismas que las de Einstein, lo que había cambiado radicalmente era la interpretación. Los espacios y tiempos de Lorenz habían sido entendidos como tiempos equivalentes, o retrasos, o posiciones aparentes ... cualquier cosa menos tiempo y espacio real observado desde otro sistema de referencia.

Einstein         Con la interpretación de Einstein, las ecuaciones de Maxwell también eran invariantes, igual que las ecuaciones de la mecánica. Oh, sí, es cierto que las ecuaciones parecen cambiar cuando se cambia de sistema de referencia, pero esas diferencias desaparecen al usar en cada sistema de referencia su tiempo y su espacio.

        Lo curioso es que si nos podemos de acuerdo en que la forma correcta de definir invariancia es la de Lorenz o Einstein, entonces resultará que las ecuaciones de la mecánica clásica no son invariantes. Por ejemplo, las velocidades no se suman sin más como pensaba Newton. Si yo viajo en un tren a la mitad de la velocidad de la luz, y echo a rodar una pelota hacia delante a la mitad de la velocidad de la luz, la pelota no se moverá a la velocidad de la luz con respecto al suelo. Esto se comprobó experimentalmente por primera vez en aceleradores de partículas, midiendo la velocidad de las partículas resultantes de la desintegración de piones que se movían a velocidades próximas a la de la luz.

        Así que después de haber resuelto el problema de por qué las ecuaciones de la luz estaban bien, Einstein tuvo que resolver el problema de por qué las ecuaciones de la mecánica clásica estaban mal. Fue durante esta tarea que se encontró con su famosa ecuación E=mc² (que también había sido descubierta antes de Einstein, pero en contextos completamente diferentes). Nadie había notado antes la diferencia porque sólo es importante cuando hay objetos moviéndose a velocidades relativisitas, es decir, cerca de la velocidad de la luz. En la vida cotidiana, la diferencia entre usar la mecánica clásica o la relativista afecta al octavo decimal o así.

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Texto original de Einstein con su formula

        Una anécdota poco conocida es que Einstein quería llamar a su teoría "teoría de los invariantes", porque el principio en el que se basa la relatividad es que las leyes de la física, y sus ecuaciones, han de ser las mismas para todo el mundo. Pero Poincaré se le adelantó adelantó y en una rueda de prensa usó "relatividad", una palabra que resultó tener mucho más gancho que "invariante", aunque significaba más bien lo contrario, y el público se quedó con relatividad. El problema de marketing de elegir nombres exóticos para las teorías científicas se ha ido haciendo cada vez más importante a lo largo del siglo XX; a ver quién hubiera oído hablar de la "teoría de catástrofes", o de la "teoría del caos", o de los "fractales", si se hubieran llamado "teoría de la clasificación topológica de singularidades", "teoría de la impredecibilidad", o "conjuntos autosemejantes".

La aceptación de una nueva teoría

        La explicación de Einstein era demasiado revolucionaria, así que cuando presentó su teoría de la relatividad especial en 1905 no se le hizo mucho caso. De hecho, Einstein no recibió el premio Nobel por la relatividad, sino por su explicación del efecto fotoeléctrico, publicada también en 1905.

        Parafraseando a Newton, Einstein escribió en una ocasión que su trabajo se había apoyado en los hombros de dos gigantes: Poincaré y Mach. Para entender el rechazo que recibió al principio la teoría de la relatividad, basta conocer la reacción de estos dos hombres.

        De Poincaré ya hemos hablado antes; este matemático francés fue el primero en proponer la contracción de los objetos en la dirección en que se mueven. A finales del siglo XIX era miembro del buró francés de mediciones y se encargó de coordinar los trabajos sobre un problema que estaba muy de moda en aquel tiempo, el de sincronizar relojes situados en ciudades diferentes, llegando a algunas conclusiones bastante parecidas a las de la relatividad; por ejemplo, afirmó que era imposible transmitir ninguna información a velocidad superior a la luz. Curiosamente, cuando Einstein trabajaba en la oficina de patentes de Berna, tuvo que analizar varios inventos en este área. Uno podría haber esperado que estos dos genios se hubieran entendido bien ... pero Poincaré sólo habló una vez de la relatividad, y fue para hacer un comentario despectivo (aunque hay que decir que murió en 1912, antes de que se hubiera realizado ninguna confirmación de la relatividad).

        Ernst Mach, el otro gigante en cuyo hombro se apoyó Einstein, un físico austríaco, fue el primero en decir que los resultados negativos del experimento de Michelson y Morley demostraban que el éter no existía. Einstein encontró inspiración en muchas de sus obras, en especial en lo referente a gravedad e inercia, y consiguió con cierto trabajo entrevistarse con él en 1913. Einstein salió contento del encuentro, pensando que había sido productivo; sin embargo, Mach decidió tras esa reunión que iba a demostrar que la relatividad era una teoría equivocada. No pudo conseguirlo; murió en 1916, proporcionando otro ejemplo de que las nuevas teorías científicas no se aceptan, sino que los defensores de las viejas teorías se van muriendo.

        Todo sea dicho, cuando Einstein se fue haciendo mayor, también se convirtió en un miembro de la vieja guardia, y también empezó a menospreciar las teorías de los científicos más jóvenes. En particular, le tenía manía a todo lo que sonase a probabilidad y azar, y es conocida su frase "Dios no juega a los dados" que usaba para criticar las bases de los nuevos desarrollos en física cuántica.

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Teoria de la Relatividad 1916

        Lejos de desanimarse por la falta de aceptación de sus teorías, Einstein siguió investigando, y en 1916 publicó su teoría general de la relatividad, que extendía los resultados de la teoría especial (la que publicó en 1905) a sistemas de referencia con aceleración.

        La primera confirmación de su teoría fue la explicación de la precesión de la órbita de Mercurio, pero este tema fue muy discutido en su tiempo, porque en realidad había varias causas involucradas de las que se sabía poco; de hecho, el planeta Vulcano, que supuestamente orbitaba el Sol muy cerca de Mercurio, resultó no existir ...

        Luego, en 1919, se comprobó durante un eclipse de Sol que su gravedad desviaba la luz de las estrellas detrás suyo, pero tampoco fue una prueba decisiva, porque las mediciones que se hicieron tuvieron un error bastante grande.

        A partir de entonces se sucedieron los éxitos. Hoy en día hay millones de personas que comprueban todos los días la precisión de la teoría de la relatividad cada vez que usan el GPS: si la órbita de los satélites artificiales se calculase sin correcciones relativistas, se acumularía un error de 2 kilómetros por día, y el sistema sería completamente incapaz de decirnos dónde estamos. Este mismo año, 2005, ha visto la publicación de los resultados de un experimento realizado en un satélite artificial que confirman que la gravedad de la Tierra distorsiona el espacio-tiempo en órbita en la forma predicha por la relatividad.

        Sin embargo, la relatividad no es "la verdad última". A diferencia de Lord Kelvin, nosotros no podemos decir que la física esté acabada en lo esencial, entre otras cosas porque sabemos que la relatividad y la física cuántica no encajan muy bien la una con la otra, muy especialmente en lo referente a la gravedad. Es decir, la relatividad describe el comportamiento de objetos grandes a velocidades grandes, y la cuántica describe el comportamiento de objetos pequeños a velocidades pequeñas; ¿pero cómo se comportan los objetos pequeños a velocidades grandes? No lo sabemos. De la misma forma que la mecánica clásica es el límite de la mecánica relativista para velocidades pequeñas, o el de la mecánica cuántica para objetos grandes, sabemos que la relatividad es el límite de "la teoría verdadera" para objetos grandes, y la cuántica es el límite de "la teoría verdadera" para velocidades pequeñas.

        Además, todavía quedan experimentos por hacer. Una de las predicciones de la teoría de la relatividad que todavía no se ha verificado es la existencia de ondas gravitacionales. De la misma forma que los objetos con carga eléctrica, como los electrones, producen ondas electromagnéticas al ser acelerados, los objetos con masa deberían producir ondas gravitacionales al ser acelerados; esto debería ocurrir con pares de estrellas muy pesadas orbitando muy cerca una alrededor de la otra, o en la fusión de dos agujeros negros.

         Quizás en el futuro podamos hacer astronomía usando no sólo telescopios sino también detectores de ondas gravitacionales. Pero de momento, con la tecnología de la que disponemos hoy, estamos justo al límite de detectar las ondas gravitacionales más grandes (si es que existen). Hay varios experimentos en marcha, y todos ellos tienen una cosa en común: producen una cantidad enorme de datos que, para ser analizados, requieren una gran cantidad de tiempo de cálculo en ordenadores.

         Esta es la razón por la que se ha creado el proyecto [email protected], muy parecido al popular [email protected]: cualquier persona puede instalarse gratis en su ordenador personal un programa que se conectará de vez en cuando a un servidor en internet para bajarse un lote de datos, procesarlos, y luego enviar los resultados. Todo esto se hace durante el tiempo en que el ordenador permanece encendido pero inactivo, y de hecho se puede usar como salvapantallas. El propietario del ordenador no tiene que hacer absolutamente nada. El objetivo de [email protected] es abaratar el coste de los experimentos orientados a detectar ondas gravitacionales; de esta forma, el presupuesto para estos experimentos se puede usar en construir detectores, en vez de comprar ordenadores.

         ¿Le gustaría a usted continuar el trabajo de Einstein? Pues está a un clic de hacerlo: http://www.nimbar.net/proyectos/eah/

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15 de mayo de 2005


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