El origen de la risa en la literatura occidental
Dos lecturas clásicas

Por Martín F. Yriart (*)
Madrid, España

Dioniso y un sátiro

Los textos clásicos suelen hablar mejor que sus comentaristas, de modo que este breve artículo es más una muestra del humor más antiguo de la literatura occidental que una interpretación o una teoría acerca del origen de la risa y su lugar en ella.

La simple lectura de los dos textos traídos a colación, sin embargo, revela con elocuencia qué enorme salto va de la épica jonia que atribuimos a Homero, a la comedia ateniense de Aristófanes. Y cuán atrevido y avanzado era el sentido de lo cómico en la Grecia clásica, comparado con el que prevalece en la narrativa y la escena actual.

De la Ilíada homérica, compuesta hacia el siglo IX a.C., a Las ranas, de Aristófanes, estrenada en el año 405 a.C., median aproximadamente cinco siglos. El paso del tiempo sin embargo no es ni remotamente tan importante como la transición de una literatura arcaica, de tradición oral, a otra, moderna, de la era de la escritura.

El primer relato cómico de la literatura occidental que conservamos se encuentra en el Canto II de la Ilíada. En este, Odiseo castiga al plebeyo Tersites por incitar a los griegos a abandonar el sitio de Troya, y lo somete a la máxima vejación de un guerrero: la risa de sus camaradas de armas.

En el comienzo de la Ilíada, los aqueos están reunidos en asamblea frente a las murallas de Troya. Debaten si deben persistir en su campaña o retirarse ante la adversidad. Tersites reclama el retorno de la flota a la patria. Palas Atenea interviene para restablecer el valor entre los desalentados guerreros. Odiseo, incitado por la diosa, hace callar al cobarde, propinándole un golpe que lo arroja de espaldas al suelo, y lo pone en ridículo ante todo el ejército.

Pasará un siglo en la tradición literaria clásica antes de que ocurra una escena comparable, cuando en el Canto XVIII de la Odisea el propio Odiseo retorna a su hogar en Ítaca, y es su turno de ser humillado por el mendigo Iro, un sujeto tan abominable como el propio Tersites, y que recibe análoga retribución.

Vale la pena reproducir en su totalidad el episodio de la Ilíada, porque son apenas cien hexámetros (vv. 166-267) sepultados en los varios miles que componen el poema homérico, y suelen pasar inadvertidos a pesar de su enorme riqueza:

Atenea

Atenea, la diosa de ojos de lechuza [...] bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, llegó presto a las veloces naves aqueas y halló a Odiseo, igual a Zeus en prudencia, que permanecía inmóvil y sin tocar la negra nave de muchos bancos, porque el pesar le llegaba al corazón y al alma. Y poniéndose a su lado, díjole Atenea, la de ojos de lechuza:

-¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! ¿Así, pues, huiréis de vuestras tiendas a la patria tierra, embarcados en las naves de muchos bancos, y dejaréis como trofeo a Príamo y a los troyanos a la argiva Helena, por la cual tantos aqueos [sc. "griegos" ] perecieron en Troya, lejos de su patria? Ve enseguida al ejército de los aqueos y no cejes: detén con suaves palabras a cada guerrero y no permitas que echen al mar los corvos bajeles.

Así dijo. Odiseo conoció la voz de la diosa en cuanto le habló; tiró el manto, que recogió Euríbates, el heraldo de Ítaca, quien le acompañaba; corrió hacia Agamenón, el Atrida, para que le diera el imperecedero cetro paterno [atributo del mando supremo del ejército]; y con éste en la mano enderezó a las naves de los aqueos, de broncíneas corazas.

Cuando encontraba a un rey o a un capitán eximio, parábase y lo detenía con suaves palabras.

-¡Ilustre! No es digno de ti temblar como un cobarde. Deténte y haz que los demás se detengan también. Aún no conoces la intención del Atrida: ahora nos prueba y pronto castigará a los aqueos. En el Consejo no todos comprendimos lo que dijo. No sea que, irritándose, maltrate a los aqueos; la cólera de los reyes, alumnos de Zeus, es terrible, porque su dignidad proviene del próvido Zeus y éste los ama.

Cuando encontraba a un hombre del pueblo gritando, dábale con el cetro y le increpaba de esta manera:

-¡Desdichado! Estáte quieto y escucha a los que te aventajan en bravura; tú, débil e inepto para la guerra, no eres estimado ni en el combate ni en el Consejo. Aquí no todos los aqueos podemos ser reyes; no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea príncipe, uno solo rey; aquel a quien el hijo del artero Cronos ha dado cetro y leyes para que reine sobre nosotros.

Así Odiseo, actuando [con el cetro] como supremo jefe, imponía su voluntad al ejército; y ellos se apresuraban a volver de las tiendas y naves a la Asamblea, con gran vocerío, como cuando el oleaje del estruendoso mar brama en la playa anchurosa y el ponto resuena.

Todos ellos se sentaron y permanecieron quietos en su sitio, a excepción de Tersites, quien alborotaba sin poner freno a su lengua. Éste sabía muchas palabras groseras para disputar temerariamente, no de un modo decoroso como los reyes; y lo que a él le pareciera, hacerlo ridículo para los argivos. Era el hombre más feo que llegó a Troya, pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera. Aborrecíanle por igual Aquiles y Odiseo, a quienes zahería; y entonces, dando estridentes voces, decía oprobios al divino Agamenón. Y por más que los aqueos se indignaban e irritaban mucho contra él, seguía increpándolo a voz en grito:

-¡Atrida! ¿De qué te quejas o de qué careces? Tus tiendas están repletas de bronce y en ellas tienes a muchas y escogidas mujeres que los aqueos te ofrecemos antes que a nadie cuando tomamos alguna ciudad. ¡Necesitas acaso el oro que alguno de los teucros [sc. "troyanos" ], domadores de caballos, te traiga de Ilión para redimir al hijo que yo u otro aqueo haya hecho prisionero? ¿O por ventura una joven con quien te junte el amor y que tú solo poseas? No es justo que, siendo el caudillo, ocasiones tantos males a lo aqueos. ¡Oh, cobardes, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos en las naves a la patria y dejémosle aquí en Troya, para que devore el botín y sepa si le sirve o no su ayuda; ya que ha ofendido a Aquiles, varón muy superior, arrebatándole la recompensa [la cautiva Briseida] que todavía tiene. Poca cólera siente Aquiles en su pecho y es grande su indiferencia; si no fuera así, éste sería tu último ultraje, Atrida.

Tales palabras dijo Tersites, zahiriendo a Agamenón, pastor de hombres. Enseguida el divino Odiseo se detuvo a su lado, y mirándolo con torva faz, le increpó duramente:

-¡Tersites descomedido! Aunque seas orador elocuente, calla y no quieras tú solo disputar con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre cuantos hemos venido a Ilión con los Atridas. Por tanto, no tomes en boca a los reyes, ni los injuries, ni pienses en el regreso. No sabemos aún con certeza cómo acabará esto, y si el retorno de los aqueos será feliz o desgraciado. Mas tú denuestas a Agamenón, el Atrida, porque los héroes dánaos [sc. "griegos" ] le dan muchos tesoros; por esto le zahieres. Lo que voy a decir se cumplirá: Si vuelvo a encontrarte disparatando como ahora, no conserve Odiseo la cabeza sobre sus hombros, ni sea llamado padre de Telémaco, si no te hecho mano, te despojo del vestido (el manto y la túnica que cubren tus partes verendas) y te envío lloroso de la Asamblea a las veleras naves, después de castigarte con afrentosos azotes.

Así pues dijo y, con el cetro diole un golpe en la espalda y los hombros. Tersites se encorvó, mientras una gruesa lágrima caída de sus ojos y un cruento cardenal aparecía en su espalda, debajo del áureo cetro. Sentóse, turbado y dolorido; miró a todos con aire de simple, y se enjugó las lágrimas. Ellos, aunque afligidos, rieron con gusto y no faltó quien dijera a su vecino:

-¡Oh, dioses! Muchas cosas ha hecho Odiseo, ya dando consejos saludables, ya preparando la guerra; pero esto es lo mejor que ha hecho entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán, cuyo ánimo osado no lo impulsará en lo sucesivo a zaherir con injuriosas palabras a los reyes.

El comentario anónimo con el que concluye el episodio de Troya subraya, con clara intención artística, el valor ejemplar de la risa como castigo, en medio del drama de la guerra. Al mismo tiempo, revela el orden jerárquico de la sociedad en la Grecia heroica, mas allá de la disciplina militar.

El siglo que media entre el texto de la Ilíada y el de la Odisea representa mucho más que un salto de cien años en el paradigma de la poesía épica griega. Sólo un plebeyo podía ser objeto de risa en el poema de Troya. En el de Ítaca ya es plausible que un príncipe de los aqueos sea objeto de burla, aunque en ese episodio esté disfrazado de mendigo.

Pero aún en la Odisea burlarse del guerrero es un crimen que se paga con la vida, como lo comprueban en carne propia los pretendientes de Penélope, para quienes no vale la atenuante de ignorancia. Los plebeyos, más afortunados, expían el delito con apenas una paliza.

representación de Las Ranas

En el festival religioso ateniense de las Leneas de 405 a.C., Aristófanes presentó Las Ranas, la comedia suya donde parodia el viaje de Odiseo al reino de Hades, y se burla nada menos que del dios Dionisos, patrono del teatro.

El contraste entre el episodio homérico de Tersites, mediado por un narrador, y los sucesos que ocurren en escena, en presencia del público, Las ranas, representa otro salto abismal, porque el objeto de la risa no es ya un mortal, sino un dios, Dionisos, objeto de un culto de profunda raíz popular y mística.

En el inicio de Las ranas, Dionisos, descontento con el estado del teatro griego en la Atenas del siglo IV a.C. y alarmado por la inminente ruina de la ciudad a manos del sitiador ejército de Esparta, desciende al mundo de los muertos, a encontrarse con dos autores eminentes, Esquilo y Eurípides.

Para ello sigue los pasos que el mismo Odiseo ha dado en el Canto XI de la Odisea. Pero lo que en el poema homérico está infundido de misterio y reverencia, en la comedia de Aristófanes es una farsa desatada en la que nadie, ni hombre ni dios, queda por encima de la risa.

Para descender al país de los muertos, Dionisos requiere la guía de su hermanastro Heracles. El héroe de la maza y la piel de león sobre los hombros, presunto arquetipo del valor, despide prudentemente a Dionisos, dejándolo que siga solo su viaje. Dionisos y su esclavo Jantias llegan a las orillas de la laguna Estigia, que separa a los vivos del mundo de los muertos.

Caronte embarca a Dionisos y lo cruza al otro lado de la laguna, adonde arriban tras un torneo lírico con las ranas de la Estigia, que dan nombre a la comedia. Allí espera el esclavo Jantias quien ha llegado dando un rodeo, para evitar navegar por la laguna.

Sigue el encuentro de Dionisos con la Empusa, monstruo que en la imaginación popular griega habita en las orillas del reino de Hades (vv. 270-310):


CARONTE [Dirigiéndose a Dionisos] - Desembarca. Págame el pasaje.
DIONISOS [Haciéndose el sordo] - ¿Y Jantias? ¿Dónde está Jantias? ¡Eh, Jantias!
JANTIAS [Mostrando las manos vacías] - ¡Ayayay! [Caronte se aleja resignado]
DIONISOS - Ven aquí.
JANTIAS - Hola, amo. [Se alejan de la costa]
DIONISOS - ¿Qué se ve por aquella parte?
JANTIAS - Oscuridad y fango.
DIONISOS - ¿Has visto por allí a los parricidas y los perjuros que nos decía Heracles?
JANTIAS - ¿Tú no?
DIONISOS [Señalando al público del teatro] - Sí, ¡por Poseidón! Ahora mismo los estoy viendo. Pero, dime, ¿qué vamos a hacer ahora?
JANTIAS - Lo mejor es que sigamos adelante, porque este lugar es el de las terribles bestias de que hablaba Heracles. DIONISOS - Pues que se embrome. Exageraba, por celos, para que yo me asustara, sabiendo que soy un guerrero. No hay nadie tan bravucón como Heracles. Pero yo bien querría encontrarme solo con una de esas bestias y ganar un trofeo digno de esta empresa.
JANTIAS - ¡Por Zeus! Siento un ruido.
DIONISOS - ¿Dónde? ¿Dónde?
JANTIAS - Ahí delante.
DIONISOS - Retrocedamos.
JANTIAS - Pero si está detrás.
DIONISOS - Avancemos.
JANTIAS - ¡Por Zeus! Veo una gran bestia.
DIONISOS - ¿De qué aspecto?
JANTIAS - ¡Terrorífico! Toma toda clase de formas: ya es una vaca, ya un mulo, ya una mujer bonita.
DIONISOS - ¿Bonita? ¿Dónde está? Voy hacia ella...
JANTIAS - Ya no es una mujer. Ahora es un perro.
DIONISOS - Entonces es la Empusa, el demonio de Eleusis.
JANTIAS - Así parece. Todo su rostro es de fuego brillante.
DIONISOS - ¿A dónde puedo escapar?
JANTIAS - ¿Y a dónde yo?
DIONISOS [Dirigiéndose al sacerdote de su propio culto, sentado en la primera fila del público] - Sacerdote, protégeme para que podamos seguir bebiendo juntos.
JANTIAS [A la Empusa] - Sigue tu camino. [A Dionisos, que se ha escondido] ¡Amo! ¡Amo!
DIONISOS - ¿Qué pasa ahora?
JANTIAS - ¡Valor! Todo ha salido bien. La Empusa se ha ido.
DIONISOS - ¡Júramelo!
JANTIAS - Por Zeus.
DIONISOS - Desgraciado de mí. Qué palidez me entró en la cara al verla de frente.
JANTIAS - Y ese manto tuyo, del miedo, se te ha puesto color marrón por detrás.
DIONISOS - ¡Ay de mí! ¿De dónde me han venido estos males? ¿A cuál de los dioses he de acusar por haberme puesto así a la miseria?

Dionisos

Embaucador, cobarde, borracho, mujeriego, fanfarrón, calumniador: todo esto se muestra Dionisos en apenas 40 versos. El espectáculo deplorable del dios se extiende por los otros 1490 de la comedia. Antropólogos, psicólogos y filólogos clásicos se han esforzado en explicar la cobardía y debilidades de Dionisos recurriendo a las religiones primitivas y sus rituales de aplacamiento (apotropé).

Dionisos, en la religión griega, es originalmente un dios del mundo subterráneo, "el Zeus de los infiernos". En el culto, la risa sería elemento principal de la katarsis, destinada a liberar al creyente de sus miedos interiores y trascendentes.

Pero más allá de todas las explicaciones, Aristófanes muestra en escena a un dios del panteón griego, objeto de un devoto culto popular, que literalmente se hace encima de miedo, ante una aparición fantasmagórica, la cual se aleja ni bien un simple esclavo se lo ordena. El mismo esclavo con quien el dios no tiene pudor en cambiar indumentaria y roles cada vez que cree que le convendrá para escapar de un peligro.

De la literatura clásica griega, son apenas un puñado las obras que nos han llegado completas. De Homero (y sus precursores) a Aristófanes, los griegos escribieron suficientes obras literarias como para llenar la mitad de la famosa biblioteca de Alejandría. Si hoy pudiéramos leerlas, estos dos breves textos reproducidos aquí seguramente cobrarían otra perspectiva, pero difícilmente cambiaría su significado profundo.

Tal como estamos, el episodio de Tersites en la Ilíada, el primer poema homérico, y el descenso al Hades de Dionisos, en Las ranas, la última comedia de Aristófanes, son dos hitos en los orígenes de la tradición literaria occidental que nos permiten poner en perspectiva a Rabelais, Cervantes, Jonathan Swift y la larga lista de autores extraordinarios, incluidos Bertolt Brecht, Max Frisch o Dario Fo, que se han valido de la risa como herramienta para hablar de los asuntos más serios de la Humanidad.

Homero-Iliada

Obras citadas

El texto de la Ilíada corresponde a la ya clásica traducción de LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA (Madrid: Espasa-Calpe: 1954); el de Las ranas, a la nueva de FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS (Madrid: Cátedra: 1999). En ambos casos hemos hecho someros ajustes al texto para facilitar su relación con el comentario.

Para saber más

Un estudio muy completo de la épica y de la comedia griega se encuentra en los capítulos correspondientes de ALBIN LESKY (2009) Historia de la literatura griega (Madrid: Gredos), con amplia bibliografía. CARL KERÉNYI (vv.ee.) The gods of the Greeks, ofrece un panorama muy pormenorizado de los mitos griegos acerca de dioses y héroes, con un valioso índice de fuentes. ERNST KRIS (vv.ee.) en La risa, ofrece una plausible explicación de la función de la risa desde la perspectiva de la psicología profunda. Y finalmente ERICH AUERBACH (1993) Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (México: Fondo de Cultura Económica) hace un amplio repaso de las estéticas literarias, de Homero al siglo XX, fundamentando a la vez la riqueza del método expositivo que hemos empleado en este artículo.

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* Martín F. Yriart (Buenos Aires, 1942) es periodista y se dedica actualmente al desarrollo de medios digitales de comunicación y a las técnicas del periodismo de esa modalidad: HTGS/Ciudades (www.heterogenesis.se/ciudades.asp). Colabora en Donde dice... (www.fundeu.es), la revista de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), patrocinada por la Agencia Efe y el Banco BBVA, dedicada al español como lengua de comunicación internacional, y en Heterogénesis (www.heterogenesis.com), el journal internacional de estética, comunicación y artes contemporáneas. Imparte cursos de Periodismo Literario (Literary Journalism) en distintas instituciones.

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20 de abril de 2010

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