Libaní y Colombés, el Derecho a la Autonominación

Por Alexander Prieto Osorno (*)
Madrid, España

Libanita, Libaní, Libanoamericano, Libés, Libantino. ¿Cuál gentilicio prefiere? La autonominación es un derecho universal de las personas y los pueblos que nos permite nombrarnos como queramos, como nos dé la gana o como nos sintamos más felices.

Ahora la autonominación es un derecho, pero a lo largo de los siglos nominar fue y ha sido una facultad exclusiva de quienes han detentado el poder, desde los imperios de la antigüedad hasta los colonialistas de nuestros días. Un signo de dominación de las religiones, los monarcas, los invasores y los gobernantes. "Yo te nombro, tú obedeces". Esta licencia de nombrar un objeto o una persona para hacerla propia representa la soberbia máxima del poderoso y ha sido fuente de numerosas iniquidades en la historia. Y es que en el fondo de todo esto subyace el sentido de propiedad. La condesa Erzsébet Báthory (1) , en el siglo XVII, asesinó de más de 700 niñas vírgenes y luego se justificó con esta frase de señora feudal: "eran mis tierras, eran mis gentes".

Dalits

Por obra de la nominación, durante milenios la humanidad ha padecido el arbitrario sistema de castas, establecido por algunas minorías que han ejercido el Poder como si éste fuera una espada que se entierra hacia abajo. Nombres para la dominación y nombres para la exclusión. Los religiosos llaman a todo el resto de la humanidad: "laicos" y los militares se refieren a los demás como "civiles", como si ellos fuesen el centro del mundo y todos nosotros no fuéramos más que una masa de ignorantes; una masa útil o inútil según sus necesidades o deseos. Lo peor es que hoy, en el siglo XXI y en la era de la defensa de los derechos humanos que nos hacen iguales, los "Dalits" en India (2) siguen siendo tratados peor que los animales. Son más de 160 millones de personas que desde que nacen reciben el desprecio y la humillación por parte del resto de la sociedad, en "cumplimiento" del Código de Manu, que fue instaurado hace más de 3.500 años y que desde hace mucho debió de ser suprimido. A los "Dalits" (o "intocables") les está prohibido el menor contacto con las castas "superiores" y si tienen que dirigirse a un campesino o a un comerciante no pueden mirarlo a la cara, tienen que estar de rodillas ante su interlocutor y deben cargar una pequeña escoba para limpiar sus huellas porque su presencia "mancilla" todos los lugares que pisan y las cosas que tocan.

En América, cientos de pueblos aborígenes perdieron sus derechos de autogobierno y autonominación, y sus lenguas fueron exterminadas bajo la ocupación extranjera, entre 1492 y las primeras décadas del siglo XIX. Así, un idioma que era mestizo y una religión de origen judío fueron impuestas en gran parte del continente como signos "puros" del imperio español. Hoy la "pureza de sangre", y la "pureza" del idioma y la religión, por las que tanto lucharon los reyes de España durante los siglos XVI y XVII causan poco menos que risa. Porque es imposible que el pueblo español pudiera tener sangre, religión y lengua "puras", ya que la península había sido ocupada y dominada durante siglos por otras civilizaciones con otras religiones e idiomas, como el imperio romano y el imperio árabe (3) . Fue por la vía del imperio romano que llegó el latín a España y luego el catolicismo, de la mano del emperador Constantino. Y en los ocho siglos de dominio musulmán, en España se adoró a Alá y se habló en árabe.

Por razones históricas y antropológicas, la "castidad" de las lenguas no existe, pues todas ellas se nutren de sus predecesoras y de vocablos traídos de todas partes o surgidos del habla popular. La grandeza de Miguel de Cervantes radica justamente en que supo combinar estos elementos en su obra para producir una lengua mestiza y uniforme con la cual nos entendemos en la actualidad más de 450 millones de personas en el mundo.

Pero lo cierto es que los idiomas y las religiones se imponen por la fuerza de las armas. De este modo nos llegaron a América, y fuimos nominados por extranjeros con el desprecio del colonizador, que situó a la mayoría en el peldaño inferior de la escala sociocultural, como si fuesen "Dalits". El imperio peninsular estableció tres castas: "los puros" (los nacidos en España y Europa), "los criollos" (con al menos la mitad de sangre española o europea, nacidos del mestizaje entre colonizadores y nativos) y una tercera casta que nunca tuvo nombre (tal era el repudio que "puros" y "criollos" sentían por los demás) y que jamás tuvo derecho a nada. En esta última casta estaban los indígenas, los negros y el resto de mestizos, cuya misión en este mundo se reducía a servir y reverenciar a las castas "superiores".

Cuando los españoles fueron expulsados de América, en la primera mitad del siglo XIX, "los criollos" asumieron el poder, pero no erradicaron el sistema de castas para mantener sus privilegios. Y aunque en el continente se establecieron repúblicas democráticas y se abolió la esclavitud, este sistema de castas pervive hasta nuestros días en Latinoamérica y es el causante de parte del atraso y de los conflictos sociales y políticos que se libran en los distintos países.

Líbano.Plaza de Bolívar

Ignoro si lo vio de este modo, pero contra este sistema de castas luchó a su manera Pedro Narváez, el zapatero culto que en 1929 lideró una revuelta armada popular e instauró en El Líbano (centro de Colombia) la primera república independiente de orientación socialista de que se tenga noticia en América (4) . La empresa militar y política de Narváez y de sus colaboradores duró pocos días, acabó reprimida ferozmente por el ejército y el gobierno de Colombia y los insurrectos fueron fusilados. Valga decir que tratos semejantes han sufrido otros líderes de la "casta inferior", como Jorge Eliécer Gaitán (asesinado en 1948), para no contar la larga lista de víctimas causadas por este sistema de castas anacrónico.

Resulta oportuno aclarar aquí que, aunque a veces lo parezca, este texto no es político, sino de naturaleza pedagógica acerca del derecho universal de las personas y los pueblos a la autonominación. Y una vez esclarecido este punto, continuemos. Tras la Segunda Guerra Mundial, y para evitar un nuevo conflicto tan desastroso, los países del planeta constituyeron en 1945 la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuya primera Carta precisamente consagró la Autodeterminación como uno de sus máximos principios. Después, en 1960, la misma ONU elevó la libre determinación a la categoría de Derecho fundamental de los pueblos (5) .

Este derecho, además de proteger e impulsar el libre autogobierno de las comunidades, lleva implícita la facultad de la autonominación. Por fin, luego de siglos de dominación y nominación cultural extranjera, los "Dalits" del mundo pudieron negarse a seguir siendo llamados como a otros les dio la gana, y se vieron facultados para darse el nombre que quisieron y recuperar así su dignidad legítima. En desarrollo de este derecho, en la segunda mitad del siglo XX, Méjico dejó de ser Méjico y se volvió "México", y en la década de 1990 Pekín dejó de ser Pekín y se convirtió en "Beijin".

La "X" de México es la misma letra de la versión original de "Don Quixote de la Mancha". Por el uso y la pronunciación popular, la equis se transmutó en jota, pero los mexicanos la recuperaron para autonominarse porque quisieron ver en esa equis una señal de identidad que los enlaza con sus grandes civilizaciones prehispánicas. Y "Beijin" se llama ahora así por una disposición china que busca adaptar mejor la pronunciación del mandarín a los idiomas occidentales y del resto del globo. Aunque tal vez haya otro motivo oculto: en las lenguas occidentales la palabra "pekinés" (nacido en Pekín) se pronuncia casi igual que "pequinés" (perro de raza chino-tibetana), con lo cual la autonominación de "Beijin" despeja ahora cualquier duda para los "Beijineses".

Debido a que siempre fuimos nominados desde fuera (por la falsa casta de "los puros"), en América las provincias y las ciudades llevan, en su mayoría, nombres copiados de España y, en más del 90 por ciento de los casos, los gentilicios se reducen a cuatro sufijos del latín: "anus" (ano, ana), "inus" (ino, ina), "ineus" (eño, eña) y "ensis" (ense). La mayor parte de las nacionalidades latinoamericanas siguen este patrón (mexicano, colombiano, argentino) y los sufijos de los gentilicios se repiten de este mismo modo, como si fuera una ley suprema, a lo largo y ancho del continente: bogotano, limeño, santiaguino y caraqueño.

Sin embargo, en la propia España no parece existir ninguna regla para los gentilicios y estos son tan enrevesados que incluso se dictan cursos para aprenderlos. Al nacido en Burgos no le llaman burgano ni burgueño, sino burgalés, y el gentilicio del oriundo de Alcalá de Henares no es alcalano, ni alcalense, sino complutense. Los de Ávila son abulenses, los de Salamanca son salmantinos y los de Badajoz son pacenses. Muchos nombres obedecen a la superposición de imperios y culturas que ocuparon sucesivamente el territorio ibérico y que, a la postre, crearon la lengua mestiza que conocemos como castellano. Los de Cádiz son gaditanos, los de Teruel son turolenses, los de Valladolid son vallisoletanos y los de Huelva son onubenses, porque en tiempos del imperio romano esa población se llamó Onuba.

Líbano.Tolima

Por contraste, la presencia del sufijo "ano" en América y Colombia es tan tristemente abrumadora, que demuestra la pobreza lingüística de los nominadores españoles y criollos. Y es todo un milagro que a los oriundos de Boyacá no se les llame "boyanos", a los caleños, "calanos", y a los del Tolima, "tolimanos".

Pero la lengua es propiedad de quien la habla, y de nadie más. No es propiedad de las academias de la lengua (6) , aunque muchos de sus miembros lo consideren así, pues su único papel (si es que les queda alguno) es recoger los vocablos que validan en el uso cotidiano los hablantes. De hecho, el inglés, el francés, el alemán y el mandarín, éste último hablado por más de 1.200 millones de personas, no tienen academias de la lengua, así como no las tienen la mayoría de los idiomas que existen en el mundo. Hoy, los filólogos, antropólogos, sociólogos y lingüistas coinciden en el concepto de que los idiomas son organismos vivos que se alimentan del aporte incesante de las sociedades que los hablan. De esta manera, las comunidades se apropian de la lengua para hacerla suya y la enriquecen con el uso diario y con los vocablos acuñados en las jergas populares y procedentes de otros lugares.

En resumen, ahora más que nunca somos dueños de nuestra lengua y podemos nominar a nuestro antojo para construir el universo que mejor nos guste. Ya sabemos que la única pauta acordada por los hablantes, para los gentilicios, es tomar como raíz el comienzo de los nombres propios, y, para tal efecto, tienen la misma validez y legitimidad los comienzos largos o cortos. El nombre de Colombia es un homenaje a la aventura atlántica del almirante Cristóbal Colón, pero por todas las razones que he esgrimido aquí, prefiero apartarme de la pobreza lingüística de los nominadores españoles y criollos, y afirmar con todo el orgullo que me asiste que soy colombés.

Líbano-Colombia

Y al ser del Líbano, centro de Colombia, quiero nominarme de una forma con la cual no se me confunda como originario de ningún otro lugar del planeta, ya que El Líbano, por su condición cultural y sociológica, es para mí único en el mundo. Ha sido y es un puerto cultural, con todas las ventajas y las maravillas que tienen los puertos: las ideas que llegan de los confines del globo, y que se nutren allí, y que después salen enriquecidas en busca de otros destinos. Gracias a esta naturaleza de puerto, han abundado y abundan en El Líbano las inquietudes intelectuales y el libre pensamiento, que son nuestras marcas de nacimiento.

Entonces, podría decir que soy cedrés o cedrense, apelando al primer nombre de la ciudad, Los Cedros, pero estos gentilicios no me satisfacen, como tampoco lo hace decir que soy libanense. Aunque nos hermanan los conflictos armados, las tragedias sociales y los cedros del pasado, la República Libanesa y El Líbano, Colombia, son lugares distintos que merecen ser diferenciados con total claridad, y no con la pereza o la pobreza lingüística de los colonizadores antioqueños. En un principio, creí que el gentilicio más apropiado era "Libanoamericano" porque señalaba la ciudad y el continente correctos, pero al cabo recordé que apelativos semejantes son utilizados para denominar a la población de procedencia extrajera llegada a América y principalmente a Estados Unidos, como los ítaloamericanos, los germanoamericanos e incluso los afroamericanos, nombre con el cual hoy se autodeterminan con todo derecho las comunidades negras de origen africano presentes en nuestro continente.

Soy del Líbano luego pienso. Además, las leyes y las luchas de nuestros ancestros nos han hecho libres, tan libres como los animales que observó largamente el poeta Walt Whitman para concluir que "ninguno (de ellos) se arrodilla ante otro ni ante los antepasados que vivieron hace milenios" (7) . Y en consecuencia, y haciendo uso de mi derecho universal a la autonominación, me designo libaní, porque nací y me crié entre libaníes, que son ciudadanos únicos en el mundo, y porque soy completamente feliz al compartir conocimientos y debatir ideas entre libaníes.

Y con esto abro el debate. Usted, ¿cuál gentilicio prefiere? Libanita, Libaní, Libés, Libantino u otro. ¿O acaso le gustaría llamarse "Libador" por esa naturaleza tan propia de nosotros de saber catar la vida y las ideas del mundo? Ahora el lenguaje es suyo, nuestro, y somos libres para autonominarnos.

Notas:

(1) . La condesa Erzsébet Báthory (1560-1614) fue el verdadero origen del mito de Drácula. Pariente directa de los reyes de Transilvania y Polonia, Báthory torturó y asesinó a más de 700 niñas vírgenes, y se bañó con esta sangre inocente con la creencia de que así recuperaría la juventud y aseguraría la inmortalidad.

(2) . El sistema de castas en India está descrito en las escrituras sagradas más antiguas, de los Vedas, y divide la sociedad en cuatro castas: los Brahmanes (sacerdotes encargados de interpretar y enseñar los textos sagrados); los Kshatriyas (guerreros y gobernantes encargados de mandar y defender a la sociedad); los Vaishyas (artesanos y comerciantes encargados de alimentar y proveer a la sociedad); y los Sudras (campesinos y gente trabajadora cuya labor es servir a las demás castas). Los "Dalits" ni siquiera tienen la dignidad mínima de conformar una casta porque se les considera "impuros por naturaleza" y por eso son repudiados y excluidos de la sociedad. Hoy los "Dalits" tienen líderes muy activos que proclaman la igualdad de los hombres y luchan por la abolición del sistema de castas, pero gran parte de la sociedad de India continúa aferrada a sus "privilegios de casta".

(3) . El imperio árabe dominó la Península Ibérica entre el año 710 y finales del siglo XV, hasta el punto que todavía quedaban árabes en España cuando los reyes católicos financiaron los viajes del almirante Cristóbal Colón que produjeron el descubrimiento de América por los europeos.

(4) . La historia de Narváez y de esta insurrección está descrita en el libro Los bolcheviques del Líbano escrito por el historiador y politólogo Gonzalo Sánchez. Esta obra fue publicada 1976, corregida y reeditada en 1981, y en 1985 El Áncora Editores la incluyó en el libro Ensayos de historia social y política del siglo XX junto con otros trabajos de su autor.

(5) . La resolución 1514 de la ONU es conocida como "La carta magna de la descolonización". El derecho universal a la Autodeterminación de los Pueblos también fue recogido en 1966 por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y en 1970 la ONU lo declaró como principio básico del Derecho Internacional (resolución 2625).

(6) . Las academias de la lengua son instituciones del pasado que como la monarquía se niegan a desaparecer. La Real Academia Española de la Lengua data de 1713 y fue fundada por el rey Felipe V en plena época de la Inquisición. Las academias nacionales en América Latina surgieron en la segunda mitad del siglo XIX y, aunque nacieron autónomas, increíblemente se han puesto como subalternas de la academia española, a la cual acuden para que les "validen" sus vocablos nacionales. ¿Para qué sirven las academias de la lengua? Esta es una discusión encendida entre los expertos a los dos lados del Atlántico. ¿Acaso sirven sólo para hacer el diccionario? La respuesta es que el mejor diccionario de nuestra lengua no fue elaborado por ninguna academia, sino por una señora, María Moliner, que la escribió en su casa de Madrid, y fue publicado por primera vez en 1966 con el título Diccionario de uso del español.

(7) . Fragmento del poema Hojas de hierba de Walt Whitman (1819-1892).

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20 de junio de 2010

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