La fe del errante

Por Alexander Prieto Osorno (*)

El Dorado

Brilla, fulgura, relumbra, allá a lo lejos... Somos enamorados, y a veces víctimas, de la misma leyenda. Fortuna, felicidad, futuro, allá a lo lejos... Es la leyenda que nos ha hecho atravesar las grandes aguas, de ida y vuelta, una y otra vez, desde el principio de los tiempos. Resplandece, deslumbra, centellea. Allá a lo lejos...

Una vez la leyenda se llamó El Dorado y llevó a América a miles de personas, muchas de ellas desposeídas y necesitadas. El mito que fulguraba allá a lo lejos prosperó de boca en boca por las calles de Sevilla y de Madrid, de Barcelona y Bilbao, de Orense y de El Toboso. Fue un rumor como un ciclón que arrastró comunidades enteras, primero de ambiciosos y luego de pobres con ilusiones, que remontaron el mar misterioso de entonces y se vieron envueltos por la canícula y la humedad del Caribe, y se esparcieron por el continente nuevo en busca de la Ciudad de Oro mientras eran devorados por los mosquitos, la geografía enmarañada y las enfermedades.

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Un rumor semejante de algo que destellaba allá a lo lejos se explayó como un huracán quinientos años después por las aldeas, las provincias y las ciudades de Bolivia, Marruecos y Rumania, de Sudán, Ecuador y Bulgaria, de Colombia, China y Senegal, de Pakistán, Nigeria y Perú. Esta vez la leyenda se llamó Trabajo, que es el oro actual, el bien más escaso en gran parte del mundo, y trajo a España a cientos de miles de desheredados que se han diseminado por el país en busca del trabajo ideal mientras son hostigados por el desarraigo, las depresiones y la marginación.

Es la misma leyenda que cambia de nombres y lugares según las épocas y las necesidades del mundo. Es el paraíso, allá a lo lejos, prometido por tantas religiones. Es la fe, y la maldición, del eterno errante.

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A veces lo que refulge no es estaño, ni bronce, ni abalorio alguno, sino algo distinto. Mi amiga Luisa halló en Madrid trabajo, pero sobre todo consiguió aquí lo que siempre quiso tener en su tierra, Ecuador, y no había podido alcanzar por muchas razones: una hija, un esposo y su propia familia. Andrei, el arquitecto rumano, descubrió que podía ganarse la vida como vigilante en Málaga y en sus ratos libres diseña casas para su familia y sus amigos que viven a las afueras de Bucarest y que algún día, ojalá pronto, las construirán con esos planos que él les envía todos los años por navidad. Y Samira ha encontrado en Barcelona unas formas de libertad, igualdad y alegría que le eran desconocidas en su natal Tánger. Luisa ganó una familia, pero perdió a su padre en Ecuador y no pudo asistir al sepelio. Andrei ganó una nueva profesión, pero se niega a creer que haya perdido sus años de estudios. Samira ha ganado en respeto por sí misma, pero en su tierra perdió el respeto de su padre, sus hermanos y sus vecinos.

Y después de los primeros años difíciles en España, ellos han mostrado sus mejores sonrisas al estrenar vida nueva. Estrenar barrio, casa, amigos. Estrenar ciudad, transporte público, sanidad, educación para los niños. Estrenar permiso de residencia y trabajo, el documento lustroso que ilumina los rostros y los ojos de tantos extranjeros, la tarjeta brillante que se exhibe con orgullo en los primeros días a los coterráneos, la familia y los amigos, el pase resplandeciente a una vida renovada, acaso más laboriosa, pero diferente. Con ellos y los demás amigos de otras tierras he estrenado en España estaciones, verano, otoño, primavera, he estrenado mar mediterráneo y auténtica paella, he estrenado guantes y abrigo de invierno, he estrenado músicas suyas, españolas y mías, he estrenado problemas y licores, y he estrenado risas.

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Emilia halló en España un trabajo más humilde que el que tenía en Lima, pero descubrió el orgullo de ser descendiente del gran imperio Inca, un valor que es menospreciado en su tierra de origen. Y Emmanuel, el abogado filipino, ha ayudado en Valencia a mucha más gente de la que quiso y pudo ayudar en Manila. Perdió una carrera prometedora en su patria, pero ha ganado amigos y valor ciudadano.

La leyenda de algo que fulgura, allá a lo lejos, ha formado parte de mi familia desde hace décadas, quizá siglos, y quiero creer que ha sido como una fe, y no como una maldición. Mi abuelo, buscando un futuro mejor, atravesó con su esposa 400 kilómetros de montañas andinas en Colombia a lomo de mula para abrir un comercio de textiles en una ciudad nueva, donde prosperó y tuvo tres hijos y una muerte tranquila. A mi padre no le fue tan bien como al abuelo y, cuando sus once hijos se hicieron mayores, cambió cinco veces de ciudad en busca de una mejor fortuna que nunca consiguió. Crecí a la sombra de ambos y de mis hermanos que repetían la leyenda de otra ciudad, otro país, que relumbraba allá a lo lejos. Así llegamos a Bogotá y lo que parecía oro se volvió cemento y vida cotidiana, y perdió brillo con el tiempo, y me llevó a levantar la cabeza y a mirar y a soñar con otras tierras aún más lejanas.

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El Dorado fue una leyenda fraguada por una pequeña evidencia real, pero principalmente forjada por el miedo. El diminuto trazo de verdad lo describió en el siglo XVII el cronista Juan Rodríguez Freyle al relatar, en su libro El Carnero, un ritual cierto del pueblo Chibcha en los altos Andes del centro de Colombia. Allí el Cacique era revestido con prendas y polvo de oro y llevado sobre una balsa hasta el centro de una laguna. En la parte culminante de la ceremonia el Cacique se sumergía en las aguas y todo el oro que llevaba encima iba a dar al fondo del lago. Para los chibchas el oro era lo más parecido al sol que podía palpar el hombre, era piedra de sol, y este rito lo celebraban en honor de sus dioses. Pero el miedo de los indígenas, desatado por la codicia desmesurada que mostraron los extranjeros por el oro, transformó el ritual en mito y comenzó a hablarse de una Ciudad de Oro, imponente, opulenta, deslumbrante, allá, a lo lejos. Los aborígenes empalagaron los oídos extranjeros con El Dorado, la ciudad soñada de riquezas y tesoros imposibles, situada más allá, más abajo, más lejos, más al sur... Todo para que los extranjeros siguieran de largo su camino y dejasen a los pueblos indígenas en paz. Y quienes fueron a buscarla se extraviaron en llanuras, ríos, bosques y montañas, desvariaron por las fiebres de las enfermedades tropicales, y muchos desaparecieron tragados por la selva amazónica.

Algo de miedo subyace en quien se marcha a buscar la leyenda que relumbra allá a lo lejos. Un miedo a que todo siga igual o peor, el miedo a que nada cambie en la tierra natal, miedo a que continúe la injusticia, a seguir siendo víctima de ella. Un miedo que se ve aletargado por la ilusión y por los deseos de un cambio verdadero en la propia vida. Entonces el miedo a la quietud y la impotencia se transmuta en movimiento, rumbo a lo que reluce allá a lo lejos.

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Ocho años después de haber llegado, muchas cosas de Madrid todavía refulgen ante mis ojos. El trabajo, el dinero y las dificultades van y vienen, pero lo que reluce permanece ahí, en el fondo, y me encantan sus chisporroteos. Son sonrisas, rostros, pieles, idiomas, comidas y culturas diversas que centellean en las calles y las plazas, en los mercados y los parques, en los bares y las oficinas. Sí, se puede conocer el mundo entero, más de 120 países, sin salir de Madrid, en el metro y los autobuses, en los restaurantes y los centros culturales, y en las discotecas y los comercios. Es la diversidad que constituyen la sal y el picante de mi vida y que compartimos con Paula que vino desde Ciudad Real, con Siegmar que llegó desde Berlín, con Jaime que vino desde Maracaibo, con Katia que llegó desde Bucarest, con Abel que vino desde Buenos Aires, con Irina que llegó desde Kiev, con Ahmed que vino desde Rabat y con Pilar que llegó desde Pontevedra. Todos vinimos tras el mismo espejismo y nos deleitamos, y a veces sufrimos, al mirarnos en este espejo multicolor, bajo el cielo azul, despejado y luminoso de Madrid.

A la mítica ciudad de El Dorado todos quisieron ir, pero no para quedarse a vivir allí, sino para desmantelarla, saquearla y volver con sus riquezas al país de origen, para ostentarlas y disfrutarlas por el resto de sus días. Nadie jamás soñó con alojarse en sus palacios de muros dorados y regocijarse en sus plazas áureas y beber agua de sus fuentes rutilantes. Nadie soñó con enceguecerse con tantos resplandores, ni con compartir tanta luz con otras gentes. Todos con El Dorado tuvieron deseos egoístas.

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A la ciudad legendaria llamada Trabajo, en cambio, todos han querido ir para quedarse. Nadie jamás ha pensado en saquear la ciudad y dejar sin ocupación a las gentes que la habitan y llevarse el trabajo a su país de origen. Todos han acudido con las manos y las mentes dispuestas para la actividad, y han traído con ellos sus tradiciones y sus idiomas, sus músicas y sus rituales, sus visiones y sus festejos. Han añadido diversidad, esfuerzo y alegría a una tierra cuyos resplandores llegan ahora mucho más lejos.

Es una leyenda tan vieja como el hambre y quizá más antigua que el amor. La misma leyenda, aderezada con los tenues matices de cada época, que nos ha hecho atravesar las grandes aguas, una y otra vez de ida y vuelta, desde el principio de los tiempos. Una leyenda que no terminará nunca de fulgurar allá, siempre allá, en otra parte, en otra tierra. Es la leyenda del deseo y la esperanza, de que siempre la vida será mejor en otra parte. Es la sabiduría alucinada de los profetas y los sabios de todas las culturas, según la cual los hombres sin las leyendas y las esperanzas no son nada.

Vine desde muy lejos tras la leyenda. Y he perdido muchas cosas en esta travesía. En Madrid perdí un mito, pero he ganado una realidad. He ganado en visiones, en tolerancia y humildad, en este aprendizaje de la alegría y la solidaridad con otras gentes de otras culturas. Y he entendido al fin que lo que me ha movido de un lugar a otro a lo largo de la vida es mi sed de explorador, y no la maldición del eterno errante.

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20 de enero de 2011

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