Mujer, pañoleta y ventanilla siete

De José Cardona López (*)

Abrieron el edificio y la fila de gente que había empezado a formarse en la madrugada se movió en forma rápida y ordenada. Luego que uno a uno pasara por los arcos y bandas de vigilancia, volvieron a organizar la fila, esta vez frente a una ventanilla donde cada persona entregaba sus papeles a medida que el funcionario preguntaba por documentos. También había que diligenciar un formulario indicando el motivo de la cita. La fila avanzaba lenta, por lo que Alfredo podía ver diez ventanillas, la sala de espera, amplia, y una puerta con la palabra exit. Pensó en el tiempo que le tomaría la diligencia y calculó que como a las once ya estaría saliendo de esa oficina. Mientras hacía las cuentas de tiempo vio salir por la puerta de la palabra exit a una mujer de pañoleta al cuello. No la había visto antes en la fila ni en la sala de espera.
pañoletaAfredo llegó a la ventanilla, entregó sus papeles y se dedicó a diligenciar el formulario. Iba a renovar su permiso de trabajo. Era la última renovación que podía pedir, mientras su solicitud de residencia avanzaba. Lo de la residencia iba bien. Según le había dicho el abogado sólo faltaban dos pasos, el de las huellas digitales y luego la cita para entregarle la tarjeta de residencia. Cuando marcaba en el formulario que era hispano, por una punta de los ojos vio que la mujer de la pañoleta regresaba a la sala. No se resistió y alzó la mirada: cabello a los hombros, castaño oscuro, traje azul claro, zapatos negros con correítas arriba de los tobillos. Era una mujer de rasgos aindiados, hermosos, hermosa ella, y Alfredo se dijo que le parecía un rostro conocido. Terminó con el formulario, tomó del contador rojo su boleta de turno y fue a sentarse. En los monitores arriba de una pared leyó números de ventanillas y de boletas de las personas que atendían. Alfredo miró el 32 de la suya y supo que ahora iba a medir el tiempo en aquellos dispositivos. Fue a sentarse con los papeles y el libro bajo el brazo, entregado en cuerpo y espera al ritmo de atención en las ventanillas.
Al abrir el libro sintió que la mujer de la pañoleta se sentaba a su lado. Los cuatro ojos se encontraron entre sonrisas y en Alfredo sus días hicieron un glisando. El había estado en muchas ciudades antes de establecerse en la que vivía ahora, y en cada una había conocido muchos hispanos, uno que otro asiático y hasta del este europeo. Y no lograba precisar dónde había visto a esa mujer. Había vivido tantas situaciones nuevas desde que vino a este país, que buscar ahora ese rostro en su memoria era como buscar la aguja donde ya se sabe. Y la aguja la tenía a centímetros de distancia, pero con toneladas de paja antes de llegar a ella. El perfume de la mujer parecía nacer desde debajo de sus carnes. Era discreto y con un fondo de piel que cautivó a Alfredo.

-No me recuerda, ¿cierto?, y de sus alegrías con el perfume salió con las manos arriba.
-No, la verdad es que no-. Cerró el libro meciendo la cabeza.
-Nos conocimos en Washington, en una fiesta en la casa de una pareja de salvadoreños-. Alfredo sí había estado en Washington, sólo por una semana, de paso para ir a Baltimore, pero ni idea de la fiesta que la mujer refería.
-Usted, mi esposo y yo fuimos de los últimos en quedarnos en la fiesta, cantando canciones de Los Chalchaleros y al final la "Guantanamera"-. Alfredo había cantado los versos de Martí miles de veces en su país, casi siempre al final de las fiestas, y ahora en éste, tal vez más de mil veces. Así que lo de esa canción no le pareció ninguna cosa del otro mundo para agregar en sus bregas de ahora con la memoria.

ojos negrosLos ojos de ella eran grandes y negros, de pestañas largas. A Alfredo le parecieron más hermosos que aquellos ojos verdes del bolero y se sintió contento, gozando cómo el tiempo en esa oficina empezaba a pasarle a un lado, sin permitir que la espera en la diligencia se le llenara de minutos de plomo. Voy a seguirla en lo que dice, no quiero soltar el cabo del hilo que me ha dado, al final llegaremos a alguna parte. La mujer dobló una pierna y le dijo que en la fiesta, antes de las cuatro de la mañana, él los había acompañado a ella y a su esposo hasta el carro, bajo una nevada de enero que ya tenía más de un pie.

-¡Ah!, ya recuerdo-. Lo dijo como si en la punta de los dedos llevara una imagen blanca de nieve?. Su carro no encendía y yo les ayudé con la batería. No sabía si la imagen de la nieve la había encontrado en su propia memoria, o si sólo era una postal encontrada en una tienda, o una foto de primera página en un diario de cualquier enero en cualquier país.

-Sí. Y después el señor de la fiesta nos ayudó a darle energía con el carro de él-. Era cierto, así había ocurrido al final de la fiesta-. A ver, sigo ayudándole. Usted regresó a la casa y, según lo supe después, estuvo como hasta las seis de la mañana, hablando con el salvadoreño sobre los cuadros de la sala, me lo dijo la esposa de él. Esas cosas que uno habla a los días de la las fiestas, que qué hicieron después, hasta qué hora estuvieron. En fin, todo eso.

-Claro, con el salvadoreño-. Alfredo empezó a verse en una casa grande en la que acababa de haber una fiesta, conversando sobre cuadros con el dueño de casa.

->También se quedó el argentino, un ingeniero agrónomo que se había venido a este país para seguir a una vecina suya de Córdoba-. Agregó la mujer y Alfredo estaba ahora en la sala de una casa, hablando de unas serigrafías de pintores europeos, tal vez surrealistas. La que estaba al lado de una naturaleza muerta muy pop art le había llamado mucho la atención. El ocre del fondo le añade una angustia extraña a la imagen de la muchacha con la muñeca, comentó el argentino moviendo la mano extendida junto a la serigrafía.
Mientras el esposo de ella era toda una cara sonriente que se movía de izquierda a derecha, Alfredo y la mujer hablaron lo protocolario: países de origen, la situación política de Hispanoamérica y los motivos que a cada uno empujaron a venirse a este país. Después hablaron los tres, entre vinos y quesos. Alfredo miró en el monitor y supo que ya estaban atendiendo la persona del número 14. Ella tenía el 23. Había bastante tiempo para seguir conversando, ahora con la voz no tan alta y entre esas miradas de lado de algunos de la sala, una que otra también venía de las ventanillas. A Alfredo el perfume le peinaba la memoria del olfato. Era el mismo que ella había tenido en la fiesta, estaba seguro. Antes de que él mencionara algo sobre el perfume, ella se adelantó:

-Siempre me ha gustado, lo uso desde que estaba en mi país. Al principio me fue difícil encontrarlo acá, pero por fin lo hallé. Fue como si me encontrara con mi otra mitad y me compré docenas de frascos, se lo juro. Hace poco volví a a comprarme cuatro.

-Quisiera ser testigo de cómo esos cuatro frascos se consumen gota a gota en usted?. Estiró las piernas con el libro y los papeles en las manos.

-Gracias por su galantería. Hacía siglos que no escuchaba esa clase de palabras.

-Y las dije con toda la confianza de que usted no me llevará a la corte-. Rieron y después hubo un silencio.

-Como a los cinco meses de aquella fiesta Ronald y yo nos separamos y yo me quedé con un inglés menos torpe. El se fue con cuatro o cinco palabas más en un español de acento intolerable. Fui a dar a Chicago. En esa ciudad volví a enamorarme. Mi nueva pareja y yo convivimos dos años, hasta cuando la miel de la luna se nos acabó de tanto ordeñarla. Alfredo sonrió y se dijo que a vía láctea luna bovina.

Ella siguió hablando de Chicago, de sus días en la recepción de un hotel en el centro, detrás de la Avenida Michigan. Allí fue donde perfeccioné mi inglés, que no es que ahora sea una maravilla, no se crea. Ella no dejaba de hablar, tal vez aupada por las sacudidas de la cabeza de Alfredo, tal vez porque sentía que necesitaba contarle a alguien que en Chicago su vida terminó por ser un viacrucis en el que los hombres con quienes se metía tenían problemas con la ley. Bueno, mi vida aquí ha estado sana en ese sentido, pensaba Alfredo, conmigo usted no tendrá esas incomodidades, y sonreía.

-¿Por qué sonríe? ?, le preguntó ella.

Tuvo que confesarle lo que acababa de pensar. Ella rió por la nueva galantería de él, pero sobre todo porque cada hombre de su vida en ese país en algún momento le había dicho conmigo no habrá nada de problemas. Y esto se lo dijo a él. Y fue cuando en la memoria de Alfredo surgió un detalle que llevaba la voz de un locutor de televisión mientras un hombre alto, rubio, grueso, ejercía todo su derecho a permanecer en silencio.

Un episodio de la vida de Alfredo ahora emergía redondo, rotundo. En la fiesta de Washington había hablado con un hombre que después apareció en la televisión ilustrando una noticia de la CNN en que se decía de muchos miles de dólares. Antes de aquella noticia, el hombre se había puesto en contacto con Alfredo porque iba a estar con su mujer unos días en Baltimore, los dos querían visitarlo. Luego vino lo de la noticia y no supo más. El hombre objeto de la noticia era el mismo Ronald que había estado en la fiesta con la mujer que tenía a su lado en aquella oficina de inmigración. Quiso decirle a ella lo de la noticia, pero se abstuvo, comprendió que era una cosa para no mencionar, mucho menos ahora y allá. Con lo que acababa de recordar, Alfredo se sintió más unido al pasado de ella. Ante esa puerta al que él ahora había llegado caminando en su memoria, por la que se atisbaban asuntos con policía de por medio, Alfredo sintió que aparecía una especie de solidaridad entre ella y él, una especie de necesidad de conversar más, y siempre eludiendo aquella puerta.

La mujer siguió contándole de su vida en otras ciudades. Luego había vivido en San Luis y en Atlanta. Cuando la mujer le contaba de su vida en Atlanta, en el monitor de la pared aparecieron el 4 y el 23.

-Hago mi diligencia y regreso. Voy a dejar en esta silla mi pañoleta-. En Alfredo se levantó una alegría grande por esas palabras que salieron entre luces de sonrisas.

-Y yo dejaré mi libro en ésta por si acaso me llaman y usted no ha regresado-. Agregó él, cerrando el pacto que entre los dos ahora se establecía. Al verla de pie, sin la pañoleta en el cuello, por unos instantes pudo contemplar aún más toda la belleza de ella, la armonía de un cuerpo que bajaba desde una frente trigueña hacia unos senos en los que su imaginación se amañó. Mucha suerte con lo suyo.

-Gracias. Igual a usted, siempre la necesitamos tanto en estos lugares.

Alfredo trató de meterse en el libro. No pudo concentrarse porque a cada momento se le interponía el rostro de la mujer, y al lado de ese rostro Ronald en el centro de la noticia de la televisión.
Luego de leer en blanco tres páginas, su cabeza giró despacio hacia la ventanilla cuatro. Vio a la mujer de espaldas, un poco inclinada, respondiendo preguntas de inmigración en un inglés que seguramente era mejor que el suyo. Se entretuvo contemplando los pies de ella, con esos zapatos de correítas arriba del tobillo. Una pierna de ella se dobló por unos segundos en el aire, después descendió despacio y el pie quedó de punta y un poco echado hacia atrás. Ahora el pie hacía giros, como si apagara un cigarrillo. Se dijo que ella debía estar respondiendo una de esas preguntas en las que hay que inventar la respuesta de manera rápida y coherente con lo que ya se ha dicho antes. Una respuesta que además debe aparecer espontánea. Quiso estar a su lado para ayudarle a responder y después se dejó ir por el lado sensual de la imagen de ella en la ventanilla, de espaldas a él. Imaginó que una pierna de ella se doblaba en los momentos en que los dos se besaban luego de entrar al apartamento de él. En que ella estaba colgada a la boca de Alfredo, en que Alfredo besaba a . . . ¿a quién? Para Alfredo ella era solamente ella, una mujer sin nombre, y para colmos, hermosa. El había sido muy descuidado. Cómo es que no le he preguntado el nombre, se dijo con la boca fruncida. Hasta envidió al funcionario de la ventanilla cuatro porque sí conocía el nombre de ella.
Miró la pañoleta en la silla y se dijo que mientras le preguntaba a ella su nombre, para él ella era una mujer que sólo podía nombrarla al relacionarla con el hombre de la noticia de CNN. Ella era la mujer de Ronald. Se sintió como si fuera motivo de un comentario de barrio o de un edificio de apartamentos, de esos que se hacen de puertas para adentro, o tras las espaldas del implicado: ahí va el enamorado de la mujer de Ronald. Con una sonrisa amplia corrigió a aquella voz: de la que fue mujer de Ronald.
ojos negrosYa sus ojos no estaban en aquellos pies, pues por estar relacionando a la mujer con Ronald, por estar bregando en la búsqueda de la manera para llamarla, su mente y su memoria lo habían conducido a escarbar en imágenes que no sabía si más bien eran fabricaciones de su imaginación, y si ella estuviera a su lado a lo mejor le ayudaría a precisarlas. Sus ojos quisieron de nuevo asentarse en los pies de ella, pero estos ya no estaban ahí. Rápido hizo una mirada circular y no la encontró. Se sintió en el imposible centro de un desierto, de noche y con una luna casi a ras de suelo. En su asiento de al lado seguía la pañoleta. Volvió a mirar hacia la ventanilla cuatro, el funcionario tecleaba en su computadora. Detrás de la ventanilla nueve alcanzó a ver que un hombre de camisa blanca y corbata abría una puerta y con la otra mano le indicaba a ella que siguiera, que entrara. Los ojos de Alfredo se abrieron mucho, mientras que con un suspiro veloz a su pecho le llegó un buche grande de aire helado. Después se dijo bueno, en ocasiones estas diligencias llevan entrevistas más allá de las ventanillas. Se lo había dicho su abogado, lo sabía por lo que había escuchado de algunos amigos y conocidos, sobre todo en estos tiempos, cuando a cada rato aparecían nuevas disposiciones que hacían más difícil los trámites en las oficinas de inmigración.
Alfredo miró la pañoleta y puso una mano sobre ella. La acarició más por llenarse los dedos con el perfume de la mujer que por sentir la seda. El embeleso de su mano se detuvo cuando imaginó a la que fuera mujer de Ronald sentada entre dos funcionarios de corbata y camisa blanca arremangada, bajo una luz cenital amarilla, con la mirada angustiada y respondiendo preguntas sobre su presencia en este país, sobre su relación con Ronald.

-Le toca a usted. En la ventanilla siete-. Le dijo alguien al oído, y le señaló uno de los monitores de la pared. Era el señor de la boleta 33, el mismo que había estado detrás de Alfredo en la fila de la ventanilla donde se diligenciaban los formularios antes de sentarse en aquella sala de espera.

-Sí, sí, gracias, señor?. Dijo saliendo a empujones de sus imágenes de la mujer al otro lado de aquella puerta. Dejó el libro en la silla y fue a ponerse en la ventanilla siete.

Respondía las preguntas con seguridad. Eran iguales a las que le habían hecho la última vez que había ido a renovar su permiso de trabajo. Se acodó frente a la ventanilla. En su mano derecha estaba el perfume de ella y le encantó sentirla ahí. Miró hacia la puerta detrás de la ventanilla nueve. Después que el funcionario de la ventanilla siete le preguntó por una carta de la empresa donde trabajaba, Alfredo vio que la puerta por la que había entrado la mujer se abría. Salió un hombre de camisa blanca y corbata. El hombre caminó hasta ponerse detrás del cubículo de la ventanilla tres. El hombre habló algo con el funcionario, quien le señaló la silla de la pañoleta.
Alfredo respondía en su ventanilla sin dejar que los ojos se le movieran de un lado a otro. El hombre de la camisa blanca fue por la pañoleta y al regreso el de la ventanilla tres sacudió la cabeza mirando hacia la siete. Alfredo sintió que desde aquella ventanilla cuatro ojos lo arrinconaban. Golpeteó dos veces el piso con la punta de un zapato y se dijo que si el de la camisa blanca lo llamaba a él a lo mejor lo dejaría ir a recoger el libro. Además, en la otra silla ya no estaba la pañoleta.

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(*) José Cardona-López (Colombia). Enseña español, literatura hispanoamericana y creación literaria en Texas A&M International University, ha sido profesor en la Escuela de Español de Middlebury College. Ha publicado la novela Sueños para una siesta (1986), y los libros de cuentos La puerta del espejo (1983), Siete y tres nueve (2003), Todo es adrede (1993, 2009), y el libro académico Teoría y práctica de la nouvelle (2003). Artículos, ensayos, cuentos, microficciones y poemas han sido publicados en diarios y revistas impresas y electrónicas de su país y del exterior. Ha dado recitales de su obra en diversas universidades y congresos de literatura en los Estados Unidos.


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20 de enero de 2011

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