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Westphalen, poeta del silencio

Emilio Adolfo Westphalen, poeta del silencio

OMB Madrid, España

 

La autoridad literaria de Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001) en el espacio de la poesía se inicia con apenas dos breves publicaciones: Las ínsulas extrañas (1933), título que procede de un verso de San Juan de la Cruz y Abolición de la muerte (1935), suficientes para que su obra consiguiera renovar la cultura poética peruana y se expandiera por casi todo el ámbito literario de nuestra lengua. Tras un silencio de cuarenta años, sólo publica en revistas y catálogos de arte, textos recogidos en 1980, junto a otros inéditos, bajo el título Otra imagen deleznable.

Aunque Westphalen ha sostenido, contra la opinión de parte de la crítica especializada, que él no ha sido un poeta surrealista —la escritura automática se encuentra ausente como principio directriz de su producción—, sí fue permeable a esta tendencia, a la influencia de los románticos alemanes y a Góngora. Por otra parte, se quiere ver en su obra ciertos rasgos del misticismo de San Juan de la Cruz (así lo asegura por ejemplo el crítico Luis Alberto Sánchez), pero queremos llamar la atención acerca del analítico estudio que Camilo Fernández Cozman hace sobre Las ínsulas extrañas, que contra esta postura, señala que el autor del Cántico espiritual habla sobre el éxtasis místico y la gracia de la fe y Westphalen lo hace desde la perspectiva del arte como forma de conocimiento que no acepta premisas espirituales que cercenen la libertad del artista. Sus textos originan una tensión dialéctica que crean la ecuación silencio-palabra como una constante en toda su obra (San Juan no cree en la palabra, pero tampoco calla). El silencio por tanto en Westphalen se tematiza como estrategia para la búsqueda de la alteridad, como una confrontación del hombre consigo mismo y como negación a la palabra y su fracaso: «Qué será el poema sino un espejo de feria, / un espejismo lunar, una cáscara desmenuzable» (De Poema inútil).
Con un gran espíritu crítico por tanto, y aunque asimiló el espíritu de las vanguardias de la época, lo hizo desde una perspectiva singular, sin menoscabar su trabajo creativo.

Un aspecto trascendental en la figura de Westphalen se halla también en su intensa labor crítica. En el campo de las artes plásticas estudia a René Magritte, Fernando de Szyszlo, Ricardo Grau, Ramiro Llona o Emilio Rodríguez Larraín. Realiza agudos y concienzudos análisis literarios sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, T. S. Eliot, Herman Melville, Gerard de Nerval, Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá y especialmente acerca del gran poeta peruano José María Eguren, su padre espiritual, sobre Martín Adán, José María Arguedas y César Moro, que colabora con la revista El uso de la palabra en el primer y único número, fundada y dirigida por Westphalen en 1939, revista de vital importancia porque propaga el surrealismo en Perú. Esta estrecha relación personal e intelectual con Moro continúa en Las moradas (1947-1949), publicación que cumple un papel imprescindible en la modernización de la cultura literaria y artística peruana, ya que contó con colaboraciones inéditas de historiadores, antropólogs, filósofos y artistas plásticos de la relevancia de Alfonso Reyes, Benjamin Péret, Luis Miró Quesada o José María Arguedas, gran amigo suyo con el que comparte centenario .
Posteriormente entre 1964 y 1966 dirige la Revista Peruana de Cultura y Amaru (1967-1971). Sus ensayos críticos aparecidos en estas y otras revistas han sido recopilados en Escritos varios sobre arte y poesía, Lima, 1996.

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