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Aire de cueca del sur

Aire de cueca del sur

Por Martín F. Yriart[1]

OMB Madrid, España


       
        A fines de la década de 1960 –en plena dictadura militar de la tríada Onganía-Levingston-Lanusse– una fiebre de nacionalismo musical permeaba a la sociedad Argentina. Cuando en 1969 el sello musical Polidor, del grupo alemán Deutsche Gramophon Geselschaft, lanzó en Buenos Aires el disco de vinilo Mujeres Argentinas, dos canciones se podían oír cualquier día, a casi cualquier hora, en las cadenas de radio: Alfonsina y el mar y Juana Azurduy, ambas con letra de Félix Luna (1925-2009) y música de Ariel Ramírez (1921-2010).

         Mujeres Argentinas, un LP de 33 r.p.m. con apenas ocho temas, ha sido (y es tal vez todavía) uno de los éxitos comerciales más grandes de la música argentina, probablemente inigualado desde los tiempos de las placas de pizarra sintética de 78 r.p.m., de las que grabó centenares durante su breve vida Carlos Gardel.

         A pesar del rígido control de los medios de comunicación por el régimen militar argentino de 1966-1972, Luna (una importante figura del partido Unión Cívica Radical, del poco antes depuesto presidente Arturo Illia) y Ramírez (un artista entonces públicamente identificado con el Partido Comunista, del que luego se apartó), no hallaron obstáculo para la amplia difusión de su obra.

         La explicación de esto puede encontrarse en el contenido fuertemente nacionalista de las canciones, como tal vez mejor en la ocasional enemistad, tanto de radicales y comunistas, como de los militares nacionalistas argentinos, con el mayoritario movimiento político peronista, proscripto en ese momento.

 

Han pasado más de cuarenta años desde el lanzamiento del famoso LP. Radicales y comunistas, después de un siglo de existencia, han desaparecido prácticamente del espectro político argentino; los peronistas se encuentran fragmentados en diferentes líneas antagónicas; los militares están recluidos en sus cuarteles; las elecciones nacionales las ganan candidatos surgidos de una trama de alianzas entre caudillos locales.

         Alfonsina y el mar todavía se oye, sin embargo, en salas de espera de aeropuertos y cabinas de aviones que aguardan pacientes su turno para aterrizar, o en pasillos de supermercados. Estas versiones aéreas o consumistas de la melódica balada se pueden incluso descargar actualmente de la Internet, para el gusto de melómanos de oído diluido.

         Las demás canciones del disco son cosa del pasado.

         Excepto Juana Azurduy, sin embargo, que goza de una curiosa segunda vida, en una docena o más de versiones, adaptadas a todo tipo de estilo musical contemporáneo, desde estridencias de bandas de punk-rock hasta recitales de Lieder para contralto con piano, mientras la original, que cantaba la folklorista argentina Mercedes Sosa, acompañada por el mismo Ramírez, sigue estando disponible en CD.

         Ni las letras de Luna se destacan por su originalidad o vuelo poético, ni las melodías de Ramírez pasarán a la historia como un hito en la música del siglo XX, ni siquiera dentro del restringido apartado folklórico, sub-apartado de música pop de inspiración folk latinoamericana.

         Alfonsina y el mar –una deprimente balada para muchachas sentimentales, acerca de una poeta que se suicidó por penas de amor– ha seguido el curso natural de las obras de su género, aferrándose a una popularidad residual estabilizada.

         Con Juana Azurduy, que sus autores definieron de manera misteriosa como “aire de cueca del norte”, ha sucedido sin embargo un fenómeno diferente.

         En la Argentina de 1969 sólo unos pocos interesados en la historia de la independencia sudamericana sabrían de los sucesos y del personaje a que alude la canción, inexistente para los manuales escolares.

         Todo es historia, la revista que creó y dirigió Luna, y fue plataforma de lanzamiento de innumerables de libros y autores de la llamada "corriente revisionista” de la historiografía argentina, sólo llevaba dos años de existencia cuando se publicó el LP. No había tenido tiempo aún de causar el espectacular impacto que produjo en la cultura popular del último tercio del siglo XX, hasta convertirse en un pingüe boom editorial, junto con los libros de sus colaboradores.

        


        Cuatro décadas después de todo esto, tras su prolongado período en el limbo, Juana Azurduy, nacida en 1780, en lo que es hoy la ciudad de Sucre, en  el sur de Bolivia y entonces el norte del virreinato del Río de la Plata, ha recobrado actualidad en la Argentina. Su figura ha sido relanzada por todos los canales de comunicación posibles, especialmente ciertos sitios web de diseño abigarrado y discurso estridente pero muy similar, donde abundan sospechosos los colores de la bandera argentina, como pintados por la misma mano.

 

        La letra de la canción de Félix Luna no puede ser más elemental, con ribetes casi prosaicos, más aptos para una composición escolar en fecha patria que para un top-ten:

 

Juana Azurduy óleo medio cuerpo

Juana Azurduy
Flor del Alto Perú
No hay otro capitán
Más valiente que tú

Oigo tu voz
Mas allá de Jujuy
Y tu galope audaz
Doña Juana Azurduy

Me enamora la patria en agraz
Desvelada recorro su faz
El español no pasará
Con mujeres tendrá que pelear

Juana Azurduy
Flor del Alto Perú
No hay otro capitán
Más valiente que tú

Truena el cañón
Préstame tu fusil
Que la revolución
Viene oliendo a jazmín

Tierra del sol
En el Alto Perú
El eco nombra aún
A Túpac Amaru

Tierra en armas que se hace mujer
Amazona de la libertad
Quiero formar en tu escuadrón
Y al clarín de tu voz atacar

Truena el cañón
Préstame tu fusil
Que la revolución
Viene oliendo a jazmín

 

        Bien mirada, esta letra dice más acerca de su autor, un ocasional profesor de historia puesto a poeta lírico, que de la presunta heroína a la que pretende cantar.

         En cuanto a la música, debido al momento por el que pasa la legislación internacional sobre derechos de autor, no cabe aquí colocar ningún enlace a los múltiples sitios de Internet que la ofrecen gratuitamente, sea en su versión original como en las posteriores recicladas en estilos modernos.

Pero basta con escribir “Juana Azurduy” en la ventana de un buscador, para tener al instante en la pantalla la vasta oferta de descargas gratuitas, como también de ejemplares de las diversas grabaciones, antiguas y actuales, en LP, casette, CD, con precios que van de U$S 10,00 para los CD Polydor o Poligram, hasta U$S 30,00 para el disco de vinilo original.

         Este último precio, para un LP editado hace ya cuarenta años, es un indicador de que las tiradas originales debieron ser de decenas de miles de ejemplares, de los que sobreviven tantos como para producir un fuerte efecto de <i>dumping</i> en su actual precio de reventa.

 

        Si Alfonsina y el mar se puede escuchar todavía hoy en aeropuertos y aviones, y en pasillos de supermercados, se debe sin duda al carácter tenuemente hipnótico de su melodía, que se acentúa aún más al eliminarse la voz de la cantante, la cual, en el caso de Mercedes Sosa de la versión original, hay que reconocerlo, es difícil de superar en estridencia y distonía, aunque sí fácil en los aspectos melódicos y líricos.

         La misma búsqueda por Internet revela rápidamente la posible causa de la renovada popularidad de Juana Azurduy. No hace falta leer siquiera los textos, porque se encuentra en una foto color datada en marzo de 2010 donde, en una pared carente de todo ornamento, cuelga un cuadro que se supone

supone es un retrato de cuerpo entero y bandera en mano de la generala Juana Azurduy de Padilla, recientemente ascendida post-mortem a ese grado por decreto de Poder Ejecutivo Nacional argentino.

         Al pie del cuadro se ve una mesa, sobre la que reposa algo que pareciera una urna funeraria. A izquierda y derecha de ella se ven sendos mástiles ornamentales, el izquierdo con la bandera boliviana y el derecho, con la argentina. Y junto a cada mástil posan de pie, con rostro visiblemente orgulloso y feliz, los presidentes de Bolivia, Evo Morales, y de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. La ocasión de la foto es una visita de estado de la presidenta a la ciudad boliviana de Sucre, parte del protocolo involucrado en el lanzamiento de la nueva alianza latinoamericana conocida como UNASUR, cuyo principal sostén es el presidente venezolano Hugo Chávez.

 

        “Aire de cueca del norte”, el género musical al que Luna y Ramírez asignaron a su canción, resulta en este punto más que curioso, si no directamente inapropiado.

         Mirando el mapa de América del Sur y la toponimia del departamento boliviano de Chuquisaca, vecino a la frontera con la Argentina, donde encontramos las ciudades de Padilla y de Azurduy, cabría plantear que más apropiado que como lo hicieron sus autores sería describir el género de esta canción como “aire de cueca del sur” (del sur boliviano, se entiende).

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         Juana Azurduy óleo color

        Incluir a Juana Azurduy, la heroína por antonomasia de la independencia boliviana, en un disco titulado “Mujeres Argentinas”, parece un desliz grave para un profesor de historia, si no un acto fallido, para un dúo formado por un profesor de historia y un folklorista intelectual. Cualquier atlas histórico escolar de América del Sur evidencia que la antigua gobernación de Alto Perú, del virreinato del Río de la Plata, nunca formó parte efectiva del territorio de la República Argentina. Bolivia se separó de las Provincias Unidas del Río de la Plata y declaró su independencia en 1825.

 

 



[1] Martín F. Yriart (Buenos Aires, Argentina: 1942) - Cursó Filología Clásica en la Universidad de Buenos Aires, donde ha sido profesor de Comunicación. Reside en España desde 1998. Colabora en publicaciones como Heterogénesis, Ómnibus o Donde dice…