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Prolegómenos

La rendición de Breda o Un saludo respetuoso

Por Martín F. Yriart [1]

 OMB Madrid

 

Diego Velázquez: La Rendición de Breda (1635)


La Rendición de Breda, uno de los cuadros de Velázquez más conocidos en todo el mundo, es algo más que la imagen de un dramático episodio militar de las guerras imperiales españolas del siglo XVII. Contiene un vasto repertorio de informaciones acerca de la vida y las costumbres europeas de la época, más allá y por encima de la misma vida militar.

 No sólo las armas, las banderas y los caballos están presentes con sentido simbólico. También las actitudes y gestos de los personajes, su vestimenta, y en especial, los sombreros, el tema de esta sección monográfica de Ómnibus.

Su punto de partida está en el sombrero como prenda femenina en el siglo XXI, pero mirando desde allí no sólo al mundo de la moda, sino también a la historia, las artes, la literatura. Y también la creación estética y literaria de hoy, para religar todo el conjunto en su mudo significado.

En el centro del cuadro de Velázquez, dos hombres de suntuosa vestimenta militar –dos comandantes que calzan botas de montar– se saludan frente a frente con profundas reverencias, la cabeza descubierta y los respectivos sombreros casi tocando el suelo con el ala, en el extremo del brazo caído, como señal de humildad. Un lustroso caballo de guerra, visto de grupas, se arremolina inquieto; otro mira alarmado desde el fondo.

A los lados del cuadro, detrás de cada uno de los dos comandantes, forman ensombrecidas, apretadas masas de soldados con sus largas picas afiladas y sus hostiles alabardas de hierro apuntando al cielo. Furtivas miradas a los costados. Los demás militares de la imagen también han descubierto sus cabezas, salvo dos hombres situados en los bordes, en extremos opuestos del cuadro.

Su nombre formal es La Rendición de Breda, pero el público que visita  continuamente el Museo del Prado pregunta siempre por “las lanzas”, y así se lo conoce informalmente en todo el mundo: uno de los cuadros más famosos del inmortal pintor español del siglo XVII.

Diego de Silva y Velázquez nació en Sevilla en 1599 y murió en Madrid en 1660. Favorito del rey de España, Felipe IV, es considerado uno de los mas consumados maestros del color, y de su extensa obra destacan cuadros universalmente famosos como Las Meninas, La Forja de Vulcano o Las Hilanderas, sin contar los innumerables retratos de reyes, aristócratas o plebeyos, desde el mismo Felipe IV al formidable conde-duque de Olivares –de pie y a caballo– pasando por campesinos, burgueses o los enanos y bufones de la corte española, y por supuesto la misma Rendición de Breda.

Las dos figuras centrales del cuadro poseen luz propia, tanto fotónica como histórica. Si en el siglo XVII hubieran existido los reflectores como los que hoy se ocultan en las alturas invisibles de los escenarios teatrales, se diría que unos focos poderosos iluminan a estos dos caballeros inclinados en una reverencia de la que nunca se podrán alzar para darse el esperado abrazo.

En un cuadro plagado de lanzas, espadas y corazas inmóviles, esta reverencia es toda la animación de la escena y son las cabezas descubiertas de estos hombres inclinados frente a frente las que conceden todo su significado a la obra de Velázquez.

Paz. La guerra ha terminado. La carnicería de las batallas. La amenaza mortal del sitio interminable. La tenaz resistencia de los defensores en medio del hambre y la peste. Paz. Enterraremos a nuestros muertos. Regresaremos a nuestros hogares. Paz. Recibiremos el amor y el honor de quienes nos aguardan y celebran vernos regresar vivos. Victoriosos o derrotados, premiados o famélicos, pero vivos. 

El caballero de la izquierda, que extiende la mano derecha con una gruesa llave, es el flamenco príncipe Justino de Nassau, comandante de la fortaleza de Breda, donde defendía la independencia y libertad de sus compatriotas frente al poder absoluto de Felipe IV. El de la derecha, con el bastón de mariscal y el sombrero en la mano izquierda, que lo saluda en gesto amistoso tomándolo del brazo con la derecha, es su enemigo y vencedor, el genovés almirante Ambrosio Spínola, comandante de las sitiadoras fuerzas imperiales españolas.

 El cuadro de Velázquez habla de muchas cosas –guerra, orgullo, codicia, pasiones– pero el gesto de los protagonistas centrales, sus cabezas inclinadas y descubiertas, y los sombreros bajados o ausentes, contienen el significado central de la obra: paz, compasión, humildad.         

Los hombres inmóviles o suspendidos en su gesto, miran pero no hablan. Se oye un estruendoso silencio en toda la tela, alterado tal vez solamente por los cascos y los belfos del inquieto caballo. Quienes hablan son los sombreros.

Aún antes de que estos dos comandantes comiencen a dialogar –en francés, probablemente, dado que uno es flamenco y el otro, italiano– sus sombreros han dicho lo fundamental. Han expresado el mutuo respeto de uno por el otro; el mutuo reconocimiento de la valentía y la honra de dos veteranos soldados, dos nobles comandantes que antes de desangrar inútilmente a sus ejércitos y de llenar de viudas y huérfanos sus respectivas naciones, acuerdan celebrar la paz y, en el caso del almirante, humanitariamente conceder una retirada honorable y sin represalias al enemigo vencido, que partirá de allí con armas, bagajes, raciones y banderas.

 El secreto significado del sombrero se ha perdido hace tiempo en el mundo de hoy. El que fuera en otras épocas un símbolo de sumisión a poderes y fuerzas superiores –celestiales y terrenas, sociales y humanas– es hoy, en su fase de cuasi-extinción, un toque de coquetería, un ornamento de la belleza femenina, un atributo de elegancia y jerarquía social.

Y, sobre todo, una exquisita obra de arte que, expuesta en el escaparate de una tienda, no deja de atraer la mirada del que pasa, y exhibida por una mujer, en una pasarela de moda como en la calle o en una reunión, distingue a esa mujer que lo lleva por sobre todas las demás.   

Es interesante apuntar, antes de concluir, que algunos autores sostienen que Velázquez se ha retratado a sí mismo en este cuadro de las lanzas, semioculto junto al borde derecho, debajo de la bandera a cuadros ajedrezados del ejército sitiador, vestido de gris claro, con la cabeza cubierta por un sombrero del mismo tono, adornado por una pluma blanca.

De todo esto pretende hablar, de diversas maneras, este suplemento monográfico de Ómnibus, comenzando con los extraordinarios diseños actuales de la creadora española de Hawker-Madrid, Paloma de Flórez Montero de Espinosa, para retroceder a los pintores del clasicismo y las costumbres contemporáneas de la Lima colonial.

Pasando por otros lugares del arte, la literatura, el cine o la moda, y la insospechada Primera Epístola a los Corintios, del apóstol San Pablo, o la gris etiqueta monocroma de las carreras de Ascot.

Y sin olvidar la música: ¿Qué sería de la canción francesa sin el canotier de paja rubia de Maurice Chevalier, o del musical hollywoodense privado del brillante sombrero de copa de Fred Astaire, del brazo de su insustituible compañera, Ginger Rogers?

Pero por un camino u otro regresamos siempre a la mujer, quien se ha convertido en el siglo XXI en la que preserva con vida y color el significado secreto del sombrero.



[1] Martín F. Yriart,  es periodista y se dedica actualmente al desarrollo de medios digitales de comunicación y a las técnicas del periodismo de esa modalidad: HTGS/Ciudades (www.heterogenesis.se/ciudades.asp). Colabora en Donde dice... (www.fundeu.es), la revista de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), patrocinada por la Agencia Efe y el Banco BBVA, dedicada al español como lengua de comunicación internacional, y en Heterogénesis (www.heterogenesis.com), el journal internacional de estética, comunicación y artes contemporáneas. Imparte cursos de Periodismo Literario (Literary Journalism) en distintas instituciones. Adjunto a la dirección de la revista Ómnibus.