La narrativa colombiana ante el marketing: 1992-2012

Narradora y ensayista colombiana


Durante las dos últimas décadas Colombia ha asistido a un cambio de paradigma en la cultura, ha llegado incluso a disolver el corpus de la narrativa, a borrar nombres y propuestas estéticas y colocar en librerías, aeropuertos o supermercados solo a autores promocionados por los grandes grupos editoriales; en su mayoría nacidos en torno a la década del sesenta y que empiezan a publicar en los noventa, según las pautas de agentes comerciales (no editores). Estos pretenden ser una alternativa a las “complicadas”, “experimentales” e “ilegibles” novelas escritas supuestamente a la luz de las teorías “posmodernas” o “poscoloniales” (depende de las modas). Se olvida, porque de lo que se trata es de olvidar, el legado de la gran narrativa hispanoamericana: Quiroga, Arlt, Cortázar, Onetti y Rulfo, que no han sido superados por los, ya no tan jóvenes, autores. Conviene entonces recordar algunos nombres que en la década de los setenta asumieron el reto de escribir después de Cien años de soledad, no en contra, sino bajo el estímulo de su legado, pero buscando una voz y una poética propias, ensayando otras técnicas y lenguajes, rompiendo con procedimientos narrativos canónicos o anquilosados. 

La llamada “narrativa posmoderna” irrumpe en 1978, con tres obras que abren ya ese espacio: El álbum secreto del sagrado corazón, Los parientes de Ester y Hojas en el patio. Superando el realismo y la denuncia, las tres convertían el lenguaje en protagonista de las ficciones. Con El Álbum secreto del Sagrado Corazón Rodrigo Parra Sandoval (Cali, 1938) rompía los esquemas narrativos tradicionales, poniendo en evidencia el rancio anacronismo de las instituciones del Estado, la moral, el fanatismo religioso que dominaban en todos los aspectos de la vida y la impostura de los usos sociales, con un sentido del humor que le ha permitido explorar técnicas y procedimientos inéditos en títulos como Un pasado para Micaela (1988), La amante de Shakespeare (1989), Tarzán y el filósofo desnudo (1996) y El Don de Juan (2002).

Además, en los ochenta la novela urbana se consolida con Luis Fayad (Bogotá, 1945), que en medio de la euforia del boom, sorprende con Los parientes de Ester, escrita en un lenguaje sencillo y preciso y de excepcional eficacia. La ciudad aquí se aborda desde el ámbito privado hasta el público. Los personajes expresan el desaliento y la falta de perspectivas, en sus prácticas de supervivencia, en el espejismo del negocio fácil que alimenta sus sueños. La verosimilitud descansa no sólo en la entidad que les asigna la manera de hablar, sino en la carga de sentido que arrastran las palabras, en sus contundentes respuestas. Excelente cuentista, Fayad ha escrito desde su exilio en Alemania, entre otros libros, La caída de los puntos cardinales (2000) y Testamento de un hombre de negocios (2004), novelas que evidencian su virtuosismo en el manejo del lenguaje y del diálogo.

Del mismo modo, se transita por el espacio urbano con Darío Ruiz Gómez (Anorí, Antioquia, 1936), quien no nombra la ciudad de Medellín, pero la dibuja con finas pinceladas, ofreciendo una nítida y vibrante fotografía, desde Hojas en el patio, pasando por En voz baja (1992) hasta las más recientes narraciones, En tierra de paganos (1992) y Crímenes municipales (2009). Crítico y poeta, Ruiz Gómez se caracteriza por el rigor de sus propuestas formales, por la habilidad para llevar a la prosa el lenguaje sobrio y directo de su poesía, con lo que informa del cambio de valores y de estéticas que introduce la cultura del narcotráfico en el país, ahondando en la subjetividad contemporánea mediante el monólogo interior. Con él se puede decir que la literatura colombiana se libera de la equivocada creencia de que la belleza está en los adornos de la frase.

Sin ninguna duda, la obra de mayor repercusión en el país en los ochenta, premiada, canonizada y traducida fue La tejedora de coronas (1982) de Germán Espinosa (Cartagena, 1938-2007). En ella el Siglo de las Luces y la legendaria Cartagena de Indias se reinventaban con una prosa fluida, elegante y de un barroquismo audaz. Otro sonado éxito de estos años fue el de Próspero Morales Pradilla (Tunja, 1920-1990) con Los pecados de Inés de Hinojosa (1986) que recreaba una de las historias más picantes de El Carnero de Rodríguez Freyle. Es también la década en que Gustavo Álvarez Gardeazábal (Tuluá, 1945) publica El Divino (1986), tras un prolífico periodo de casi un título por año, desde su exitosa Cóndores no se entierran todos los días (1972); y en la que Arturo Alape (Cali, 1938-2006) cronista y narrador, el más documentado historiador sobre el 9 de abril, publica las novelas Memoria del olvido (1983) y La noche de los pájaros (1984); en que Rocío Vélez de Piedrahíta (Medellín, 1926), publica El terrateniente (1980); y Helena Araújo (Bogotá, 1934), Fiesta en Teusaquillo (1981). 

Fernando Cruz Kronfly (Buga, 1943), otro de los autores relevantes, publica por esos años La ceniza del Libertador (1989), el mismo de El general en su laberinto, lo que fue un obstáculo para la promoción de una obra que merecería mayor atención. Por otro lado, Manuel Mejía Vallejo (Jericó, Antioquia, 1923-1998) obtiene el Premio Rómulo Gallegos 1989 con La casa de las dos palmas; Óscar Collazos (Bahía Solano, Chocó, 1942) publica las novelas Jóvenes, pobres amantes (1983), Tal como el fuego fatuo (1986) y Fugas (1988); Roberto Burgos Cantor (Cartagena, 1948), El patio de los vientos perdidos (1984). Rafael Humberto Moreno Durán (Tunja, 1945-2005), que acaparó gran parte de la atención crítica nacional e internacional publica en España la trilogía Femina Suite (1981-1986), situada en la Bogotá de los sesenta y los setenta, en el ambiente universitario de la época. Aquí exploraba el mundo femenino con un lenguaje plagado de juegos verbales y referencias intertextuales que ponían en evidencia la robusta cultura libresca en la que se apoyaba.

La superación de la retórica, mediante el sentido del humor, la ironía y la parodia, procedimientos utilizados por los autores mencionados, dan lugar a diversidad de miradas y estilos. La metaficción también contó con un importante número de virtuosos desde El buen Salvaje (1963) de Eduardo Caballero Calderón (Bogotá, 1910). En esa corriente se inscriben Ricardo Cano Gaviria (Medellín, 1946) con narraciones híbridas y fragmentadas, como Las ciento veinte jornadas de Bouvard y Pécuchet (1982) y Pasajero Walter Benjamin (1989), esta última, elogiada por la crítica más autorizada en Colombia y España. Jordi Llovet destacaría en Cano Gaviria la pulcritud de su prosa, así como “…una inteligencia tan necesaria como suficiente y una prudencia y un tacto exquisitos en el momento de introducirse en los recovecos sentimentales e intelectuales de Benjamin”; por otro lado, Antonio Caballero (Bogotá, 1945) en Sin remedio (1984) sigue al poeta Ignacio Escobar en su intento suicida de escribir un poema épico sobre la ciudad que repudia. Igualmente, apreciamos el talento de César Pérez Pinzón (Alvarado, Tolima, 1954-2006), que cuenta con títulos como Alucinaciones (1980) y La calle del farol dormido (1986) y la novela Hacia el abismo (1986), donde aborda aspectos de la condición humana, con una gran habilidad en el manejo de técnicas y procedimientos, para recrear el intimismo de las atmósferas en sus ficciones.


Siguen en esa línea Boris Salazar (Ibagué, 1955) que, en La otra Selva (1991), se vale de la estructura del relato policíaco ahondando en la complejidad del mundo contemporáneo, o Freddy Téllez (Bogotá, 1946) que, en La ciudad interior (1990), expone el desdoblamiento de la escritura en el texto, incluso visualmente (a dos columnas, una para la narración, otra para la reflexión). Asimismo desarrolla la figura del doble quebrando la línea de continuidad, alterando el orden del discurso. En La ceremonia de la soledad (1992) Fernando Cruz Kronfly estructura en dos planos un triángulo amoroso que conduce a la degradación, evidenciado la crisis de valores de la sociedad contemporánea. Entre los nacidos en los sesenta podemos situar en esta corriente a Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962) quien en El último diario de Tony Flowers (1995) recurre a procedimientos propios de la posmodernidad literaria.

No se puede pasar por alto el impacto de ¡Qué viva la música! (1977), de Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977), novela de culto de los más jóvenes en los ochenta, que vieron una salida estética en la frescura de su lenguaje y en su lectura de la ciudad, su fluir noctámbulo en tiempos y en ritmos distintos. Del rock a la salsa, se buscaba una voz propia, incorporando los distintos lenguajes de la juventud, al tiempo que se daba cuenta del frenesí de una década en la que las drogas se cobraron muchas vidas, entre ellas, la del propio autor.

Un nombre clave de esa década es el de Albalucía Ángel (Pereira, 1939) que explora la ciudad en una novela de compleja estructura, atravesada por intertextualidades, entre tiempos y espacios superpuestos. Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975) es una de las obras más importantes sobre la violencia en Colombia. Sin embargo, no obtuvo en el país el reconocimiento que merecía. La autora aborda este tema como memoria de infancia y nos da una referencia, el año de 1967, en la ciudad de Bogotá, desde donde la protagonista se proyecta hacia distintos tiempos del pasado. En un momento en que la novela latinoamericana se sometía a la más audaz experimentación, Estaba la pájara pinta….exige mucha atención del lector. Metáfora del adormecimiento de las décadas posteriores al magnicidio que hundió al país en un inmovilismo atroz, el personaje recuerda hechos dolorosos de su vida mientras se despereza. A esta le siguen títulos como Misiá señora (1982), Las andariegas (1984) y Tierra de nadie (2002), entre otros.  

Igualmente debe tenerse en cuenta a Fanny Buitrago (Barranquilla, 1945) quien sorprende por su precocidad con El hostigante verano de los dioses (1963). La ironía en esta autora se anticipa a las posturas posmodernas ostensibles en narraciones como Los amores de Afrodita (1983) donde recurre a la parodia, el humor y el pastiche, introduciendo distintos lenguajes, tanto de los medios masivos de comunicación como del habla popular; y en Señora de la miel (1993) entre otras. Buitrago ha incursionado en distintos géneros, cuento, teatro, literatura infantil y juvenil, consolidándose, junto con Albalucía Ángel, como referente de la literatura hispanoamericana contemporánea en el contexto internacional, gracias a la atención de la crítica especializada.

Al mismo nivel de estas escritoras se encuentra Marvel Moreno (Barranquilla, 1939-1995) con tres libros de cuentos y una novela, En diciembre llegaban las brisas (1987). Considerada una obra maestra por críticos como Jacques Gilard, Helena Araújo y Fabio Rodríguez Amaya, este último destaca su minuciosa y elaborada «relojería», fruto de una pasión y una paciencia extremas, “con lo que logra focalizar y rematar una idea absoluta de mundo, equilibrado y casi diabólico en su micro mecanismo estructural”. Son cinco los métodos señalados por él en el proceso de escritura de esta autora: la precisión analítica, el saber oblicuo, la lucidez distante, la poética eversiva y la renovación lingüística.

Quedan fuera del canon muchos de los autores nacidos en los cincuenta, aunque entre los mencionados, hay quienes disfrutan de un sólido prestigio y también quienes empezaron a publicar en la primera década del siglo XXI: José Luis Garcés, Julio Olaciregui, Jorge Eliécer Pardo, Tomás González y Laura Restrepo (1950), Piedad Bonnett (1951), Rubén Vélez, Sonia Truque y Eduardo García Aguilar (1953), William Ospina (1954), Boris Salazar, Fabio Martínez y Harold Kremer (1955), Marco Schwartz, Enrique Cabezas Rher, Gloria Inés Peláez y Claudia Ivonne Giraldo (1956), Triunfo Arciniegas y Julio Paredes (1957), Alberto Esquivel, Héctor Abad Faciolince y Evelio Rosero (1958), Lucía Donadío y Ester Fleisacher (1959).

Laura Restrepo (Bogotá, 1950) lleva el testimonio y la crónica periodística a la novela, con ráfagas de realismo mágico, en Dulce compañía (1995), Premio Sor Juana Inés de la Cruz. En Delirio (2004), Premio Alfaguara de novela, cuestiona el ambiente social, entre la corrupción política y la presión del medio familiar, desde la locura femenina. En tanto que Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951), una de las poetas más reconocidas, deconstruye la figura del intelectual, desvelando su impostura y estrategias, en Para otros es el cielo (2004).


Heredero de Lezama Lima, Cabrera Infante y García Márquez, Julio Olaciregui (Barranquilla, 1950) se adentra en el mito explorando la riqueza, diversidad y complejidad de la cultura del Caribe, dibujando trayectorias, superponiendo tiempos y espacios en Dionea (2006). En el mismo contexto se sitúa Vulgata Caribe (2000), novela épica de Marco Schwartz (Barranquilla, 1956), espejo del país, en la que treinta mil colonos buscan un trozo de tierra intentando fundar su ciudad, como en el relato bíblico, a merced de las promesas de políticos corruptos. Enrique Cabezas Rher (Guapi, Cauca, 1956) en Miro tu lindo cielo y quedo aliviado (1981) incorpora en el relato elementos propios de la cultura del Pacífico, mientras que en La estrella de papel  (1990) se centra en la figura del burócrata y su mediocre existencia con un arriesgado planteamiento formal. Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953) publica Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987) y El viaje triunfal (1993), entre otros; Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) alterna la parodia, el realismo sucio, y el autobiografismo en El olvido que seremos (2005). Julio Paredes (Bogotá, 1957) publica La celda sumergida (2003) y Cinco tardes con Simenon (2003); José Luis Garcés González (Montería, 1950) publica Los extraños traen mala suerte (1984) y Entre la soledad y los cuchillos (1985), libros por los que ha sido premiado y a los que debe su prestigio.

Por otro lado, sorprende Alberto Esquivel (Cali, 1958) con un lenguaje descarnado en el que refiere la vida de personajes callejeros en Acelere (1985), La vida de los amigos tiene que respetarse (1994), Amor en guerra (1996). Igualmente destaca Tomás González (Medellín, 1950) en Los caballitos del diablo (2003), con una prosa que nos informa desde el silencio; y Harold Kremer (Buga, 1955) cuentista que aborda diversidad de temáticas y técnicas narrativas, en su exploración de las pasiones humanas en La noche más larga (1984), Rumor de mar (1989) y La cajita cuadrada (2007). 

Evelio Rosero (Bogotá, 1958) fusiona el realismo fantástico de un Felisberto Hernández con el realismo de Juan Rulfo, cuyos procedimientos le permiten incursionar en el misterio, en la frontera entre la vida y la muerte, en novelas como El lejero (2003) y Los ejércitos (2006), Premio Tusquets 2006. Aquí los personajes deambulan entre la niebla y el silencio en busca de sus seres queridos retenidos, se adentran en el infierno, escuchando los gemidos de los muertos en vida. El vínculo entre lo íntimo y la historia, acerca a Rosero a Alonso Aristizábal (Filadelfia, Caldas, 1940), en Si a usted en el sueño le dieran una rosa (1997) escrita en homenaje a Marcel Schwob, donde explora los pozos de dolor y felicidad que dejan los amores juveniles. El autor sitúa las experiencias amorosas en el periodo inmediatamente posterior a la violencia, la dictadura de Rojas Pinilla, tema tratado también en su novela Una y muchas guerras (1985).

Paralelo a la obra de estos escritores circula la narrativa de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), quien irrumpe con visceralidad en páginas que destilan un amargo repudio por la humana condición, por el autoritarismo de una cultura en la que la presencia de la madre se impone con el peso de la religión. En El río del tiempo (1985-88) nos lleva a la infancia con una belleza no exenta de crueldad, pero su escritura se desvía en La virgen de los sicarios (1994) para convertirse en una diatriba. Vallejo se presenta como el autor de mayor vigor, en el contexto internacional. Sin embargo, tras la primera lectura, sus novelas posteriores a 1994 quizás deban esperar el también implacable juicio del tiempo.

La nómina de autores desconocidos fuera de Colombia es tan extensa que exigiría la elaboración de un diccionario. Con todas las limitaciones menciono algunos nombres que merecen la atención como Saúl Álvarez (Bogotá, 1948), quien lleva uno de los mejores blogs literarios, y se caracteriza por la contundencia de su escritura en novelas como La silla del otro (2005) y ¡Otra vez! (2007); Gabriel Uribe Carreño (El Socorro, Santander, 1947) ágil, audaz y ameno autor de Maquiavelo en Verona (1998), El Último retrato de Cecilia Tovar (2006); así como José Cardona López, excelente cuentista, autor de la novela Sueños para una siesta (1986); Al otro lado del acaso (cuentos, 2012); Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949), de Aves de paraíso (1981), Cuentos para hacer el amor (1983) y Paraísos hostiles (1985), premiado y reconocido por su talento narrativo. Capítulo aparte merecería Antonio Mora Vélez (1942), artífice de la novela de ciencia ficción con un larga lista de títulos entre la que destacan Glitza (1979), Lorna es una mujer (1986), El fuego de los dioses (2001) y Los nuevos iniciados (2008).  


La década de los noventa se caracteriza por la presencia de los nacidos a partir de los sesenta que, como he dicho, pretenden desmarcarse de una tradición literaria que consideran “cargada de referencias librescas” y escrita para un público “culto”. Apoyados por los poderosos grupos editoriales se les ha dado a conocer en circuitos internacionales y se les han otorgado los más prestigiosos premios y, además, en muchos casos, las bibliotecas públicas del país que adquieren sus libros favorecen con esa “ayuda” a las editoriales y, a la vez, los promocionan. Estos declaran no tener prejuicios estéticos y dirigirse un lector “menos snob”, como diría en una entrevista Efraim Medina Reyes (Cartagena, 1967), representante del llamado realismo sucio, quien responde a un momento en que se utiliza el golpe de efecto para atraer a un público distraído, bombardeado por reclamos consumistas.

Lejos de este “realismo sucio” se sitúa una narración inclasificable como Veinticinco centímetros (1999) de Rubén Vélez (Medellín, 1953), relato o aullido, que ahonda en el sórdido mundo de los sicarios de Medellín, que husmea en su retorcida sexualidad. La escritura de Vélez, despojada de solemnidad, es de un humor penetrante y corrosivo, ajeno a cualquier pretensión efectista. Su más reciente publicación, La máquina no devuelve (2012) propone un salto al abismo, una lectura entre líneas, libre de patetismo y cargada de fina ironía.

El hecho es que en los noventa estos grupos editoriales venden la ilusión de que se asiste a un nuevo boom con autores como Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) que opta por el género policíaco con Perder es cuestión de método (1997). Se aprecia una predilección por este género que vincula la violencia política con el narcotráfico y se ignoran otras propuestas como las de  Ramón Illán Baca (Santa Marta, 1938), autor de Deborah cruel (1990) y Disfrázate como quieras (2002), narraciones libres de solemnidad. Fuera del circuito comercial destacan en este género autores como Octavio Escobar, con Saide (1995), Pedro Badran (Magangué, Bolivar, 1960) con Un cadáver en la mesa es mala educación (2007), Hugo Chaparro (Bogotá, 1961) con El capítulo de Ferneli (1992), Nahum Montt (Barrancabermeja, 1967) con El esquimal y la mariposa (2005). 


Mario Mendoza (Bogotá, 1964) da cuenta de los sucesos escabrosos recogidos por la prensa, como la matanza en la pizzería Pozzeto de Bogotá en Satanás (2002, Premio Biblioteca Breve Seix Barral), Jorge Franco (Medellín,1962) con Rosario Tijeras (1999), aborda desde un personaje femenino el tema del narcotráfico y la corrupción que padece el país, que ya había explorado Gustavo Álvarez Gardeazábal en El Divino y que retoma Juan Gabriel Vázquez (Bogotá, 1973) en su más reciente novela, El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara, 2011). Sin embargo, muchas de estas novelas, como indica Piedad Bonnett en un artículo publicado en El País, adolecen de una gran simpleza al caer en “estereotipos y maniqueísmos”, y en aburridas moralejas. No es el caso de autores como Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963), quien se distingue por la elegancia de su escritura en obras celebradas como Lejos de Roma (2008) donde aborda el tema del exilio del poeta Ovidio; y la más reciente, Los derrotados (2012), que narra la vida del sabio Francisco José de Caldas. También destaca la escritura de Enrique Serrano (Barrancabermeja, 1960), con títulos como De parte de Dios, o Tamerlán (2003) y César Alzate (Medellín, 1967) con novelas como La ciudad de todos los adioses (2001) y Mártires del deseo (2011), narración autobiográfica en la que caben crónicas y testimonios de amores y de una abierta homosexualidad.
No está de más señalar la notable presencia de narradoras que han ampliado el corpus de la narrativa colombiana, en la primera década del siglo XXI, desde Lina María Pérez Gaviria (Bogotá, 1949): Cuentos sin antifaz (2001), Cuentos punzantes (2006) y Mortajas cruzadas (2008); María Cristina Restrepo (Medellín, 1949): La vieja casa de la calle Maracaibo (1989), De una vez y para siempre (2001), Amores sin tregua (2006) y La mujer de los sueños rotos (2009), pasando por Claudia Ivonne Giraldo (Medellín, 1956): El hijo del dragón (2007) y El cuarto secreto (2008), Gloria Inés Peláez (Manizales, 1956): Roa Séptima con Catorce (2007) y La francesa de Santa Bárbara (2009); Emma Lucía Ardila (Bucaramanga, 1957): Sed (1999) y Los días ajenos (2002); las ya mencionadas Lucía Donadío (Cúcuta, 1959): Alfabeto de infancia (2009) y Cambio de puesto (2012), Ester Fleisacher (Palmira, Valle, 1959): Las tres pasas (1999), La flor desfigurada (2007) y La risa del sol (2011), Lucía Victoria Torres (Medellín, 1960): El amor no es una rosa (1986), El soldado de cuerda (2005), Dejó una mariposa su capullo (2008) y Rojo como tu pelo (2009), Carolina Sanín (Bogotá, 1973); Todo en otra parte (2005), hasta Andrea Cristina Rozo Gil (1978): Turismo orgánico (2009) y un largo etcétera. Tal circunstancia exigiría una mayor atención al corpus de la narrativa que valore estas obras con amplitud de miras, con la consciencia de que el talento y la calidad literaria tienen poco que ver con el género de sus creadores y artistas.

En la primera década del XXI la historia recibe otro tratamiento con William Ospina (Padua, Tolima, 1954), Premio Rómulo Gallegos, 2009, quien aborda la conquista en Ursúa (2005) y El país de la canela (2008). En ellas se exalta la temeridad, el ímpetu de la empresa colonizadora,

se señala el poder destructor, la arrogancia y el desconocimiento del diferente. Mientras Fabio Martínez (Cali, 1955) con Balboa: el polizón del Pacífico (2007), se acerca al relato de la historia con el sentido del humor que caracteriza su escritura, ágil y fluida, desde esa primera novela, Un habitante del séptimo cielo (1989), hasta Baal y los hombres invisibles (1994). Con humor, pero negro, ya había asumido la historia Álvaro Miranda (Santa Marta, 1945), el periodo de la Independencia, en La risa del cuervo (1984). También Manuela Sáenz pasa a la ficción en Nuestras vidas son los ríos (2007), de Jaime Manrique Ardila (Barranquilla, 1949), y La otra agonía. La pasión de Manuela Sáenz (2006), de Víctor Paz Otero (Popayán, 1945). Del mismo modo, Roberto Burgos Cantor (Cartagena, 1948), se centra en el tema de la esclavitud en La ceiba de la memoria (2008). Esta obra que obtuvo el Premio Casa de las Américas 2009, refiere el dolor humano y apela al valor moral de la compasión para conjurar las heridas históricas. Miguel Torres (Bogotá, 1942) vuelve sobre el episodio más narrado de nuestra historia, el bogotazo, en El crimen del siglo (2006) donde le da una vuelta de tuerca al tema desde el punto de vista del asesino.

La saga de las novelas sobre la violencia presenta una línea de continuidad empezando por El día del odio (1952) de Osorio Lizarazo (Bogotá, 1900), pasando por El día señalado (1964), de Manuel Mejía Vallejo, Cóndores no se entierran todos los días (1971) de Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945), Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1976), El jardín de las Hartmann (1979) —las Weismar en posteriores ediciones—, de Jorge Eliécer Pardo (El Líbano, Tolima, 1950), Las novelas de Arturo Alape, entre las más notables: La noche de los pájaros (1984) y El cadáver insepulto (2005), hasta Abraham entre bandidos (2010) de Tomás González. 


En El crimen del siglo Torres nos introduce en el ambiente de las clases populares en la Bogotá de los años cuarenta, en cuyo seno se gesta el líder que ha de redimirlas y también quien ha de ejecutarlo. El asesino despierta nuestra conmiseración cuando entendemos que él mismo es un instrumento de fuerzas oscuras y debe cumplir la orden de aquellos que jamás muestran el rostro, pero deciden los destinos del país. La realidad se nos presenta en una vívida puesta en escena, con un lenguaje cercano y accesible a cualquier lector.

En resumen, la mejor narrativa colombiana no ha tenido el reconocimiento que merece más allá del ámbito nacional. Segregadas por las estrategias del marketing, la mayoría de las obras experimentales, arriesgadas y comprometidas con la literatura, quedan fuera de la maquinaria que decide el éxito y coloca los libros en los circuitos internacionales, desde unos parámetros ajenos a lo literario.

Pero este desdén hacia la literatura, entendida como tal, se debe también al hecho de que actualmente no existe en el país una crítica rigurosa y argumentada que cuestione los productos del mercado, sin temor a indisponerse con los grupos hegemónicos y que, además, sea capaz de acoger y valorar propuestas formales e innovadoras de calidad. Después de Baldomero Sanín Cano, no se cuenta con críticos de la dimensión del uruguayo Ángel Rama, cuya amplia perspectiva le permitió trazar el proceso de la novela hispanoamericana anterior y posterior al boom. Tampoco se cuenta con trabajos como los del investigador Jacques Gilard, que, entre otras aportaciones, revisó los archivos municipales del Caribe donde descubrió en la prensa de los años cuarenta a autores olvidados y enterrados, pese a sus importantes propuestas formales. Desafortunadamente para el proceso de la narrativa colombiana, gran parte de los proyectos, que Gilard llevó a cabo con Fabio Rodríguez Amaya, siguen inéditos. Hay que señalar también la labor crítica, de traducción y difusión de éste último, quien ejerce su magisterio como catedrático de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Bérgamo, en Italia, donde, con independencia de criterios, ha dado a conocer a muchos de los autores colombianos fuera del marketing.

Asimismo es meritorio el trabajo de las editoriales universitarias, de los editores independientes que se arriesgan con los libros que el mercado considera no comerciales. En esta encrucijada la literatura colombiana busca una salida en la Red, en las publicaciones universitarias, en los nuevos soportes, lo que demuestra la tenacidad y convicción de sus creadores, quienes asumen el compromiso con la escritura, con su verdad, pese a la exclusión y al silencio, en un contexto cultural cerrado y localista. Pero es también muy estimulante comprobar que tenemos una importante reserva, pues como les sucede a los buenos vinos, las grandes obras, que siempre mejoran con el tiempo, pueden esperar el momento de su consagración.

  


[1] Consuelo Triviño Anzola, narradora y ensayista, Bogotá, 1956, es doctora en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid, ha sido profesora de Lengua española y de Literatura hispanoamericana en la Universidad Nacional de Colombia y en la Universidad de Cádiz. Está vinculada al Instituto Cervantes desde 1997. Su obra narrativa ha sido valorada por la más exigente crítica literaria. El escritor Darío Ruiz Gómez ha señalado su aporte al proceso de la narrativa en el país. Críticos, como Julio Ortega de la Universidad de Brown, subrayan la alta calidad de su prosa y su tersa escritura, en novelas como La semilla de la ira (2008) -inspirada en el polémico escritor colombiano José María Vargas Vila-, considerada una de las mejor escritas y narradas de la literatura colombiana y latinoamericana. Prohibido salir a la calle (1998, La Mirada Malva, 2009, Sílaba Editores, 2011) aborda la infancia desde los ojos de una niña, en la Bogotá de finales de los sesenta y principios de los setenta. Helena Usandizaga, profesora Titular de Literatura hispanoamericana de la Universidad Autónoma de Barcelona, la sitúa como referente de la novela de formación y del proceso de cambios sufridos en la ciudad de Bogotá. Del mismo modo, en su novela Una isla en la luna (2009), la autora rompe con las convenciones del realismo, recurriendo a la auto reflexión y la fragmentación para desmotar la identidad de unos personajes, hijos de las reivindicaciones de mayo del sesenta y ocho, con sus discursos ideológicos tendenciosos. Los cuentos reunidos en La casa imposible (2005), traducidos y antologados en importantes colecciones, han recibido la atención de la crítica que señala su arriesgada escritura y vibrante vitalidad.  


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