Alejandro José López Cáceres

Tuluá, Colombia, 1969.  Ha publicado dos libros de ensayos: Entre la pluma y la pantalla (2003) y Pasión crítica (2010), dos de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007), dos de cuentos: Dalí violeta (2005) y Catalina todos los jueves (2012), y una novela: Nadie es eterno (2012). Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Profesor Asociado de esta institución, ha residido en España y cursado estudios doctorales en literatura, en la Universidad Complutense de Madrid.


TE VENDO MI CORAZÓN

     1


               Mientras viajaban por la autopista, Valentina Price y Michael Rodríguez procuraron hablarse lo menos posible. No porque estuvieran disgustados, ni porque se malquisieran; simplemente su instinto mercantil —aguzado durante decenas de seminarios relativos a ventas y otros muchos eventos sobre marketing— les indicaba que el silencio estratégico era siempre el mejor recurso para un ejecutivo de verdad. Su encuentro, sin embargo, no se debía a intereses comerciales. En realidad, se habían conocido dos semanas atrás en un simposio organizado por la AIVI —Asociación Internacional de Vendedores Infalibles— en el cual Valentina debutó como conferencista. Gracias a las políticas de capacitación impulsadas por la empresa donde Michael prestaba sus servicios, él tuvo la posibilidad de asistir en calidad de participante. Fue allí, durante el coctel de cierre, donde conversaron por primera vez. Cierto: fueron pocas palabras y sólo un par de miradas, pero resultaron suficientes para expresar su empatía e intercambiar números telefónicos.

Ahora Valentina y Michael iban rumbo al mejor restaurante italiano de la ciudad en el carro que ella había comprado el año anterior, un Mc-Waguen deportivo. Dado que ambos llevaban gafas de espejuelos, cada uno pudo estudiar con discreción el aspecto del otro antes de aventurarse al verbo. Cuando ella volvía la mirada, supuestamente para consultar el retrovisor alterno, lo que hacía era escrutar la gala de Michael: pantalón negro Ives Saint Vendetta, de prenses; camisa y chaqueta celestes con el sello High Fingerito. Excelente. Él oteaba un imposible horizonte lateral, lo que le permitía admirar las cirugías de Valentina: nasoplastia tipo Crawford y siliconas para busto XL. Estupendo. Entre su primer encuentro y éste sólo habían mediado tres llamadas de celular —dos veces discó él; ella, una—, todas con pretextos verosímiles pero con la misma desviación temática: la soledad es una pésima opción, sobre todo los domingos. Por esa vía llegaron a la cita que al fin hoy se cumplía. Y como transcurrió un buen rato desde que Valentina lo había recogido, Michael comprendió la necesidad de romper el silencio. El problema era que no se le ocurría cómo. Quizás fuera oportuno, pensó, empezar por admitirlo:

—¿Cuál es tu lenguaje favorito?

—¿Lenguaje?

—O sea: qué tipo de mensajes te agradan...

—Ah, mensajes —Valentina inclinó la cabeza, como quien piensa en algo trascendental; luego sentenció—: la publicidad es la poesía contemporánea.

Michael se sintió un poco desconcertado. No es que objetara esa afirmación, pero sí esperaba otro tipo de respuesta. Reformular la pregunta, no obstante, le pareció improcedente. Lo mejor era seguir la corriente:

—Sin duda que lo es; pero cuál expresión te resulta más grata.

Esta vez Valentina mantuvo su perspectiva en lontananza, contemplando el paisaje de la ciudad. Al constatar que el entorno se hallaba repleto de pancartas y pasacalles, sus ojos resplandecieron alborozados:

—Nada como el hechizo de las vallas.

Michael asintió con la cabeza. Después de esto, los dos se limitaron a admirar tranquilamente los avisos gigantes que flanqueaban la autopista. Ahora mismo atravesaban, de hecho, un sector caracterizado por la feroz competencia entre letreros de bebidas gaseosas: Tranky-Cola, “Tómala con calma”; Fresh-Plus, “Distingue tu sed”; Light-Cola, “Para que nada te pese”. Así, acogidos al silencio prescrito para las transacciones importantes, llegaron al restaurante. En lo que toca al momento de la comida, no hay mucho por contar. Baste con la anotación de dos halagos para el vino chileno y uno para la pasta. Sólo diremos, por lo demás, que él desplegó sus amables maneras y ella su elegante simpatía. Lo fundamental —es decir, la forma como logró Michael saber lo que necesitaba sobre los gustos de Valentina— ya se ha relatado. Con esto tenemos que nuestro mercadotecnista estaría en condiciones de preparar una estrategia para seducir a la gerente de ventas en el próximo encuentro. Ya veremos. 

2

Al comienzo de la siguiente semana, Michael recibió una estupenda noticia: los ejecutivos de Fresh-Plus lo citaban para una entrevista laboral. Como nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre los honorarios, él olvidó la oferta que le habían hecho el semestre anterior. Lo presente podría implicar que esta vez aceptaban sus requerimientos. Ese mismo lunes en la tarde, durante la reunión sostenida con ellos, constató que así era. Ya en la noche, presa del entusiasmo que le producía pasar a las grandes ligas en óptimas condiciones —Fresh-Plus era una multinacional—, concibió un plan para concretar su asunto con Valentina. Ésa sería, desde luego, la mejor de todas las celebraciones posibles. El martes, después del trabajo, se dio a los preparativos. Lo primero fue llamar a Valentina para convenir una nueva cita. Ella aceptó encantada y estuvo de acuerdo en regresar el domingo por la noche al restaurante italiano. La segunda parte de la maniobra, en cambio, se volvió problemática. Decidido como estaba a no perder tiempo, Michael se dirigió sin previo aviso al apartamento de soltero que tenía John Carlos, un publicista amigo suyo. A pesar de lo inoportuna que resultó su presencia allí —el anfitrión se hallaba íntimamente acompañado—, fue atendido con amabilidad:

—¿A qué debo el honor de tu visita?

El sudor corría a chorros por la frente de John Carlos. Obsesionado con su proyecto, Michael pareció no darse cuenta. Tampoco le otorgó significado alguno a la bata de baño con que el otro se cubría precariamente.

—Lo mío es algo urgente, hermano.

—Eso espero —dijo el publicista al escuchar de su amigo semejante afirmación y, como no vio alternativa diferente, lo invitó a seguir—.

—Necesito una valla —explicó Michael, ansioso, mientras se acomodaba en una de las poltronas; luego se puso a examinar la sala-estudio: implementos de fotografía y dibujo, repisas para libros y discos compactos, estanterías atiborradas de revistas y videos—.

—Jurame que tu emergencia se debe a un caso “gravísimo” de espionaje comercial, o algo por el estilo.

Sin perder su jovialidad, John Carlos ocupó otro de los sillones. Con picardía, dirigió sus ojos a la mesita de centro, indicándosela a su amigo. Éste comprendió el gesto y posó en ella su mirada. Descubrió allí dos copas de licor a medio llenar.

—Se trata de una mujer —declaró Michael—.

—Por supuesto, idiota.

—No, hombre, me refiero a lo mío.

—¡Ah! En ese caso —corrigió el anfitrión, bajó la voz hasta el grado del cuchicheo y, mirando de reojo hacia su habitación, continuó—, lo mejor es contratar un servicio a domicilio...

Michael se turbó. El sentido común lo ordenaba claramente: debía abandonar el apartamento, en el acto. Por otra parte, sin embargo, no podía irse sin haberle formulado su encargo al publicista. Intentaría un último recurso, algo dramático. Se aclaró la garganta y ensayó un tono circunspecto:

—Estoy enamorado.

John Carlos soltó una carcajada:

—No me vengás con esos mitos antiguos; vos sabés: eso se lo habían inventado para intimidar a las mujeres, para garantizar que llegaran vírgenes al matrimonio y bla, bla, bla...

—En serio, hermano —insistió Michael—: conocí a la mujer de mi vida.

—No vamos a discutirlo; te doy quince minutos para decirme qué querés y desaparecer.

A Michael le pareció una oferta razonable; así que, tan rápido como pudo, le contó a su amigo lo de Fresh-Plus y sus planes para la celebración del próximo domingo. Así llegaron al tema central: el diseño de la valla con la cual Michael esperaba sorprender a Valentina declarándole su amor. A esta parte, John Carlos tomaba nota en una libreta que apoyaba sobre su rodilla:

—¿Qué le querés decir?

—No sé —titubeó Michael—, algo que suene bonito y que no sea tan explícito: “Me gustas mucho”, por ejemplo.

El publicista se incorporó y, tomando un vademécum de su estantería, se puso a consultar:

—Hay que mirar primero el Registro de Derechos de Autor, vos sabés, para no perder tiempo con un diseño que después no podamos exhibir. A ver: “Me gustas mucho”. No, hermano, ése lo tiene una compañía que vende hamburguesas. Pensá en otra cosa...

—¡Ya sé! —dijo Michael—: “Te quiero”.

­—Veamos —siguió hojeando Jonh Carlos—. Imposible: ése es el eslogan del primer automóvil convertible que sacó Mc-Waguen. Seguí pensando...

—Va a tocar algo más directo —se lamentó Michael—: “Te amo”.

—“Te amo” —buscó el otro—. No: es propiedad de una transnacional que diseña computadoras. Ni siquiera le han asignado producto, pero a ellos les gusta aventajar en todo; le llaman “La Estrategia Bill”.

Al cabo de un momento de silencio, el publicista levantó la mirada y notó que su amigo empezaba a agobiarse.

—Y por qué no omitimos las palabras... Puede que se nos ocurra una idea interesante si nos limitamos a lo gráfico.

—¡Excelente! —exclamó Michael recuperando la esperanza— ¿Qué tal un corazón?

Ahora fue John Carlos quien se angustió:

—Cómo se te ocurre, pendejo. ¿Es que no conocés la historia de “I Love New York”? Ése es un clásico de la publicidad y lo tienen registrado desde hace décadas.

Después de una ardua labor que desbordó el plazo fijado inicialmente, los dos amigos por fin lograron una caracterización general de la valla. Se trataría de un dibujo sencillo, sin palabras: una pareja.  El hombre le entregaba a la mujer un regalo envuelto al estilo celebración. Perfecto. Cuando se estaban despidiendo, pasó por la sala-estudio una mujer vestida con minifalda y blusa ombliguera. Sin detener su marcha entre la habitación y la puerta de salida, dijo:

—Chao, cariño...

John Carlos se llevó ambas manos a la cabeza:

—¡Qué pasó!

Todavía deslizándose el labial por su boca, la mujer protestó:

—Hablamos de una hora, ¿o key?  Pues ya pasaron cincuenta minutos...

El publicista se apresuró:

—En los diez que me quedan podemos resolver lo nuestro, lo juro... —inmediatamente, dirigiéndose a su amigo, decretó —: ¡Esfumate!

Michael obedeció.


Y aquí los tenemos de nuevo —domingo, autopista, exterior, noche—, rumbo al restaurante italiano. Ella iba vestida con un traje Impératrice: pantalón negro, de chaliz, blusa y chaquetilla negras, de seda, bordadas en luto con motivos árabes. Preciosa. Él llevaba puesto un vestido entero Ives Saint Vendetta, color turquesa, y camisa beige. Impecable. Pero evitemos las descripciones excesivas; al fin y al cabo, lo que interesa, llegados a este punto, es la reacción de Valentina cuando vio la valla. Bueno, más exacto sería decir: cuando Michael se la hizo ver, lo cual estaba presupuestado en la operación, pues, sin su concurso, lo más probable era que ésta pasara inadvertida en el circundante bosque de avisos. Decíamos, entonces, que iban así: el viento se colaba por las ventanillas del Mc-Waguen deportivo y movía el flequillo de la conductora; el pasajero, conforme avanzaban, se notaba cada vez más impaciente —a juzgar por la manera como se tomaba las manos—. Valentina decidió intervenir:

—¿Estás bien?

—Sí, claro.

Michael se dio cuenta de su error estratégico. Necesitaba ahora invertir el efecto adverso o, como se decía en los seminarios de marketing, “capitalizar la falla”. A pesar de que se aproximaban al paraje donde había instalado la sorpresa, él relajó conscientemente los músculos de su cara e insinuó:

—¿No vamos un poco rápido?

—Ah, te desagrada la velocidad.

—No es eso; más bien diría que me gustan mucho las vallas de este sector...

—De acuerdo —dijo Valentina devolviendo en dos los cambios del carro para mermar el paso—.

—Esa de allá, por ejemplo —señaló Michael la que ilustraba a un hombre obsequioso con  una mujer—; ¿qué tal si paramos para verla mejor?

—¿Te gustaría?

—Sí.

Se detuvieron y durante varios minutos se dedicaron a curiosear: Valentina, el dibujo de la pareja; Michael, disimuladamente, las reacciones de ella. Para desdicha de él, una gerente de ventas está rigurosamente entrenada en ocultar sus impresiones. Transcurrió un momento de quietud.

—¿Seguimos?

—Ajá —respondió él esforzándose por disimular su ansiedad; a continuación, como si cualquier cosa, agregó—: en el restaurante hablamos de la valla, ¿vale?

Valentina hizo un gesto afirmativo y reemprendió la marcha. Ya sentados a la mesa, mientras tomaban la primera copa y luego de haber coincidido en la misma orden —fetuccini mediterráneo—, retomaron el tema. Fue Michael, desde luego, quien lo propuso:

—Y bien, ¿qué te pareció?

Con la serenidad de quien sabe analizar fríamente, ella se dio un sorbo de vino tinto y manifestó:

—Para serte franca, se me hizo pobre.

Michael sintió que el alma se le congelaba. Un sudor glacial recorrió su espalda y su frente; con todo, consiguió fingir tranquilidad:

—Pobre en qué sentido...

—Por la ausencia de palabras, se advierte que es una campaña para generar expectativa; pero le hace falta audacia gráfica, ¿no te parece? Incluso la idea es demasiado corriente. No creo que sea injusto decirlo: ese creativo carece por completo de talento.

En ese instante, Michael percibió que estaba ante una mujer engreída y se reprochó a sí mismo por no haberlo notado antes. Detalló sus gestos. Sí: eran altivos, despectivos, insufribles. De cualquier modo —recapacitó antes de continuar—, la cordialidad es el distintivo del caballero:

—Yo le reconocería, al menos, el mérito de la sencillez.

Ella lo meditó unos segundos y después agregó:

—Pero tal vez raya en la simpleza.

Por fortuna, el pedido llegó justo a tiempo para evitar que se produjera una desavenencia; así que la cena transcurrió, en lo sucesivo, prácticamente en silencio. Tan pronto terminaron de comer, y tras haber solicitado la cuenta, él se dispuso a referir lo de su nuevo contrato laboral. Ya no le interesaba avanzar en nada respecto de Valentina; pero aprovecharía la oportunidad para hacerle saber, eso sí, que no sólo ella era una persona de éxito.

—Quiero compartirte algo —dijo él acomodándose la solapa—: esta semana firmé con Fresh-Plus.

Ella se quedó estupefacta y sus gestos, esta vez, la delataron: se veía desconcertada. Michael consideró esto como una prueba indiscutible de su soberbia. De todas formas, había que constatarlo:

—¿Te desagrada?

—¡De ninguna manera! —se apresuró Valentina.— Simplemente es que eso nos complica las cosas.

—No te entiendo.

Mirándolo a los ojos, ella resolvió ser breve:

—Ayer me contrataron como gerente general de Light-Cola.

La despedida fue cortés; las palabras, como siempre, pocas. Decidieron salir por separado para evitar que alguien pudiera verlos juntos. Michael Rodríguez tomó un taxi y Valentina Price abordó su Mc-Waguen. Ambos estuvieron de acuerdo en que no volverían a encontrarse jamás. Una eventual acusación de espionaje comercial era un riesgo que por ningún motivo podían correr.


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