Antología II

Se hacen carne




Novios se besan.

El árbol se ilumina

con mariposas.

 

 

 Enloquecido,

copula con la luna

el sol nocturno.

 

 

 A medianoche,

abraza al sol la luna;

el mar se entibia. 

Carlos López, Guatemala



Los espejos

 

En su casa hay un espejo igual al de mi casa. En su casa, hay una foto de un niño que es él: el niño se detiene en el espejo con la boca. Se besa.

En mi casa hay un espejo igual al de su casa. Mi madre guarda una fotografía en la que me doy besos en ese espejo: las piernas aún indecisas de soportar el cuerpo, con toda la debilidad vertical del primer año de vida, la cabeza apenas con cabello, la boca... La boca no existe, está sostenida en el espejo.

¿Me estás besando?

Yo me paro frente al espejo, tiro besos. Entro a mi espejo, salgo en el suyo. Conozco a su padre. Beso a su padre, concibo al niño que es él. Lo llevo en la lengua, regreso a su espejo, sin foto, sin niño, entro. Vuelvo a mi espejo. Me veo. Saco la lengua, la llevo al espejo. Lamo. Desde su espejo, el niño se detiene con la boca. Una boca es una boca hasta que ha sido besada. Él ha nacido. Lo acabo de nacer. 

Elena Salamanca, El Salvador



Tragame luna

 

O aterrizá en este océano que soy.

Mirá que tengo la piel fosilizada de lenguas

y un abanico azul que golpea

desde mis trompas de falopio.

 

He acampado en la sangre del abismo,

he provocado la suntuosa apatía por los ocasos.

Mirá que busco los ojos del sur

y llevo en las manos

el paracaídas de la locura.

Escuchame luna,

la serpiente de la soledad

moldeó mi estatura rompiendo mis olas,

inyectando la dosis precisa de la seducción.

Mirá que me ha mordido desde adentro,

profundo, vaciando los restos de la nostalgia,

esa que se reproduce

en el inventario de las sorpresas,

me ha dejado intacta la incertidumbre

y esta reseña de manipular los géneros

a mi conveniencia.

 

He volado profundo tus cielos, luna,

mientras un hombre

ha deletreado mi arena más húmeda.

He comido de la catarsis de la investidura.

Trágame luna

o volvete caracol, velero, arrecife,

lo que querrás

pero volvé, acampá,

quedate. 

Mayra Oyuela, Honduras


 

Landing

Se hace necesario volver. Volver de vez en cuando sobre una misma. Escuchar la saliva untándose en los labios, el tronar de su paso en los dientes, su desliz delicado bajo la lengua hasta que atraviesa la garganta y rompe el desierto.

Es necesario callar. Salir de este cuerpo de títere, romper sus amarras y lanzarse al naufragio. Hundirse en la profunda claridad que se teje al final de nuestra cueva interna y observar. Ser testigo del propio abismo.

Se hace necesario volver. Para revivir la tristeza y escuchar su paso aletargado detrás de las puertas de los cuartos apagados. Abrir el oído hasta que la angustia del trueno se deshaga y deje pasar los sonidos enanos de la calma.

Es necesario mirar. Ver cómo transcurren las sombras bajo el capricho de la luz para entender que no hay voluntad que no dependa de la luz de otra. Ver la sangre herida, envejeciendo en cicatrices anecdóticas, doblando al propio cuerpo, hasta quedar vencida por el tiempo.

Pero sobre todas las cosas es necesario volver a ti para que no se mueran las ansias, para no perder la poesía escurridiza en la engañosa rutina del día, en esta vida ordinaria, en esta calculada trampa. 

Gema Santamaría, Nicaragua



 

Nada retiene el amor en su codicia. Nada en su pálpito aprendido. En su remojo de lástimas y credos. Nada se dice del amor sin reponerle enigmas y tareas. Y si bien es ésta la invención de su abandono, nada del amor nos recupera.

 

Alfredo Trejos, Costa Rica



Espera prolongada

 

Quizás nunca llegues

quizá el amor

sea precisamente esto:

horizonte luminoso

distante e inalcanzable.

Zingonia Zingone, Costa Rica


 

Troncos en vigilia por la espuma

 

Amargo rictus de la sombra de mis velas

Rémora infecunda en las lunas tiernas de mi rostro.

Somos maderamen anclado en las arenas

                          para arder

                                            después de quemar el horizonte. 

Vladimir Baiza, El Salvador



Cahuita

 

Ahí habían llegado los huesos de algunos tiburones a morir.

Allí se secaron algas y leños perdidos, y los ojos de algún pescador. Pero aquella noche solo estaba ella asustada, tirada en medio de una arena que debía ser rubia y que caía como lluvia de asteroides sobre Eugenia.

Entonces, solo la luz que bañaba sus muslos; solo un horizonte que devoraba el cielo oscuro.

Cangrejos mirones seguramente hicieron temblar ese mundo de olas, de animales y de presas; pero yo, simplemente, escuché el rugido de la luna, esa navaja que va cercenando sueños y los deja tirados como pedazos de carne muerta sobre el mundo.

Eugenia abrió la puerta y el cristal, donde hace mil años eran sostenidas las estrellas fijas, cayó sobre su sexo para que yo viera más grandes sus labios, sus pezones, su miel. Y aquellos pequeños seres fueron creciendo como se supone que son las dimensiones de un mar, de una playa, de un milenio. 

Mauricio Molina, Costa Rica


 

Aquella mujer a la que le gustaban los poemas estuvo aquí alguna vez

(eso dice la lluvia). Empujé su cuerpo contra la pared, dice la lluvia.

Observé la forma de sus senos bajo su vestido de gitana. La mujer olía a humo y a tierra. Pensé aquella vez: Muerte.

También pensé: ha venido aquí para ser sacrificada,

este cuarto es un pantano y ha venido a hundirse, a ser devorada por mosquitos

y sanguijuelas. Ella pensó que aquí encontraría alivio.

Y lo encontró.

Lleva lodo en las manos, en los pies, entre los dedos,

lodo en la boca y en el vientre.

Lodo.

Mientras se vestía, pensé: Será su oficio lavar su cuerpo

con otros cuerpos,

perderá el cabello y se le caerán los senos.

 

Complacida, agarrada de mi cuello, sudorosa y ausente y nunca mía,

se vistió aquella mujer. Pensé: me olvidará, la olvidaré.

Pero no pude olvidar. ¿Y el miedo? El miedo es un lagarto

que asoma sus ojos. Un fantasma. Un pasado de corchos y noches. Ruinas.

 

La mirada es un crepúsculo. La mirada es milagro y nubes anaranjadas, y rojas, y amarillas. Las ballenas lo sabían, los delfines lo sabían, los otros pescadores lo sabían. Yo lo sabía, pero la lluvia, la lluvia.

Hoy sigue lloviendo.

Desde mi cuarto trazo el día, atravieso la noche y me hago enano entre las manos de alguien o algo (las manos del perro,

la perra, de la hormiga, de la lluvia, del gallo, del pozo,

del hermano, de la mujer desnuda, entregada y moribunda).

Entonces el puente se derrumba y los párpados caen.

La mirada es crepúsculo. Laberinto y línea recta, círculo y minotauro.

Algo me dice que aquellas bocas que añoro ya no volverán,

que los labios partidos ya no sangran. Ya no los veré.

La mirada es milagro. Vagabundos. Vagabunda la palabra. 

Javier Medina Bernal, Panamá



 Labial antes de dormir

 

Todas las noches, antes de dormir, me pinto los labios.

Mi madre dice que las cucarachas vendrán a comerme la boca.

Yo le digo que no, que nunca se sabe y algún día un príncipe

puede venir a besarme.

Hay que estar presentable.

Mi madre dice que es una locura, que solo vendrán las cucarachas.

Mi madre es tan ingenua. 

Elena Salamanca, El Salvador


 

Hechos recientes

A: Mary Barrantes Cascante

¿ Para qué se juntan dos

en este mundo ?

Para destruirse.

Para mortificarse.

Para tener a la mano

con quien desquitarse.

Se hacen dos

para acallar las lenguas viperinas.

Tal vez para exhibirse

o hasta desenmascararse.

Se hacen dos

en el mundo

para ahorrar tiempo

y gastos.

O para ver la luz

como quiera que esto sea.

Uno se hace pareja

calculadora en mano

para aumentar ganancias

o mejor el currículo.

Uno se hace dos

para multiplicarse.

Para juntar dos ambiciones

se emparejan.

Un espectro busca a otro

para hacer la vida.

Un fantasma elige a otro.

Se hacen carne,

Se toman de la mano,

Aparentan ser felices,

Sabe Dios

qué motivos en el fondo operan.

Para que uno y uno

intenten una suma.

Parece la avaricia.

El Amor. No parece. 

Joan Bernal, Costa Rica



 Seis movimientos nocturnos

 

pero las sombras que tú creas no tienen derecho a la noche.

PAUL ELUARD

 

*

Allí estabas esta tarde cuando llegué amasando el olvido

y lo coloqué en tus manos.

 

*

Estás contenta porque el gato que admiras

lima asperezas arrumado en la noche

llamándote con un cascabel de gladiolas

ensañándose con tu ternura

recordándote cómo añoras volver a romper de un gemido la noche.

 

*

Cada vez que escucho los pasos del desierto

me como una planta y me bebo toda tu boca.

 

*

Pusiste olvido con un cubito de hielo en los  vasos

y bebimos desconfianza.

 

*

Hoy escuché tu risa y fue escuchar el romper de las olas.

Quise volver al silencio

para ello tomé un puño de sal y otro de murmullo

y lo esparcí sobre mi fe.

*

Allí estabas cuando llegué a dejar el cascabel de gladiolas, el gato

y te ofrecí mi color

que sirve para adivinar la sombra que se esconde de tu nocturnidad. 

 

Enrique Delgadillo, Nicaragua



 

Verso 1

Ella caliente como el atol de elote

yo puse mi palito  a menear

hasta que hierva nuestro atol

no sea que se nos  enchibole.


Verso 2

Ella  me dejó  pura yuquita sancochada

sudadito  y con sabor  a pepeshca


Verso 3

Ella  era  como un chuco  en la madrugada de mi pan francés

para no defraudarla le derramé el alhuaiste


Verso 4

Ella   me  arrimaba  su nuégado

yo como buen chilate

necesité de ella para no estar  tan simple

Duke Mental, El Salvador



Cuerpo habitado

A mi amiga Marion Joly

 

Él habita mi cuerpo con su llave.

Soy un pestillo a punto de dislocarse,

sueño poblado por su boca justo detrás de la nuca

donde inicia el abandono del delito

trotar de caballos, copular de jirafas que amarran sus

cuellos

vencidas norias, diminuta luna colándose por las

cortinas.

Inalcanzable es un cuerpo cuando flota a la deriva. 

Marta Leonor González, Nicaragua



Ofrecimiento

 Vas sumergiéndote. Palpas mi espalda.

La piel se animaliza.

El aliento mineral gravita

y una flor de insomnio renace en cada poro.

 

Hecho nervadura recorro

tu suave rostro donde se alientan mis señas,

tu frente de pelícanos sin calma.

Casto horizonte: un existirte.

Toda azúcar, sal, éter, toda hiel.

 

Pensando pensarte.

Jugando a ser la huella que bautiza tu mano. 

Porfirio Salazar, Panamá


 

Mirándola dormir

 

todo hombre es su propio sol

en la media noche del hastío

cuando los grillos chillan

como fuego endemoniado

y las estrellas

están más distantes que nunca

 

bajo la luz del aguardiente

todo hombre

                       apaga

la lumbre interior de la nada

mientras mira dormir

a la mujer que le cedió el destino

no la que le inventó la ilusión

 

todo hombre

que como yo se emborracha

junto a la mujer

que nos huye en sueños

evade la necesidad del otro

hace de su fracaso

un tintineo abstracto

y se bebe en silencio su perdición 

Osvaldo Sauma, Costa Rica



Te miro, muñequita

manos suavecitas y vestido de vuelitos

boquita de besar y de decir que me quieres.

 

Te abrazo y te desaparezco en mí

me sumerjo en ti y tus ojos se adormecen.

 

No te arrugo el vestido de vuelitos

no te retuerzo las piernas

no te arranco tu ropita de un feroz arañazo

es decir, no te lastimo

ni siquiera te daño el maquillaje

no.

 

Porque según yo, el amor no es nada de eso

o quizás sea eso y algunas otras cosas.

 

Tal vez sea desear verte

y ofrecerte salir a pasear

y darte cosas

y suavemente

poco a poco

hacernos el amor de tarde en tarde

y algún día llevarte conmigo para siempre.

 

Para con el tiempo descubrir juntos

durante algún amanecer dorado o alguna tarde triste

que después de todo

del amor sólo van quedando buenos recuerdos

y uno que otro tema

para algún día escribir dos o tres poemas infames.

Victor Muñoz, Guatemala



Pescando

a M.

Tus manos sobre mi pecho

se aferran como redes.

¿Qué has pescado?

Un par de caracoles fríos por el miedo

esconden peces vivos en la arena.

Ahí abajo, corre la sal por los aires,

a la espera

de sus olas. 

Magdalena Camargo Lemieszek, Panamá



La cubre con sus alas y la espía

 

Debo elegir sobre las semillas que plantará mi ángel.

La tarea es difícil, él tendrá que rociar la tierra con su leche,

engrandecer los pastos y darle de beber a las flores en desiertos.

 

No sé qué es la vida cuando él bosteza y sus alas me consuelan,

el frío de la tarde que, callado, se pasea por mis pestañas

o el insomnio que me hace imaginar

que al centro entre mis piernas le nacen lirios.

 

Ahí, en ese instante, siento abrigar todo pistilo

para luego mi virginidad entregársela a los gladiolos,

besar la punta del espadillo hasta quedar marchita,

donde rama y tallo penetren el sueño

a la reclinada sobre el somier

que mi ángel rozará en su siesta,

la de espalda arqueada en jota

voluptuosa de máscara en mano

que él acariciará con música de flauta

entre el claroscuro que golpea sus nalgas. 

Marta Leonor González, Nicaragua



Amanecer

 

El volar y el cantar de los pájaros

me han dicho

que de tirarte al cielo,

ahí donde ellos,

te convertirías en amanecer

 

Andrés Norman Castro, El Salvador



Onirica en el mar

                                                                                                              A Carola Brantome     

 

I.

Veo naves, naos sin marinos ni atolones

alada alondra, llévame en tus flamas,

a buscar las casidas del alba en tus espejos.

 

Dejamos túmulos de flores en las soledades

de las manos de los cerros de los ríos

                                                              sin cenzontles.

 

II.

Ahora boga mi cuerpo

entre siete velas surcando tus soles.

 

III.

Calenturón de mar

                  yodo satinado entre las rocas.

                 Eso soy.

 

Como boya en procura de su octubre

ostentando alhelíes en el mástil

ondeando en las  maderas las banderas

atisbo alcores al velamen de Rodrigo,

volcanes cosquillando al cielo

                       con sus lavas.

Vladimir Baiza, El Salvador



Es sábado

           /el almanaque no miente

y lo es en un bar una esquina

          /en tu casa


alguien se asomará para recordarte

el reloj con la hora averiada

             /y una flor entre manos


o el cartero traerá una postal

           /de cumpleaños, qué más


y un loco te recitará poemas

de Cernuda y Guillén


yo, entre tanto, me quemaré las manos

con la rosa encendida


a veces, en los días de fiesta

las cosas familiares parecen lejanas

              /como los adivinos los deseos

y una larga lista de silencios.

Gerardo Guinea Díez, Guatemala



 Halcón apócrifo

(Viendo cómo Anouk Aimeé descansa su cabeza en las manos de Jean-Louis Trintignant)

 

Sólo por si esta carta conserva

algo de lo que fue:

el árbol lleno de pájaros,

la luz entre las hojas,

el agua retrasada, hielo próximo,

cristal balístico,

hoy te llamo. Te llamo.

 

Las muñecas me huelen a perfume

pero no a tu perfume.

es a un perfume dulce,

también preñado de lo que fue:

astillas de canela, jabonosa luna,

lástima, lloro de clavos,

polvo de cerrajería.

 

Sólo por si estás ahí, volvé.

 

Esta carta conserva

el tamaño de una súplica.

 

Vive, por tanto,

de pequeñas mentiras. 

Alfredo Trejos, Costa Rica




Árbol sin horas,

la soledad del canto

destila ámbar.

 

 

Árbol de fuego,

con corazón del cielo

grabas la noche.

 

 

El mar florido

lanza la estrella roja,

flota el deseo. 

Carlos López, Guatemala



Eva Braund

 

Eva Braund bebe té inglés

mientras se firma la ejecución de los judíos.

 

Eva Braund es una mujer vestida de humo,

metal y plumas de halcón.

 

Se sienta todas las tardes

a ver la puesta del sol

y a sentir el aroma

que viaja como ruiseñores

desde los hornos de Auschwitz.

 

Juega con las orquídeas,

sacude sus cenizas

y en ellas ve al Führer desnudo.

 

Eva Braund no tuvo hijos,

sólo noches de encierro y bombas.

 

Eva Braund creyó morir de amor

en un bunker de Berlín.

 

Armando Maldonaldo, Honduras



Hacer el amor llorando

para calmarle la agitación al viento

para contrarrestar la soledad de la metáfora

y perderse en el misterio del placer adolorido

hacer el amor llorando

como una invocación de gemidos salados

un petitorio hacia los dioses

del movimiento del cuerpo y la retina

hacer el amor llorando

porque la desgracia no viene sola

porque nuestras fuerzas

devienen de un misterio indescifrable

como los pedazos de mar

que nos crecen en el cuerpo

hacer el amor llorando

para lavarle la cara a la desdicha

para olvidar los designios del mal tiempo

para limpiar la tierra de sus tristezas

hacer el amor llorando

porque resistirse a llorar y a hacer el amor

es un sacrilegio que no podemos permitirnos

como buenos descendientes

de la muerte y del cuchillo

hacer el amor llorando

porque necesitamos llorar

y necesitamos hacer el amor. 

Rosa Chávez, Guatemala



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