Antología IV


Este infierno es pequeño

 

 


La patria desde el aire

 

La patria desde el aire

es ordenada y repartida

y verde

y es un huerto cerrado

en el que algunos pocos

practican el oficio de estar vivos,

entre bocas cerradas y salmueras

y agonías

y llantos extendidos por todos los rincones.

La patria desde el aire

es engañosa

y verde y repartida:

el discurso de un político

ante una plaza vacía. 

Alfonso Chase, Costa Rica



 

Tan linda la patria

y vos y yo mirando el mundial

y/o el basurero zona tres

 

las primeras comuniones

el amor fraternal

la deuda externa

la deuda interna

el premio nobel

patria inmortal

bandera con albura de nube

y color de cielo

chato el cielo

 

vida más mierda. 

Víctor Muñoz, Guatemala



Preso en una bomba de nylon

y vos el olor de ciertos callejones húmedos

despierta en mi memoria viejas plegarias

sitios perforados por el tiempo y su lógica

la guerra y mi madre

la televisión respirando en la sala

y todos bebiendo café

como si nada

Javier Payeras, Guatemala



 Ciudad

 

San Salvador:

un tren sobre los guijarros de la noche

Vagones apestados de mendigos

Avenidas de Dante y Diosmeguarde

 

San Salvador no tiene nombre propio:

se llama miseluz guarhumo puñaluna

 

Un fósforo se enciende

y brillan las heridas

 

San Salvador ya no echa de menos la lluvia

 

Se convirtió en maroma que observamos

con la boca redonda

de sorpresa y de hambre 

Otoniel Guevara, El Salvador


 

Este infierno es pequeño,

más bien chiquito,

chiquitío pedazo de tierra sagrada

donde se calcinan los sueños,

aquí las cabezas son pelotas

los dedos espinas

las piernas machetes

todo tiene filo, todo corta,

todo se debe

es un infierno pequeño

nos vemos las caras

sabemos nuestros nombres.

Rosa Chávez, Guatemala



El indio no es el que mira usted

en el catálogo de turismo,

cargando bultos

o llevándole comida a la mesa.

Tampoco el que ve desde la ventanilla

y pide monedas haciendo malabares,

ni el que habla una lengua muy otra

y resiste fríos nocturnos.

No, el indio está adentro,

y a veces se le sale, acéptelo,

aunque lo entierre en apellidos,

aunque lo socave bien

y niegue su manchita de infancia,

ahí está, acéptelo.

Y si aparece esa agua rancia,

voraz, el aguardiente que inflama,

ya verá que se le sale,

el indio empuja con su fuerza de siglos,

emerge ardoroso y se le sale,

con lo guardado,

con lo que dura doliendo.

No, no es otro,

el indio soy yo,

a ver, repita conmigo.          

Alan Mills, Guatemala


                                   

La ciudad del silencio III

 

Cuando todos se han ido

y la ciudad se quita la prisa,

solo queda el sonido mudo del desvelo,

el ronquido manso de los árboles,

el frío ancho de las aceras,

el juego arriesgado de las sombras,

el baile mortal de la calma...

 

Cuando todos se van,

la noche es una confesión hermosa

que grita desde una ventana,

o que salta desde el silencio...

 

Cuando no queda nadie,

las calles se entregan al extravío de las formas,

las casas se miran para adentro,

y la soledad llena todas las copas…

 

Alfredo Aráuz, Nicaragua



 

El tiempo lame como un animal nuestras heridas

y la ciudad crepita después que alguien

marcó un número equivocado.

Los puentes me cruzan los sentidos.

Abajo los muchachos transitan

para enseñarse los genitales,

el eco suspendido abraza mi garganta,

las imágenes se comprimen en un solo punto

y todo ocurre al mismo tiempo,

como si la materia pudiera escucharnos

desde un lejano cielo

donde todo duerme bajo el peso de los metales.

Roberto Becerra, Honduras



Ciudad de pobres corazones

 

I.

Estoy solo

en esta ciudad

de extraños       conocidos.

 

Estoy en este pathmos

y aún no escucho

las trompetas amables

de la sinfonía del caos

y lo putrefactible.

 

Estoy solo,

la mancha fue el sol

ahora ha partido,

las sombras

tuercen las esquinas

a ritmo de acelere,

una gárgola dark

apesta al centro de la plaza.

 

Estoy solo.

 

La maravilla

que solía ser

la nostalgia

se ha vuelto

un puñal

indescifrable.

 

II.

Desde los últimos edificios

del Este

se escucha el nombre

sobre todo nombre:

una mujer reina en mi cosmogonía.

 

Su nombre se vuelca hacia la luna

-huye despavorido-

Luego

la ciudad despoblada

es más hermosa,

hermosa su acera

de amantes alcohólicos,

hermoso su humo

de búnkers y basura,

hermoso el cuchillo,

el travesti,

los moteles…

 

La ciudad es hermosa:

yo estoy solo. 

Felipe Granados RIP, Costa Rica



 

Gesto desvanecido en esquina de una estación

Esta estación no será más una estación,

quedará únicamente mi gesto desvanecido

en el polvo de alguna ventana,

si acaso hay ventanas,

si acaso decido en las estaciones

desamparar algún gesto.

 

Esperaré junto a las cabinas telefónicas

a que las horas se desvanezcan azules

en mi cigarrillo encendido

de mirada triste e inclinada,

me verán apretar la mandíbula

para masticar, como las aves

que emigran de una tierra a otra,

cualquier bocado de aire

sin saber qué les espera.

 

El aire se ha vuelto amargo

y aún no sé en qué otras estaciones

abordará mi soledad otro cuerpo. 

Francisco Ruíz Udiel RIP, Nicaragua



 Goodbye Bayou

...Apilados en la estrecha isla

edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes

pirámide por pirámide, blancas nubes de tormenta.

 John Dos Passos

Manhattan Transfer

 

Son las buenas ciudades

que nadie nos ve cruzar.

Tan necias que no se detienen

así les caiga la lluvia más oscura

todo el granito

todo el azufre

el huracán con sus trapos

sus hélices dobladas

sus colas de pescado.

 

Las buenas ciudades

llenas de músicos.

 

Las que nos manchan la sombra

y tienen paz

aunque les cubran el lomo con ropa sucia

las arrastren por una tabla aceitada

y las llamen fondos

pantanos

guaridas.

 

Esas ciudades no escuchan sermones

ni rinden cuentas a otras ciudades

ni acusan a sus náufragos

y nunca están a salvo.

 

Ciudades que viajan en las cajuelas

que van en los techos de los autobuses

que se envían a sí mismas por correo

a la dirección de un viejo moribundo

al cuarto de buzones de un buque fantasma.

 

Ciudades que no he visto

en las que no se puede hacer un ataúd

porque los clavos se vuelven de arcilla

en las que hay quienes se quedan

a detener el mar con la punta del zapato

quienes se llaman

por sus antiguos rangos del ejército

y mueren sobre papeles de desalojo

sobre la novia de los escusados

y su corbata lista y su bandera rebelde

y su tiquete para el steamboat.

 

Son las buenas ciudades.

 

Se dice que sus ruinas

no están completas sin nosotros. 

Alfredo Trejos, Costa Rica


 

Muchas veces comprendí el feroz suicidio

que se levanta de las cunetas,

vacilante, estentóreo,

con cierta marca publicitaria en su quijada.

Las ratas se despeluzan en nuestras bocas,

y debajo de la tierra seguimos perdidos,

no somos universales,

ya que en la noche todo parece brillar.

El otoño madura sin semillas,

la estación del tren vuela

cubierta con una nueva piel

color terciopelo.

Los insectos arrancan su abdomen,

lo colocaban de carnada.

La noche besa el suelo y su silencio sangra,

como si fuera un recuerdo sin dueño,

que aprieta sus mejillas para morir. 

Roberto Becerra, Honduras



Alguien

 

Un par de lenguas se desgarran en los pórticos y las muchachas

desnudan su sexo antes de dormir.

 

La ciudad calla mientras llueve.

La noche es un negro útero que envuelve las avenidas.

 

Alguien escribe. 

Armando Maldonado, Honduras



Hace quince años abrí los ojos,

miré por la ventana y vi que estaba lloviendo. Entonces cerré los ojos.

Hoy he vuelto a abrirlos y he visto que sigue lloviendo.

En la calle hay hombres que baten mezcla;

es decir, combinan cemento con agua y arena.

Construirán una casa.

Los hombres trabajan bajo la lluvia.

Es una lluvia flaca. La lluvia puede ser flaca. Llueve, pero hace calor.

Cuando llueve siempre hace calor.

Vuelvo a cerrar los ojos. 

Javier Medina Bernal, Panamá



Paisaje Ártico

 

En el Ártico el suelo es blanco,

Una gaviota puede ser blanca,

Los conejos de un paisaje Ártico

Son blancos,

Igual que los iglúes,

Blancos.

 

Y si el cielo retuerce nubarrones blancos,

Se ve blanco,

Lo mismo que un árbol cubierto de nieve.

Entonces, los paisajes del Ártico

Son hechos con pinceles y pintura blanca,

Y así, pareciera que en el cuadro

No hay nada.

Pero ahí están: el cielo,

El suelo, dos gaviotas sobre un iglú,

Una pareja de conejos

Y el árbol,

Todos blancos. 

Jaime Buitrago Gil, Nicaragua



Panamá, ya sea en el Pacífico o en el Atlántico

 

Panamá en esta  calle y en este tiempo que nos falta,

Antes de mis días y mis noches

(Y del poema) fluctuando entre los lirios como el agua,

Con sus gruesas murallas y sus edificios

Que le dan color de tacto a los espejos,

A las criaturas del mar que se advienen a mi fondo,

A mi lámpara de niño y a mi mano afiebrada de poeta.

 

Nunca antes por siglos volví a ver el mismo día

En que abrí los ojos tanteando la tierra

Y el polvo del lugar donde ocurrió mi nacimiento,

Donde me convertía en talingo y en estatua

Con peces de aire entrando por el mármol.

 

Panamá fue una musa entrando

-vena a vena-

Un arcoíris en la boca,

El tamaño de una brújula en el eros y en la gnosis.

Una ciudad en mi piel, como algo corpóreo

Como la música en una temporada de lluvia

O como un tamborito en una oleada de calor.

 

Siempre llego a ella aunque por otros caminos vaya

Dejando fuego, dejando amor, coloquios,

Algo de poesía.   Mi talón siempre regresa al milagro

De su musgo, a sus piedras temerarias,

A su selva donde nunca he ido, donde nunca vuelvo,

Donde respiro la verdad del mundo

Ensalinada al borde de sus playas.

 

¿A dónde dejar el muro, el trapecio

Y las marcas de la reniñez como una mariposa en el sombrero,

 El desnudo campo

Por donde persigo duendes y espejismos de luciérnaga,

Imágenes de Dios o de un caballo que atesora

Las caminatas imaginadas por el tucán en la tormenta? 

 

Panamá

En el Pacífico, en el Atlántico,

¿En dónde está?, ¿en dónde estuvo?,

¿En dónde me encuentra el mar con su Canal

Y su memorial dolido?    Panamá la que siempre

Encuentro aunque por otros caminos vaya

Donde silbo a las criaturas que se advienen a mi fondo,

Con mi lámpara de niño y  mi mano afiebrada de poeta. 

 Javier Alvarado, Panamá


 

Cuento de la Virgen de Amapalita

 

I.

 

Sin duda ocurriste en el pasado,

venía el bajel pirata entumecido y cañoneado entre las aguas brumosas de la bahía

hacia tus manos.

 

La luz de los veranos, la perla negra entre las calles,

viejo puerto, tratantes de esclavos y barricas, nubes grises sobre el Cosigüina,

Conxagua despertaba entre los rezos de una abuela

tormenta en la ceniza…

 

Ahora más vale ocultar el rostro de los verdes salones,

pregonar la inocencia entre lagartos colorados y nísperos en flores,

es mejor un jocote en el espejo,

un garrobo volante y un breve sombrero.

 

Hasta aquí, se ha vestido la inocencia, los leones acechan

las añoradas cerezas… 

Vladimir Baiza, El Salvador



Una plegaria por Thomas Bayes

 

¿Quién selló nuestras mentes aquella noche? Cuál fue la espiga, cuáles nuestros nombres cuando tratamos de encender una hoguera en Montezuma y el viento iba apagando uno tras otro nuestros fósforos.

 

El mar Caribe devolvía un eco de moluscos y los dados caían como criaturas invisibles sobre una mesa lisa y sin mareas: “si en una urna una bola blanca”, y era la voz del reverendo Thomas Bayes desde la capilla de Mount Zion la que hablaba.

 

Érase el frío cuando las estrellas se repartían el cielo en cuadrantes irregulares, desperdiciando su luz incierta. “Ningún golpe de dados acabará con el azar“, sentenció el mar y las criaturas se inflamaron como combustible sobre la costa.

 

Sin embargo, nuestra hoguera guardaba silencio.

 

Con el último fósforo, al fin, el fuego se levantó como un molusco sobre la arena y nosotros lanzamos una y otra vez los dados pensado en dios como si fuera estúpido.

Él prendiendo las luces de la vida, los huevos del tiempo, la materia prima que pasa como ave aleteando en la madrugada.

 

Desde aquella noche, para nosotros, transcurren los días como los del reverendo Bayes, “sin una bola blanca más probable que una bola negra”.

 

Sobre la playa seguimos soñando con nuestros cuerpos luminosos, con ciudades imposibles y pulmones inflados de flogisto. Seguimos esperando que el último fósforo encienda el fuego y que una hoguera inmensa ilumine nuestras vidas.

 

Mauricio Molina, Costa Rica



Aquel dolor fue el Caribe

 

V.

 

Un día dirás tu verdad.

Esa llaga escondida.

 

Un día tu reino,

cegará la pupila del odio para siempre.

Un día nos harás a la mar

sin piedras de infortunio

a nuestros pies.

Ese día,

serás de nuevo cielo.

Y nadie cerrará tu abrazo. 

Porfirio Salazár, Panamá



Cuchillos y luces


Hojas de cristal se mecen sobre sí mismas,

el viento del verano hincha las frutas

y los nubarrones de abril no son más que un mito lejano.

Hace falta la lágrima infinita,

el cuchillo de luz,

la raíz amarga.

 

Allá, al otro lado del mundo,

ya no existo.

 

Aquí, hundida,

como un guijarro en la arena,

busco razones. 

Magdalena Camargo Lemieszek, Panamá



 La última islandesa

 

Soy la última de las mujeres islandesas

que jamás vivió en Islandia

ni supo pronunciar Reykjavik

ni mandó siquiera una carta a ningún amigo islandés

y de hecho no llegó a poner un pie más allá del paralelo 60.

 

Pero soy la última de esas mujeres que barren el viento con la cabeza y van llenas de escarcha a cualquier parte, insoportablemente lívidas, y dicen lo que tienen que decir y hacen lo que tienen que hacer en el fondo del único abismo rocoso de su barrio. Y ven la fuga de las cosas con devoción. Y casi se mueren de frío alrededor de sus hijos. Y añoran la planicie despavorida más que ninguna promesa.

 

Soy la última de las mujeres islandesas que jamás aceptó (pero entendió) la ley de un clima incompatible con el aburrimiento entre el Atlántico Norte y el océano Glacial Ártico, la combinación más generosa de las corrientes abruptas, la geografía abrupta y la irrupción permanente.

 

Soy la última de las mujeres islandesas sin código genético que tampoco experimentó la soledad en medio de la nada y aún así arriesgó todo en ese punto ciego y blanco de los confines. Soy la última de las mujeres heladas que desde lo profundo de los trópicos siempre supo que daba pasos en falso. Porque hay paisajes que no son lo que uno es.

 

Yo fui una mujer islandesa sin saberlo.

Ahora soy una mujer islandesa sin hogar.

Es decir, una piedra, la última ficción del hielo. 

María Montero, Costa Rica



 Día tras día

 

No hay alegría aquí.

No hay humildad.

Hay concreto y malas caras.

Malos olores más concreto

Y malas caras.

Un día en marcha metal

Concreto y malas caras.

El cuerpo mandando

Señales de emergencia

Y malas caras.

De los dientes

Para afuera

Las palabras Dios Mío

Y malas caras.

Diversión garantizada

Por la política aquí.

Y malas caras

Un panteón de dioses

Del Tercer Mundo

Y por supuesto malas caras.

Más metal cartón

Hay cuero raspado.

Vidrio transparente. Verdura.

Hay palabras y malas caras.

Cantidades pares

De ojos y brazos.

Un buen número

De sombras.

Y malas caras.

Carros de rostro chato.

Carne y hueso erguido.

Piel mucha piel.

Plástico y malas caras.

Cristos de mentiras.

Cristos de yeso.

Y malas caras.

A veces salterios

Rápidos estribillos.

Y malas caras.

Sacos de gangoche

Cable pelado cobre

Hediondez a basura

Caca y malas caras.

Pestilencia a limpio

Mezclilla

Abundante mezclilla

Macramé papel seda

Láminas de ladrillo

Simulado y malas caras.

Tres puntos suspensivos

Y malas caras.

Un letrero que dice Hipnosis.

Más concreto

Más piel

Más plástico

Metal

Verdadero ladrillo

Y ya saben.

Malas caras.

Malas caras chocando

Contra todo lo anterior.

Malas caras

En directo

Y sin hegemonía.

Malas caras atrayéndose

O más bien evitándose.

Un buen flujo y reflujo

De muchas malas caras.

De empleados de oficina

Cajeros a la moda

Muchachas bien bronceadas

Creyentes convencidos

Ateos radicales

Personajes del barrio.

Solterones de cepa.

De todas y de todos

Malas caras.

A pie en bicicleta

Despaciosamente

Formando un cielo propio

Un paisaje difícil.

Malas caras.

En la sección

De libros de autoayuda.

Malas caras.

En la fila del estanco

Que hace años cerraron.

Malas caras.

En el putero que abre

Jornada continua.

Malas caras.

En plataforma de servicios.

Malas caras.

Donde se lee caballeros.

Malas caras.

En la casa cural.

En el Mercedes

De cuatro puertas.

Malas caras.

Donde se lee

Se alquila.

Malas caras.

En el rancho de lata.

Malas caras.

En la mansión con piscina.

Malas caras.

Con un tubo de aluminio.

Varias malas caras.

Con el balazo en la frente

Malas caras.

Con la cruz de ceniza.

Malas caras.

 

Joan Bernal, Costa Rica



Acción de gracias

 

Cuánto te agradezco, Diosa,

que no me abandonés.

 

Aunque seas reticente, aunque apenas

vislumbre o imagine tu rostro

ciega como estoy por tu esplendor,

no dejás de bendecirme con algo de tu gracia.

 

Migajas que sean, pero tuyas,

para mí son más valiosas

que todas las riquezas, poderíos y fama

que tanto ambicionan los mortales. 

Daisy Zamora, Nicaragua



Se cierra el día:

el guardián de la luz,

dios enigmático,

hechizo de sol-luna,

se vuelve aro de fuego.

 

Carlos López, Guatemala



Tsunami

 

Si de todos modos         

llega una vez

y nos cubre

         con su sagrado manto

y nos devuelve    

         al vientre abisal

al acuoso abismo

         del que venimos

y adonde regresamos

         como recién nacidos

acunados

         en su regazo de olas. 

Daisy Zamora, Nicaragua



XXII

 

¿dónde está la boca del tiempo? o más bien su hocico porque el tiempo es bestia, y va caminando sigiloso al lado de las carreteras, avanzando entre jardines y deshechos. va rondando catedrales y casas de adobe. y sus labios fríos como una mujer de invierno van relatando historias de viejo. 

 

el tiempo levanta largos miembros como un altar inútil y se siente crujir entre maderas y botellas rotas.  por sus venas fluye el sinsentido, y el silencio revolotea como un  cuervo negro sobre sembradíos locos. 

 

¿tiene pelo el tiempo? y sus hijos que viajan sordos por el mundo ¿estarán atentos al escandaloso banquete de su padre?

 

Mauricio Molina, Costa Rica



Lo que termina en nada

 

No es la realidad

que se desea a sí misma

y mira en ese amanecer

los frutos de la languidez,

no, es el corazón con llagas

y oscuras razones

que dice que el mundo está

y es un mango de leche.

 

No son los hijos

y sus propias palabras

que olfatean cierta pureza

las que errancia dictan,

sino sus rostros

que olfatean cierta pureza

al pronunciar sus nombres,

claro, de algún tiempo a esta parte.

 

Siendo así, dejamos de ser hombres

y de nuevo somos niños

en las manos grandes de mamá

que viene una y otra vez

a la hora esperada

con sus ojos que son una lámpara

en la casa de madera que late de noche

y alumbra esa oscuridad de puntillas,

limpiando el moho de las manos

y repite y repite

lo que termina en nada.

Gerardo Guinea Díez, Guatemala


Se cierra el telón



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