Prólogo

Sobre la muestra de poesía centroamericana

Por Mario Meléndez

 

Al hablar de poesía centroamericana, debemos reconocer la presencia de un legado insoslayable, un origen tutelar cuya impronta se deja entrever en las voces de Rubén Darío, Ricardo Miró, José Coronel Urtecho, Luis Cardoza y Aragón, Pablo Antonio Cuadra, confluye en otros ríos profundos como Eunice Odio, Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal, Claribel Alegría, crea un puente hacia regiones remotas donde los ecos de Roberto Sosa, Otto René Castillo, Roque Dalton, Mario Payeras, Gioconda Belli, Osvaldo Sauma, abren caminos que sólo transitan los ángeles errantes.

Difícil resultaría abstraer esta voluntad creadora de una dialéctica social y política. Ya lo decía Martí en un verso revelador: “El único autógrafo digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras”. Y tal vez estas obras que se instalan en la memoria, no sean otra cosa que un testimonio amparado en el sentido de pertenencia, en la raíz evocadora que lo habita, en los surcos y heridas que lo preceden.

La presente muestra, preparada por la poeta Zingonia Zingone, nos permite dialogar con diversos textos desde otra perspectiva. Las secciones que llevan por título: Se difuminan las luces, Se hacen carne, De pólvora telúrica, Este infierno es pequeño dan cuenta de poemas que aparecen unidos por un mismo tópico, un mismo temple, generando en el lector esa empatía necesaria que lo aproxima al hallazgo y al asombro.


El compromiso social, la herencia del paisaje, la reivindicación del sustrato indigenista son algunas de las claves más visibles, pero también la memoria, la infancia, la contingencia, la incorporación de ciertos giros, nos deletrea un imaginario que va de lo clásico a lo lúdico, de lo neobarroco a lo experimental, en una suerte de corolario que recrea una realidad poblada de rostros y señales.  

Certero lo que dice Otoniel Guevara sobre la diversidad de cada pueblo, su inherente autonomía: “No hay una nación que pueda parecerse a otra en este cinturón estrecho de tierra y pasiones”. Y luego enfatiza: “La desigualdad y la diferencia son lo que hacen de Centroamérica una identidad irracional”. Pero también es cierto que dentro de esta “identidad irracional” se forja un imaginario colectivo, un devenir que transita por los rincones de la conciencia reconociendo su inevitable destino.

En este número se ha obviado, dada su trascendencia, la siempre iluminada poesía del Caribe, con toda su carga vital y emotiva, que será, sin duda, objeto de estudio en un próximo número de la revista. 


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