Nancy Morejón



            Nancy Morejón
(La Habana, Cuba, 1944)

Premio Nacional de Literatura en 2001. Miembro del jurado del Premio Carbet del Caribe (1990). Miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua (1999) y miembro del Consejo Asesor de OWWA. Sus poemas han alcanzado una enorme difusión así como innumerables traducciones a más de diez idiomas modernos. Entre los premios más recientes se encuentra La Corona de Oro de Macedonia (2006), el Premio Rafael Alberti (2007) además de la condición de Escritora Gallega Universal (2008) y el Premio LASA 2012. En 2013 fue condecorada con la Orden de las Artes y Letras de la República Francesa. La Universidad de Salamanca ha recogido buena parte de su obra poética en la antología El huerto magnífico de todos a cargo de Alfredo Pérez Alencart. En 2009, la Universidad Cergy-Pontoise de París, Francia, le ha otorgado un doctorado Honoris Causa. Sus más recientes poemarios son Peñalver 51 (2009) publicado por la Fundación Sinsonte de Zamora, España, y la antología La Habana expuesta (2012), de Ediciones Vigía de Matanzas, compilada por Juanamaría Cordones-Cook. En 2008, fue electa presidenta de la Asociación de Escritores de la UNEAC. En la actualidad se desempeña como asesora de la Casa de las Américas y fue electa, en 2012, Directora de la Academia Cubana de la Lengua. 

 

                        


MANTO

 

Oh las palabras formando un manto

a mi alrededor.

La pureza de  sus sonidos

anda corriendo sobre mi funda de bambula.

Oh las palabras sonando sobre el lago

de un país de África del Sur.

Cuántas palabras entretejidas que no necesito ver

sino escuchar como estrujadas, a una vez,

en el fondo de los océanos

hasta que un delfín asoma su cola triunfal,

en el centro de las madréporas

y un canto de sirena va empujando su nariz rosa

hasta la punta de una luna,

esa luna que las palabras van tejiendo

con una hebra de plata

que tiene como fondo el ardor de las algas ondeantes

una hebra de plata que se agiganta

como en  la música de mi vecino José Claro Fumero

y se transforma en un precioso manto tibio para mi bien.

 

 

 


FUNDA DE BAMBULA

 

Mi cabeza sobre una funda de bambula,

otra vez,

mientras vuelven los lagos en su brillo

y las jirafas cruzando

un mundo abandonado entre lanzas

y montes tupidos.

Como antaño, vuelven los mercaderes

con sus escudos de hojas muertas

dando alaridos y golpeando,

empujando a mujeres y niños,

a los mejores hombres del sur

y de las costas

hacia sus barcos sin regreso. 

La luz del horizonte está cayendo

sobre la funda de bambula y de hiel.

Veo la punta de los acantilados.

Veo a Gorée en la palma de mi mano,

la boca de sus fauces vomitando negras criaturas

como la noche de la primera cacería.

Una funda de bambula, otra vez.

¿Será mejor salir huyendo de esta geografía

de otro mundo? 

¿Será mejor virar la cabeza hacia otra parte

y secar las dos lágrimas que ahora navegan

entre las aguas del río Zambeze?

Mis ojos dibujaron un paisaje lunar sobre los lagos,

sobre una funda de bambula, otra vez.

 

 



ESCLAVAS

 

A medianoche,

las aguas golpeaban la costa

sin luces, sin redes

tirando hacia la arena

cuerpos de esclavas

desnudas sobre la arena fosforescente

cantando los cantares de las sagradas escrituras.

 

No volvimos jamás

a ver los cuerpos de las esclavas

como esponjas ensangrentadas

junto a los arrecifes. 

 

                                  Las esclavas cantaron

a medianoche,

cuando las aguas golpeaban la costa

sin luces,

tirando hacia la arena desnuda

sus gargantas fosforescentes

ancladas en los cantares de las sagradas escrituras.

 

                            Manglar,  28 de abril, 2013

 

 

 


UN PRIMO

                              

                             Callejón, regresé.

                             Sólo en ti la compasión hallé.

                                      -Canción popular-

 

La calle tiene nombre, un nombre oscuro, sin importancia,

como su propia desembocadura,

madura y bien abierta y desdentada.

Al final no hay luz sino la luz que salta desde la piel oscura

de mi primo Fernando. 

 

Estamos hablando pero no hablamos

porque nuestro silencio se parece,

nuestro silencio es casi igual

al silencio de las fogatas en Malawi;

silencio que perdura y alienta en nuestros poros

pero nosotros sin saberlo,

sin sospechar que ese silencio

es nuestro sólo porque lo trajo algún antepasado

tan nuestro como el propio silencio de la bodega entumecida

que logró atravesar las dos orillas

y el paso de los vientos.

 

Un día de octubre,

cuando explotó un velero en la bahía de la ciudad

y el ruido de los misiles extranjeros

quebraba el tímpano de las lavanderas

en el solar sin pulso y sin olvido,

mi primo Fernando, salió de la calle Cristina

--una calle ancha, la calle más ancha de los alrededores--,

tumbada casi siempre por los aullidos de los mataderos    

    cercanos

y el silbido implacable de los ferrocarriles.

 

Mi primo Fernando, junto a mí, extraña los bucles

    insensatos

de una prima remota y el olor de las panaderías

de la esquina de Toyo, el aroma del ajonjolí

y los domingos de carnaval corriendo como liebre dormida

entre las filas de La Mojiganga.

 

Mi primo Fernando me cuenta todo esto sin comprender

     ahora

el vaivén presuroso de las bicicletas;

sin poder comprender el libre acento de las mariposas

sobre las percas de cerveza.

 

Hemos llegado a una colina chica en Tallapiedra.

 

Pasa el tren de Santiago

y mi primo Fernando se seca el sudor de la cara

con una inútil servilleta de papel blanco

que está espiando todos mis  sentimientos.

 

Fernando y yo,

ante un vórtice de lágrimas negras.

Fernando y yo por la calle Empedrado.

Fernando y yo, reconociéndonos

en el humo especial de los telares de Muralla en agosto.

 

Mi primo Fernando,

con diez tarjetas de crédito

en el bolsillo

pero sin zapatillas, sin aire, sin idioma:

 

“Tuve que irme también de la ciudad

en donde viví por más de veinte años.

No soporté y me fui más al Norte,

a un barrio de italianos, empacadores de carne,

que tampoco entendieron mi vida”.

 

Mi primo Fernando en su futuro nómada

obsesionado todavía

por el silencio de las fogatas.


 


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