Yamil Díaz Gómez



            Yamil Díaz Gómez  
(Santa Clara, Cuba, 1971)


Escritor, editor y profesor. Licenciado en Periodismo. Autor de los títulos: Apuntes de Mambrú (1993, Premio de la Ciudad de Santa Clara 1992), En el buzón del jardín (1999 y 2002, Mención “Ismaelillo” 1997), El flautista en la cruz (2000), Soldado desconocido (2001, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2000), Crónicas martianas (2001, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2000. 2ª ed. 2007), Fotógrafo en postguerra (2004), Lluvia (Serie Pinta-cuentos, 2004), Los dioses verdaderos (2005, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2004), Ese jardín perdido (2006, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2005), y La calle de los oficios (2007, Premio Memoria 2006). Cuenta en su haber con otros premios como: Abril (1994), Bustarviejo (1996), Regino Pedroso (1998), Razón de Ser (2000), Eliseo Diego (2000), Premio de la Asociación de Editores de Estados Unidos por la edición del libro de Carilda Oliver Labra Con tinta de ayer (2000), Amor Varadero (2001). Mención en la II Bienal de la Décima, Villa Clara. Aparece en la antología Los Parques y muchas otras, tanto cubanas como extranjeras. Es miembro del grupo «Club del Poste», dedicado a la décima humorística.

 


PERO SUCEDE QUE HOY EL TIEMPO SE HA SENTADO A MI MESA

 

Pero sucede que hoy el tiempo se ha sentado a mi mesa

y me ha mirado con un ojo tristísimo

porque el tiempo siempre tiene un ojo cerrado

y me ha dicho la vida

los puntos cardinales

el amor

 

el tiempo y yo hemos hablado durante mucho yo

he leído en su pipa silenciosa que también soy el tiempo

él escuchaba los espejos cuando niño

pero ahora padece de nostalgias

ahora nosotros detenemos y él se teme

ha planeado el suicidio

hoy pude haber escrito una carta de amor

éste pudo ser mi día de cantar donde las catedrales

pero sucede que hoy el tiempo se ha sentado a mi mesa

y me ha mirado

con un ojo tristísimo

 

 

 


 CRÓNICA DE CINE

                                                       

Me gustan las películas donde ganan los malos.

El cine fue inventado para que los protagonistas

regresen vivos de todas las batallas;

pero sin malos no habrá batallas ni protagonistas.

De no existir los malos,

¿quién bajará al infierno por rescatar a una mujer?

De no existir los malos, ¿cuál pretexto

inventarán los buenos para sobrevivir?

Lo único eterno son los malos.



Los malos son los verdaderos héroes.

Sin amar a los malos no hay grandeza;

es demasiado fácil estar de acuerdo con la diva o el galán.

 

Me gustan las películas donde ganan los malos

porque nadie más malo que yo mismo.

Yo reparto boletos. Yo prendo el proyector.

Anuncio en cartelones las escenas del crimen o el rapto de la novia.

 

El cine fue inventado para pagar porque otros sufran.

Ahora cientos de malos vienen a mi taquilla,

lanzan al aire su moneda firme:

menos su propia maldad, todo lo apuestan por el héroe.

 

Ahora no existe nadie más malo que yo mismo.

Yo fijo el precio por mirar un falso porvenir.

Y abro la puerta.

El cine fue inventado para pagar porque otros sufran.

El cine fue inventado

para ponerle voz a la desgracia.

 

 

 


EL NACIMIENTO DE MAMBRÚ

 

Te llamarás Mambrú. Tu doble irá a la guerra,

y los dos cantaremos qué dolor

cuando pasen los soldados sobre el puente.

 

Ya lo sabrás, Mambrú:

los soldados se matan por un rey al que no han visto respirar;

la guerra queda lejos.

Qué dolor: el pañuelo jadeante de la novia,

el pañuelo que silba junto al tren,

y el tren se arrastra sobre el puente de los tristes.

 

La historia queda lejos. Qué dolor:

esa novia que gime no es la historia.

Y la muchacha que olvidó nacer a la hora precisa

para aplaudir al padre que nunca volverá,

y esos soldados que pasan, nunca fueron la historia.

 

Tú has nacido en el puente de los tristes.

En este sitio, nacer no es derramarse

si no estar condenado a no partir.

Aquí vienen, llorosos,

el leñador, el ministro, el nigromante.

Aquí se dan la mano ladrones y verdugos:

todos tienen un doble que roba o guillotina.

Ya lo sabrás, Mambrú:

tu doble un día volverá de la guerra,

y no estará la novia. Qué dolor.

 

Hijo: la soledad no tiene doble;

la soledad viaja en el tren de los soldados

para que el puente vibre,

y tú y yo nos abracemos,

y cantemos de nuevo qué dolor.

Las palomas no vienen al andén cuando regresan los soldados.

Aquí no nacen héroes. Qué dolor.

Qué dolor.

Qué pena.

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