Presentación

40 AÑOS DE POESÍA DOMINICANA EN ÓMNIBUS

Por Rei Berroa


 

Mario Meléndez, este incansable nómada de la poesía y embajador de los poetas del continente, me ha pedido una breve reflexión para la sección de poesía dominicana del número 46 de la revista Ómnibus dedicado al Caribe que habla y escribe en español. Mi primera reacción fue recusarme, obviamente, pues mi nombre aparecía en la lista de los poetas incluidos en su selección. Esta inquietud perdió validez cuando él mismo me comunicó que no se trataba de una “introducción,” sino de una breve presentación de índole general. Las dos cuartillas que siguen apuntan exactamente a eso.

http://casadecampoliving.com/es/jenny-polanco-arte-naive/

Por los nombres que incluye esta “muestra de poesía dominicana” que propone el compilador (la cursiva es mía), está claro que no tiene pretensiones antológicas para el caso, pues intenta cubrir un momento culminante de la historia política y cultural dominicana ofreciéndoles al mismo tiempo a los lectores una “estampa” de la historia poética del país. Los poetas aquí incluidos cubren 40 años de esa historia cultural. Con esto quiero decir que, aunque el tiempo que limita la selección sean los años del nacimiento de los poetas seleccionados (entre 1940 y 1980), en realidad, de lo que se trata aquí es de la obra producida por estos hombres y mujeres entre 1967 (El viaje, de Jeannette Miller, primera poeta de la lista) y 2012 (Temblor de lunas, de Luis Reynaldo Pérez, el más joven de los poetas del muestrario). Es decir, la producción poética que Mario Meléndez pone a nuestra consideración cubre los 45 años de lo que podríamos llamar, siguiendo el curso histórico de Occidente, nuestra Pax dominicana. Con los altibajos políticos de los ocho hombres que han ocupado la presidencia del país durante estos años y bajo el signo de la pseudodemocracia de Balaguer, la ineficacia, corrupción e ignorancia supina de Hipólito Mejía y la incrementación de la corrupción presidida por el segundo período de Leonel Fernández, la poesía ha tenido que enfrentarse a los problemas políticos, sociales, éticos y estéticos que han marcado la producción poética de todos y cada uno de los países latinoamericanos.

Así como hasta 1961 nuestra poesía había pasado 30 años ocultándose para no ser vista en la calle o en medio de la plaza (toda acción que tuviera que ver con la expresión cultural era vista con sospecha por el dominante régimen opresor, igual que en cualquier otro momento de la historia cultural y política de cualquier otro país), así, desde 1965, el lugar predilecto del verso vino a ser el espacio callejero. Como el mangú en la mesa o el merengue, la bachata o el bolero en las ondas radiales, la poesía ha llegado a ser un acontecimiento diario en la República Dominicana (RD) y el canal privilegiado de su escritura. Cada quien parece haber escrito una vez un poema (y, por tanto, cree merecer un lugar en las antologías del momento), es íntimo amigo de algún poeta o ha recitado algunos versos de Compadre Mon (Manuel del Cabral) o Hay un país en el mundo (Pedro Mir). La poesía es un pan público en RD, pero un pan que no está destinado para el consumo del público. Parece ser más bien una etiqueta que sirve para muchas cosas, una especie de tarjeta de crédito cultural que algunos sacan para mostrar a sus amigos o conocidos, blandiéndola ante los ojos de los demás en forma de rimas y versificación.

Rima y versificación; porque la verdadera poesía, a su vez, tiene que ser regalada por el poeta a sus amigos y conocidos o a unos cuantos críticos (uno de nuestros poetas jóvenes me dijo no hace mucho que en RD ya nadie compra un libro de poesía); a quedar verticalizada en las estanterías de las poquísimas bibliotecas públicas o privadas del país en donde ha de competir con otros libros por una gruesa capa de polvo o, peor aún, guardada en cajas a medio abrir dentro de los armarios de sus autores, en donde pronto son visitados por la polilla o “analizados” por las ratas (ratificados, que diríamos en lenguaje político).

Por ello son imprescindibles estas hojeadas a nuestra poesía como la que aquí presenta el poeta Mario Meléndez o como las que ya han aparecido en diversas revistas del mundo literario latinoamericano (recuerdo con satisfacción el número 110 de la revista mexicana Blanco Móvil que dirige el poeta Eduardo Mosches, por poner sólo un ejemplo).

Partiendo, pues, del espacio abierto e itinerante de la revista cultural Ómnibus, publicada desde España, los lectores de diferentes latitudes y países pueden adentrarse en el rico universo de la música y la fuerza del ritmo poético dominicano. Al mismo tiempo, esta variada y distinta muestra puede muy bien servir para ir afinando los oídos a lo que esta poesía está diciendo hace tiempo pero que, por la poca accesibilidad al libro que sufrimos hoy día, no ha podido salir de los confines isleños y llegar a otro mar. Esto a pesar de que la Internet nos acerque cada día más. El trabajo de Mario Meléndez ha sido ofrecer aquí una porción lo más sólida que se pueda en el espacio de que dispone del quehacer poético de los últimos 40 años del país. Aquí está la obra; sólo necesita ojos y oídos abiertos a su lectura o su celebración.


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