Claudia Masin


            Claudia Masin (Argentina, 1972)

Es escritora y psicoanalista. Vive desde 1990 en Buenos Aires. Coordina talleres de escritura. Publicó los libros de poesía: Bizarría (1997), Geología (2001, reeditado en 2011), La vista (2002, reeditado en 2012), El secreto (antología 1997-2007) (2007), Abrigo (2007), La plenitud (2010) y el libro de fotografías y poemas El verano (2010). Su libro La vista ha obtenido por unanimidad el Premio Casa de América de España en 2002 y ha sido editado por Editorial Visor de Madrid. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés y portugués. Fue codirectora de los sellos editoriales “Abeja Reina” y “Curandera”. Ha creado y coordinado -junto a artistas de diversas disciplinas- ciclos de poesía, música e imagen, como El pez que habla, La musik y El gallo y la luna. Sus poemas aparecen en diversas antologías latinoamericanas.





GRAFITO

Una noche de luna llena, en la hamaca del jardín,
están sentadas. La madre canta una canción
que repite y repite, podría decirse hasta el cansancio,
sólo que la hija no se cansa: se encanta, se duerme.
Desde esa noche, para la hija, escribir 
será escribir la pérdida de ese momento.
La escritura de la canción de la madre demora 
el final de la canción misma. Las palabras 
existirán para crear esa demora, un instante 
suspendido entre la voz y el silencio. Y por eso, 
la hija las escribirá con esa facilidad dichosa 
con que sólo pueden hacerse 
ciertas cosas imposibles.

                        (De Geología)




PARÍS, TEXAS   

Me gustaría contarte lo que veo, 
hablarte de los hoteles abandonados 
apareciendo de la nada en el medio de la carretera, 
como castillos solitarios cuyos puentes levadizos 
fueron dinamitados hace tiempo. Me gustaría 
contarte lo que veo pero es imposible 
hallar un dolor que condescienda 
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces, 
emprender tan largo viaje para ir de un extremo 
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de esas luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y ésa -quizás- es su idea
de un encuentro.

                        (De La vista)




LA HELADA

Quien fue dañado lleva consigo ese daño, 
como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar 
sobre aquel que se acerque demasiado. Somos 
inocentes ante esto, como es inocente una helada 
cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío, 
su necesidad de caer, había esperado 
-formándose lentamente en el cielo, 
en el centro de un silencio que no podemos concebir- 
su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías 
vivir con semejante peso sin ansiar la descarga, 
aunque en ese rapto destroces la tierra, 
las casas, las vidas que se sostienen, apacibles, 
en el trabajo de mantener el mundo a salvo, 
durante largas estaciones en las que el tiempo se divide 
entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza 
que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces 
que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse, 
porque lo que nos damos los unos a los otros, 
aún el terror o la tristeza, 
viene del mismo deseo: curar y ser curados.

                        (De La plenitud)



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