Prólogo

UNA NUEVA GENERACIÓN DE POETAS LATINOAMERICANOS

1965 – 1980

 Apuntes y visiones

 

Por Xavier Oquendo Troncoso


 

La brevedad, el regreso a lo clásico en el tema e incluso en la forma (un neoclasicismo posmoderno), el oficio del escribiente y el poema sobre el poema; y, en cuanto a la forma: un estilo claro y citadino, una sobriedad en la economía de palabras, un sustento individual de las cosas y los hechos, son, para mí, algunas de las características más visibles de la nueva poesía escrita en nuestro continente. 

        Debemos, también, tomar en cuenta que los límites entre géneros literarios cada vez se difuminan más, y que la historia y el tiempo son los encargados de aprobar a los nuevos clásicos –futuros referentes de nuestra labor de escritores- y de reprobar cánones reiterativos y postizos dentro de las vanguardias literarias. Pese a ello, en las nuevas voces se ha visto ciertos aportes formales, todos ellos amparados en un diálogo con la historia poética del siglo XX:

 -El texto corto (la condensación de un discurso poético en breves versos).

-El rehuir a la medida formal, por considerarla anti vanguardista.

-El regreso a la imagen poética, no como un recurso literario, sino como un hecho contemplativo (el poeta-observador).

        Si analizamos lo anterior, nos damos cuenta que las nuevas generaciones han hecho una selección imprecisa de ciertos cánones impuestos por las vanguardias de las últimas décadas del siglo pasado. Pero el verdadero aporte de estos autores radica en el hecho intrínseco del creador. Es decir, en lo que podríamos llamar “fondo” o temática, debido a que la historia y el contexto es un hecho lingüístico, y el hombre se debe a ello. El escritor siempre ha tenido que enfrentarse a dos grandes temas y misterios, como son el amor y la muerte. Estos abarcan todo el resto, y tal vez solo el último sea el todo: Dios, la naturaleza, el ser humano, su lucha, sus caminos... 

La individualidad del poeta actual obliga a que su voz sea en soledad, admitiendo una primera persona que se identifica consigo misma, y que luego reflexiona sobre el resto, que no es sino él mismo. Es un yo más reflejo que en los grandes poemas sociales, o en los textos con persona del plural, donde la voz personalísima no se reconocía como tal, sino que era la voz colectiva, la que salvaría al mundo, la que se duele en todos.

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El mensaje de Sartre todavía parece escucharse cuando proclamó la necesidad del compromiso o responsabilidad del escritor con sus contemporáneos, con todos los hombres (...) El creador literario debe escribir participando de los debates sociales y políticos de su tiempo[1]. Sartre se debía efectivamente (y casi parafraseándolo) a su tiempo, una época repleta de esta cosmovisión rica y productiva, pero sin embargo ese yo colectivo se fue convirtiendo en un estandarte del pasado. 

La ciudad está dentro del vivir diario. Como antes lo fue la aldea, y antes la mínima comarca. La poesía empezó defendiendo el territorio desde el principio de los tiempos. El canto épico de los poetas tenía sus límites -los límites del parnaso de Apolo-. Todo infunde respeto único. La ciudad y sus habitantes se circunscriben dentro de un todo legítimo. Por lo tanto el urbanismo influye en el comportamiento de lo poético. El poeta actual mira al horizonte y a todo aire bucólico, con absoluta lejanía. Y esto ha hecho que en la nueva poesía haya más interés por lo contemplativo, desde la perspectiva oriental -mirar desde lejos a “Natura”, como un fenómeno nuevo. Pero siempre desde los órganos de los sentidos (acaso entrando en lo explicativo) sin llegar a convivir con estas nociones. Es decir, la ciudad es el sitio desde donde se lanzan las miradas, para que los lienzos estén repletos, y el cuadro se complete. 

Lo local siempre ha sido fuente de gran audacia, de grandes monumentos y de la consolidación de la literatura como parte de la historia: recordemos, por ejemplo, el Don Quijote de la Mancha, desde su título, trae ya la marca indiscutible de su territorio.

La literatura, a través de los siglos, ha servido para marcar territorio, para volverlo segmento del mundo, y que dicho segmento se universalice desde su concepción individual. América Latina cada vez se aleja más de su realidad ficcionante, para acudir a una invención postiza. Los motivos son muchos: una resquebrajada situación política y social, una vergüenza solapada que hace negar a la tierra, sus costumbres, su arte, su dignidad. El tema de identidad siempre ha estado rodeado de discurso barato y ramplón; esto ha obligado a que los nuevos escritores no quieran hablar de su segmento de patria. La generación que nos antecede, todavía recuperaba a la nación imaginaria en sus discursos líricos.

La discusión sigue, porque si recordamos a Kavafis, Lorca o Borges, por poner ejemplos al azar, demostramos que su potencial lírico estaba en lo local de su discurso (Grecia, Andalucía y Buenos Aires son, obviamente los referentes respectivos de estos poetas).

El libro Seis propuestas para el próximo milenio de Ítalo Calvino, es uno de los más serios acercamientos hacia una literatura posmoderna de occidente. Su quinta propuesta habla sobre “La multiplicidad”. Dicho planteamiento toma de base a la literatura como una enciclopedia (en el caso de Calvino, habla, específicamente, sobre la novela). El nuevo escritor es un lector insaciable. En la poesía actual se puede notar claramente esa red de conexiones entre hechos, personas y cosas de la que habla Calvino. Los textos no se detienen en planteamientos únicos, sino que dicho planteamiento (llamaríamos idea central) es desglosado por la voz poética hasta conseguir nuevos lineamientos, nuevos acercamientos y claras alusiones a temas que se dejan ver en la inclusión de hechos sucintos dentro de un discurso. Calvino dice que la multiplicidad es el mejor camino a la incapacidad de concluir, así es como vemos en ciertos autores, planteamientos de poesía sin “remates”, es decir, que el tema no termina, debido a que el escritor viene a resultar un cúmulo de experiencias y conocimientos, en donde la idea central se repleta de nuevas ideas y la secuencia se vuelve infinita.

Aquí entramos en lo “intertextual”, que tiene que ver con todo ese aparato de ideas que el escritor de fin de milenio quiere depositar en su texto, con el propósito de completarlo y volverlo uno y, por tanto, volver cómplice a otros. Voces ocultas que nos citan a otros autores, conexiones con libros, versos, conceptos como parte de un discurso. Pero como la forma siempre tendrá opción a ser renovada en cualquier fondo (por razones de estilo), entonces la formación de estos nuevos parámetros múltiples hacen una nueva poesía. 

         He llegado a pensar que lo críptico también es una etapa en todo proceso creativo. El enjambre de palabras que propone nuestro diccionario para tales fines es un hecho. Los poetas tratan de complicar su discurso para lograr el total alejamiento del “lugar común” y lo coloquial.

En 1921, Borges explica los principios de su renovación poética, dentro del Ultraísmo, movimiento fundado por Rafael Cansinos Assens; en el tercer punto dice: Abolición de los trabajos ornamentales, el confesionalismo, la circunstanciación, las prédicas y la nebulosidad rebuscada[2] (lo resaltado es mío). Con esto queremos hacer notar que lo rebuscado es un paso, nada más, para llegar al planteamiento real de la poesía, a través de los siglos: la sencillez. Esa sencillez que uno consigue en el rigor y el trabajo poético.

Los llamados poetas difíciles, a quienes la historia induce a imitarlos (Pound, Tzara, Artaud, Celán, entre muchos otros), no plantean el hermetismo, sino una carga de inmensa sabiduría lingüística y un largo camino por las experiencias de la vida.

Para finalizar, diremos que otra temática recurrente y nueva de esta hornada generacional, es indagar en el justificativo del “escribiente”. El poeta y su sentido de la escritura, ese rebuscarse por los flancos de una sociedad que no los vislumbra como seres productivos, sino como simples casualidades de un destino. Dentro de esta perspectiva se ampliaría aquel tema de si el escritor nace o se hace, o si es un obsesivo compulsivo, o si está más cerca de la locura, o si el mundo le afecta, le disgusta, y entonces decide crear uno nuevo a través de sus palabras, de su propio yo lingüístico.

Esa disputa interna, que se vuelve una guerra palpitante, cuando el poeta entabla su relación con el lenguaje. Bien lo sabía Valéry, quien  dijo que la poesía no se hace con el sentimiento, sino con las palabras. Y esa lucha persiste en los poetas desde hace siglos.  



    [1] Andrés Amoros, op. cit

[2] Los otros rasgos que Borges explica en su estética son: 1. Reducción de la lírica a su elemento primordial: la metáfora; 2. Eliminación de las frases medianeras, nexos y adjetivos inútiles y, 4. Síntesis de dos o más imágenes en una, que ensancha de ese modo su facultad de sugerencia. op. cit. 


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