José Carlos Yrigoyen


            José Carlos Yrigoyen (Perú, 1976)


Ha publicado los siguientes libros de poesía: El libro de las moscas (1997), El libro de las señales (1999), Lesley Gore en el infierno 

(2003), la compilación Los días y las noches de José Carlos Yrigoyen (2005) y Horoskop (2007).

 


 

 

 

 


HIMNO A LESLEY GORE

 

Plumas, dije, plumas para la cabeza del operario

que se niega a pulir las piezas de su propio abandono,

que sale del trabajo, ansioso, olvidando mujer e hijos,

que a tu lado se detiene, a la hora establecida,

mirándote los senos como si fueran estrellas rugientes,

sabiéndote dispuesta a pasar la vida entera en esa esquina

siguiendo con la vista los autos perdiéndose hacia el sur,

a la espera de una mano vigorosa que te arrastre a los suburbios;

plumas, plumas para la espalda del joven motociclista

que comparte con nosotros la soledad de los pájaros extraños

que de cuando en cuando en sus sueños aparecen,

y tendido entre blancas sábanas revueltas se obsesiona

con un hermano asomándose contra la luz que declina

y así acostado abrirse la casaca de cuero y hacerle 

la demostración erótica de sus pulmones y su mente;

en fin, estas palabras para ti, que has coincidido con ellos

en un lugar de camas debidamente dispuestas unas al lado

de otras, señaladas, donde el deseo los ha convertido en dolientes,

para ti que te dejaste seducir por el canto de los muchachos

que en el campo buscaban huesos de policías,

para ti, en quien me reconocí cuando saliste al escenario

vestida de rojo y luces, con un grosero penacho en la cabeza,

mostrándote entre cuerpos insepultos que bailaban,

y para todos aquellos que piensan cuando caminan de noche

por las calles céntricas que las mujeres como tú no existen,

que los hombres ahora deben conformarse con mirarse entre ellos,

tú que fuiste sorprendida como aquel demonio, aquella sombra

desnudando al joven repartidor en una distante esquina del cine

y numerando con lápiz negro las partes de su cuerpo,

líneas punteadas que se confundían con la oscuridad,

el turbio aliento y las violentas preguntas de los espectadores en la platea:

¿Pensaste en serio que nos tragaríamos las patrañas de tus poemas

a los chicos de las gasolineras, de las azoteas, de las plazas,

a sus contornos supuestamente sagrados, cuando en verdad

mirabas de reojo a las muchachas que entraban y salían

indiferentes a tu voz afeminada, de la mano de otros hombres,

y tú con los ojos nublados de llanto, invocando el eco del pasado

con un sudoroso micrófono deslizándose entre tus dedos 

mientras ellas volvían sonrientes del baño del bar?

¿Creíste que escribiendo poemas largos encontrarías paz?

Y así vas levantando las manos hasta tocar las nubes y apretarlas,

como si fueran los colgantes miembros de anónimos dioses

que desde el cielo te observan alta y decadente como un árbol enfermo.

Y así las mujeres son hombres castrados que nos han enseñado el dolor,

que nos han enseñado a enfrentar la muerte como quien descubre

su propio rostro dentro de un libro de marchas militares

donde brillan las ilustraciones de los desfiles alemanes,

alemanes apuestos, alemanes fieros, alemanes insolentes,

mudo ejército al que preguntas para qué la poesía cuando se está solo,

            para qué estos ojos que solamente han querido ver la verdad,

si sólo bastan las plumas, las plumas de los pálidos héroes

que a cada lado del pabellón se quejan de su suerte:

porque es la muerte aquella fiesta en la que lloras si quieres,

y ya no nos hace falta una canción que lo recuerde.

 

 

MUCHO MÁS ALTO QUE UN HOMBRE ALTO

 

Esta tarde, cuando salí de casa en búsqueda

de un hermano, que en realidad no es mi hermano,

pero me ofrece a cambio de casi nada las ramas

más abundantes de su árbol —el árbol del conocimiento,

el árbol que se duerme con el televisor encendido, el árbol

que telepáticamente administra nuestra retórica—,

te encontré, ajeno a la gente y al rumor del tránsito, a ti,

hijo de lo irreal, no-muerto, zombie de película paraguaya,

con un bastón en la mano, herido de muerte

desde hace tres meses atrás, mirando todo

como cuando miramos por última vez algo que perdemos.

Estabas como siempre: irónico, cansado, abrazado

a una chica guapa totalmente vestida de negro

debido a la música que escuchaba. El rostro maquillado

de blanco, la memoria confundida, los intestinos abrasados.

Le quise dar un beso y ella, temerosa, me saludó con la mano.

Nuestras necesidades somos nosotros mismos, eso lo sé,

también sé cómo cambia la velocidad del tiempo

cuando somos felices, cuando podemos convocar

a quien queremos con sólo nuestra presencia, porque nosotros

somos nuestro propio cántico. No me importó e igual la besé.

Todo esto es tan natural como el miedo a la electricidad,

pero sería bueno que ocupara el lugar de algo más importante,

que una descripción nos obligue siempre a comenzar otra,

y dejar de hablar, por favor, de la elevación de los cuerpos

donde sólo queda nacer, desgarrarse y morir, sin importar el orden.

—De verdad yo quería una vida larga, pero no tengo otra salida.


                (de Lesley Gore en el infierno, 2003) 


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