ANASTASIS VISTONITIS


         ANASTASIS VISTONITIS (1952)


Poeta, ensayista y crítico, nacido en Komotiní. Estudia Ciencias Políticas y Económicas, pero desde muy joven se dedica a la Literatura. Es redactor del conocido periódico griego To Vima. Desde 1983 hasta 1988 vive en los EE. UU., donde trabaja en principio como redactor político y posteriormente en el periódico heleno-americano Proiní de Nueva York. Poemas suyos han sido traducidos a 18 lenguas, como el inglés, el alemán, el serbio, el serbio-macedonio y el esloveno. Desde 1970 ha publicado una veintena de libros de poesía. Ha traducido, entre otros, a Ho Li, Hill Gunston y Kith Weeks. Ha participado en numerosos festivales internacionales de poesía.

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EL VERDUGO

 

El verdugo venía de lejos,

no había visto antes la ciudad.

 

Se paró a las afueras,

preguntó dónde se encontraba la plaza central,

el ayuntamiento, la catedral, el palacio del príncipe.

 

Era de talla baja, tenía barba y capa roja,

perdido, de una época muy lejana,

sin coches, sin teléfonos ni aviones.

 

Entró en la cafetería al lado del río,

pidió cerveza y comida rápida.

 

Miró a los niños

que perseguían a las serpientes de agua bajo el puente.

 

El agua se oscurecía en el río,

en la chimenea de la casa de enfrente

una corneja picaba el horizonte

y detrás la ciudad, nube petrificada entre las cenizas.

 

«No te habíamos visto antes por estas tierras,

¿tienes parientes por aquí?»

preguntó el patrón.

«No tengo a nadie, he venido por trabajo»

contestó el verdugo,

«dos siglos me he retrasado».

 

 

LA SOMBRA DE NERÓN

Imposible imaginar

qué sucederá en las tres próximas horas,

si permanecerá esta oscuridad

que llegó de repente

sumiendo la ciudad en letargo invernal.

 

Se habían caído las barreras

y un silencio pesado envolvía el paisaje de otro mundo

con las banderas de la democracia

a media asta en los edificios públicos.

 

Salí a la calle.

Solo, como un recién nacido

que todo lo ve por primera vez:

las ventanas cerradas,

la pastelería de la esquina,

el quiosco con los periódicos

que hablaban de dramas de otras civilizaciones.

 

Estaba y no estaba

mientras iba tropezando

como un insecto ciego

que sale del hielo a la luz.

 

No oía el ruido de mis pasos

y no recordaba ni lo más elemental:

fechas de nacimientos y de defunciones,

días cenicientos en que me volví la espalda a mí mismo,

incluso también al Invisible

que ahora caminaba cinco metros más allá de mi sombra.

 

Ayer el Guadalquivir había cubierto el cielo de ceniza,

la nube de Nerón rojo-oscura ensombrecía la ciudad,

hoy un sol oxidado asomaba en el horizonte,

pero no decía de amanecer –

era como si hubiera anochecido dos veces.

 

Pasaremos

como pasa el aire entre los árboles de hoja caduca,

pero este murmullo también desaparecerá,

se lo tragará la luz enferma de un prematuro invierno.

 

Ahora veo al fondo de la calle

borrarse la custodia de los vecinos

y en el patio de la guardería

a los párvulos perplejos perder la mirada en el vacío

mientras lo parte en dos la comitiva muerta de los árboles.

 

Algún otro día

empezando el nuevo reinado,

con un ojo vacío,

perdidos en los números

narraremos las mismas mentiras

en el idioma alegórico de los mandarines.

 

Nadie entrega impunemente

su vida a los otros,

pero fácilmente traiciona los oscuros secretos

de una lengua que no entiende –

en el presente neolítico

donde conspiran los pretorianos

y gimen los neardentales.

 

Un mundo que ya no se corrige ni en sueños.

 

Ésta es la ciudad de la ceniza –

no la capital de los sarracenos

ni el campamento de los mongoles.

 

Me detuve en la plaza desierta

Y alcé los ojos arriba al campanario.

 

El reloj señalaba verano del 2007.

Hora en que comienza la gente a olvidar,

hora de que digamos adiós.

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